Otro cumpleaños que celebrar

Si atendemos a las noticias de los medios de comunicación, apenas hay motivos para celebrar. Supongo que, por eso, cada quien, sin dejar de abrir los ojos y el pensamiento a cuanto nos rodea, tiene derecho aún a atrincherarse en los espacios de íntima felicidad. Un nacimiento, un tratamiento médico concluido, un nuevo proyecto o un amor… Por supuesto, también un cumpleaños.

Escribo estas líneas para compartir la celebración del mío, el pasado Día del Libro, y agradecer vuestras felicitaciones y vuestra compañía. Sé que hay personas que viven su cumpleaños como quien se topa con un accidente del documento de identidad. No es mi caso.

Siempre lo he celebrado. Y quizás, tras los dos cumpleaños limitados por la pandemia, el primero, encerrada en casa con Fénix; y el segundo, los cincuenta, con restricciones para grupos y desplazamientos, soy aún más consciente de que seguir cumpliendo años, con la certeza de ser una persona afortunada, es una fiesta. Así ha sido también este año.

El primer regalo fue pedirme el día libre. Dormir algo más, levantarme y desayunar sin prisas, atender llamadas y mensajes, devolver la felicitación y el cariño con gratitud y emoción. Al subir la persiana del dormitorio, el reflejo del sol me recibió en un punto donde nunca lo había encontrado. Daba de lleno en la ventana de enfrente, me ofrecía un guiño de luz radiante para lanzarme a los 53. ¡Bienvenidos!

Cuando más tarde salí a la calle para compartir mesa y mantel, el cielo mostraba un azul limpio y espléndido, una fuerza indecible. Lo comenté con mi padre. Ese azul. Me contestó que ya Gómez de la Serna decía que la luz de abril era la mejor de los cielos madrileños y, por tanto, la más adecuada para visitar las salas del Museo del Prado. No dará tiempo en abril, pero tengo que volver al Prado y lo he anotado en los planes del nuevo año vital.

Comida y cena sirvieron para reencuentros, confidencias, alimentar el cuerpo y el espíritu. Rasgué papel de regalo, recibí sorpresas y flores. Tampoco olvidé entrar en una librería para unir mi celebración personal con el Día del Libro. Desde que tengo memoria, nunca ha faltado un libro nuevo en cada cumpleaños. También acudí a mi cita con la lectura y el aprendizaje de la escritura, en el taller de los martes. Escribir y leer me han constituido desde la infancia. Los libros jalonaron el camino. Los borradores propios, también.

Soy quien soy por mis ancestros y mis circunstancias, celebro cumplir años y sigo aprendiendo. Me interrogo por los aspectos que no me gustan y miro con la perspectiva del tiempo en quién me he convertido. En mi caso, todo cumpleaños es un balance. No he podido evitar pensar en la niña que soñaba ser escritora, sin el referente de nombres de mujeres donde poder reconocerse; tampoco en la joven que dudó entre estudiar Políticas o Periodismo. Finalmente, me decanté por el amor a las palabras, confiando, ingenua hasta la médula, en un periodismo capaz de ayudar al cambio social y contribuir a mejorar el nivel educativo y cultural de la sociedad.

En estos días, reconozco los espejos astillados, los sueños rotos y también, el material de construcción del futuro. En política, hubiera durado un cuarto de hora. En cuanto al periodismo, me queda este espacio irrelevante desde el que escribo algunos artículos sabiendo que no voy a cambiar nada. Si acaso, ayudar a la reflexión de otra persona tan aturdida como yo misma, con parecidas preguntas sin respuestas.

Somos los espectadores de una realidad atroz donde la vida y la verdad no valen nada. Donde los muertos del genocidio de Gaza son la cifra de un informativo, una frase telegráfica que responde a la exigencia de un titular bien escrito, aunque carezca de alma y consecuencias: “las autoridades de Gaza estiman en 34.350 los muertos en la Franja por la ofensiva de Israel”.

Entre tanto, en nuestro país, un montón de noticias prefabricadas desde el odio y la mentira alimentan el mecanismo de una justicia estéril y ponen en peligro los valores democráticos. No es nuevo, ha ocurrido en Brasil y Portugal, por citar un par de ejemplos. Y quizás, como ha comentado el ensayista César Rendueles en una red social, comenzó el 11 de marzo de 2004, cuando las familias de los muertos del peor atentado de nuestra historia fueron insultadas y calumniadas por quienes no se resignaban a la derrota electoral, consecuencia de otras mentiras. Me temo que nuestra democracia heredó una carga y unos manejos que tal vez sean demasiado venenosos para su futuro, como explica de forma magistral Ignacio Escolar, en el artículo titulado ¿Merece la pena?

No obstante, en medio del ruido y nuestro cansancio, aunque cueste, hay que seguir defendiendo la esperanza. Seguir escribiendo y leyendo para no dejar que el cerebro y el corazón sean colonizados por la insidia y la maldad. Resistir desde la alegría y la celebración de la vida, que es lo único que tenemos, sin perder la memoria ni la dignidad. Para ayudarme, rescato las palabras preliminares en la antología poética de Juan Carlos Mestre, titulada La desobediencia de las palabras, recientemente editada por Bartleby. “¿Qué puede decir el poeta en estos tiempos sombríos?”, se pregunta Crespo Massieu, responsable de la selección y el prólogo, que responde partiendo de la voz de Mestre: “alentar el discurso de lo imprevisible, ser una voz más en la república de la imaginación, defender la alegría y ayudar a construir la casa de la verdad”.

Cierro estas líneas desde la resistencia que conocemos los que no hemos sido hijos ni nietos del privilegio sino del esfuerzo. Pongo un punto y seguido en mi pequeña celebración de la vida con la belleza del álamo que todos los días veo desde mi ventana. Hace algunos veranos, por la noche, alguien quemó un contenedor próximo. El fuego alcanzó su corteza y las ramas más bajas. Aún quedan huellas de esas heridas, pero cada primavera se llena de hojas nuevas y ya es el árbol más alto de la plaza.

Una manifestación histórica por la sanidad pública de Madrid

Tengo aún la emoción y el ánimo encendidos, tras participar esta mañana en la manifestación convocada por los “Vecinos y vecinas de los barrios y pueblos de Madrid”, contra el plan de destrucción de la atención primaria sanitaria.

No he podido acudir a otras citas y la de hoy, se preveía multitudinaria. Quise inventar excusas y pensar que no pasaba nada si faltaba; pero, al final, me recordé una promesa que hice en los meses duros de la pandemia, cuando era imposible manifestarse contra el desamparo, la mentira y la pésima gestión política sanitaria.

La mañana comenzó nublada, pero ya en el metro se percibía la energía de los días brillantes y las causas colectivas. El trasbordo hacia Ópera era multitudinario y dejé escapar un tren abarrotado en un andén casi lleno que esperaba al siguiente. Camisetas y batas blancas, corazones verdes, mascarillas diversas y personas de todas las edades. Una auxiliar de Metro guió a una pareja que empujaba la silla de ruedas de su hijo hacia el final del andén, donde iba a ser más fácil acceder a un vagón sin apreturas. El metro iba a tope, como en la hora punta de un día laborable, aunque era domingo.

Intentado salir del metro de Ópera a la superficie.

