Noches de insomnio

Algunas noches gana el insomnio. Es tan poderoso que no solo desbarata la madrugada, también el amanecer y las horas del día por venir. Esa jornada para la que habíamos hecho planes, justo ahora, cuando el otoño acelera y se aprieta el nudo de las obligaciones; cuando los sueños de las horas libres se nos sueltan de la mano.

Cuántas vueltas sobre las sábanas cada vez más remolino. Cuántas ideas para esas horas malditas y estériles. Acuden tareas pendientes, viajes deseados, conversaciones empantanadas, proyectos estancados…

El oído se agudiza. Nos molesta el rumor del motor de un coche que no arranca, la certeza de una sombra en el portal. De fondo, percibimos un ir y venir constante de sirenas. Una ciudad sobresaltada en un mundo que no descansa, tan insomne como nosotros. Se multiplican las vidas y las muertes, los accidentes y los problemas, los semilleros presentes del insomnio del futuro.

Al día siguiente, en las noticias nunca faltan las emergencias. Pudo ser la explosión y el incendio de un local en un barrio de Madrid o la reyerta y su rastro de sangre sobre la acera. Más lejos, las redadas de la noche europea, cuando la policía se pone a rastrear mafias en golpes combinados. También el eco de proyectiles y su rastro de fuego entre Ucrania y Rusia; en las provincias y ciudades que no aprendimos en ninguna clase de geografía y se han vuelto tan cotidianas que, a pesar de su distancia y su extrañeza idiomática, resultan pronunciables.

Las sirenas quedaban muy lejos de casa, pero resultaron ciertas y cercanas, nublando el amanecer como una mala resaca. Tras noches así, uno se levanta torpe, muy torpe. Con un nudo de cansancio enredado a la pesadilla previa al despertador. Con el cuerpo envuelto en la funda siniestra de una noche para olvidar.

Las soluciones al alcance son las persianas. Al otro lado, ya hay luz. La ducha y su caricia dulce. El agua tibia sobre la cabeza, derramándose sobre la piel hasta despertarla, me recuerda que habito entre los afortunados.

En la cocina, el café que iba a ser la segunda salvación acaba espolvoreado sobre la encimera, en un desayuno que no encuentra su sitio ni su paz. Cuanto se me escapa entre los dedos parece prevenirme contra un mal día. El resultado es un bodegón cuya belleza es el extraño resultado de una mañana por hacer.

Quizás no dormí porque estoy nerviosa. Quizás el café no sea la mejor solución y este volcarse sea una advertencia. Pero no es fácil salir de la rutina de los gestos aprendidos. Necesito café para despertarme, aunque haya estado media noche despierta. Necesito su olor de pócima casi sagrada para entrar en el día laborable con la fuerza que no encuentro entre lo accidental y lo fortuito.

Los gestos conocidos nos permiten reconocernos tras esa noche extraña, reconstruirnos para las horas que nos esperan. El paisaje habitual al otro lado de las ventanas, la acidez de las primeras naranjas de la temporada, el rumor del café, ahora sí, convertido en líquido alquímico cuyo perfume inunda la cocina reconciliándome con el día de hoy. La noche fue mala, pero el día no tiene por qué serlo. De pronto, pienso que la torpeza de mis manos insomnes no suponen un mal augurio.

Tal vez aprendimos a vivir bajo la sombra de los indicios equivocados. Desde hace tiempo, desaprendo las cosas que me hirieron. Replanteo las supersticiones asumidas. Cuestiono las maldiciones que me lastran, las palabras que no suman. Aunque los pensamientos cargados de automatismos siguen acudiendo, de pronto, me pregunto por qué me basta un tropiezo insignificante para echarle mal de ojo a toda la jornada. Me prometo no hacerlo más.

