Escribir, caminar y fotografiar como forma de resistencia

De un tiempo a esta parte, muchas veces me ha venido a la cabeza Francisca Aguirre, y aquel decir suyo de la escritura para conjurar la locura. La he buscado en Internet: «Escribo para no andar a gritos y para no volverme loca. La poesía tranquiliza. A mí me ayuda. El mundo es injusto pero el lenguaje es inocente», la frase aparece citada en la noticia de su muerte que ofreció el periódico Información.

En ese escribir para no enloquecer no debió ser la única ni la primera, igual que tampoco soy la primera ni la última en suscribirlo. Yo también escribo para no volverme loca. Y desde mayo, cuando pudimos volver a pasear, recuperando ese gesto tan humano tras una prohibición que duró un mes y medio, también paseo para no volverme loca. Y durante el paseo, saco fotografías, busco la imagen capaz de salvarme.

Paseo para recuperar el placer de caminar sin tener destino ni propósito concreto, para poder refugiarme bajo la sombra de los árboles. Hago fotos nuevas, para buscar otra mirada y también el pie a partir del que poder escribir otras cosas, para descubrir otra realidad en la realidad que me rodea, para encontrar resquicios de belleza en esos espacios cotidianos y próximos.

Escribo, paseo y hago fotos para no volverme loca. Y todo ello en una búsqueda, casi inconsciente, de dar un cierto sentido a este sinsentido, para hallar vida más allá de tanta muerte, tanta pesadumbre y tanta tristeza. La palabra, el camino inesperado y la imagen que salen al paso son una medicina improvisada, un placebo que no siempre funciona pero que pruebo a falta de otras opciones.

Al pasear, camino rápido, como si mis pasos quisieran romper este tiempo detenido, alejarme del presente, atravesar esa niebla fina con la que nos han cubierto los planes de futuro, los abrazos que no vamos a dar. Camino rápido como si quisiera huir de esta pesadilla.

Hago fotos. Con la ansiedad de quien no respira, mis ojos buscan el oxígeno de otro mundo en el mundo al alcance. Como si fuera una turista de mis calles, como si pudiera reconciliarme con los rincones de esta ciudad cada vez más golpeada, nuevamente golpeada, cuyo nombre vilipendiado se arrojan a la cara unos y otros, sin tener en cuenta que es mi casa, nuestra casa, la casa de tantos.

Me reconforta la luz del atardecer. Madrid sabe atardecer como pocas ciudades. Los anaranjados, los violetas y azules se mezclan y evocan la luz de Velázquez y de otros muchos. Al salir a la calle o desde la ventana tenemos postales diarias que muchos días han servido de consuelo.

Y escribo. Apenas pude escribir nada durante el primer confinamiento, aquel que marcó los meses de marzo, abril y mayo de este año. Forcé las palabras para mantener vivo este blog que echaba a andar, pero no hubo poemas ni letras dignas de mención más allá de aquellas entradas.

Sin embargo, ahora siento que las palabras se agolpan dentro de mí con las mismas ganas de salir corriendo que agitan mis pies y mis ojos. En estos días, se multiplican los renglones escritos en libretas de todo tipo porque si las palabras se me quedan dentro, me volveré del todo loca.

Madrid duele y se repliega

Hemos perdido la cuenta de los días que llevamos escuchando malas cifras. No queremos buscar el dato de cuántos muertos contábamos cuando llegó el confinamiento de marzo. Asistimos al griterío político y al bochorno que los medios de comunicación nos ofrecen como dieta habitual. La doctrina del shock empieza a ser el pan nuestro de cada día, y como rehenes del desgobierno, las decisiones y declaraciones contradictorias, ya no sabemos cómo prepararnos para un escenario inminente y peor.

Desde hace años, la sanidad madrileña está desbordada. Parece mentira que hasta hace dos días, algunos hayan seguido repitiendo el mantra de la mejor sanidad del mundo, aunque eso empezó a resquebrajarse en 1997, cuando se abrió la puerta a un modelo que prometía más eficiencia y trajo desigualdad y privatizaciones más o menos encubiertas, desatención para unos y bolsillos llenos para otros.

Después vino la crisis económica de 2008. Mientras la banca ahíta de ladrillos y corruptelas era rescatada a fondo perdido con el dinero de todos, se practicaron recortes salvajes en las partidas presupuestarias que afectaban a la vida de los ciudadanos. Los servicios públicos se fueron raquitizando a la vez que nos explicaban que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades.