En la plaza de Ópera, desde donde debía salir la columna oeste, costaba encontrar hueco o moverse entre el gentío. Había salido el sol. Se escuchaba la batucada, pero no veía la cabecera ni parecía posible que aquella muchedumbre se moviera si la ruta tenía que atravesar la Puerta de Sol, convertida en ratonera, gracias a obras tan despilfarradoras como innecesarias.

Volví al metro. Pensé que era mejor avanzar hasta Sevilla bajo tierra. Dos estaciones y al salir, la calle Alcalá estaba aún vacía, pero a lo lejos, ya se divisaba la Plaza de Cibeles con mucha gente y me fui para allá. Allí, logré situarme muy cerca de la estatua y, gracias a los mensajes de móvil, encontrarme con amigas que hacía mucho tiempo que no veía. Desde la espalda de la diosa, veíamos la marea humana que bajaba desde la Puerta de Alcalá, y escuchábamos el rumor de la batucada que venía desde Atocha, y el mar de voces y pancartas caseras que procedía desde el norte, recorriendo el Paseo de Recoletos.

Mientras llegaban las cuatro cabeceras, distintas voces fueron tomando la palabra en el estrado. Sin partidos políticos ni banderas de ningún sindicato, reivindicando el sentir de quienes estábamos allí que, como se había pedido desde la organización, solo agitábamos pañuelos blancos.

Se recordó a la ‘Marea de Residencias’ en su lucha contra los protocolos de la vergüenza. Aquellos que, en tres días de marzo de 2020, establecieron por escrito que el deterioro cognitivo o la falta de movilidad descartaba el traslado hospitalario de centenares de mayores, que fueron condenados a morir solos y a no ser llorados.

La plaza enmudeció a pesar de estar rebosando, con un minuto de silencio dedicado a la memoria de residentes y sanitarios fallecidos durante la pandemia. Los pañuelos blancos volvieron a agitarse, en un intento imposible de enjugar las lágrimas de aquellos días.

Se ha reclamado la salud de todas las personas, al margen de su renta, su origen, su edad o situación administrativa. Debería dar igual quién acuda a un centro sanitario, la atención ha de ser pública, universal y de calidad. Y así se ha dicho una y otra vez, pensando y dando voz a las personas excluidas de tratamientos de VIH, a pacientes de enfermedades invisibilizadas, covid persistente o salud mental. También se ha defendido el trabajo de los centros sanitarios rurales, desmantelados en las últimas semanas para reabrir los centros de urgencias urbanos que se cerraron en marzo de 2020.

El personal sanitario lo ha dicho por activa y pasiva y hoy se ha vuelto a repetir: la atención primaria y de proximidad salvan vidas y son menos costosas que las urgencias hospitalarias. Y es una barbaridad mezquina y pura difamación acusar a los colectivos sanitarios de no querer trabajar cuando se dejaron la piel en la pandemia. ¿Acaso hemos podido olvidar, en tan poco tiempo, los aplausos, sus contagios y sus jornadas extenuantes, su desprotección para atender una infección desconocida sin guantes ni mascarillas suficientes?

El testimonio de los sanitarios nos sigue ofreciendo un discurso vocacional. Han pedido respeto por el dolor de sus pacientes, defendiendo una profesión que aman y no tiene sentido a través de una pantalla de plasma. Ellos y ellas, como se ha dicho, son héroes y heroínas que no llevan pulserita sino batas blancas. Algunos están siendo expedientados por denunciar la situación en la que están sus centros de salud. Son objeto de un discurso de odio que impulsa las amenazas y las agresiones físicas que reciben. Y sin duda, si se les ofrecieran condiciones dignas de trabajo, no optarían por el éxodo sanitario que está viviendo Madrid. Porque no se van: los echan, los trasladan, los despiden, los usan y los tiran como si fueran un trapo viejo.

Hoy, en el vigésimo aniversario del hundimiento del Prestige y de su marea negra, la plaza de Cibeles, la más blanca de la capital, ha sido un clamor contra la injusticia ante una situación de emergencia sanitaria y social que rompe las costuras de una sociedad teóricamente rica y sustentada en el estado de bienestar. Por mucho que los manipulen, los datos demuestran que falta presupuesto en atención primaria, en unidades médicas especializadas y en investigación. Y que el recorte sistemático y el desvío de fondos públicos hacia redes privadas o privatizadas suponen el incumplimiento de derechos constitucionales, como son el derecho a la salud y a la atención sanitaria de la ciudadanía.

Ha sido emocionante volver a entonar “El canto a la libertad” de Labordeta, devolviendo la dignidad a esa palabra que no merece ser pronunciada por quien la mancha y la ataca. Porque como bien se ha dicho hoy: “No hay libertad cuando hay enfermedad”. Parece que nos quieren enfermos y divididos, pero hoy la población de Madrid ha demostrado que está sana y unida.

A la hora de publicar estas líneas, la guerra de cifras está en marcha y el Consejero de Sanidad está quitando importancia a la manifestación de hoy. Me importa un bledo. A su desprecio, el mío. Quienes hemos participado en la convocatoria sabemos lo que hemos vivido. Hasta el sol se ha sumado a una jornada inolvidable. No se ha reforzado el sistema de transporte ni para ir ni para volver. No hemos escuchado al helicóptero que nos ha seguido otras veces. Si no nos esperaban, da igual: hemos estado presentes y vamos a seguir estando. Tenemos memoria y vamos a expandirla entre los olvidadizos, porque es una marea de ilusión y de vida. De utopía, ese seguir andando para avanzar. Ojalá la mañana de hoy sea un nuevo principio.



Feliz 2022. Afectos, confianza y salud

Escribo en este 31 de diciembre mis mejores deseos para el nuevo año, y los comparto anhelando que se cumplan.

Al pensar estas palabras, recuerdo bien las de hace un año. Soñábamos que el cambio de dígito, pasar del 2020 al 2021, borraría de un plumazo al bicho y sus consecuencias. Y aquí estamos, doce meses, varias olas, cepas y letras griegas después, esperando nuevamente un año mejor para todos. Soy consciente de que los deseos rara vez llueven del cielo, y aún así tecleo con pasión cada letra, leo en voz alta cada palabra escrita, por si sumando fuerza y sentido fuera más factible el hechizo, y la magia que envuelve la última noche del año irradiara todo 2022. Ojalá.

Igual que todos los años, hago balance y sopeso su carga de lágrimas y alegrías, pérdidas, sobresaltos, preocupaciones y retos… Después de 365 días, hemos resistido y estamos en pie para contarlo. Y seguimos, dispuestos a brindar y a sonreír, a dar las gracias, a compartir con generosidad y a hacer del mundo un lugar más amable y solidario hasta dónde lleguen nuestras manos y nuestro aliento.

Como siempre, acompaño estas líneas con una fotografía tomada en 2021, que resume una celebración y un encuentro largamente deseados y pospuestos. Es una muestra de que los planes, que se nos desmoronan una y otra vez, llegan a realizarse: lo que no pudo ser en abril tuvo lugar en noviembre. Las circunstancias nos han enseñado a postergar, a tener más paciencia y perseverar, a asumir los cambios. La imagen, que muestra las manos de dos generaciones, me recuerda que somos parte de una cadena interminable de afectos y vulnerabilidades, más visibles que nunca. En nuestras muñecas, lucimos una pulsera que recibimos como regalo: el obsequio de un niño, trenzado con su ilusión y su tesón, que se ha convertido en una de mis joyas más queridas, porque su valor es el de la amistad cimentada en décadas, la familia que te regala la vida y el cariño que se mantiene a pesar de la distancia y los encuentros esporádicos. Me parece un excelente equipaje para afrontar el futuro.

