Cuenta atrás hacia la primavera

El tiempo siempre nos hizo trampas. Cuando éramos pequeños soñábamos con crecer y anhelábamos que todo fuera más rápido, usar la mano entera para alcanzar el cinco y después, las dos manos para sumar hasta diez. ¡Menuda cifra! Luego atravesamos los años confusos de la adolescencia y la juventud. Ya no mostrábamos nuestra edad con los dedos de la mano, pero tampoco nos salían las cuentas. Era demasiado pronto para ciertas cosas, demasiado tarde para otras. Nos hicimos mayores sin ser realmente conscientes, y la década de los treinta y los cuarenta no cumplieron demasiado con el guion previsto, aunque en mi caso, a falta de un par de meses, están prácticamente completadas.

Día a día y año tras año, el calendario avanza y da la sensación de llevarnos por delante, aunque tachemos los días para saber en cuál estamos y señalemos algunos con círculos de colores para no despistarnos del todo. Tal vez sea la pandemia y la vida medio confinada, pero yo siento más que nunca este tiempo extraño que se escapa sin vivir. Mi confusión temporal se ha multiplicado a pesar de que tengo más calendarios que nunca ante los ojos. No faltan los momentos diarios en los que tengo que mirarlos varias veces. Y pellizcarme. La vida pasa.

Estamos a punto de concluir febrero. El carnaval fue una nube borrosa sin disfraces ni bailes; más que nunca, dejó un halo de ceniza. La naturaleza sigue, a su ritmo, y ya he visto almendros en flor. Quizás sus pétalos delicados y su fragancia estén intentando despertarnos de nuestro atontamiento. Y tal vez sea que los hemos visto sin verlos del todo. Se acerca la primavera, pero aún recordamos las heridas que nos dejó la última. Aquella que no disfrutamos ni vimos, la que quedó suspendida en lugares y olores que nos fueron prohibidos: ni el bosque ni el mar, ni el primer azahar, ni el incienso en las calles.

Ante este nuevo marzo, tampoco hacemos planes ni sabemos qué deseos formular o formularnos. El verbo salvar ha perdido su sentido, ¿qué vamos a salvar ahora, si apenas hemos salvado algo desde el año pasado? Las olas, por su parte, ya no nos llevan al mar sino a un listado interminable de cifras que esconden los nombres de personas que no están. Los itinerarios de otro tiempo permanecen cerrados, en un marasmo de normas ante el que nos hemos dado casi por vencidos. Escalar y desescalar no tiene nada que ver con un día de montaña y hace mucho que las curvas dejaron de ser el espacio de una caricia o el giro previo a un paisaje inesperado.

Se suma a mi confusión el hecho de que, en medio de este tiempo sin tiempo, nos insistan ahora en cada aniversario. Se va cumpliendo un año de cada hito fehaciente: el primer ingreso, el primer fallecido oficial, el primer sanitario contagiado, la primera residencia abandonada a su suerte, la primera declaración del estado de alarma… Y mientras los medios nos obligan a la memoria, revivimos el contraste entre el recuerdo de aquella perplejidad y nuestra experiencia hasta ahora. En lo más íntimo, llevamos el recuento de todos los abrazos a los que hemos renunciado, las celebraciones grandes o pequeñas aplazadas, los días que no hemos sido como éramos, los momentos en los que no pudimos hacer aquellas cosas que constituían la verdadera y anodina vida normal.

Vendrá la primavera y nos hará preguntas. Antes de su inicio oficial, aprovecharé los últimos días para coger impulso. De nuevo. Las esperanzas de enero se quebraron en pocos días y febrero, desde hace algunos años, se ha convertido para mí en el tiempo de las oportunidades. Un mes fetiche. Varias carambolas biográficas han hecho de él un mes propicio. Siempre le tuve cariño porque se cierra con el día de Andalucía, esa tierra que hice mía desde los afectos de la infancia, por mucho que mi documentación oficial no diga nada de ella. Pero los últimos febreros trajeron momentos de renacimiento personal y nuevas oportunidades vitales. Regalaron algún día libre que me permitió descansar y disfrutar de una cierta pausa para volver a calibrar las expectativas de brindis no tan remotos. Este febrero he tenido que aprovechar los días pendientes de 2020, esos días de vacaciones que caducan. Los que suelo guardar para el por si acaso, por si surge un imprevisto o algo especial. Días cargados de los planes que finalmente no existieron y a la postre han servido, y no es poco, para coger aire.

Hemos sumado tantas negativas y tanta tristeza, hemos acumulado tanto cansancio que es fácil que fallen las fuerzas. Hemos retorcido tanto nuestras palabras en nuevos y tristes significados que muchas de ellas han perdido su parte de magia y de esperanza. ¿Cómo podremos formular nuevos deseos sin palabras? Tal vez mirando esos pétalos, esos brotes. Resignificando esa vida vegetal y asumiendo parte de su fuerza, de su dinámica imparable.

Somos lo que hacemos con el día a día, ese ajetreo de tareas infinitas que no nos deja llegar a nada, ese tiempo robado por los deberes más que por los placeres y los deseos. Antes de que febrero desaparezca ante mis ojos, haré una nueva lista de ilusiones y proyectos. Quizás escribiéndolos pesen hasta cumplirse. Voy a intentar confiar otra vez en la magia de las palabras. Elegir las más rotundas. Tal vez no se evaporen como los días idénticos y lánguidos en los que nos hemos sumido.

Quiero brindar antes de tiempo por esa primavera que necesitamos, por una primavera en cada uno de nosotros. No dejéis de mirar las primeras flores, los brotes que salpican árboles y matorrales, dispuestos a contradecir las heridas de la nieve y de todo lo demás. A pesar de todo, necesitamos la esperanza.

Permitidme que me mantenga suspendida de esa belleza, alojada en las nubes y las flores más tempranas, las que se atreven a desafiar madrugadas aún frías y heladas a destiempo. Todos los años se precipitan al nacer, se arriesgan a lluvias y ventoleras que siembran las aceras con su osadía. Seamos prudentes en el día a día, pero osados al desear, porque nos hacen falta más fuerzas que nunca.

Hojas de otoño sobre el futuro

Llevo casi dos meses sin publicar nada en este blog. El tiempo se ha tornado extraño de nuevo. Mi espacio exterior se volvió a cerrar y limitar por unas semanas. Lo pienso y me pregunto si esas restricciones no afectaron también a las palabras, al fluir que persiguen. Si al decir “cierre perimetral” y enmarcar ciertas calles, no se condenaron, de forma inconsciente, otras actividades posibles. Si la prohibición no ejerció más fuerza sobre mis pensamientos que sobre mi cuerpo. Si bajé los brazos y aplacé los sueños. Otra vez. Golpeada en lo hondo. Noqueada ante un perímetro caprichoso que me negaba los árboles más altos, cansada de tanta restricción acumulada. Algunos lo han llamado “fatiga pandémica”. Yo lo llamo fatiga a secas. Fatiga. Y coincido con María Moliner, letra a letra.