Allá por 2015, nuestros facultativos pedían diez minutos por paciente… Se sentían desbordados, quemados al atender mal a los enfermos, como si una consulta médica fuera equiparable a una cadena de producción. Algunos se hartaron de la precariedad y optaron por irse a otros países donde eran bien valorados y remunerados en consecuencia.

Aquí nos quedamos resignados. Alguna manifestación, alguna recogida de firmas, mucha queja en voz baja mientras todo avanzaba por cauces precarios. Nos acostumbramos a que el médico de cabecera nos recetara algo sin tiempo para la escucha; aprendimos a calcular cuando llamar al centro de salud y a medir el tiempo de nuestra resistencia, sabiendo que no habría cita disponible hasta dentro de 3 ó 4 días; aprendimos a automedicarnos, a referir casos agudos de estrés ante un médico que te confesaba que su caso y el tuyo eran espejos, y no quedaba otra que seguir tirando. Los somníferos y ansiolíticos hicieron la vida más llevadera.

Pero cuando llegó la pandemia, primero como un goteo y después como una tormenta inmanejable, el sistema estalló por todas sus costuras. Hasta entonces, nuestros sanitarios, con una entrega y una vocación a prueba de bombas, lo habían hecho todo a pulmón y sobre el límite. En aquellos días, les vimos trabajar sin medios y extenuados, supimos que se contagiaron más que en ningún otro país y que algunos engrosaron las listas de fallecidos. La ciudadanía confinada respondió con aplausos mientras confiaba en que aquella cadena de evidencias sirviera para, por fin, tomar cartas en el asunto y rescatar también nuestro modelo sanitario, reforzando lo que había no sólo con material importado de dudosa fiabilidad, sino cuidando a los profesionales y ampliando plantillas.

La pandemia se gestionó desde los hospitales, mientras la atención primaria se convirtió en un erial. Los días pasaron, entramos en la desescalada, saltamos de fase sin red ni garantías, mientras los centros de salud de nuestros barrios seguían cerrados o, en el mejor de los casos, con un equipo exiguo y agotado de profesionales. El tinglado de Ifema se cerró en una fiesta vergonzante con bocadillos de calamares y disculpas de boca pequeña.

Mónica García, diputada en la Asamblea de Madrid, destapó las vergüenzas del “milagro de Ifema”, pero su intervención apenas tuvo eco, frente a la exposición mediática descontrolada de Isabel Díaz Ayuso que seguía con sus fotos y frases para la historia del disparate. Y contra la opinión y las firmas de muchos, puso la primera piedra de un hospital de pandemias que se abrirá cuando todo esto haya pasado. Lamentable y previsiblemente, se sustentará sobre los mismos contratos opacos y de urgencia con los que se puso en marcha Ifema, en el suma y sigue que la Comunidad de Madrid ofrece a sus ciudadanos.

Los meses de verano transcurrieron con cifras en ascenso y vacaciones parlamentarias. En un intento por mantener la calma y recuperar el aire perdido, quisimos creer que en los despachos se estaban haciendo planes para el otoño, dado que ciertas voces habían avisado que la caída de la hoja y la segunda oleada coincidirían. Pero a medida que las cosas se fueron poniendo más feas y seguíamos viendo los centros sanitarios en cuadro y una administración ausente, empezamos a temer lo peor.

La propia Díaz Ayuso lo dejó claro con unas declaraciones que, más que un acertijo de los suyos, era una pavorosa realidad: “No se puede pasar del estado de alarma a la nada”. Claro, la nada ha sido lo que ella y su gobierno han hecho durante los últimos meses. La nada era toda suya, y más que el conjunto vacío de medidas que nos ha estallado ante los ojos debía haber contemplado la contratación de rastreadores, algunos de los cuales ofreció el Gobierno central; el refuerzo del transporte público, cuya frecuencia quisieron ampliar pidiendo conductores voluntarios; la ampliación de las plantillas sanitarias y la detección precoz y rápida para imponer cuarentenas y restricciones que pudieran evitar la transmisión comunitaria.