En estas horas últimas de 2021, os deseo un 2022 lleno de buenos momentos y buenas noticias, en el que seamos capaces de apreciar lo que, de verdad, merece la pena. Los afectos y el cuidado hacia quienes nos rodean, la confianza y la experiencia adquiridas, la generosidad para escuchar y empatizar… Todo ello debería guiarnos para encarar el tiempo por venir, rodeados de amor, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles y con mucha salud. ¡Feliz 2022!

Por una gratitud cotidiana y sincera

Tras la última entrada del blog, titulada Sin noticias de mí, recibí muchos y emocionantes mensajes de personas que se reconocían en el malestar que yo expresaba, y agradecían que mis palabras pusieran voz a su propio laberinto. Su generosa respuesta me desbordó y pensé en escribir algo para dar las gracias, un texto que podía haberse titulado “Con noticias de vosotros”.

Pero la idea inicial se fue completando con otras y, al margen de ese agradecimiento puntual que di a cada uno de mis lectores y les reitero nuevamente ahora, me propuse escribir algo más amplio sobre la gratitud. El tema me lleva rondando mucho tiempo y, tras lo visto a raíz de algunas muertes recientes, me urgía a reflexionar sobre lo que decimos y callamos, lo que ayuda o hiere, lo que resulta irrelevante o estimula en nuestra relación con los otros.

Los inesperados fallecimientos de Almudena Grandes y Verónica Forqué llenaron los medios de comunicación y las redes sociales de artículos y comentarios que elogiaban la trayectoria profesional y la calidad humana de ambas. Desde voces expertas en sus respectivos ámbitos, el literario o el interpretativo, pasando por compañeros de oficio, sus familiares y amigos hasta una inmensa multitud de admiradores, se volcaron en mensajes de duelo y reconocimiento. Palabras sordas y a destiempo que les rendían homenaje y agradecían los buenos momentos que ambas habían generado a través de sus textos y de sus horas de interpretación en la pequeña y gran pantalla.

En ambos casos, como tantas otras veces, mi pregunta fue la misma. ¿Por qué esperamos a la muerte para elogiar y reconocer? ¿Por qué somos tan rácanos con quienes aun nos pueden escuchar? ¿Por qué racionamos las caricias que pueden ser felizmente recibidas y salvar un día sin aliento?

Evidentemente, mis líneas no quieren animar a una alocada persecución de admiradores que asalten la tranquilidad de nadie. Cuando compramos un disco, un libro, la entrada del cine, un concierto o una obra de teatro ya estamos reconociendo… Si reseñamos, si recomendamos esa obra, estamos agradeciendo, igual que hacemos con los aplausos de los espectáculos en directo. En lo cotidiano, cuando volvemos a un comercio, cuando recomendamos el pan y las magdalenas de la tahona del barrio, cuando planeamos la cena de Navidad con el charcutero o intercambiamos recetas con los carniceros y pescaderos, les estamos haciendo partícipes de un bienestar al que ellos contribuyen y nuestra charla desenfadada, de algún modo, les incluye y reconoce.

Aunque algunos lo hayan olvidado, no hace tanto salíamos a los balcones y ventanas a agradecer el trabajo del personal sanitario que estaba dejándose la vida frente a un virus desconocido. Por aquel entonces, empezamos a valorar y agradecimos, de forma expresa y distinta, a quienes mantenían abastecidas las baldas del supermercado, a dependientes y cajeros de comercios de primera necesidad, al personal de limpieza que, provisto de desinfectante y guantes, se convertía en la sombra de nuestros pasos y borraba nuestras huellas con una mezcla de agua y lejía.

Pero al margen de los espacios de reconocimiento público tan obvios y de algunos aprendizajes que nos dejó la pandemia, dando valor a tareas tradicionalmente invisibilizadas, lo que me apesadumbra es la gratitud raquítica que ejercemos en el descuido del día a día. Y ante la desaparición de personas cercanas, me duele que se hayan ido sin que les hayamos dicho lo importantes que fueron en determinados momentos de nuestras vidas.

Unos días antes del fallecimiento del Almudena Grandes, discretamente y tan desapercibido que tardé días en encontrar algún obituario en la prensa, me enteré de que había fallecido Antonio Prieto, catedrático de Literatura de la Universidad Complutense, cuyas clases disfruté en la Facultad de Filología. Este verano, regresando de Salamanca y tras posar con la estatua de Fray Luis de León, relataba a mis compañeros de viaje cómo había conocido la obra de Fray Luis gracias a las clases magistrales de Antonio Prieto y cómo los nervios de aquellos exámenes orales que resultaban un raro desafío en aquellos tiempos, estuvieron a punto de llevarme con una oda de Fray Luis a la convocatoria de septiembre, aunque finalmente Boscán me lanzó un salvavidas. El curso que yo fui alumna de Prieto era, según se comentaba por los pasillos, su último como docente, al menos en los cursos de licenciatura y, sin embargo, en su última clase, tan magistral como las anteriores, no fuimos capaces de cerrar aquella hora con la ovación que año tras año le habían dedicado clases enteras de estudiantes. Aquella torpeza colectiva, aquel no atrevernos a romper el silencio emocionante del aula con un sonoro aplauso ha vuelto a mi memoria, mordiendo los recuerdos de aquellas lecciones extraordinarias sobre Petrarca, Cervantes y tantos autores de los Siglos de Oro. Ni él ni yo hablamos nunca de nuestro amor por la poesía, y esa falta de espacio para la confidencia me privó de decirle que gracias a sus clases encontró sentido y título mi primer poemario, que permanece inédito como un peldaño de aprendizaje necesario. Nunca le reconocí lo que me aportó en aquellas horas lectivas de los jueves y viernes que se convertían en un placer estético e intelectual.

En este tiempo de dificultades y demasiadas palabras dichas en vano, me he preguntado muchas veces hasta qué punto soy agradecida con quien me cuida, quien me ayuda, quien me quiere y me da soporte. También me he cuestionado si le doy más lugar en mi cabeza y en las noches insomnes a quien hiere y ofende, a quien desprecia y ningunea. Nunca fue mi fuerte hacer ecuaciones, pero me gustaría vivir el tiempo por venir desde la gratitud más que desde el enojo o el odio.

Si tiro del hilo, además del mencionado Antonio Prieto, hubo muchos profesores (en el colegio, en la universidad y en los estudios de postgrado), que me hicieron quien soy, tan amante de la palabra y el razonamiento crítico. En el ámbito laboral, me he encontrado con personas maravillosas que, desde una posición igual o superior, han sabido guiarme y sacar lo mejor de mí, jefes, jefas y compañeros, que se ganaban ese puesto desde el ejemplo y el estímulo, en lugar del ordeno y mando. Qué decir de la familia y los amigos, de las personas que han alentado mi escritura, arraigándome en el sentido profundo de mi propia vida; qué decir de quienes nos aman tanto que nos perdonan y acompañan en los momentos de más dolor y torpeza, ofreciéndonos empatía y afecto, de forma incondicional.

