Gracias a la vida, otra vez

Sé que me repito en cada cumpleaños, pero me resulta inevitable dar gracias a la vida. Porque he cumplido un año más y lo sigo contando, en el espacio cada vez más reducido de personas con las necesidades básicas (techo, comida y afectos), y no tan básicas cubiertas (libros, bombones, regalos y algún capricho).

No me pesa cumplir años. Ni los niego ni los disimulo, aunque estos 55 suenan serios, en la recta hacia los sesenta. Su equilibrio de cifras iguales no permite la broma de alterar decenas y unidades, así que toca soplar fuerte y seguir pidiendo deseos.

El cumpleaños ha contado con su prólogo y su epílogo celebratorio. El día anterior, mi madre recibió el alta: el hueso roto de su pie está casi consolidado. Adiós a la bota ortopédica y a la exigencia de los cuidados. El día posterior, mis poemas fueron el eje de una nueva sesión del ciclo Poesía y Psicoanálisis, organizado por el Foro Psicoanalítico de Madrid de la EPFCL. A lo largo de la semana, mi tita Paqui, evolucionaba favorablemente tras un ingreso que nos asustó.

En la víspera de mi cumpleaños acudí a nadar, el deporte que más me relaja y reconecta. Al salir, me noté algo floja y saboreé una piruleta en forma de corazón, que llevaba en el bolso como quien lleva un amuleto. Iba caminando por calles muy próximas a las de mi infancia, mientras la lengua se ponía más y más roja, a base de colorante y azúcar. Hice una foto para apresar el sabor presente y dosificar la nostalgia. A pesar de las baldosas rotas y de las circunstancias que pueden hacernos tropezar, la vida sigue y merece la pena. Recordé las veces que, en las inmediaciones de aquel lugar, me caí y me desollé las rodillas, en los descampados desaparecidos que eran nuestros campos de juego infantil. Tantos años después, sé mucho más de los tipos de caídas que pueden acontecernos, y las que menos inquietud me suscitan son esas que sólo rompen la piel de las rodillas, a pesar de lo escandaloso de la sangre y el recuerdo de aquella mercromina de los ochenta que agigantaba la herida.

El día de mi cumpleaños se inauguró con una felicitación susurrada, en los primeros minutos del 23 de abril, cuya puerta abrí con un maullido cantarín que me dio los buenos días. Tras la felicitación felina, fueron llegando muchas otras, a través de diversos canales (llamadas, besos, mensajes de texto, redes sociales, correos…). Gracias a todos y todas, espero no haber dejado ninguna sin contestar. Compartí comida y cena, al aire libre, celebrando la temperatura primaveral, la brisa y el olor a tierra mojada que cerró la jornada. Entre medias, visité librerías y me gustó descubrirlas llenas y vivas, porque somos pocos los que las celebramos constantemente y resulta una alegría que los medios de comunicación, que eligen y abordan el tema de cada jornada hasta el hartazgo, por un día hablen de libros y empujen a tirios y troyanos ante estantes llenos de historias. Afortunada como soy, abrí regalos y busqué el jarrón para poner un ramo de margaritas en la mesa de la cocina. Entre los obsequios, claro, libros, y también otras sorpresas que son una invitación al viaje y a seguir bien acompañada por la lectura.

El viernes 24 de abril participé en la tercera sesión del ciclo Poesía y Psicoanálisis de este 2026, organizado por el Foro Psicoanalítico de Madrid de la EPFCL y coordinado por Alberto Cubero. Hasta ahora, había acudido en calidad de público a los veinticinco encuentros celebrados a lo largo de los nueve años que ha cumplido el Ciclo. Sin embargo, esta vez era yo quien leía poemas en un espacio tan conocido y tan dotado para la escucha. Aunque comencé nerviosa y atropellada leyendo ‘De paso por los días’, los poemas de ‘Astillas’ me dieron la pausa necesaria para volver a poner voz a su dolor, y compartir el proceso con los asistentes. Quizás era el lugar propicio para hablar sin tapujos, ni tener que sortear el tabú sobre el sufrimiento psíquico que puede surgir en otras lecturas. He disimulado, he callado mucho tiempo y ‘Astillas’ está ahí para recordarme lo vivido. Aunque algunos recuerdos puedan resultar confusos con el paso de los años, y la memoria pueda hacerme alguna trampa, soy plenamente consciente del proceso, de la herida y la sanación. También de la necesidad de agradecer a las personas que me han animado a mantener el pulso de la escritura, incluso cuando yo misma me despisté; y a las editoriales que me han acogido en sus catálogos, desde la primera vez que vi mi letra impresa, en Legados, hasta el espacio de afirmación que supone Bartleby, donde he publicado mis dos poemarios. Escribir siempre ha sido para mí una forma de vivir.