Madrid ha ido arrojando cifras más y más preocupantes, mientras nuestros representantes políticos cruzaban acusaciones y reproches. Finalmente, Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso comenzaron a cartearse para acordar una cita, como si fueran amantes del siglo pasado, ante una ciudadanía atónita que compartía su minuto a minuto por redes instantáneas sin saber si llorar o reír. El previo de llamadas cruzadas fue a peor el día del encuentro, cuando el espectáculo de las banderas nos puso ante la realidad de una multitud de trapos con la que no podíamos cubrir nuestro estupor, presa de la vergüenza ajena.

Después de tanto paseo con ceremonial y protocolo, concedían una rueda de prensa en la que cada uno monologaba según su propio guion. Al final de todo aquel despropósito, nos anunciaban que se iba a crear un comité de seguimiento de la pandemia en la región. ¿De verdad no lo había habido hasta entonces? ¿Nadie ha supervisado qué ha hecho el Gobierno de Díaz Ayuso con los fondos concedidos para luchar contra la covid-19? ¿Nadie lleva la cuenta de los rastreadores disponibles? ¿Alguien sabe si se podrá contratar más personal sanitario o si es posible dar resultados de PCRs en menos tiempo? ¿Se puede contar con unidades móviles sanitarias en los colegios donde se detectan casos para hacer todos los tests a los contactos directos en lugar de que 30 ó 60 personas se busquen la vida en un teléfono que nadie responde? ¿Se aceptará la oferta de los farmacéuticos dispuestos a hacer tests ante un sistema ampliamente desbordado?

Me temo que mis dudas son las de muchos. Y viendo que nadie las plantea ni las responde, a pesar de tanto circo mediático, cada vez me resulta más difícil encontrar las fuerzas con las que seguir afrontando el día a día. Este fin de semana fui a comer con mi madre y mi hermano, por si nos confinan; y volví al cine, por si acaso los cierran de nuevo y los condenan a la ruina. Apenas había nadie en las taquillas ni en la salas. La única reunión de personas que he visto tuvo lugar el viernes, junto a la puerta de una iglesia del barrio donde se repartía comida. La escasez sigue arañando las casas y la tristeza vuelve a imponerse en las calles, cada vez más vacías y silenciosas.

Madrid vuelve a estremecerse anticipando que vienen días duros y los ciudadanos nos miramos unos a otros compartiendo la sensación de haber sido abandonados.

Tanto lucir la bandera mientras cada día nos vamos sintiendo más trapo viejo… Tanto derroche de símbolos cuanta mayor es la orfandad a la que nos condenan quienes deberían recordar, a diario, que están a nuestro servicio y cobran sueldos que multiplican los nuestros. Pero en lugar de trabajar en favor del bien común, están a la gresca. Sin darse cuenta están resquebrajando las instituciones con sus actos de confrontación, desidia y daño.

En su limbo de asesores palmeros quizás no sean conscientes, pero ahora más que nunca nos están cabreando muy por encima de sus posibilidades y estamos aguantando muy por encima de las nuestras.

La traviata. Volver a la ópera

El Teatro Real levantó el telón hace algunas fechas. La traviata, que estaba prevista para abril y llegaba ahora en versión semiescenificada, nos volvió a convocar a una cita repleta de precauciones que atendí dispuesta a disfrutar de la experiencia teatral secuestrada durante meses.

Voy a la ópera desde hace unos pocos años gracias a una sucesión de carambolas que me permitieron disfrutar de un género y un espacio que consideré inaccesible durante demasiados años. No obstante, regresar al Teatro Real no fue recuperar la experiencia conocida y no sólo por la obligatoriedad de la mascarilla. Hubo que llegar con mucha antelación y nos esperaba el gel para las manos, la desinfección del calzado, la toma de temperatura… Todos los espectadores teníamos indicaciones sobre los turnos de acceso y salida, los aseos y las zonas de bar que correspondían a cada localidad. El uso de ascensores estaba restringido a personas con problemas de movilidad y los programas de mano impresos, ideales para entretener el ancho tiempo de espera, había que pedirlos al personal de sala, como quien pide un tesoro que recibíamos con la instrucción de intransferible, como si todo lo palpable fuera amenazante.