“Fatiga:

Sensación que se experimenta después de un esfuerzo intenso o sostenido, físico, intelectual o moral, de falta de fuerzas para continuar con el esfuerzo o trabajo, a veces acompañada de malestar físico consistente especialmente en dificultad para respirar”.

Diccionario del uso del español. Es decir, la gran obra de María Moliner

Fuera de casa, el otoño era y es un consuelo. Ayuda a respirar con su belleza pausada. Casi en un susurro, nos ha sugerido que el cambio de las hojas, la transformación de los colores y el principio de la desnudez de los árboles promete un nuevo ciclo. Un reinicio, una renovación. Ojalá. Lo necesitamos como nunca. Necesitamos creer en un tiempo nuevo, tanto es así que confundimos esperanzas con certezas, vacunas con garantía de salud. Lo confundimos todo en nuestro deseo de aferrarnos a la magia de la bondad que estaría por venir. Un tiempo amable que nos cure.

Alcanzado diciembre, pesan los días del calendario como ningún otro año. Es cierto que siempre vamos arrastrando cansancio, que el tiempo laboral se hace arduo, pero este año es distinto. Desde marzo, nuestra vida se ha llenado de restricciones y palabras que condicionan nuestra existencia; hemos sufrido diversos embates de dolor y llanto, en una proporción mayor que ningún otro año; las calles han sido un espacio donde el miedo y la tristeza han dado protagonismo al trino de los pájaros. Un canto que rompía el silencio, sobresaltado por las sirenas de emergencia. Una melancolía generalizada ha disfrazado nuestras miradas, más resignadas, más conscientes, más dolidas.

Es difícil calcular cuando volveremos a ser los que fuimos, si será posible. Estamos aún en la grieta. Y aunque hay momentos de reencuentro y risa, aunque hemos recuperado cosas que un día fueron normales y luego no (tomar un café, ir a un cine, hojear novedades en una librería, hacer una pequeña escapada, pasear sin horarios), aún hay límites que marcan muchas diferencias con el tiempo anterior. Entre ellos, la posibilidad de abrazar y hacer planes. También su combinación, la posibilidad de planear un viaje o un encuentro para abrazar a otras personas, a las que viven en otra provincia o país, y forman parte de nuestras vidas.

La incertidumbre y el temor están ganando la partida. Nos podremos ver si no hay limitaciones de movilidad, si las normas de mi zona y tu zona son las mismas, si tú no tienes miedo, si ni tú ni yo tenemos síntomas. El condicional ha venido para quedarse y construir el presente.

Los mapas de carretera que, en otro puente de la Constitución, hubieran tejido los itinerarios de millones de personas hoy son, como en la fotografía, el escenario difuso de direcciones borradas por el agua de la lluvia, la fuerza de la tormenta y el rastro del otoño. Las indicaciones apenas son legibles, visibles, pero se intuyen tanto como nuestros deseos silenciados.

A veces una imagen lo explica todo. Se planta ante nuestros ojos y es un espejo, una afirmación, una sentencia. Somos los huéspedes de un tiempo y un espacio detenidos en un paréntesis con el que no contábamos. La vida que fluía mes tras mes, de festivo en festivo, dándonos una pausa de libertad y aire entre las obligaciones, se ha esfumado en la sucesión de los días que nacen iguales entre las mismas paredes y similares rutinas.

En otro tiempo, nos acostumbramos a recuperar las fuerzas a base de escapadas y actividades especiales que hoy resultan imposibles, y las hojas del otoño son el bálsamo al alcance. Caen ante los ojos como las hojas del calendario, como los deseos que no pudimos o supimos cumplir. Caen y dejan la senda del nuevo brote, ese milagro de la vida en el que hay que seguir creyendo. También en días como hoy, como mañana. Escribirlo tal vez sea la forma de empezar a creer.

Escribir, caminar y fotografiar como forma de resistencia

De un tiempo a esta parte, muchas veces me ha venido a la cabeza Francisca Aguirre, y aquel decir suyo de la escritura para conjurar la locura. La he buscado en Internet: «Escribo para no andar a gritos y para no volverme loca. La poesía tranquiliza. A mí me ayuda. El mundo es injusto pero el lenguaje es inocente», la frase aparece citada en la noticia de su muerte que ofreció el periódico Información.

En ese escribir para no enloquecer no debió ser la única ni la primera, igual que tampoco soy la primera ni la última en suscribirlo. Yo también escribo para no volverme loca. Y desde mayo, cuando pudimos volver a pasear, recuperando ese gesto tan humano tras una prohibición que duró un mes y medio, también paseo para no volverme loca. Y durante el paseo, saco fotografías, busco la imagen capaz de salvarme.

Paseo para recuperar el placer de caminar sin tener destino ni propósito concreto, para poder refugiarme bajo la sombra de los árboles. Hago fotos nuevas, para buscar otra mirada y también el pie a partir del que poder escribir otras cosas, para descubrir otra realidad en la realidad que me rodea, para encontrar resquicios de belleza en esos espacios cotidianos y próximos.

Escribo, paseo y hago fotos para no volverme loca. Y todo ello en una búsqueda, casi inconsciente, de dar un cierto sentido a este sinsentido, para hallar vida más allá de tanta muerte, tanta pesadumbre y tanta tristeza. La palabra, el camino inesperado y la imagen que salen al paso son una medicina improvisada, un placebo que no siempre funciona pero que pruebo a falta de otras opciones.

Al pasear, camino rápido, como si mis pasos quisieran romper este tiempo detenido, alejarme del presente, atravesar esa niebla fina con la que nos han cubierto los planes de futuro, los abrazos que no vamos a dar. Camino rápido como si quisiera huir de esta pesadilla.

Hago fotos. Con la ansiedad de quien no respira, mis ojos buscan el oxígeno de otro mundo en el mundo al alcance. Como si fuera una turista de mis calles, como si pudiera reconciliarme con los rincones de esta ciudad cada vez más golpeada, nuevamente golpeada, cuyo nombre vilipendiado se arrojan a la cara unos y otros, sin tener en cuenta que es mi casa, nuestra casa, la casa de tantos.

Me reconforta la luz del atardecer. Madrid sabe atardecer como pocas ciudades. Los anaranjados, los violetas y azules se mezclan y evocan la luz de Velázquez y de otros muchos. Al salir a la calle o desde la ventana tenemos postales diarias que muchos días han servido de consuelo.

Y escribo. Apenas pude escribir nada durante el primer confinamiento, aquel que marcó los meses de marzo, abril y mayo de este año. Forcé las palabras para mantener vivo este blog que echaba a andar, pero no hubo poemas ni letras dignas de mención más allá de aquellas entradas.

Sin embargo, ahora siento que las palabras se agolpan dentro de mí con las mismas ganas de salir corriendo que agitan mis pies y mis ojos. En estos días, se multiplican los renglones escritos en libretas de todo tipo porque si las palabras se me quedan dentro, me volveré del todo loca.