Después, el fin de semana ha permitido otros reencuentros, nuevos regalos (mi aniversario se parece más a una boda gitana que a un cumpleaños, y me encanta que así sea), y a visitar la exposición ‘El ojo que escucha’, de Vilhelm Hammershøi, en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Tras tantas emociones, la serenidad de la muestra se hizo refugio. En sus pinturas, disfruté la soledad de los espacios; la luz hecha materia, matiz, protagonista sin serlo; el vacío de las habitaciones y la presencia de puertas y ventanas, jugando con el afuera; el quinqué, la sopera y la caja de costura como esos objetos que han ido desapareciendo de nuestras casas y mantienen la huella de un pasado que tocamos alguna vez. Tras contemplar paisajes exteriores e interiores donde quedarme, me detuve en “Interior con mesa, estantería de libros y silla Windsor”, seguramente, no haga falta mucho más para alcanzar la paz que busco.

Ojalá que, en los meses por venir de este año sabático, no haya nuevos sobresaltos, y ese espacio pausado de Hammershøi sea también el mío. Ancho, amable y despejado, con la luz necesaria para que los nuevos proyectos literarios puedan alumbrarse. Por ellos brindo y celebro, agradecida, la vida.

Otro cumpleaños que celebrar

Si atendemos a las noticias de los medios de comunicación, apenas hay motivos para celebrar. Supongo que, por eso, cada quien, sin dejar de abrir los ojos y el pensamiento a cuanto nos rodea, tiene derecho aún a atrincherarse en los espacios de íntima felicidad. Un nacimiento, un tratamiento médico concluido, un nuevo proyecto o un amor… Por supuesto, también un cumpleaños.

Escribo estas líneas para compartir la celebración del mío, el pasado Día del Libro, y agradecer vuestras felicitaciones y vuestra compañía. Sé que hay personas que viven su cumpleaños como quien se topa con un accidente del documento de identidad. No es mi caso.

Siempre lo he celebrado. Y quizás, tras los dos cumpleaños limitados por la pandemia, el primero, encerrada en casa con Fénix; y el segundo, los cincuenta, con restricciones para grupos y desplazamientos, soy aún más consciente de que seguir cumpliendo años, con la certeza de ser una persona afortunada, es una fiesta. Así ha sido también este año.

El primer regalo fue pedirme el día libre. Dormir algo más, levantarme y desayunar sin prisas, atender llamadas y mensajes, devolver la felicitación y el cariño con gratitud y emoción. Al subir la persiana del dormitorio, el reflejo del sol me recibió en un punto donde nunca lo había encontrado. Daba de lleno en la ventana de enfrente, me ofrecía un guiño de luz radiante para lanzarme a los 53. ¡Bienvenidos!

Cuando más tarde salí a la calle para compartir mesa y mantel, el cielo mostraba un azul limpio y espléndido, una fuerza indecible. Lo comenté con mi padre. Ese azul. Me contestó que ya Gómez de la Serna decía que la luz de abril era la mejor de los cielos madrileños y, por tanto, la más adecuada para visitar las salas del Museo del Prado. No dará tiempo en abril, pero tengo que volver al Prado y lo he anotado en los planes del nuevo año vital.