El teatro no era el mismo. El aforo estaba muy restringido. Fuimos entrando de a poquitos, sentándonos entre butacas precintadas que impedían el contacto entre espectadores. Los primeros en entrar y los últimos en salir seríamos los del paraíso, ese espacio más económico cuyo nombre siempre me ha parecido un guiño y feliz hallazgo. Los minutos previos carecían del bullicio habitual, imperaban el silencio y las ausencias creadas por aquel inusual vacío. Se respiraba cierta tristeza, pero también buena disposición de ánimo, la que nos había impulsado a estar allí, intentando la normalidad de un espectáculo que prometía ser inolvidable desde una entrada suspendida en la sexta planta, donde se divisaba un escenario difuminado por una suave neblina.

Un recibimiento con voz en off

Cuando bajó la luz de la sala, se escuchó la inconfundible voz de Iñaki Gabilondo que nos daba la bienvenida y las gracias por haber vuelto a un teatro que había sufrido noventa días de silencio. Recordó a fallecidos y enfermos, la labor de los sanitarios y de todas las personas que han mantenido la actividad y el pulso de la vida durante la pandemia y concluyó con el deseo de reconquistar la normalidad, citando de paso a Pérez Galdós y lo que él llamaba “la energía cívica de los españoles”. Ojalá, me dije. Esas palabras fueron el primer nudo en la garganta, el primer aplauso y un emocionante prólogo a la música de Verdi que empezó a sonar llenando el aire.

Una expectadora siempre debutante

La traviata arranca de forma maravillosa con una pieza musical que parece susurrar el nombre de su compositor, tan reconocible en esos acordes iniciales. Lo digo como lo siento. Yo no sé casi nada de música. En mis años escolares, tuve que sufrir aquellas partituras inanes con las que sacar aire de una flauta desafinada, y aquella experiencia podría haber generado un odio irreconciliable, pero afortunadamente no fue así. Después, han venido conciertos y programas de radio, sobre todo, la instrucción permanente de Radio Clásica y el placer autodidacta. Aunque lamento mi escasa cultura musical, a día de hoy, tras varios años yendo a la ópera, cada cita me llena de curiosidad y me garantiza el riesgo de los recién llegados. No sé lo que me espera, no he visto las óperas en varias versiones ni conozco muchas de ellas como les ocurre a los grandes aficionados, pero en su transcurso, sé lo que me gusta y lo que no.

Algunas óperas se hacen cuesta arriba en ciertos momentos, son largas, pueden suponer más de dos, tres o cuatro horas de duración; pero la mayoría son un espectáculo increíble donde la música de los instrumentos y las voces de los solistas y sobre todo del coro (¡me encantan los coros!), cuando canta completo, me hacen vibrar de una forma única. Y todo ello sumado a una gran parafernalia de luces, escenografía, vestuario y montaje, en un teatro monumental que es también una gran obra de ingeniería escénica, donde se pueden permitir todos los recursos técnicos, es una verdadera gozada para la vista y el oído. Lo que no quita que también sepa disfrutar de un teatro minimalista, de paredes negras y desnudas y actores en el cuerpo a cuerpo con el texto. En el ámbito cultural, afortunadamente, nada es excluyente.

La traviata más inolvidable

El programa de mano comentaba que el estreno de esta obra fue en su día, allá por marzo de 1853, un tremendo fracaso. Un fracaso que me interpelaba desde la belleza que yo estaba experimentando. Los años, los siglos no nos hacen iguales. Parece ser que la sociedad del XIX no soportó ciertos matices en el marco de un argumento que a día de hoy resulta inasumible en muchos aspectos, con obsoletos códigos de honor, el rol que asigna en función del sexo o la posición social y la sentencia sobre el pasado de una mujer que ha intentado reescribir su destino junto a un hombre valiente. En aquellos momentos, el propio Verdi convivía con una mujer que no era su esposa, y La traviata fue vista como una provocación.

Desde mi experiencia de los meses recientes y el contexto actual, sin embargo, La traviata parecía la premonición de la calamidad. Y a pesar del canto y el brindis hedonista del primer acto, ese brindis que hemos escuchado mil veces y podéis ver sobre estas líneas, cobraba fuerza la sombra de la enfermedad que, desde el primer acto, late entre los temores que manifiesta Violeta.