Madrid duele y se repliega

Hemos perdido la cuenta de los días que llevamos escuchando malas cifras. No queremos buscar el dato de cuántos muertos contábamos cuando llegó el confinamiento de marzo. Asistimos al griterío político y al bochorno que los medios de comunicación nos ofrecen como dieta habitual. La doctrina del shock empieza a ser el pan nuestro de cada día, y como rehenes del desgobierno, las decisiones y declaraciones contradictorias, ya no sabemos cómo prepararnos para un escenario inminente y peor.

Desde hace años, la sanidad madrileña está desbordada. Parece mentira que hasta hace dos días, algunos hayan seguido repitiendo el mantra de la mejor sanidad del mundo, aunque eso empezó a resquebrajarse en 1997, cuando se abrió la puerta a un modelo que prometía más eficiencia y trajo desigualdad y privatizaciones más o menos encubiertas, desatención para unos y bolsillos llenos para otros.

Después vino la crisis económica de 2008. Mientras la banca ahíta de ladrillos y corruptelas era rescatada a fondo perdido con el dinero de todos, se practicaron recortes salvajes en las partidas presupuestarias que afectaban a la vida de los ciudadanos. Los servicios públicos se fueron raquitizando a la vez que nos explicaban que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades.

Allá por 2015, nuestros facultativos pedían diez minutos por paciente… Se sentían desbordados, quemados al atender mal a los enfermos, como si una consulta médica fuera equiparable a una cadena de producción. Algunos se hartaron de la precariedad y optaron por irse a otros países donde eran bien valorados y remunerados en consecuencia.

Aquí nos quedamos resignados. Alguna manifestación, alguna recogida de firmas, mucha queja en voz baja mientras todo avanzaba por cauces precarios. Nos acostumbramos a que el médico de cabecera nos recetara algo sin tiempo para la escucha; aprendimos a calcular cuando llamar al centro de salud y a medir el tiempo de nuestra resistencia, sabiendo que no habría cita disponible hasta dentro de 3 ó 4 días; aprendimos a automedicarnos, a referir casos agudos de estrés ante un médico que te confesaba que su caso y el tuyo eran espejos, y no quedaba otra que seguir tirando. Los somníferos y ansiolíticos hicieron la vida más llevadera.

Pero cuando llegó la pandemia, primero como un goteo y después como una tormenta inmanejable, el sistema estalló por todas sus costuras. Hasta entonces, nuestros sanitarios, con una entrega y una vocación a prueba de bombas, lo habían hecho todo a pulmón y sobre el límite. En aquellos días, les vimos trabajar sin medios y extenuados, supimos que se contagiaron más que en ningún otro país y que algunos engrosaron las listas de fallecidos. La ciudadanía confinada respondió con aplausos mientras confiaba en que aquella cadena de evidencias sirviera para, por fin, tomar cartas en el asunto y rescatar también nuestro modelo sanitario, reforzando lo que había no sólo con material importado de dudosa fiabilidad, sino cuidando a los profesionales y ampliando plantillas.

La pandemia se gestionó desde los hospitales, mientras la atención primaria se convirtió en un erial. Los días pasaron, entramos en la desescalada, saltamos de fase sin red ni garantías, mientras los centros de salud de nuestros barrios seguían cerrados o, en el mejor de los casos, con un equipo exiguo y agotado de profesionales. El tinglado de Ifema se cerró en una fiesta vergonzante con bocadillos de calamares y disculpas de boca pequeña.

Mónica García, diputada en la Asamblea de Madrid, destapó las vergüenzas del “milagro de Ifema”, pero su intervención apenas tuvo eco, frente a la exposición mediática descontrolada de Isabel Díaz Ayuso que seguía con sus fotos y frases para la historia del disparate. Y contra la opinión y las firmas de muchos, puso la primera piedra de un hospital de pandemias que se abrirá cuando todo esto haya pasado. Lamentable y previsiblemente, se sustentará sobre los mismos contratos opacos y de urgencia con los que se puso en marcha Ifema, en el suma y sigue que la Comunidad de Madrid ofrece a sus ciudadanos.

Los meses de verano transcurrieron con cifras en ascenso y vacaciones parlamentarias. En un intento por mantener la calma y recuperar el aire perdido, quisimos creer que en los despachos se estaban haciendo planes para el otoño, dado que ciertas voces habían avisado que la caída de la hoja y la segunda oleada coincidirían. Pero a medida que las cosas se fueron poniendo más feas y seguíamos viendo los centros sanitarios en cuadro y una administración ausente, empezamos a temer lo peor.

La propia Díaz Ayuso lo dejó claro con unas declaraciones que, más que un acertijo de los suyos, era una pavorosa realidad: “No se puede pasar del estado de alarma a la nada”. Claro, la nada ha sido lo que ella y su gobierno han hecho durante los últimos meses. La nada era toda suya, y más que el conjunto vacío de medidas que nos ha estallado ante los ojos debía haber contemplado la contratación de rastreadores, algunos de los cuales ofreció el Gobierno central; el refuerzo del transporte público, cuya frecuencia quisieron ampliar pidiendo conductores voluntarios; la ampliación de las plantillas sanitarias y la detección precoz y rápida para imponer cuarentenas y restricciones que pudieran evitar la transmisión comunitaria.

Madrid ha ido arrojando cifras más y más preocupantes, mientras nuestros representantes políticos cruzaban acusaciones y reproches. Finalmente, Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso comenzaron a cartearse para acordar una cita, como si fueran amantes del siglo pasado, ante una ciudadanía atónita que compartía su minuto a minuto por redes instantáneas sin saber si llorar o reír. El previo de llamadas cruzadas fue a peor el día del encuentro, cuando el espectáculo de las banderas nos puso ante la realidad de una multitud de trapos con la que no podíamos cubrir nuestro estupor, presa de la vergüenza ajena.

Después de tanto paseo con ceremonial y protocolo, concedían una rueda de prensa en la que cada uno monologaba según su propio guion. Al final de todo aquel despropósito, nos anunciaban que se iba a crear un comité de seguimiento de la pandemia en la región. ¿De verdad no lo había habido hasta entonces? ¿Nadie ha supervisado qué ha hecho el Gobierno de Díaz Ayuso con los fondos concedidos para luchar contra la covid-19? ¿Nadie lleva la cuenta de los rastreadores disponibles? ¿Alguien sabe si se podrá contratar más personal sanitario o si es posible dar resultados de PCRs en menos tiempo? ¿Se puede contar con unidades móviles sanitarias en los colegios donde se detectan casos para hacer todos los tests a los contactos directos en lugar de que 30 ó 60 personas se busquen la vida en un teléfono que nadie responde? ¿Se aceptará la oferta de los farmacéuticos dispuestos a hacer tests ante un sistema ampliamente desbordado?