Comida y cena sirvieron para reencuentros, confidencias, alimentar el cuerpo y el espíritu. Rasgué papel de regalo, recibí sorpresas y flores. Tampoco olvidé entrar en una librería para unir mi celebración personal con el Día del Libro. Desde que tengo memoria, nunca ha faltado un libro nuevo en cada cumpleaños. También acudí a mi cita con la lectura y el aprendizaje de la escritura, en el taller de los martes. Escribir y leer me han constituido desde la infancia. Los libros jalonaron el camino. Los borradores propios, también.

Soy quien soy por mis ancestros y mis circunstancias, celebro cumplir años y sigo aprendiendo. Me interrogo por los aspectos que no me gustan y miro con la perspectiva del tiempo en quién me he convertido. En mi caso, todo cumpleaños es un balance. No he podido evitar pensar en la niña que soñaba ser escritora, sin el referente de nombres de mujeres donde poder reconocerse; tampoco en la joven que dudó entre estudiar Políticas o Periodismo. Finalmente, me decanté por el amor a las palabras, confiando, ingenua hasta la médula, en un periodismo capaz de ayudar al cambio social y contribuir a mejorar el nivel educativo y cultural de la sociedad.

En estos días, reconozco los espejos astillados, los sueños rotos y también, el material de construcción del futuro. En política, hubiera durado un cuarto de hora. En cuanto al periodismo, me queda este espacio irrelevante desde el que escribo algunos artículos sabiendo que no voy a cambiar nada. Si acaso, ayudar a la reflexión de otra persona tan aturdida como yo misma, con parecidas preguntas sin respuestas.

Somos los espectadores de una realidad atroz donde la vida y la verdad no valen nada. Donde los muertos del genocidio de Gaza son la cifra de un informativo, una frase telegráfica que responde a la exigencia de un titular bien escrito, aunque carezca de alma y consecuencias: “las autoridades de Gaza estiman en 34.350 los muertos en la Franja por la ofensiva de Israel”.

Entre tanto, en nuestro país, un montón de noticias prefabricadas desde el odio y la mentira alimentan el mecanismo de una justicia estéril y ponen en peligro los valores democráticos. No es nuevo, ha ocurrido en Brasil y Portugal, por citar un par de ejemplos. Y quizás, como ha comentado el ensayista César Rendueles en una red social, comenzó el 11 de marzo de 2004, cuando las familias de los muertos del peor atentado de nuestra historia fueron insultadas y calumniadas por quienes no se resignaban a la derrota electoral, consecuencia de otras mentiras. Me temo que nuestra democracia heredó una carga y unos manejos que tal vez sean demasiado venenosos para su futuro, como explica de forma magistral Ignacio Escolar, en el artículo titulado ¿Merece la pena?

No obstante, en medio del ruido y nuestro cansancio, aunque cueste, hay que seguir defendiendo la esperanza. Seguir escribiendo y leyendo para no dejar que el cerebro y el corazón sean colonizados por la insidia y la maldad. Resistir desde la alegría y la celebración de la vida, que es lo único que tenemos, sin perder la memoria ni la dignidad. Para ayudarme, rescato las palabras preliminares en la antología poética de Juan Carlos Mestre, titulada La desobediencia de las palabras, recientemente editada por Bartleby. “¿Qué puede decir el poeta en estos tiempos sombríos?”, se pregunta Crespo Massieu, responsable de la selección y el prólogo, que responde partiendo de la voz de Mestre: “alentar el discurso de lo imprevisible, ser una voz más en la república de la imaginación, defender la alegría y ayudar a construir la casa de la verdad”.

Cierro estas líneas desde la resistencia que conocemos los que no hemos sido hijos ni nietos del privilegio sino del esfuerzo. Pongo un punto y seguido en mi pequeña celebración de la vida con la belleza del álamo que todos los días veo desde mi ventana. Hace algunos veranos, por la noche, alguien quemó un contenedor próximo. El fuego alcanzó su corteza y las ramas más bajas. Aún quedan huellas de esas heridas, pero cada primavera se llena de hojas nuevas y ya es el árbol más alto de la plaza.