Al ver cómo iban vestidos y cómo actuaban los interpretes o la disposición del coro tampoco podía esquivar la maldita covid-19. Yo estaba en el teatro dispuesta a olvidar el afuera, pero la omnipresencia de la realidad lo hacía imposible. Los cantantes no se tocaban, las distancias interpersonales se habían calculado para que la obra no perdiera ni un ápice de verosimilitud aunque ellos no podían traspasar los límites establecidos. Por su parte, cada integrante del coro permanecía en escena dentro de una cuadrícula roja que delimitaba su espacio. Me parecía increíble que Violeta y Alfredo fueran capaces de cantar el amor y la pasión sin rozarse, que un coro pudiera interpretar al unísono, tan maravillosamente como siempre, a pesar de no tenerse ni escucharse tan cerca como suelen hacerlo. La escenografía creada por espacios estancos y permanente contribuía al aislamiento de las escenas sin que hubiera necesidad de mover el mobiliario ni de hacer entrar o salir a nadie más al escenario. Toda la sobriedad del color, tanto en la escena como en el vestuario, concebida en la gama de blanco, gris y negro, parecía remitirnos a una situación de alivio de luto, con la salvedad del vestido de fiesta de Violeta, rojo y vibrante, acorde con la cuadrícula del suelo.

Aplaudimos cuando no tocaba aplaudir, agradecimos cada aria, cada momento memorable. Nos recompusimos de la tristeza del entreacto, de los pasillos y la barra del bar semivacíos, de la desinfección constante del personal de limpieza dispuesto en los aseos, y volvimos a nuestra localidad para asistir a un final que, a pesar de esperado y conocido, me hizo romper a llorar como hacía tiempo no me ocurría en un teatro. Los amantes se reencuentran cuando Violeta ya agoniza… y ella canta, dice “muero en tus brazos”, en mitad de una cama gigante, donde es imposible que su enamorado la toque. Y en ese momento, mi cabeza se fue más allá de esa escena y no pude dejar de pensar en esas otras muertes sin el abrazo físico de sus seres queridos. Por eso, me debía ser imposible contener un llanto inconsolable que transcendía la representación.

Al acabar, fueron largos los aplausos y el reconocimiento entre público e intérpretes. Desde el escenario y los asientos agradecimos a los otros que estuvieran allí porque el teatro no puede darse en ausencia de uno de ellos. Y aunque siempre que acaba una representación de cualquier género y en cualquier local, me disgusta el gesto de los espectadores que salen escopetados y ni aplauden, el otro día no les era posible. La salida, igual que la entrada, estaba pautada siguiendo unas instrucciones que tenían mucho de orden escolar, saliendo por filas; y aunque hubo algunas excepciones de quienes creyéndose «marqueses de casa nadie» insistían en poner en un brete al ejército de jovencísimos acomodadores parapetados tras visera plástica y mascarilla, no lo lograron y salieron a su debido momento. Abandonamos el Real recorriendo escaleras y vestíbulos ya desiertos, y al llegar a la calle no había rastro de los grupos que otras veces se quedaban de charla comentando el espectáculo o decidiendo donde ir a tomar algo.

Sé que en el anterior texto publicado en este blog, titulado Fin de ciclo, dije que estaba cansada de escribir de lo mismo y dimitía del monotema, pero con estas líneas asumo mi fracaso y soy consciente de que lo ha empapado todo.

Aunque he intentado recuperar mi normalidad anterior y he regresado al teatro, al cine, a ver exposiciones y al encuentro con amigos… la realidad sigue ahí, desafiante y cabezota, condicionando ambientes y percepciones, conversaciones, gestos grandes y pequeños.

El arte, que nos hace tan esencialmente humanos, no puede aislarnos de aquello que nos está atravesando cabeza y corazón; pero creo que ayuda a vivir y por eso os animo a volver a esos espacios que nos permiten soñar sobre otros mundos o replantearnos el que tenemos ante nosotros.

Fin de ciclo

Dejamos atrás una primavera apenas vista. Tras meses de encierro, hemos ido saliendo a hurtadillas. Los nísperos y los albaquicoques habían llegado a las fruterías, mientras en las tiendas de moda la ropa de abrigo evocaba un tiempo suspendido. Nos hemos perdido la floración de almendros y cerezos, y al recuperar el paisaje, los parques y los márgenes de nuestras calles eran un espectáculo de margaritas y amapolas rodeadas del desorden y la belleza de otras flores silvestres.

Semana a semana hemos ido recibiendo prórrogas del estado de alarma. Así, obedientes y endurecidos frente a palabras que a pesar de su significado se han hecho rutina, hemos comenzado el verano, que coincide con ese término de ‘la nueva normalidad’, a pesar de que también la normalidad ha sido pulverizada y asumimos vivir en un oxímoron.