Me temo que mis dudas son las de muchos. Y viendo que nadie las plantea ni las responde, a pesar de tanto circo mediático, cada vez me resulta más difícil encontrar las fuerzas con las que seguir afrontando el día a día. Este fin de semana fui a comer con mi madre y mi hermano, por si nos confinan; y volví al cine, por si acaso los cierran de nuevo y los condenan a la ruina. Apenas había nadie en las taquillas ni en la salas. La única reunión de personas que he visto tuvo lugar el viernes, junto a la puerta de una iglesia del barrio donde se repartía comida. La escasez sigue arañando las casas y la tristeza vuelve a imponerse en las calles, cada vez más vacías y silenciosas.

Madrid vuelve a estremecerse anticipando que vienen días duros y los ciudadanos nos miramos unos a otros compartiendo la sensación de haber sido abandonados.

Tanto lucir la bandera mientras cada día nos vamos sintiendo más trapo viejo… Tanto derroche de símbolos cuanta mayor es la orfandad a la que nos condenan quienes deberían recordar, a diario, que están a nuestro servicio y cobran sueldos que multiplican los nuestros. Pero en lugar de trabajar en favor del bien común, están a la gresca. Sin darse cuenta están resquebrajando las instituciones con sus actos de confrontación, desidia y daño.

En su limbo de asesores palmeros quizás no sean conscientes, pero ahora más que nunca nos están cabreando muy por encima de sus posibilidades y estamos aguantando muy por encima de las nuestras.

Fin de ciclo

Dejamos atrás una primavera apenas vista. Tras meses de encierro, hemos ido saliendo a hurtadillas. Los nísperos y los albaquicoques habían llegado a las fruterías, mientras en las tiendas de moda la ropa de abrigo evocaba un tiempo suspendido. Nos hemos perdido la floración de almendros y cerezos, y al recuperar el paisaje, los parques y los márgenes de nuestras calles eran un espectáculo de margaritas y amapolas rodeadas del desorden y la belleza de otras flores silvestres.

Semana a semana hemos ido recibiendo prórrogas del estado de alarma. Así, obedientes y endurecidos frente a palabras que a pesar de su significado se han hecho rutina, hemos comenzado el verano, que coincide con ese término de ‘la nueva normalidad’, a pesar de que también la normalidad ha sido pulverizada y asumimos vivir en un oxímoron.

Aunque durante este tiempo no hemos podido escalar más que las horas agotadoras de intensas jornadas laborales, huérfanas de afecto y válvulas de escape, pero repletas de incomprensión y sobrecarga, nos explicaron que el alivio sería progresivo recorriendo las cuatro fases de la desescalada.

La historia de Madrid es sobrada y tristemente conocida. Con miles de muertes, sus residencias a la deriva, sus UCIS colapsadas, sus sanitarios dejándose la vida y una gestión política al más puro estilo de Donald Trump, basada en la mentira y el circo mediático, a golpe de foto y de tuit, tapando hechos que deberán ser juzgados.

Como no podíamos pasar de la fase cero a la uno, nos inventaron la cero y medio. Y ahora, que no hemos recorrido el itinerario cabal de los números tres y cuatro, vamos a saltar desde la fase dos a la nueva normalidad, todavía con centros de salud cerrados o muy mermados en sus plantillas.

Madrid nos mata, pero resistimos

Allá va la Comunidad de Madrid, con un gobierno roto que ha ido de desfase en desfase y una ciudadanía dividida entre la prudencia, la vida y la necesidad. Allá va la ciudad de Madrid, que con el mismo nombre que la comunidad no es ni de lejos lo mismo. Ese topónimo común confunde. La comunidad es más grande, es rural y metropolitana, es un enjambre de ciudades y de pueblos aislados, un territorio sumamente desigual. La ciudad, a su manera, es también enorme, y está acostumbrada a la brega, a la dureza y también al disfrute que permite compensar tanta exigencia. Las horas de metro, las jornadas interminables, los horarios liberados que convierten en precariado a tantas y tantas personas, los precios desorbitados de la vivienda, la carestía frente a otras regiones en la cesta de la compra o el transporte… Sí, Madrid sigue matando; y dando vida.

Madrid es un espacio de resistencia, siempre lo ha sido. Basta recorrer su historia: guerras y algaradas comenzaron y acabaron aquí, también revoluciones y graves atentados terroristas. Y a pesar de todo, Madrid resiste, sobre todo, gracias a su gente, venida de todas partes, primero de España y luego del mundo, con ganas de prosperar. Esa energía la ha convertido en una ciudad única y portentosa, muchas veces invivible; sobre todo, cuando no existe la promesa de poder escaparse de ella cada cierto tiempo. Por eso, los que vivimos en Madrid somos gente que mira el calendario. Hasta marzo de este año, los más afortunados, aprovechando un puente, un festivo o una pausa escolar, huíamos en tropel en operaciones salida que nos prometían cambiar de aires y respirar mejor.

A partir del 21 de junio, con el fin del estado de alarma, parece que aquella vieja rutina podrá ser posible de nuevo. En estas semanas de soledad y silencio, en las colas de las tiendas he hablado con muchos desconocidos. Los más mayores, añoraban poderse ir al pueblo, cultivar el pequeño huerto, sentir el pálpito de la tierra que brota y aún es su conexión con la vida. Los trabajadores en activo empezaban a sentir la falta de aire, extrañaban las pausas vacacionales, la maleta y el vivir en otro lado, donde es posible caminar y pensar más lentamente.

Ahora parece que en algunos sitios no seremos bienvenidos. Lo fuimos antes de este virus, cuando dejábamos los ahorros de un trimestre o de todo un año y parecíamos triunfadores en localidades donde llenábamos bares, terrazas, hoteles y playas. Pocos se daban cuenta de que en el fondo éramos unos pobres diablos, en ocasiones compensando la vida de demasiadas semanas laborales sumidas en la náusea.

Puede que ahora ese dinero no valga nada. Que valga más el miedo. Que no nos quieran ni ver. Aunque yo creo que ese rollo de la ‘madrileñofobia’ tiene mucho de invento mediático. Insiste en la tendencia, incrementada por esta pandemia, de seguir destruyendo el lenguaje, inventando lo que no existe para que nuestras vidas sean más raquíticas. En el fondo dará igual. Todos los de aquí, nacidos o residentes, tenemos familiares y amigos en otras provincias y países, y sabemos que sus brazos están dispuestos a acogernos. Con prudencia y respeto, por supuesto. Encontraremos el rincón que nos dé cobijo, el árbol que nos reciba y nos preste su rumor natural para compensar tanto daño. En estos momentos, además, necesito creerlo.

Aire, aire, aire

Yo aún no sé si podré irme, a dónde ni por cuánto tiempo. Los planes quedaron en un extraño limbo cuando el calendario se volvió enteramente lunes. Las novedades me han pillado con la agenda en blanco y el cuerpo fatigado.