No puedo acabar estas líneas sin recordar a todos los sanitarios que me atendieron hace unos días, primero, en la atribulada atención primaria madrileña, y después en urgencias del Hospital Clínico. En esas horas, a pesar de mi facilidad con la palabra, me sentí incapaz de encontrar las que estaban a la altura de su dedicación, su conocimiento y su atención. Afortunadamente, todo quedó en un susto, pero la experiencia me hizo recobrar fuerzas y proclamar un gracias a la vida más fuerte que nunca, espero que inolvidable.

Podría intentar una lista exhaustiva, pero citar aquí una sucesión de nombres resultaría un texto tedioso. Yo sé quiénes fueron y son, y estas líneas habrán de llegarles como una acción reparadora (con los que todavía estoy a tiempo), por las veces que no lo hice como debía. Y de ahora en adelante, las gracias las daré de corazón sin esperar grandes ocasiones ni muertes; pronunciaré sus seis letras como quien regala alegría y reconocimiento, como quien otorga un don. Según el Diccionario de María Moliner, gracias significa, en su segunda acepción: “ayuda sobrenatural concedida por Dios al hombre para el ejercicio del bien y el logro de la bienaventuranza”. Muy lejos de querer ser dios, creo que si entre hombres y mujeres nos vamos ayudando en el bien para un mejor futuro colectivo, estaremos mejor encaminados. En este tiempo de nuevos propósitos de cara al cambio de año, ya tengo el primero: agradecer.

Muchas gracias por haber leído hasta aquí, por pertenecer a mi vida y hacerla mucho más feliz y gratificante. Gracias por ser el sol que templa el alma después del frío.

Recortes del tiempo efímero

Me encantan los periódicos. Su tacto, su olor, la sensación de nuevo y viejo que dejan sobre las yemas de los dedos. Desde hace demasiado tiempo tengo el gusto o la manía de archivar, conservar, apilarlos… Siempre pienso que un día recortaré el artículo que tanto me interesaba, que leeré los análisis de fondo, esa mirada, al margen de la fecha de publicación, que explica certeramente la realidad que nos concierne.

Pero lo cierto es que rara vez tengo tiempo para volver a ellos y al final, están destinados a ocupar un rincón de la casa donde acaban por volverse paisaje. Hasta que un día su presencia sombría acaba por molestar y los tiro sin ver, o les doy una última oportunidad de lectura inoportuna y desmerecida.

Ocurre entonces que las noticias son viejas, aunque el periódico no tenga más de unas semanas. Que apenas recuerdas algunos de los sucesos que incluye. Que se produjeron novedades, giros inesperados, reacciones, traiciones, mentiras… Ocurre que la crónica de aquel cercano entonces contrasta con lo que esta mañana escuchabas por la radio entre el sonido del agua de la ducha.

En España, lamentablemente, los periódicos se llenan de lo que dijo menganito y contestó fulanito. También es habitual que los susodichos sean políticos muy bien remunerados que aún no han entendido que les pagamos por hacer más que por hablar. De ahí que una gran mayoría pierda la fuerza por la boca, y una buena parte de su sueldo desaparezca convertido en saliva cuando no en mala baba. Esas páginas de crónica declarativa de circunstancias y coyuntura no soportan ni un par de días sobre la mesa. Son irrelevantes, y sólo constatan su inoperancia y nuestra decepción.

Sin embargo, hay noticias y testimonios que nos conmueven, de buena mañana; datos económicos de consecuencias y sombras alargadas; dramas grandes y pequeños que nos atraviesan; países y regiones que estallan en convulsiones sociales o escaladas bélicas, y luego no resisten la agitación del suceso continúo en nuestra asfixiada memoria. Eran noticias que abrieron sección, que estuvieron en portada y con el paso de los días son olvido.

Hoy ha sido uno de esos días de limpieza. Antes de que los periódicos hicieran su último viaje al contenedor azul, les he echado ese vistazo rápido que inútilmente intentaba hacerles justicia. Como otras veces, entre sus páginas han surgido muchos titulares que no han dejado de hacerme preguntas: sobre la fragilidad de mi memoria, sobre el azar de lo importante, sobre las sombras y las luces que cubren la actualidad, sobre los intereses que mueven el foco y hacen girar nuestra mirada.

He recortado esas páginas para darles una oportunidad de lectura sosegada, de seguir el hilo y no olvidar… porque esas noticias que un día se colaron en un periódico nos siguen hablando de un mundo roto que no queremos ver.

Hay titulares como el que dice que “La mayoría de las empleadas domésticas carece de un hogar digno”, y nos recuerda que alguna vez las calificamos como esenciales; la noticia se publicó en la sección de Madrid, ese territorio donde la libertad depende de la cuenta corriente. Un artículo amplio explica que en España, en mayo, había registrados 8,134 menores extranjeros tutelados, que se verán en la calle al cumplir la mayoría de edad. Por su parte, las secuelas de los enfermos de covid llegaron a ocupar la portada, porque se presentaban como una nueva amenaza, capaz de desbordar los servicios de rehabilitación de la sanidad española. Otro artículo nos recordaba que casi 3.000 pisos públicos de Madrid fueron vendidos a Encasa Cibeles, un fondo de inversión que solo está dispuesto a ganar, mientras los inquilinos continúan su batalla jurídica y la Comunidad de Madrid sigue jugando al “Pío, pío que yo no he sido”, aunque la operación fue firmada por el Gobierno de Ignacio González, una de las ranas que nos regaló Esperanza Aguirre. En Economía, leo que LG dejará de fabricar móviles tras pérdidas millonarias por la dura competencia china. LG sigue los pasos de otro gigante, Nokia, que también abandonó su ‘conecting people’ tras años de liderar el mercado. Por último, me llama la atención la foto de una mujer que llora y suplica: “Ayúdenme a liberar a mi hijo Roman”. Se refiere al periodista bielorruso que fue detenido tras el desvío forzoso de un vuelo comercial. Aquel aterrizaje y la posterior desaparición de Roman Protasevich alteró buena parte de la actividad de las aerolíneas que tenían que atravesar el espacio aéreo de Bielorrusia, pero ¿alguien sabe qué ha ocurrido después con el joven periodista y con su novia, detenidos en Minsk?

El puzzle me deja una profunda sensación de desasosiego. Vivo en una burbuja rodeada de dolor y desigualdades y lo sé. Coexisto con esas mujeres que limpian casas y asumen tareas de cuidados, viajo en el metro con ellas; pero permanezco al margen de su batalla diaria. Igual que con esos menores, que no son más que niños empujados por la pobreza y la vulneración de derechos básicos. Básico es también contar con un techo, igual que es fundamental la libertad de expresión o una sanidad pública que no esté permanentemente al borde del colapso… Pero todo está en jaque y en suspenso. Vivimos en un momento en el que un gobierno puede desviar un vuelo o vender tu casa. Y la línea de negocio de esa compañía gigantesca de la que alguna vez tuviste un móvil se derrite como un azucarillo, aunque logró ser uno de los primeros fabricantes del mundo y veíamos más su logotipo que a las personas de nuestra familia.

Supongo que para una ciudadanía con una opinión propia y fundamentada, la lectura y el seguimiento diario de las noticias es más un deber que una opción. Estar informado para opinar, para discernir. Pero poco aporta una información sin contexto ni seguimiento, que levanta un polvorín de sorpresa y ruido, y luego carece de análisis y continuidad. Vivimos en un mundo tan grande y tan hiperconectado que todo es a la vez relevante y nimio para nuestras vidas. Llevamos un año y medio sin levantar cabeza porque un virus se propagó a partir de la ciudad china de Wuhan. Hay decenas de fábricas paradas por falta de determinados minerales ante un planeta exhausto. Pero prima la anécdota, la foto o el video de impacto frente a tendencias de fondo que están conformando estructuras que aumentarán la pobreza, las desigualdades, el hambre, la crisis climática y la vulneración de derechos fundamentales.