Aunque durante este tiempo no hemos podido escalar más que las horas agotadoras de intensas jornadas laborales, huérfanas de afecto y válvulas de escape, pero repletas de incomprensión y sobrecarga, nos explicaron que el alivio sería progresivo recorriendo las cuatro fases de la desescalada.

La historia de Madrid es sobrada y tristemente conocida. Con miles de muertes, sus residencias a la deriva, sus UCIS colapsadas, sus sanitarios dejándose la vida y una gestión política al más puro estilo de Donald Trump, basada en la mentira y el circo mediático, a golpe de foto y de tuit, tapando hechos que deberán ser juzgados.

Como no podíamos pasar de la fase cero a la uno, nos inventaron la cero y medio. Y ahora, que no hemos recorrido el itinerario cabal de los números tres y cuatro, vamos a saltar desde la fase dos a la nueva normalidad, todavía con centros de salud cerrados o muy mermados en sus plantillas.

Madrid nos mata, pero resistimos

Allá va la Comunidad de Madrid, con un gobierno roto que ha ido de desfase en desfase y una ciudadanía dividida entre la prudencia, la vida y la necesidad. Allá va la ciudad de Madrid, que con el mismo nombre que la comunidad no es ni de lejos lo mismo. Ese topónimo común confunde. La comunidad es más grande, es rural y metropolitana, es un enjambre de ciudades y de pueblos aislados, un territorio sumamente desigual. La ciudad, a su manera, es también enorme, y está acostumbrada a la brega, a la dureza y también al disfrute que permite compensar tanta exigencia. Las horas de metro, las jornadas interminables, los horarios liberados que convierten en precariado a tantas y tantas personas, los precios desorbitados de la vivienda, la carestía frente a otras regiones en la cesta de la compra o el transporte… Sí, Madrid sigue matando; y dando vida.

Madrid es un espacio de resistencia, siempre lo ha sido. Basta recorrer su historia: guerras y algaradas comenzaron y acabaron aquí, también revoluciones y graves atentados terroristas. Y a pesar de todo, Madrid resiste, sobre todo, gracias a su gente, venida de todas partes, primero de España y luego del mundo, con ganas de prosperar. Esa energía la ha convertido en una ciudad única y portentosa, muchas veces invivible; sobre todo, cuando no existe la promesa de poder escaparse de ella cada cierto tiempo. Por eso, los que vivimos en Madrid somos gente que mira el calendario. Hasta marzo de este año, los más afortunados, aprovechando un puente, un festivo o una pausa escolar, huíamos en tropel en operaciones salida que nos prometían cambiar de aires y respirar mejor.

A partir del 21 de junio, con el fin del estado de alarma, parece que aquella vieja rutina podrá ser posible de nuevo. En estas semanas de soledad y silencio, en las colas de las tiendas he hablado con muchos desconocidos. Los más mayores, añoraban poderse ir al pueblo, cultivar el pequeño huerto, sentir el pálpito de la tierra que brota y aún es su conexión con la vida. Los trabajadores en activo empezaban a sentir la falta de aire, extrañaban las pausas vacacionales, la maleta y el vivir en otro lado, donde es posible caminar y pensar más lentamente.

Ahora parece que en algunos sitios no seremos bienvenidos. Lo fuimos antes de este virus, cuando dejábamos los ahorros de un trimestre o de todo un año y parecíamos triunfadores en localidades donde llenábamos bares, terrazas, hoteles y playas. Pocos se daban cuenta de que en el fondo éramos unos pobres diablos, en ocasiones compensando la vida de demasiadas semanas laborales sumidas en la náusea.

Puede que ahora ese dinero no valga nada. Que valga más el miedo. Que no nos quieran ni ver. Aunque yo creo que ese rollo de la ‘madrileñofobia’ tiene mucho de invento mediático. Insiste en la tendencia, incrementada por esta pandemia, de seguir destruyendo el lenguaje, inventando lo que no existe para que nuestras vidas sean más raquíticas. En el fondo dará igual. Todos los de aquí, nacidos o residentes, tenemos familiares y amigos en otras provincias y países, y sabemos que sus brazos están dispuestos a acogernos. Con prudencia y respeto, por supuesto. Encontraremos el rincón que nos dé cobijo, el árbol que nos reciba y nos preste su rumor natural para compensar tanto daño. En estos momentos, además, necesito creerlo.