Mientras borbotea el café, perdono mis manos y me salvo con ellas. Reconozco que les quedan muchas horas por delante. Es injusto condenar sus actos por un puñado de café molido derramado. Han de desayunar y acariciar a un gato. Deben trabajar, encontrando en el teclado las palabras exactas y los números que cuadran. Han de hacer la comida, la lista de la compra y la limpieza del arenero. Tendrán que estirarse en la clase de pilates hasta recuperar la certeza de su elástica fuerza nuevamente, antes de regresar a casa acarreando las bolsas de la frutería. Y guardarlo todo y preparar la cena, y cepillar al gato que presume de ser inasequible a todo insomnio. Tendrán que marcar números y letras para comunicarme con otros, intercambiarán complicidad y ayuda. Conservarán la nostalgia de la caricia y habitarán el placer de ciertas horas.

Estas manos no esconden ninguna sombra. Sólo saben del trabajo, del cuidado y del amor. Además, son las herramientas de mi escritura. Se encargan de sostenerme. Desde hoy mismo, me prometo respetar sus torpezas, que son las mías. Sin duda, nos exigimos demasiado y ese no es el mejor camino. ¡Buenos días!

Unas vacaciones extraordinarias

Ha terminado el curso escolar y después de muchos años, vuelvo a sentirme como en los remotos tiempos estudiantiles, con un largo verano por delante. Llevo meses escribiendo del cansancio, la necesidad de buscarme y encontrarme, el desánimo que se ha hecho huésped, los sueños aplazados y la salud quebrada. Y de pronto, alguien me brindó la palabra necesaria, excedencia, y me dejó sin excusas ante el espejo vital de las obligaciones al que me acostumbré desde niña.

¿Excedencia? La voz mágica fue haciéndose grande e inaplazable a pesar de todo y contra todo pronóstico. No ha habido tiempo suficiente para ahorrar y emprender aventuras, tampoco mi cuerpo estaba preparado. Esta vez no hubiera sido capaz de llenar una maleta con los pliegues del cansancio. De momento, disfruto de la pausa y el sueño. Así pues, julio ha comenzado de forma extraña, desobedeciendo al despertador programado y perpleja ante un tiempo nuevo. Aún estoy desubicada frente al calendario, procesando los consejos que me llegan y los deseos propios, cuadrando la anchura de los días con las expectativas.

Mi extrañeza está rodeada de un silencio que recuerda el tiempo de la pandemia. El bar de abajo ha cambiado sus horarios y durante la mañana reina el silencio. El instituto próximo ha bajado las persianas de las aulas y ha desaparecido el bullicio que enmarcaba mi jornada laboral de teletrabajo, entre el paseo adormilado y numeroso de primera hora y la ruidosa estampida del mediodía. Pero este tiempo no es el del confinamiento y la pandemia, aunque el bicho siga suelto, vivito y coleando. En mi caso, confío en que sea el tiempo de la salud y el disfrute, también para los proyectos de escritura que requerían las horas seguidas que no existían.

Tras los primeros días, empieza a asustarme que todo este tiempo pueda evaporarse como en una magnífica tribuna de Juan José Millas, que recuerdo al inicio de cada periodo vacacional. En aquel texto, que no logro encontrar en Internet, el gran columnista que es Millás atinaba al comparar las vacaciones con la bebida que siendo un niño reclamaba en la verbena estival; y avisaba del peligro de que estos días tan anhelados se disipen como aquella gaseosa, consumida con un ansia que impedía saborearla.

Supongo que el recuerdo de ese texto y la obstinada huella de la productividad me llevó a buscar una larga lista de tareas (personales y domésticas), que hace tiempo escribí y después abandoné por falta de fuerzas. Nada más dar con ella, Fénix se tumbó encima. Lo interpreté como un alegato a favor de la pereza. Sólo él, capaz de dormir durante horas, podía imponerme el mandato del descanso y detener el tiempo. Cuando, por fin, levantó su tripa blanca del papel, descubrí que era una vieja versión. Un nuevo hallazgo a destiempo que me enfrentaba con lo que fijamos como tarea ineludible cuando tal vez no lo sea.