Hace años, cuando nos íbamos de vacaciones y no llevamos un teléfono móvil encima, regresábamos a casa como nuevos. Los horarios al margen de los informativos televisivos nos permitían una desconexión total y, a veces, nos preguntábamos qué estaría pasando en el mundo mientras nos tomábamos un helado. Ahora, nos vayamos lejos o cerca, nuestro teléfono nos dará alertas y sobresaltos diarios, tanto de los irrelevantes como de los importantes. Y en cualquier punto del planeta encontraremos un televisor enchufado a tiempo completo, escupiendo imágenes impactantes con rótulos incomprensibles. Cada vez es más tentador volver a ese tiempo de paréntesis y hacerlo perpetuo. Y lo malo es que ese escenario tan apetecible y acogedor es también muy peligroso. Se da la paradoja de que si dejamos de pensar y de hacernos preguntas sobre todos los agujeros negros de la actualidad, tal vez seamos más felices en nuestra pequeña burbuja, pero estará creciendo el abismo que nos separa de una sociedad más habitable para la mayoría.

Aniversarios en Sol

Hace algunas semanas, subí caminando desde la calle Alcalá hasta la Puerta del Sol. Era una tarde de viernes primaveral. Parecía un regalo después de muchos días de lluvia y cielo gris. Madrid quería despertarse y sentirse bonita, a pesar de todo. Me senté unos minutos en un banco de piedra ante un trío de músicos que interpretaban piezas clásicas junto a las puertas de la Real Academia de San Fernando. Les dejé unas monedas e intercambiamos unas sonrisas de gratitud a través de las mascarillas.

A medida que avanzaba, la luz que se dejaba entrever al fondo del horizonte se convertía en un imán. Aún lejos, la Puerta del Sol se intuía envuelta en esos colores únicos y apabullantes del atardecer madrileño, rebosante de turquesas, violetas y anaranjados. Sin filtros, la cámara del móvil sacó una fotografía que parecía un cuadro impresionista. Quedaban aún unos días para que comenzara la campaña electoral y se celebraran las elecciones. Los colores y la tibieza de la tarde querían ser un guiño a una esperanza improbable. Tal vez tanta belleza estaba ahí para algo. Al menos, consolaba.

Desde lejos, distinguí a un amplísimo corro de personas. Al ser tantos y mantener la distancia entre sí, abarcaban buena parte de la plaza. Pensé que era alguna concentración autorizada, pero era una reunión espontánea alrededor de un músico que, con buena voz y su guitarra, interpretaba canciones alegres que todos nos sabíamos. No faltó quién se puso a bailar ni quienes se lanzaron a hacer los coros de aquellos temas de viejos veranos que traían un soplo de brisa del mar, cierto aliento de felicidad posible. Los ojos brillaban. Sentíamos que estábamos vivos.

El reloj del edificio que alberga la sede de gobierno de la Comunidad de Madrid dio las nueve. Y a los pocos minutos, un par de coches de la policía municipal entraban en el espacio peatonal de la plaza y acababan con la música. Al verlos llegar, el músico explicó que el permiso para tocar expiraba a las nueve. Se disculpó… A pesar del reciente cambio horario y la primavera que queríamos disfrutar, las ordenanzas eran claras. El público se fue dispersando sin rechistar, echando unas monedas en la funda de la guitarra, mientras yo me quedé remoloneando por allí, esperando que la policía se fuera. No había multa, no se llevaban los instrumentos ni la recaudación… “Buena onda, todo bien, me despisté con la luz y el cambio de hora”, me dijo Charly Alvarenga (en Instagram). Nos despedimos con un amplio gracias.

La policía cumplía órdenes, impedía la felicidad por unos minutos de más. Nos devolvía a esta vida reglada que condiciona tantas cosas pequeñas e imprescindibles. Seguí mi camino y me detuve ante el escaparate de La Mallorquina, ya cerrada. Aquel rumor de azúcar cálido, el recuerdo de sus napolitanas de crema recién hechas me devolvían el buen sabor de boca de una tarde que había iniciado con el propósito de cuidar del alma y el cuerpo, tan atravesados por las derivadas de la pandemia.

Han pasado muchas cosas dentro y fuera de la Puerta del Sol desde aquel 9 de abril en el que me iba haciendo nuevas promesas, mientras paseaba por algunos de mis rincones más queridos de Madrid.

En lo personal, cumplí 50 años e imaginé un texto, en línea con el del año pasado, pero luego faltaron tiempo y ganas para escribirlo; también ha habido muchas citas médicas, propias y ajenas, y lo que queda, demandando energía y llamadas, atención a la agenda y al cuidado, cierta paciencia que se agota entre vacunas, pruebas diagnósticas y consultas diversas. Afortunadamente, nada es grave, pero sí fatigoso, en unos tiempos en los que las fuerzas van muy justitas. En lo político, tampoco encontré el brío necesario para analizar algunos hitos de la delirante campaña electoral de las elecciones autonómicas madrileñas; y después, atragantada con la tristeza que me brindaron las urnas, tuve una digestión demasiado pesada en la que se juntaron unos resultados incontestables, una falta de autocrítica casi generalizada y un recital de improperios e insultos con los que se nos bendijo a todos los madrileños, desde una diversidad de rincones y voces que decían ser progresistas.

Reconozco que me estaba costando recuperarme de todo esto cuando la Puerta del Sol vuelve a las portadas de los medios, ya sea por el desfile etílico del fin del estado de alarma (que no solo se produjo en esta ciudad); y ante el inminente décimo aniversario de aquel 15-M con el que esa plaza madrileña también atrajo las miradas de medio mundo. Tampoco puedo olvidar que en Sol hemos visto concentraciones por Colombia (y las que quedan), y no tardará en llegar la bandera palestina (si es que no lo ha hecho ya).

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, le dice Ilsa Lund a Rick Blaine en un momento inolvidable de la película Casablanca. Y yo estoy por contestarle que sí, que el mundo se derrumba mientras unos se emborrachan, otros se lavan las manos o se frotan los ojos, y otros se curan las heridas o entierran a sus muertos. Confío en que también nos quede sitio para el amor porque de lo contrario, estamos perdidos.

Un gran amigo y fiel lector me dijo una vez que mis textos siempre median o terminan mal. Su reto era que un día me atreviera a darle la vuelta a la tristeza y acabar en alto, en plan locura. Pienso en él mientras alcanzo estas líneas sintiendo una doble derrota: por haber descubierto el plan y porque no soy capaz de hacer lo que me pide. ¿Cómo escribir la esperanza sin caer en un fallo enorme de coherencia narrativa? ¿Cómo mantener la chispa de la ilusión ante este cotidiano devenir de egoísmo?

Soñando otro mundo, en 2011. (Foto personal).