Lo que sí he descubierto, con más fuerza en las últimas semanas, es que tengo que dejar de hablar y de escribir sobre la covid-19. Hay otras palabras demandando su espacio entre la garganta y los dedos; otros paisajes, también mentales, que me urgen al cambio de fase.

Sé que el virus está entre nosotros. Sigue contagiando y matando. Pero voy a intentar tomarme unas vacaciones de su campo semántico y de todas las derivadas que ha acarreado y a día de hoy impone.

Con esta entrada, cierro una etapa de escritura sobrevenida, porque yo no elegí el tema. Voy a intentar airearme, en todos los sentidos. Os deseo lo mismo, aire para aliviar las penas del cuerpo y del alma, aire para que esa renovación nos cure de tanto. Buen verano y buena suerte.

Madrid, fase 1: entre la tormenta y la esperanza

Había ganas de pasar de fase aunque el temor de muchos era que lo hacíamos a tientas, que las urgencias económicas no cuadraban con los indicadores sanitarios, que los centros de atención primaria seguían en cuadro, tan destartalados como si por ellos hubiera pasado una guerra y también estuvieran en una incierta tarea de reconstrucción.

El primer día de la fase 1, el lunes 25 de mayo, antes de la hora del paseo, bajé a hacer unas compras y me topé con varias unidades del SAMUR y la Policía. A cierta distancia, no faltaba un grupo extenso de mirones. Debía de haber ocurrido algo muy grave porque el dispositivo ocupaba dos calles, pero pasé de largo sin atreverme a girar la cabeza, preguntándome si aquellos que observaban no habían tenido, hasta ese momento, bastante muerte a la que mirar.

Avancé con prisa. El cielo estaba cargado con la pesadez gris oscura de nubes de tormenta que finalmente rompieron con fiereza. Hechas mis compras, tuve que esperar a que escampara para volver a casa. Lo hice bajo un pasadizo al que llegaba la lluvia, que sentí con alegría sobre el rostro a pesar de la mascarilla. Mientras tanto, a lo lejos, seguía aquel despliegue de policías y sanitarios manteniendo el pulso de nuevo.

La tormenta y el accidente me resultaban avisos de alerta. Las nubes negras, la lluvia torrencial, la muerte que acecha en la esquina parecían reclamar prudencia. Pero al volver a casa pude contemplar un arco iris, el mismo que apareció en uno de los peores momentos de la pandemia sobre Madrid, y lo quise entender como un guiño de esperanza.

A pesar de los temores, la calle era otra

Uno de los alivios del cambio de fase fue acceder a los grandes parques de Madrid. Llegar hasta Madrid Río, por fin sin cintas plásticas prohibiendo el paso, y recorrer La Casa de Campo, donde los amplios espacios y el tamaño de los árboles permiten soñar con otros paisajes y una naturaleza menos domesticada.

Las terrazas estaban repletas. El ruido volvía a ser el habitual a pesar de las distancias entre las mesas, a pesar de los carteles que recordaban que era mejor no abrazarse ni estrechar las manos. El trajín de los camareros hacía sentir que la ciudad comenzaba a recuperar el pulso después de haber estado, de alguna forma, en un coma generalizado e inducido.

Cada comercio que ha levantado el cierre ha sido otro pasito hacia la alegría. Han vuelto a estar detrás del mostrador en la ferretería, la mercería, la pequeña tienda de moda…, y con su llegada, resurge la esperanza de salir adelante de nuevo, todos a una. A mí me han dado ganas de entrar a todos y cada uno de los comercios. Abrazarles, aunque no se pudiera. Así que he ido a darles la bienvenida, a comprar algo aunque no me hiciera demasiada falta.

Y saliendo del barrio, también he llegado hasta una de las librerías de las que son casa y refugio. Enclave de Libros esperaba con gel y mascarillas, y la misma complicidad de siempre. Tocaba desquitarse de los meses robados, el día del libro que no fue, el inicio de una feria del libro que se retrasa hasta octubre. Arrimar el hombro y mover la caja decaída por la ausencia de palabras vivas.

A pesar de la alegría, la tristeza sigue latiendo

Las terrazas y los grupos de personas que se reencuentran ofrecen un mensaje de ánimo que resulta imprescindible. Porque además de robarnos el mes de abril, como decía aquella canción de Joaquín Sabina, el virus nos ha robado nuestra ciudad tal y como la conocíamos.

Los bares y restaurantes que no pueden sacar mesas fuera, esas barras que siempre animó el bullicio permanecen en silencio. Desde la entrada, tutelada por banquetas o mamparas, nos avisan de que han vuelto a la cocina, que puedes pedir y recoger la comida o que te la llevan ellos. Son los bares de toda la vida, los que no recurren a abusadoras plataformas de reparto a domicilio y en un folio pegado sobre el cristal, ofrecen un número para recibir pedidos por wasap. Se les nota a la legua que están con el agua al cuello y echan de menos a cientos de trabajadores: los del café rápido a primera hora, los grupos de compañeros a media mañana, los menús de mediodía con patatas fritas o ensalada.

El metro está lleno de carteles que recuerdan el peligro y el uso obligatorio de la mascarilla. Un gesto tan habitual como adelantar a alguien en la escalera mecánica resulta imprudente porque impide mantener la distancia de seguridad. La megafonía insiste en no acercarse, usar los ascensores de uno en uno, ayudar a personas con discapacidad visual para que no se aproximen demasiado a otros. Es un metro sobrecargado de señalética que ahonda la desazón de los viajeros.

Muchas tiendas ofrecen gel hidroalcohólico en la entrada. Su ayuda para limpiarnos una y otra vez es reconocer la amenaza de gestos cotidianos: buscar la etiqueta en una blusa, mirar los ingredientes de una lata nueva para Fénix, elegir chocolate en una tienda de comercio justo… Tocar es peligroso. Pero nos cuesta asimilarlo porque el tacto nos hace más humanos y, como el resto de sentidos, nos permite conocer lo que nos rodea.

Madrid sigue a medio gas, extrañamente llena y vacía al mismo tiempo. Hay más gente en la calle, pero la mascarilla nos impide atisbar una sonrisa o un gesto amable. El miedo se ha convertido en un vecino nuevo que ha venido a quedarse, aunque no a todos nos afecta su presencia por igual.

Entre tanto, cada vez se hace más insoslayable la necesidad de muchas personas que han visto temblar sus vidas al desaparecer sus ingresos. Durante las semanas de confinamiento, desde mi ventana he visto una de las muchas colas del hambre que han surgido en Madrid: personas que, separadas por un metro, avanzaban durante toda la mañana hasta llegar a la puerta de la Asociación de Vecinos Alto de Extremadura. También me he cruzado con quienes esperaban que se abriera el local de la Red de Solidaridad Popular de Latina y Carabanchel. Y en los comercios del barrio, han proliferado los carteles que piden alimentos mientras otros acaban de colgar el anuncio de liquidación por cierre. Se suman a los que ya lo hicieron una vez pasaron las últimas navidades, aquellas en las que brindamos por un año que se antojaba redondo y se ha convertido en un interrogante lleno de aristas.