Aire, aire, aire

Yo aún no sé si podré irme, a dónde ni por cuánto tiempo. Los planes quedaron en un extraño limbo cuando el calendario se volvió enteramente lunes. Las novedades me han pillado con la agenda en blanco y el cuerpo fatigado.

Lo que sí he descubierto, con más fuerza en las últimas semanas, es que tengo que dejar de hablar y de escribir sobre la covid-19. Hay otras palabras demandando su espacio entre la garganta y los dedos; otros paisajes, también mentales, que me urgen al cambio de fase.

Sé que el virus está entre nosotros. Sigue contagiando y matando. Pero voy a intentar tomarme unas vacaciones de su campo semántico y de todas las derivadas que ha acarreado y a día de hoy impone.

Con esta entrada, cierro una etapa de escritura sobrevenida, porque yo no elegí el tema. Voy a intentar airearme, en todos los sentidos. Os deseo lo mismo, aire para aliviar las penas del cuerpo y del alma, aire para que esa renovación nos cure de tanto. Buen verano y buena suerte.

Madrid, fase 1: entre la tormenta y la esperanza

Había ganas de pasar de fase aunque el temor de muchos era que lo hacíamos a tientas, que las urgencias económicas no cuadraban con los indicadores sanitarios, que los centros de atención primaria seguían en cuadro, tan destartalados como si por ellos hubiera pasado una guerra y también estuvieran en una incierta tarea de reconstrucción.

El primer día de la fase 1, el lunes 25 de mayo, antes de la hora del paseo, bajé a hacer unas compras y me topé con varias unidades del SAMUR y la Policía. A cierta distancia, no faltaba un grupo extenso de mirones. Debía de haber ocurrido algo muy grave porque el dispositivo ocupaba dos calles, pero pasé de largo sin atreverme a girar la cabeza, preguntándome si aquellos que observaban no habían tenido, hasta ese momento, bastante muerte a la que mirar.

Avancé con prisa. El cielo estaba cargado con la pesadez gris oscura de nubes de tormenta que finalmente rompieron con fiereza. Hechas mis compras, tuve que esperar a que escampara para volver a casa. Lo hice bajo un pasadizo al que llegaba la lluvia, que sentí con alegría sobre el rostro a pesar de la mascarilla. Mientras tanto, a lo lejos, seguía aquel despliegue de policías y sanitarios manteniendo el pulso de nuevo.

La tormenta y el accidente me resultaban avisos de alerta. Las nubes negras, la lluvia torrencial, la muerte que acecha en la esquina parecían reclamar prudencia. Pero al volver a casa pude contemplar un arco iris, el mismo que apareció en uno de los peores momentos de la pandemia sobre Madrid, y lo quise entender como un guiño de esperanza.

A pesar de los temores, la calle era otra

Uno de los alivios del cambio de fase fue acceder a los grandes parques de Madrid. Llegar hasta Madrid Río, por fin sin cintas plásticas prohibiendo el paso, y recorrer La Casa de Campo, donde los amplios espacios y el tamaño de los árboles permiten soñar con otros paisajes y una naturaleza menos domesticada.

Las terrazas estaban repletas. El ruido volvía a ser el habitual a pesar de las distancias entre las mesas, a pesar de los carteles que recordaban que era mejor no abrazarse ni estrechar las manos. El trajín de los camareros hacía sentir que la ciudad comenzaba a recuperar el pulso después de haber estado, de alguna forma, en un coma generalizado e inducido.

Cada comercio que ha levantado el cierre ha sido otro pasito hacia la alegría. Han vuelto a estar detrás del mostrador en la ferretería, la mercería, la pequeña tienda de moda…, y con su llegada, resurge la esperanza de salir adelante de nuevo, todos a una. A mí me han dado ganas de entrar a todos y cada uno de los comercios. Abrazarles, aunque no se pudiera. Así que he ido a darles la bienvenida, a comprar algo aunque no me hiciera demasiada falta.

Y saliendo del barrio, también he llegado hasta una de las librerías de las que son casa y refugio. Enclave de Libros esperaba con gel y mascarillas, y la misma complicidad de siempre. Tocaba desquitarse de los meses robados, el día del libro que no fue, el inicio de una feria del libro que se retrasa hasta octubre. Arrimar el hombro y mover la caja decaída por la ausencia de palabras vivas.