Quizás el único camino, a estas alturas del texto, sea volver a esa Puerta del Sol donde hace diez años empezamos a soñar otro mundo. Si alguien nos hubiera contado lo que íbamos a vivir en tan sólo una década no le hubiéramos creído. Aquel entusiasmo y compromiso colectivo es algo que no olvidaremos nunca quienes durante aquellas noches entrelazamos las manos y levantamos gritos silenciosos que estallaban en aplausos cargados de una contagiosa y feliz energía. En los años posteriores, hubo nuevas concentraciones y asambleas, movidas por la nostalgia y también por un deseo de cambio que seguía latiendo y aspiraba a más. El año pasado reinó el silencio. Este año yo solo tengo interrogantes.

Ahora mismo, es imposible tomarle la mano a alguien, más aún si es un desconocido; y manifestarse en un entusiasta enjambre humano como aquel. Me temo que la confianza en los procesos colectivos ha vuelto al espacio de la utopía, aunque me consuela saber que sigue latiendo y salva vidas en multitud de hospitales y en otros espacios de resistencia y solidaridad.

Juntos podemos ser más fuertes, pero esta pandemia nos ha metido a cada uno en nuestro rincón, desde donde hemos visto que se rompían muchos nexos mientras luchábamos por no rompernos. Si bien los recuerdos tienen una fuerza contrastada para sacarnos de amnesias y traumas, no estoy muy segura de que las fotos de hace diez años, las canciones de otros veranos o el sabor de una napolitana de crema vayan a salvarnos. Habrá que ir pensando nuevos caminos. Y si en ellos podemos seguir cantando y bailando como en aquellas horas de la primavera de 2011, será buena señal. No habremos muerto.

Una Semana Santa para la nostalgia

La naturaleza reverdecida y la primera luna nueva de la primavera han sido las dos señales que nos han anunciado la Semana Santa. Los ciclos vegetales y lunares respetan sus tiempos, mientras nosotros nos detenemos ante la segunda Semana Santa más extraña de nuestras vidas.

Es inevitable no pensar las fechas, a pesar de este calendario aturdido por la pandemia. Es difícil no acusar la nostalgia tras este Domingo de Ramos con tan poco aire celebrativo, tan vaciado de los ritos que construyeron nuestra infancia, aunque fuera algo tan nimio como estrenar calcetines.

Desde hace semanas, las torrijas hacen su guiño dulce en los escaparates, pero este domingo no ha sido fácil encontrar un puesto callejero de palmas y ramas de olivo. Tampoco se escuchan las ruedecitas de las maletas que huyen de la ciudad ni se hacen planes en voz alta.

Decía nostalgia, y no puedo evitar pensar en otros Domingos de Ramos cuando, en Jerez de la Frontera, amanecía mirando el cielo, deseándolo resplandeciente para disfrutar las procesiones que inauguraban una semana repleta de belleza, un goce para los sentidos al margen de la fe religiosa.

No he sido fiel a la cita todos los años, pero en estos dos últimos he añorado como nunca aquel olor a azahar que se mezclaba con el incienso en calles caldeadas por un sol generoso, aquella sensación de fiesta en las plazuelas y las miradas. La música y el silencio, lo solemne y lo mágico, el sincretismo ante una emoción primigenia.

Decía nostalgia y recupero los recuerdos de aquel trasiego de penitentes que caminaban apresurados con su túnica recién planchada; aquel nerviosismo a las puertas de los templos, con el gentío aguardando el inicio del ritual, la apertura de la puerta y la aparición de la cruz de guía; y por fin, la pisada acompasada de todos a una, tan poco habitual en este país, repartiendo el peso bajo el respiradero; y el grito del capataz, guiando a decenas de hombres en penumbra, bajo la descomunal carga de un paso de misterio o de palio, dotándole de belleza y vida con un movimiento calculado, sutil y extraordinario a un tiempo, sin poder contemplarlo.

Esta Semana Santa no habrá procesiones ni saetas en las calles, tampoco esa algarabía pagana que compartía un vino y conversación entre un paso procesional y el siguiente; mientras los niños se afanaban en amasar una bola de cera con la derramada por los cirios penitenciales, mientras los adultos se preguntaban por sus propias cuitas, ante la figura de un dios traicionado o crucificado y una madre doliente.

No habrá viajes, pero estamos vivos. No habrá viajes, pero este año, a diferencia del pasado, podré estar acompañada. No habrá viajes, pero hay parques, museos, librerías, salas de cine y teatro que podré disfrutar en este tiempo de descanso que agradezco como si fuera agua bendita.

Tras más de un año de pandemia y del cambio que a cada uno le ha supuesto en su vida y en su interior, recibo agradecida esta pausa y casi echo de menos el silencio de épocas más rígidas. Si fuera posible, pediría un poco de silencio a nuestros políticos, al margen de que sean creyentes o de la fe que profesen… les pediría un poco de respeto hacia la ciudadanía. Que se recogieran como antiguas beatas a pensar en sus faltas, a hacer un verdadero examen de conciencia.

Personalmente, creo que el comportamiento de muchos representantes públicos nos ha sumido en una pandemia peor que la del covid. Se llama desesperanza. Surge de verles a la gresca, interesados y egoístas, preocupados por su posición y sus sillas, como esos falsos creyentes que se dan golpes en el pecho en un sitio privilegiado de la carrera oficial, mientras otros buscan la religión en gestos pequeños que son realmente salvadores.

Quizás por eso me ha venido a la cabeza y a la memoria ese resoplido colectivo, compartiendo el escaso aire posible mientras paso a paso continúa ese trabajo esforzado fuera de los focos. Bajo el peso enorme de estructuras de madera y plata, con el firme propósito de avanzar sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo; midiendo cada centímetro de los giros en calles estrechas para no dañar el paso; sacando fuerzas de donde apenas quedan al regresar al templo, en un alarde de belleza y entrega que es difícil de entender si no se ha vivido de cerca.

Decía y digo nostalgia, pero también digo presente y futuro. Ojalá supiéramos recuperar la fe y la esperanza, y caminar todos a una, para reconstruir los daños que nos rodean desde la última primavera.

Un 8 de marzo distinto

Hoy es 8 de marzo, pero no tiene nada que ver con ninguno de los anteriores. Me he vestido con un jersey morado, pero no abrazaré ni brindaré con mis compañeras de la oficina, no nos haremos una foto juntas, no habremos parado a las 12 horas a las puertas del centro de trabajo porque estamos teletrabajando. Tal vez nos consuele algo habernos visto las caras a través de zoom, haber sentido que la distancia nos afecta y que nos echamos de menos porque juntas somos más.

Tampoco acudiré a ninguna manifestación porque Madrid es la única ciudad de España donde se han prohibido. Compartiré mensajes y videos a través del teléfono y las redes sociales con mujeres conscientes de que nos sentimos más solas que en ningún otro 8 de marzo. Seguramente, este Día Internacional de la Mujer será más íntimo que ninguno. Pensando, repensando este mundo que nos sigue dando motivos para saber que debemos afrontar muchos espacios de reivindicación porque la igualdad de derechos no es realidad. Y aunque hemos avanzado, queda mucho por recorrer.

Pensé que hoy sería un lunes más, un 8 de marzo más; pero es el 8 de marzo más triste que recuerdo. Es el 8 de marzo que, también, como todo en este tiempo, marca la pandemia. Igual que fue un cumpleaños triste, una Semana Santa tristísima, una primavera robada, un verano mutilado, unas navidades llenas de límites y un día a día condicionado… hoy toca sumar una fecha más que se contagia del pesar y las limitaciones de este tiempo. Y reconozco que me ha afectado. Hoy, como tantos del 2020 y 2021, es un día de fiesta que no puedo celebrar como quisiera.