¿Sustituir un rodapié arañado? ¿Comprar disolvente para quitar el adhesivo de una puerta? ¿Abrir las cajas convertidas en mesilla tras una mudanza que cumple cuatro años? ¿Ordenar las fotos que se han vuelto hambrientos seres digitales que devoran el disco duro? ¿Revisar los contratos de suministros abusivos? Por supuesto, retomar el dentista y pagarlo religiosamente; volver a revisar mis ojos y atender nuevos achaques. Guardar la ropa de invierno y buscar el bañador del año pasado porque el agua será posible tarde o temprano, y hay que ver si falla el material elástico o mi cadera. La lista era y es demasiado larga. Estoy dispuesta a tener en cuenta ese consejo felino.

Recordaré que he llegado a este punto casi por prescripción médica. Pero también me apremia que esta pausa sea una cita con el deseo de completar los cuadernos abandonados y retomar el placer de la lectura, un reencuentro feliz y productivo con las palabras. Hay varios proyectos en curso y una pila de libros que han llegado a casa sin alcanzar el hueco alfabético de la estantería. ¡Me hacían tanta falta el día de su compra impulsiva! Pero luego, más que el impulso, faltó el aliento para dar sentido a su promesa de placer y aprendizaje, porque es imposible escribir sin leer, y desde hace demasiado no encuentro el estado mental que requieren los libros que necesito.

Junto a las exposiciones pendientes y las salas de cine, libros y cuadernos han de recrear un verano como el de mi infancia, cuando el calor sofocante me impedía dormir y la madrugada sin horarios se convertía en una interminable noche bajo el flexo, hasta que un mosquito más grande de lo habitual me sacaba de algún mundo imaginario.

Para este tiempo de excedencia sin excesos, he de conectar con el largo verano que existió antes de las obligaciones, sus tardes anchas de calor y siesta, sus mañanas de pereza y tiempo por hacer. Recuerdo que, en aquellos meses de julio y agosto, rescataba las páginas sin escribir de los cuadernos escolares e intentaba historias más ambiciosas que mis recursos de narradora. También pasaba a limpio los poemas que habían ido surgiendo durante el curso. Sólo quería escribir y leer porque sabía que en las palabras existía un refugio contra cualquier inclemencia. Y ese era el mejor de los propósitos.

Hoy necesito reencontrarme con los sueños de la infancia. Quizás este verano similar y extenso sea propicio para sintonizar con quien fui y reconciliarme con quien no soy, hacer las paces con quien se perdió por recorridos vitales que no le eran propios y atendió urgencias que carecían de sentido.

¿Cómo he llegado hasta aquí? Serán los cincuenta. Será haber llegado al límite de mis fuerzas y mis preguntas. Será el deseo de alimentar la vida con nutrientes reales y saludables. Será la palabra de otros que se ha hecho estímulo y motor. Será la necesidad de respeto para conmigo… Sin duda, deben ser muchas cosas. Tantas que, por fin, me he concedido el regalo del tiempo.

El peligro de conducir la vida

No hace mucho tiempo, en uno de los cajones de la cocina, coincidieron varias cajas de medicinas que incluían el aviso de mirar el prospecto en caso de conducción; algo que, en ese papel interior que pocas veces leemos, con su letra minúscula y sus epígrafes no aptos para aprensivos e hipocondríacos, se ampliaba al uso de máquinas.

El símbolo para esta advertencia es un coche enmarcado en un triángulo rojo de peligro, aquel que aprendimos en los primeros viajes familiares, cuando reconocer señales era una forma de matar un tiempo que se nos hacía interminable desde nuestra concepción infantil. “¿Cuánto queda?”

Hasta ese momento, nunca había reparado en ese aviso, porque no conduzco. Supongo que ante el elemento gráfico del automóvil, no me daba por aludida. Sin embargo, ante la suma de cajas y triángulos rojos, caí en la cuenta del “peligro” que albergaba el cajón y la necesidad de redefinirlo para cada persona.