A pesar de la alegría, la tristeza sigue latiendo

Las terrazas y los grupos de personas que se reencuentran ofrecen un mensaje de ánimo que resulta imprescindible. Porque además de robarnos el mes de abril, como decía aquella canción de Joaquín Sabina, el virus nos ha robado nuestra ciudad tal y como la conocíamos.

Los bares y restaurantes que no pueden sacar mesas fuera, esas barras que siempre animó el bullicio permanecen en silencio. Desde la entrada, tutelada por banquetas o mamparas, nos avisan de que han vuelto a la cocina, que puedes pedir y recoger la comida o que te la llevan ellos. Son los bares de toda la vida, los que no recurren a abusadoras plataformas de reparto a domicilio y en un folio pegado sobre el cristal, ofrecen un número para recibir pedidos por wasap. Se les nota a la legua que están con el agua al cuello y echan de menos a cientos de trabajadores: los del café rápido a primera hora, los grupos de compañeros a media mañana, los menús de mediodía con patatas fritas o ensalada.

El metro está lleno de carteles que recuerdan el peligro y el uso obligatorio de la mascarilla. Un gesto tan habitual como adelantar a alguien en la escalera mecánica resulta imprudente porque impide mantener la distancia de seguridad. La megafonía insiste en no acercarse, usar los ascensores de uno en uno, ayudar a personas con discapacidad visual para que no se aproximen demasiado a otros. Es un metro sobrecargado de señalética que ahonda la desazón de los viajeros.

Muchas tiendas ofrecen gel hidroalcohólico en la entrada. Su ayuda para limpiarnos una y otra vez es reconocer la amenaza de gestos cotidianos: buscar la etiqueta en una blusa, mirar los ingredientes de una lata nueva para Fénix, elegir chocolate en una tienda de comercio justo… Tocar es peligroso. Pero nos cuesta asimilarlo porque el tacto nos hace más humanos y, como el resto de sentidos, nos permite conocer lo que nos rodea.

Madrid sigue a medio gas, extrañamente llena y vacía al mismo tiempo. Hay más gente en la calle, pero la mascarilla nos impide atisbar una sonrisa o un gesto amable. El miedo se ha convertido en un vecino nuevo que ha venido a quedarse, aunque no a todos nos afecta su presencia por igual.

Entre tanto, cada vez se hace más insoslayable la necesidad de muchas personas que han visto temblar sus vidas al desaparecer sus ingresos. Durante las semanas de confinamiento, desde mi ventana he visto una de las muchas colas del hambre que han surgido en Madrid: personas que, separadas por un metro, avanzaban durante toda la mañana hasta llegar a la puerta de la Asociación de Vecinos Alto de Extremadura. También me he cruzado con quienes esperaban que se abriera el local de la Red de Solidaridad Popular de Latina y Carabanchel. Y en los comercios del barrio, han proliferado los carteles que piden alimentos mientras otros acaban de colgar el anuncio de liquidación por cierre. Se suman a los que ya lo hicieron una vez pasaron las últimas navidades, aquellas en las que brindamos por un año que se antojaba redondo y se ha convertido en un interrogante lleno de aristas.

El 8 de junio, en Madrid, pasamos a la fase 2 con las mismas dudas del paso anterior. Ese día tocará también ir al centro de salud a reconocer el trabajo de los sanitarios, manteniendo la distancia y el aplauso, recordando que si no hay medios para ellos no hay medios para los ciudadanos. Seguro que vuelve a ser una concentración emocionante, como las anteriores. Donde la gente se sumaba desde la acera próxima y desde el otro lado del paseo, desde la mediana, y nuestro aplauso resonaba con el apoyo del claxon de taxis y autobuses que se sumaban al grito de “sanitarios necesarios”.

Cada uno, en función de sus circunstancias, ha sobrellevado como ha podido las consecuencias de la pandemia, la muerte o la enfermedad de personas más o menos próximas, el confinamiento, la pérdida o la sobrecarga de trabajo… Ahora nos toca lidiar con la incertidumbre de los próximos días llevando una mochila de heridas y esperanza. Ojalá no olvidemos meter una buena dosis de solidaridad y fraternidad.

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