Por primera vez en años, en la noche del 7 de marzo y en el amanecer del 8, no he escuchado coros de mujeres cantando por las calles: “Vecina, escucha, estamos en la lucha”, “Aquí estamos las feministas”, con su ruido de cacerolas y percusión doméstica, combativa y luminosa. Aún no salí de casa e ignoro si hay pancartas, si hay pintadas, si hay folios pegados en las farolas, en las marquesinas de los autobuses, en el acceso al metro. Es un 8 de marzo raro en el que, forzada por la nostalgia, me acuerdo de otros y me hago nuevas promesas.

En 2019 secundé la huelga feminista y fui a la manifestación, entretuve las horas de la mañana en repasar los sueños robados o aplazados, en hacer memoria de la mujer que soy. Aquello quedó por escrito en este artículo.

Hoy no voy a repetir lo ya escrito, pero al volver a leer ese texto reconozco las heridas de siempre y vuelvo a invocar la necesidad de que las cosas cambien. Que cambien para bien y cuanto antes, porque lo mismo nos cansamos de aguantar y perdemos la paciencia. La paciencia de trabajar sin descanso y ser menos consideradas, la paciencia de acatar mandatos ajenos como si fuéramos siempre niñas o mujeres incapaces o locas. Durante siglos nos pidieron estar calladitas, resignadas, en segundo plano… Y algunos se atreven a pedirlo a día de hoy, desde espacios de poder, olvidando que la lucha y las conquistas de las mujeres beneficiarán al mundo. También a sus hijas e hijos.

En los últimos años me ha emocionado la fuerza de las más jóvenes. Ellas han hecho que vuelva a las calles. Antes del “No es no”, el “No estás sola” y “Yo te creo, hermana” hubo otro gran día violeta: El tren de la libertad. Fue el 1 de febrero de 2014 cuando miles de mujeres procedentes de toda España salimos a las calles de Madrid y acabamos forzando la dimisión de un ministro que pretendía devolver el aborto, un derecho sexual y reproductivo de las mujeres, a los años de la prohibición y la caverna del castigo. Supongo que se pasó de frenada. No calculó nada bien entre su potencial electoral y nuestra furia colectiva. A los hombres obcecados que vuelven a manosear nuestros derechos y nuestras palabras, a los que cobardemente vandalizan la imagen de nuestras referentes, les recomiendo que revisen la hemeroteca. Que pongan sus barbas a remojar. Que lean. Que escuchen.  

Hace años que hemos decidido no dar un paso atrás. La pandemia nos ha puesto contra las cuerdas: en casa, más precarizadas, más silenciadas, más pobres, más indefensas. Las cifras están ahí para quien las quiera buscar. Se multiplican en las webs de organizaciones feministas, sindicatos, asociaciones, partidos políticos, organismos nacionales e internacionales y platean un escenario desolador. Por poner un ejemplo, os dejo las que ofrece la Coordinadora de ONGD de España, junto al lema de este año, “Ante la emergencia social, el feminismo es esencial”.  

  • Una de cada tres mujeres en todo el mundo ha experimentado  violencia física o sexual, principalmente a manos de su pareja.
  • A nivel mundial, solo 10 de los 152 jefes de estado elegidos son mujeres.
  • Durante el estado de alarma las peticiones de asistencia a víctimas de violencia de género en España supusieron un 57,9% más que el año anterior.
  • El Comité de Emergencia de la OMS para COVID-19 cuenta con un 20% de representación femenina
  • Las mujeres realizan el triple de trabajo doméstico y asistencial sin remuneración.
  • La Covid-19 podría provocar la pérdida de 25 millones de trabajos, situación en las que las trabajadoras migrantes son especialmente vulnerables.
  • En la UE la brecha salarial entre hombres y mujeres es del 24%. En España del 27%.

Datos así nos tienen que rearmar. Este año es especial. Seguiremos siendo responsables. Creo que es una palabra que sabemos vestir desde que nos trajeron al mundo. No nos resulta grande ser corresponsables del momento histórico que estamos viviendo, pero tenemos memoria colectiva. Y no la vamos a perder. El año que viene volveremos a ser una cascada violeta imparable y hasta entonces, seguiremos atentas y trabajando. Reconstruyéndonos desde lo personal y recuperando las fuerzas y el compromiso colectivo.

Vamos, mujeres, junto a los hombres que están dispuestos a acompañar este camino y esta lucha. Tenemos que ser capaces de abrazar la esperanza a pesar de tanta frustración y tanta injusticia.

Un paisaje de sombras

Vino Filomena y escribí de la nieve. Quizás fue una excusa para evitar al bichito. Va a hacer un año de mi primer texto descreído, cuando según las primeras informaciones la afección en España sería escasa. No vimos venir los miles de muertos, la realidad de un país arrasado económicamente, tanta niebla sobre el horizonte y sobre la vida de cada quien. Ahora vamos viendo los resultados pero somos conscientes de que no es una foto fija. Tiende a empeorar, mientras cada uno de nosotros intenta no resquebrajarse.

De Filomena sabíamos de su llegada. Excepto algunos políticos que están en una realidad paralela, todos lo sabíamos. Pero tampoco anticipamos que arrasaría con más del 60% del arbolado de la Casa de Campo y El Retiro. Ahora tenemos otra certeza. La belleza y la sombra que nos faltarán cuando busquemos su auxilio bajo el sol de los próximos meses.

Da la sensación de que Madrid va a mantener abiertas las heridas de este tiempo durante un alargado futuro de sombra. Una sombra sin árboles. Una sombra que se construye con centenares de cierres echados, casas vacías e innumerables duelos. Una sombra que se ha proyectado en el silencioso trabajo de cementerios y crematorios sin abrazos.

Empezamos a saber o a intuir que tampoco vamos a salir iguales. Ni indemnes. Lamento quitar las esperanzas de los que pensaron que saldríamos mejores. Supongo que ya no les quedan. A estas alturas, hemos visto a servidores de lo público y servidores de Dios convirtiendo su posición de servicio en privilegio, mientras los mercaderes del templo de la gran industria farmacéutica, tan opaca y opulenta desde que tengo memoria, ponen precio a la vida de la población, al margen de cualquier consideración ética y moral, en un casino vergonzoso de intereses en el que las instituciones europeas, nuestros representantes al fin y al cabo, tampoco salen bien paradas. El egoísmo y la codicia pautan las reglas del juego tal y como se explica en este excelente artículo que nos hace pensar lo fácil que es ser manipulados, una vez más, como ciudadanos necesitados de un culpable fácil.

La foto que ilustra estas líneas es una montaña de nieve sucia. Una de las muchas que surgieron por la ciudad, cuando después de días de demandas desatendidas, de picos y palas vecinales, sentimos el motor de las máquinas. Llegaron para apilar el hielo, a juntar en feos montones toda la belleza perdida, lo que la nieve tuvo de magia y accidente.

Estuvimos durante días pendientes de ese rumor de motores. Porque el silencio de la nieve, dio paso a la algarabía de los juegos; los golpes del precario instrumental contra el hielo, dejaron lugar al silencio ante el miedo a las caídas; y en ese nuevo peligro, empezamos a agudizar el oído. A la espera de los camiones que debían recoger la basura, de las máquinas que podían devolvernos la pequeñez de ser peatón sólo con mascarilla. Sin bastones ni muletas, sin el palo de la escoba ni los paraguas cerrados, todos ellos al servicio de un apoyo precario frente al hielo.