El 8 de junio, en Madrid, pasamos a la fase 2 con las mismas dudas del paso anterior. Ese día tocará también ir al centro de salud a reconocer el trabajo de los sanitarios, manteniendo la distancia y el aplauso, recordando que si no hay medios para ellos no hay medios para los ciudadanos. Seguro que vuelve a ser una concentración emocionante, como las anteriores. Donde la gente se sumaba desde la acera próxima y desde el otro lado del paseo, desde la mediana, y nuestro aplauso resonaba con el apoyo del claxon de taxis y autobuses que se sumaban al grito de “sanitarios necesarios”.

Cada uno, en función de sus circunstancias, ha sobrellevado como ha podido las consecuencias de la pandemia, la muerte o la enfermedad de personas más o menos próximas, el confinamiento, la pérdida o la sobrecarga de trabajo… Ahora nos toca lidiar con la incertidumbre de los próximos días llevando una mochila de heridas y esperanza. Ojalá no olvidemos meter una buena dosis de solidaridad y fraternidad.

Del silencioso confinamiento al griterío de la desescalada

Cuando comencé este blog, quería, en parte, rescatar esa columna de opinión con la que soñaba cuando escribía en la revista del colegio y aspiraba a ser escritora o columnista y todo era posible. Abrir el blog, ya lo dije en su día, era un forma de reencontrar mis deseos y quizás de volver a pelear alguna batalla que había dado por perdida. Pero cuando apenas había trazado un plan de escritura, llegó el coronavirus y tomó nuestras vidas por asalto. Convertido en monotema, lo invadió todo y colonizó nuestras mentes. Y ha habido muchos días de estar cansada para pensar y escribir más de lo mismo.

La pandemia de la Covid-19 nos obligó a meternos en casa, hizo de nuestro hogar nuestro lugar de trabajo, confundiendo nuestras paredes diarias; nuestra ventana para imaginar y contemplar atardeceres fue la de los aplausos y la búsqueda de un consuelo imposible; las calles se llenaron de silencio y las palabras quedaron condenadas a vivir entre dispositivos electrónicos donde les faltaba toda la piel de la caricia y el abrazo que tanto necesitábamos.

A medida que avanzaron las semanas, las cifras y el miedo se fueron adueñando del día a día. Esperábamos los datos oficiales como quien espera noticias en una sala desolada junto al pasillo de paliativos. Conociendo o no el nombre o el rostro de las personas que estaban en las UCIS, conociendo más o menos de cerca los casos y la evolución de personas infectadas, conociendo el mayúsculo reto de los hospitales… todos estábamos en esa espera que vivimos durante semanas en un abatimiento comunitario. Fueron días de lágrimas privadas e íntimas. Llorábamos por la impotencia y el agotamiento de los sanitarios, por sus muertes; llorábamos por los tanatorios desbordados y las morgues improvisadas, por la prohibición de unas despedidas humanas y fraternas; llorábamos por el abandono de los ancianos que morían solos y sin cuidados; llorábamos por la necesidad y las colas del hambre que empezaban a recorrer los barrios de forma tan sigilosa y callada como surgían las redes de ayuda mutua.

Quizás haya que recordarlo ahora, cuando las cifras de fallecidos se sitúan en torno al medio centenar, hubo días en los que rozamos el millar. Y también llegó ese día en el que el recuento a la baja comenzó a ser tendencia y se hizo real aquella frase horrenda de “doblegar la curva”.

“Menos que ayer, menos que ayer”: repetíamos en un rezo secreto.

Lo malo es que a medida que las cifras nos empezaban a dar esperanza y se abrían algunas grietas de un confinamiento estricto, con los paseos infantiles y las pequeñas caminatas sin bolsa de la compra, comenzó a romperse el silencio. Y lo hizo de la peor manera posible: con insultos o malos modos, con acusaciones falsas e irresponsables, con el juego sucio político llevado al extremo del bochorno y la vergüenza ajena, con la dimisión de personal técnico que no estaba dispuesto a firmar contra su conciencia. Si durante los días más duros en la evolución de la pandemia en España, algunos dudamos de los mensajes esperanzados que apelaban a que esta crisis nos haría mejores, la confirmación de nuestros temores era atronadora a través de los medios de comunicación.

El calendario avanza y cada día veo menos la televisión y mantengo menos tiempo la radio encendida, no soporto ese repugnante juego dialéctico sin un ápice de ética; leo algunos titulares de prensa por mantener un pie en el mundo, pero me tomo muy en serio la distancia necesaria para protegerme del daño. Y en las redes sociales, constato también la división y el odio. Por eso, las pocas veces que he querido dejar un comentario medido y moderado o he compartido alguna iniciativa que me parecía adecuada, me ha pasado lo que no me había ocurrido hasta ahora, que he recibido un comentario que se parecía mucho más a un escupitajo que a un argumento.

Deberíamos recordar que escupir está muy feo.

Los que tenemos cierta edad vimos carteles que prohibían escupir en los remotos autobuses que iban a la periferia. Mis ojos infantiles los miraban sorprendidos, porque yo no entendía por qué había que escupir en un autobús ni en ningún sitio. Ahora que sabemos tanto de la carga vírica de gotas y microgotas de saliva deberíamos restringir al máximo la palabra convertida en esputo que se extiende en ámbitos políticos ante el estupor de buena parte de los ciudadanos.

Por un momento, he llegado a agradecer que los bares estuvieran cerrados y que se hayan evitado broncas de barra que podían haber acabado mucho peor que las de aquellos lunes, ¿os acordáis?, tras un partido de fútbol de rivalidad máxima y polémica absurda.

La diferencia entre aquellos rifirrafes y los de hoy es que ahora, sí, nos va la vida en ello. La vida de todos. Y que no podremos salir de esta crisis sanitaria, con sus derivadas sociales, económicas, educativas y políticas, desde el enfrentamiento, la mala gestión y la mala baba. Necesitamos profesionales y buen criterio, anteponer el interés colectivo al individual y en ese sentido, me gustaría expresar toda mi admiración por Fernando Simón, que me parece la persona que desde el principio y al límite de sus fuerzas, ha mantenido el pulso de esta crisis echándose a sus espaldas mucho más de lo que se le podía exigir. A diferencia de otros, Simón se ha dado cuenta de que tenía que dar lo mejor de sí, y lo ha hecho. Ha trabajado, ha pasado la enfermedad, ha seguido coordinando a su equipo del que no ha dado nombres para proteger su independencia. Lo que me pareció mal al principio, un gesto oscurantista, ahora me parece un acto de extrema generosidad. Por eso confío en que esas querellas que le están presentado acaben en el cubo de la basura.