Cumpleaños confinado

El pasado jueves se celebraba el día del libro y yo cumplía un año más. Por ambos motivos, para mí siempre ha sido y es una fecha marcada con un círculo rojo sobre el calendario, día festivo aunque no sea domingo. A pesar de que desde hace más de cuatro semanas todos los días nos resultan similares en lo personal y colectivo, a medida que se acercaba la fecha, no obstante el confinamiento o precisamente por él, yo no quería pasar de largo por este cumple que empezaba a hacerse nudo en la garganta.

Unos días antes, al bajar a la compra, me había permitido algunos caprichos casi infantiles: patatas fritas y aceitunas, almendras y una porción individual de una tarta de queso. Olvidé las velas para pedir deseos, pero encontré los números de otros cumpleaños celebrados en casa: un 4 y un 6 que, si se daba la vuelta a costa de no encenderse, se convertía en 9.

En la tarde previa, un grupo de amigos reunido para otro propósito me cantaba el cumpleaños feliz por video llamada y en los primeros minutos del 23 de abril empezaron a llegar mensajes. Apagué la luz de la mesilla con una sonrisa. Al despertar no había rastro del dinosaurio, pero las felicitaciones se habían ido multiplicando y a medida que avanzaron las horas, su goteo se volvía un chaparrón de amor y cariño.

Con todas las palabras, las voces y los iconos fui construyendo un dique contra las sombras. Era un cumpleaños muy distinto, confinado y raro, sin más presencia real que la de Fénix ni otra caricia posible que su suave pelaje, pero repleto de emoción y con la certeza de saberme querida. ¿Qué mejor regalo?

Y aún así llegaron dos timbrazos al telefonillo, dos llamadas a destiempo cuando ya creía que mis sospechas o ciertas insinuaciones habían sido fruto de mi imaginación… Fénix estaba más excitado e intrigado que yo. Demasiados días sin visitas ni buzoneo publicitario, demasiado tiempo sin husmear zapatos que traigan el rumor de la calle. Fue una batalla lograr que se quedara dentro de casa. Seguí las instrucciones: salí al descansillo de la escalera y abrí la puerta del ascensor, donde en solitario viajaba una preciosa orquídea cuyas flores mira curioso sin atreverse a rozarlas. ¡Menos mal!

Me acosté agotada y feliz, con llamadas y mensajes pendientes de respuesta, confiando en poder atenderlos aprovechando el fin de semana. Antes de cerrar los ojos echaba cuentas… no recordaba cuál había sido el cumpleaños en el que no había estrenado libro, y me consolé pensando en todos los que aún aguardan su momento de lectura, y también en la lista secreta que voy haciendo para cuando reabran mis queridas librerías y pueda romper la hucha que he ido haciendo para ese día de reencuentro feliz con libros nuevos.

El viernes, contra pronóstico, volvió a sonar el timbre. Al otro lado del telefonillo mi nombre y apellidos, y la petición de que bajara a la calle a recoger un envío. Esta vez no hizo falta ascensor. Volé escaleras abajo y me encontré dos ojos muy oscuros, una boca tapada con mascarilla que me pedía el número de mi carnet de identidad y unos guantes azules que entregaban un paquete. Ahí estaba el libro de este cumpleaños anómalo que latía entre dos capas de cartón. Entré en casa con la sonrisa de quien ha encontrado el cofre del tesoro. Entre Fénix y yo rasgamos el envoltorio y encontramos no sólo una novela con una pinta estupenda sino también un doble disco de Aute, su «Entre amigos», que resonaba como un título mágico y perfecto para este aniversario tan bellamente acompañado a pesar de las circunstancias.

Soy afortunada. Los 49 han caído en estos días nubosos donde están confinados los afectos y los abrazos, pero me tomaré revancha en cuanto sea posible y pondré piel a todas las felicitaciones que hicieron de este cumpleaños uno de los inolvidables. A todos los que me leéis y me escribisteis, a quienes me llamasteis y dejasteis mensaje, a todos los que me habéis acompañado… os quiero dar unas gracias infinitas y profundamente sentidas, porque sé que no sólo estáis cuando el día está señalado en rojo sino también en la grisura de los otros, y que gracias a ese cariño se puede resistir no sólo en los días felices sino en los otros.

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