Las calles se poblaron de montoneras de hielo y nieve mientras se agotaban el yeso de las consultas de traumatología y los bancos de sangre para cirugías de urgencia. Tampoco supimos anticipar ese batacazo. Me pregunto si seremos capaces de anticipar alguno de los que se van fraguando, más o menos veladamente, ante nuestras poco perspicaces narices. Tal vez sean las mascarillas las que nos han restado también ese olfato que nos permitía anticipar ciertas amenazas.

Mientras esos montones de agua helada se han derretido nos quedan otros: amasijos de ramas, hojas y troncos que también esperan su camión. Ahora suena, más o menos cerca, el sonido de las motosierras. En ciertos puntos se van apilando los que ya eran brotes tempranos, las promesas de una primavera maldecida. El paisaje tiene algo de postbélico. Como si la inocente guerra de bolas de nieve hubiera dejado un resultado exagerado en este rastro de destrucción que nos acompañará durante semanas.

La victoria vecinal fue hacer practicables algunos cruces, las aceras, nuestros portales… pero más allá de esos pequeños rincones de paso cotidiano queda mucha ciudad y una dolorosa mole de incertidumbre y dolor, de vidas que se están rompiendo. Al margen de esos sacos de arena y sal municipal que no llegamos a ver, buscamos y volcamos sal en defensa propia, la sal gorda y la sal fina que pudimos encontrar en las baldas aturdidas de los supermercados. Reconozco que salpiqué de sal cuanto limpié de hielo, y que lo hice con el temor de esa superstición que vincula la sal derramada con las lágrimas futuras. Confié en que, por una vez, no se cumpliera la maldición de la sal. Que esa sal que nos protegía contra el resbalón y el golpe fuera benéfica. Pero parece que mi oración no tuvo resultado.

Las cifras de contagios, enfermos y fallecidos crecen trayendo nuevas lágrimas, y las vacunas y las ayudas para sobrevivir escasean como esos minerales básicos sobre los que el ser humano ha construido una civilización tras otra. Lo bueno sería aprender de la historia y corregir el rumbo del futuro. En lugar de dominar los puntos de acceso a las nuevas salinas y amasar nuevas fortunas millonarias, colaborar para disponer y distribuir la dosis justa y necesaria para el bien común. Pero eso supondría volver a tener esperanza. Y como algunos otros productos que se han hecho protagonistas en estos tiempos confusos, anda escasa. Supimos resolver la carencia de papel higiénico, de alcohol y mascarillas, de guantes, de harina y macarrones, de pan y verduras… pero va a ser mucho más difícil avanzar en cada nuevo amanecer si nos falta la esperanza que entre unos y otros nos están hurtando.

Hojas de otoño sobre el futuro

Llevo casi dos meses sin publicar nada en este blog. El tiempo se ha tornado extraño de nuevo. Mi espacio exterior se volvió a cerrar y limitar por unas semanas. Lo pienso y me pregunto si esas restricciones no afectaron también a las palabras, al fluir que persiguen. Si al decir “cierre perimetral” y enmarcar ciertas calles, no se condenaron, de forma inconsciente, otras actividades posibles. Si la prohibición no ejerció más fuerza sobre mis pensamientos que sobre mi cuerpo. Si bajé los brazos y aplacé los sueños. Otra vez. Golpeada en lo hondo. Noqueada ante un perímetro caprichoso que me negaba los árboles más altos, cansada de tanta restricción acumulada. Algunos lo han llamado “fatiga pandémica”. Yo lo llamo fatiga a secas. Fatiga. Y coincido con María Moliner, letra a letra.

“Fatiga:

Sensación que se experimenta después de un esfuerzo intenso o sostenido, físico, intelectual o moral, de falta de fuerzas para continuar con el esfuerzo o trabajo, a veces acompañada de malestar físico consistente especialmente en dificultad para respirar”.

Diccionario del uso del español. Es decir, la gran obra de María Moliner

Fuera de casa, el otoño era y es un consuelo. Ayuda a respirar con su belleza pausada. Casi en un susurro, nos ha sugerido que el cambio de las hojas, la transformación de los colores y el principio de la desnudez de los árboles promete un nuevo ciclo. Un reinicio, una renovación. Ojalá. Lo necesitamos como nunca. Necesitamos creer en un tiempo nuevo, tanto es así que confundimos esperanzas con certezas, vacunas con garantía de salud. Lo confundimos todo en nuestro deseo de aferrarnos a la magia de la bondad que estaría por venir. Un tiempo amable que nos cure.

Alcanzado diciembre, pesan los días del calendario como ningún otro año. Es cierto que siempre vamos arrastrando cansancio, que el tiempo laboral se hace arduo, pero este año es distinto. Desde marzo, nuestra vida se ha llenado de restricciones y palabras que condicionan nuestra existencia; hemos sufrido diversos embates de dolor y llanto, en una proporción mayor que ningún otro año; las calles han sido un espacio donde el miedo y la tristeza han dado protagonismo al trino de los pájaros. Un canto que rompía el silencio, sobresaltado por las sirenas de emergencia. Una melancolía generalizada ha disfrazado nuestras miradas, más resignadas, más conscientes, más dolidas.

Es difícil calcular cuando volveremos a ser los que fuimos, si será posible. Estamos aún en la grieta. Y aunque hay momentos de reencuentro y risa, aunque hemos recuperado cosas que un día fueron normales y luego no (tomar un café, ir a un cine, hojear novedades en una librería, hacer una pequeña escapada, pasear sin horarios), aún hay límites que marcan muchas diferencias con el tiempo anterior. Entre ellos, la posibilidad de abrazar y hacer planes. También su combinación, la posibilidad de planear un viaje o un encuentro para abrazar a otras personas, a las que viven en otra provincia o país, y forman parte de nuestras vidas.

La incertidumbre y el temor están ganando la partida. Nos podremos ver si no hay limitaciones de movilidad, si las normas de mi zona y tu zona son las mismas, si tú no tienes miedo, si ni tú ni yo tenemos síntomas. El condicional ha venido para quedarse y construir el presente.

Los mapas de carretera que, en otro puente de la Constitución, hubieran tejido los itinerarios de millones de personas hoy son, como en la fotografía, el escenario difuso de direcciones borradas por el agua de la lluvia, la fuerza de la tormenta y el rastro del otoño. Las indicaciones apenas son legibles, visibles, pero se intuyen tanto como nuestros deseos silenciados.

A veces una imagen lo explica todo. Se planta ante nuestros ojos y es un espejo, una afirmación, una sentencia. Somos los huéspedes de un tiempo y un espacio detenidos en un paréntesis con el que no contábamos. La vida que fluía mes tras mes, de festivo en festivo, dándonos una pausa de libertad y aire entre las obligaciones, se ha esfumado en la sucesión de los días que nacen iguales entre las mismas paredes y similares rutinas.

En otro tiempo, nos acostumbramos a recuperar las fuerzas a base de escapadas y actividades especiales que hoy resultan imposibles, y las hojas del otoño son el bálsamo al alcance. Caen ante los ojos como las hojas del calendario, como los deseos que no pudimos o supimos cumplir. Caen y dejan la senda del nuevo brote, ese milagro de la vida en el que hay que seguir creyendo. También en días como hoy, como mañana. Escribirlo tal vez sea la forma de empezar a creer.

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