Llevamos mucho tiempo en casa y mucho dolor acumulado. Hemos consumido muchas horas de información que incluían tanto mensajes de odio como de esperanza, momentos de justicia y solidaridad junto a insidias y malas prácticas, todo ello sumado a grandes dosis de propaganda política, de muy diversa índole, que a todas luces sobraba en el menú del confinamiento.

Como ciudadanos, estamos haciendo una digestión más que pesada.

Personalmente, sé que aún no toca salir a la calle en masa. Sé que, si no se puede garantizar la distancia de dos metros, toca usar mascarilla aunque la odie y su uso solo me permita una respiración de aire limitado y turbio. Sé que debo ser corresponsable con el esfuerzo sanitario, con los fallecidos y los vulnerables. Acato las leyes y no por eso dejo de pensar. Leo, reflexiono y hablo con la gente que distingue entre palabra y escupitajo.

Sé que volveremos a las calles bajo una gran sábana blanca, en señal de paz y en defensa de la sanidad pública, y que me tendrán enfrente todos los que han hecho dejación de funciones y han actuado de mala fe para sacar un puñado de votos a costa del odio y otros instintos primarios. No habrá olvido para los fallecidos ni perdón para los irresponsables.

Cumpleaños confinado

El pasado jueves se celebraba el día del libro y yo cumplía un año más. Por ambos motivos, para mí siempre ha sido y es una fecha marcada con un círculo rojo sobre el calendario, día festivo aunque no sea domingo. A pesar de que desde hace más de cuatro semanas todos los días nos resultan similares en lo personal y colectivo, a medida que se acercaba la fecha, no obstante el confinamiento o precisamente por él, yo no quería pasar de largo por este cumple que empezaba a hacerse nudo en la garganta.

Unos días antes, al bajar a la compra, me había permitido algunos caprichos casi infantiles: patatas fritas y aceitunas, almendras y una porción individual de una tarta de queso. Olvidé las velas para pedir deseos, pero encontré los números de otros cumpleaños celebrados en casa: un 4 y un 6 que, si se daba la vuelta a costa de no encenderse, se convertía en 9.

En la tarde previa, un grupo de amigos reunido para otro propósito me cantaba el cumpleaños feliz por video llamada y en los primeros minutos del 23 de abril empezaron a llegar mensajes. Apagué la luz de la mesilla con una sonrisa. Al despertar no había rastro del dinosaurio, pero las felicitaciones se habían ido multiplicando y a medida que avanzaron las horas, su goteo se volvía un chaparrón de amor y cariño.

Con todas las palabras, las voces y los iconos fui construyendo un dique contra las sombras. Era un cumpleaños muy distinto, confinado y raro, sin más presencia real que la de Fénix ni otra caricia posible que su suave pelaje, pero repleto de emoción y con la certeza de saberme querida. ¿Qué mejor regalo?

Y aún así llegaron dos timbrazos al telefonillo, dos llamadas a destiempo cuando ya creía que mis sospechas o ciertas insinuaciones habían sido fruto de mi imaginación… Fénix estaba más excitado e intrigado que yo. Demasiados días sin visitas ni buzoneo publicitario, demasiado tiempo sin husmear zapatos que traigan el rumor de la calle. Fue una batalla lograr que se quedara dentro de casa. Seguí las instrucciones: salí al descansillo de la escalera y abrí la puerta del ascensor, donde en solitario viajaba una preciosa orquídea cuyas flores mira curioso sin atreverse a rozarlas. ¡Menos mal!

Me acosté agotada y feliz, con llamadas y mensajes pendientes de respuesta, confiando en poder atenderlos aprovechando el fin de semana. Antes de cerrar los ojos echaba cuentas… no recordaba cuál había sido el cumpleaños en el que no había estrenado libro, y me consolé pensando en todos los que aún aguardan su momento de lectura, y también en la lista secreta que voy haciendo para cuando reabran mis queridas librerías y pueda romper la hucha que he ido haciendo para ese día de reencuentro feliz con libros nuevos.

El viernes, contra pronóstico, volvió a sonar el timbre. Al otro lado del telefonillo mi nombre y apellidos, y la petición de que bajara a la calle a recoger un envío. Esta vez no hizo falta ascensor. Volé escaleras abajo y me encontré dos ojos muy oscuros, una boca tapada con mascarilla que me pedía el número de mi carnet de identidad y unos guantes azules que entregaban un paquete. Ahí estaba el libro de este cumpleaños anómalo que latía entre dos capas de cartón. Entré en casa con la sonrisa de quien ha encontrado el cofre del tesoro. Entre Fénix y yo rasgamos el envoltorio y encontramos no sólo una novela con una pinta estupenda sino también un doble disco de Aute, su «Entre amigos», que resonaba como un título mágico y perfecto para este aniversario tan bellamente acompañado a pesar de las circunstancias.

Soy afortunada. Los 49 han caído en estos días nubosos donde están confinados los afectos y los abrazos, pero me tomaré revancha en cuanto sea posible y pondré piel a todas las felicitaciones que hicieron de este cumpleaños uno de los inolvidables. A todos los que me leéis y me escribisteis, a quienes me llamasteis y dejasteis mensaje, a todos los que me habéis acompañado… os quiero dar unas gracias infinitas y profundamente sentidas, porque sé que no sólo estáis cuando el día está señalado en rojo sino también en la grisura de los otros, y que gracias a ese cariño se puede resistir no sólo en los días felices sino en los otros.

El tiempo raro. Cuatro semanas de confinamiento

Desde el 12 de marzo, cuando me despedí de la normalidad que marca la jornada laboral y empecé a teletrabajar, los tiempos siguieron siendo forzados. Mientras las redes se llenaban con opciones para no aburrirse, mis tareas se multiplicaban, ensanchadas por la complejidad de las videoconferencias, las llamadas en paralelo, las decisiones de correos asincrónicos… Por eso, estaba deseando que llegaran estas extrañas vacaciones de Semana Santa.

La pausa vacacional ha traído más horas de descanso. Por fin he podido habitar este tiempo raro que otros comentaban desde hace semanas, donde las horas se suceden sin que tengamos sensación de prisa. Aunque seguramente, comparto con muchos la noción de pérdida, incluida la del tiempo que se escapa entre dimensiones nuevas. En ese imaginario perpetuo en el que deseábamos más tiempo para leer y escribir, estas vacaciones arrojan también un saldo negativo. Pero estos días no son normales y nosotros no somos los mismos. Así que voy aprendiendo a no exigirme demasiado, a consolarme cuando decaen las fuerzas, a gestionar la falta de abrazos acariciando a Fénix que, como todos los gatos domésticos, no entiende qué hago tanto tiempo en casa y aspira a ocuparlo todo.

En este confinamiento, el vínculo social y el afecto está ligado a las máquinas que nos acercan las voces y los cuerpos que extrañamos. Pero esos cacharros no nos pueden abrazar, al igual que las fotos de otras vacaciones y sus paisajes no son consuelo ante la visión de las calles vacías y silenciosas donde a lo sumo vemos a alguien con su perro o la bolsa de la compra. Entre tanto, parece que empieza a haber más mascarillas y cada vez cuesta más ver una boca, aunque tampoco nos importa demasiado porque, en los últimas semanas, hemos aprendido que podían suponer una amenaza. No sabemos quién sonríe tras una mascarilla, ni quien aprieta los labios para restablecer sus fuezas.

También nos han ido llegando malas noticias. Conocidos, antiguos compañeros de trabajo, familiares y amigos de amigos… que se están yendo sin que podamos acompañar a quienes necesitan ser acompañados. Todas las pérdidas de estos días son a la vez distantes e íntimas, quizás por eso perder a Aute nos rompiera aún más por dentro. Escuchar sus canciones llenas de caricia, ternura y afecto, en un tiempo que lo ha prohibido casi todo, era vernos ante el espejo de su voz imposiblemente viva y de ¡ay!, reconocer “qué terriblemente absurdo es estar vivo” sin las experiencias y las personas que nos hacen latir.

Quién nos iba a decir que iba a pesar tanto el silencio. Cómo íbamos a imaginar que conoceríamos a los vecinos de los bloques próximos en una cita de balcones en la que a veces cuesta mantener las lágrimas a raya. Cómo hubiéramos creído que bajar la basura sería una de las pocas opciones para respirar un aire renovado y fresco distinto al de casa.

Todas las respuestas nos conducen a un tiempo extraño que no olvidaremos, un tiempo en el que, salvo programar llamadas y reuniones virtuales, hemos dejado de hacer planes. Se han esfumado varios cumpleaños que no hemos podido celebrar, las entradas de varios espectáculos y la reserva de alguna escapada. Igual que se nos ha ido la Semana Santa sin procesiones ni saetas, tampoco nos atrevemos a perfilar el verano ni el primer día en el que podremos abrazar a las personas que queremos o dar un paseo sin rumbo por el parque más grande y próximo que esté a nuestro alcance. Y en un susurro, como sin querer molestar, nos preguntamos cuándo será posible, mientras las brutales cifras del día a día se empeñan en retrasar una normalidad inalcanzable.

En unas horas habrán concluido las vacaciones. Los libros por leer, los textos por escribir serán historia. Otra oportunidad perdida. Las páginas de mi diario explicarán la falta de inspiración y concentración, lo rara también y esquiva que se ha vuelto la palabra. Mientras asumo que ciertos párrafos y versos serán imposibles, me consuelo con las ramas verdes que han crecido en los árboles que alcanzo a ver desde mi ventana.

Fuera de nuestros tabiques, la primavera avanza agradecida por la lluvia y los bosques se extrañan de nuestra ausencia y quizás la bendigan. Algunos, por primera vez, desean abrazar un árbol y otros, confiamos en ese reencuentro sanador. Estamos echando de menos los abrazos de las personas que queremos tanto como pasear por la naturaleza, entre su sombra y sus flores, en su arrullo de ramas nuevas.

Muchos intuyen que saldremos distintos de esta pandemia. Ojalá lo hagamos siendo más conscientes de lo que nos cura y nos perjudica. Ojalá lleguemos a tiempo a una primavera personal en la que seamos capaces de aprender de otras especies que en la resistencia, la resiliencia, se hacen más fuertes y más bellas.

Celebrar la primavera y la poesía a pesar del coronavirus

Miro el calendario y me recuerda que hoy es 21 de marzo. Estos días de desconcierto tengo que recurrir más de lo habitual a esa cuadricula organizada. El confinamiento forzoso al que nos ha obligado la lucha contra el Covid-19 ha triturado nuestra rutina. Los lunes tienen la misma dimensión del jueves o del resto de días laborables. ¿Qué día es hoy?

Se mantienen y, en mi caso, se amplían las horas de trabajo, convertidas en tiempo a destajo sin café compartido ni charla banal frente al microondas de la oficina. Sin embargo, ha desaparecido todo lo demás: la rutina de caminar, los abrazos de las personas queridas, poder tocar y ver a otros, aplazar ir a algún sitio por cansancio, acudir a mis queridos cines de la calle Martín de los Heros, compartir una caña con el bullicio del bar de fondo, tocar nuevos títulos en las librería que son segunda casa…

Hoy que es sábado podía haber dormido algo más, pero a las 7 de la mañana he abierto los ojos que también se han debido despistar con tantos días de encierro. El calendario me pide que celebre la poesía, ya que ayer pasé de largo ante el inicio de la primavera. Os confieso que estoy abatida y que me cuesta. Que me he puesto a escribir estas líneas como quien afronta un desafío con el que conjurar las lágrimas, la incertidumbre de este tiempo difícil y dolorosamente prorrogable.

Madrid ha amanecido muy gris. Por mis ventanas, que se han hecho cuerpo para acompañar este tiempo de contacto humano restringido, cuesta también encontrar la alegría. El silencio sigue marcando el tono de las calles y quienes pasean a sus perros o hacen cola en la puerta de la farmacia o caminan con las bolsas de la compra, llevan el peso de la lluvia como una carga adicional. Nos hace mucha falta la lluvia, pero hoy da la impresión de que Madrid llora con nosotros. No es la primera vez. Recuerdo aquella manifestación tremenda después de los atentados del 11-M. Acabamos calados hasta los huesos, por dentro y por fuera, manojos de llanto y lluvia.

Igual que entonces, tarde o temprano, esta ciudad que me vio nacer, que amo tanto y a veces odio, renacerá de nuevo, junto a la mayoría de nosotros, con el recuerdo de las pérdidas que conoceremos más o menos cercanas. En medio de este silencio que solo rompen los pájaros también ponemos el miedo en cuarentena. Nos quedamos en casa porque es nuestro deber y porque la calle es un lugar inhóspito donde deambulan seres con mascarilla y ojos asustados que hacen de espejo.

Quería escribir algo más alegre pero no me sale. Quizás porque es el Día de la Poesía y hoy, más que nunca, ella tiene todo el derecho a dictarme las palabras. La poesía es así: sale sola o no sale, te obliga, se impone. Si es de verdad, no se deja llevar por la alegría que no tienes. Pero como es compasiva y siempre fue consuelo, también permite versos abiertos a la esperanza, tan necesaria.

Como os decía, hoy no surgen versos nuevos con los que pueda alentaros, pero puedo volver a mi libro De paso por los días, y buscar un poema de su primavera, donde aleteen los impulsos de la savia que se abre camino incluso en esta horas castigadas. Confío en que tendremos oportunidad de volver a celebrar la caricia y el beso, de compartir poesía en lecturas con público cómplice, de disfrutar la vitalidad de nuestras calles. ¡Salud y poesía, más que nunca!

SORPRESA

La ciudad se sacudió

el frío y la lluvia.

Desterró el gris.

Palabras y brazos

tomaron las acercas.

La ciudad despertó.

De paso por los días. (Bartleby Editores, 2016)

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