¿Requiere más atención conducir un coche que guiar la propia vida? ¿El peligro de la conducción incluye también al peatón, que somos todos, despistado ante un semáforo o aturdido en mitad de un paso de cebra? ¿Qué implica más riesgo y responsabilidad: guiar un automóvil, un coche de bebé o una silla de ruedas?

Evidentemente, el alcance del daño que uno puede generar con un coche es potencialmente mayor; porque en caso de accidente, no sólo el conductor y el resto de pasajeros pueden resultar gravemente afectados por ese mareo personal e inoportuno. Hay un peligro de alcance social. Pero, en todo caso, cualquier accidente con consecuencias trágicas es demoledor para la persona y su entorno. Basta una pequeña fisura, un achaque imperceptible que, de pronto, se convierte en una irreparable vía de agua.

Ahora que el reciente debate sobre el efecto de la menstruación en la salud de tantas mujeres ha generado tanto vocerío insensato, y que la Ministra de Igualdad, Irene Montero, piensa y afirma que las mujeres no van a seguir yendo empastilladas a trabajar, mantengo serias dudas al respecto. Pero además, no olvido que España es uno de los países en los que más personas recurren a fármacos con este tipo de aviso. Salvo que el médico autorice una baja, acuden a su puesto de trabajo y se mueven por la ciudad (trenes, metros, escaleras…), sin pensar que, quizás, no están en las mejores condiciones. Eso por no hablar de todos esos cuidados inevitables, en los que manejamos cuchillos y cacerolas sobre el fuego, en los que atendemos un cuerpo frágil, que puede ser el nuestro, sobre la superficie resbaladiza de una bañera.

Volviendo al principio del texto y adaptando ese triángulo de advertencia a mi vida, me pregunté si se podría considerar el ordenador una máquina peligrosa. Es cierto que nadie mata a otro con un teclado, salvo que desde él se puedan dirigir drones y aviones de combate, algo que afortunadamente ignoro… Pero muchas veces me planteo si el sector terciario, casi siempre considerado como un espacio de privilegio, es o no saludable. Evidentemente, no requiere del esfuerzo físico del primario (agricultura y ganadería, pesca, recursos forestales y minería), ni de las exigencias y riesgos del sector industrial.

Dentro de ese sector, la oficina se ha considerado durante años un espacio ideal donde la vida laboral es más fácil. Sin embargo, basta con sumergirse en los textos de Kafka o visitar su maravilloso museo en Praga para descubrir el sueño convertido en pesadilla. El escritor, que era un genio condenado a una vida que odiaba, sufrió e intuyó lo que a estas alturas está ampliamente reconocido. Y es que dentro de los riesgos laborales contemporáneos se incluyen elementos posturales y factores psicosociales que no resultan ajenos a ningún espacio de trabajo, por mucho diseño y ambiente chill que nos presenten ciertas empresas.

La propia experiencia y la de personas conocidas me hace consciente de que muchos de los que trabajamos tras un ordenador podemos relatar momentos de fatiga, bloqueo, confusión y aturdimiento, que nos han llevado a cometer errores, vernos inmersos en conflictos con compañeros o superiores, sufrir ansiedad e indefensión hasta el punto de sentirnos el blanco de un campo de batalla… Ignoro hasta qué punto se puede generalizar esta situación pero, desde luego, confieso que a mí, me ha quitado el sueño demasiadas noches; al igual que ciertos correos, que no debí enviar o recibir, han sido el punto de partida de mucho sufrimiento. Pequeños o grandes errores que se agigantan cuando desatendemos ciertas señales de peligro que rodean la existencia cotidiana, y pueden crecer hasta devorarnos, si no sabemos detener nuestro inofensivo y ergonómico ratón de plástico.

No me gustaría que este texto se entienda como una queja. Me sobran los motivos para la gratitud y sentirme afortunada con la vida que tengo. El teclado, las palabras que surgen de él, me rescatan y alimentan. A diario y bien cerca, me topo con situaciones y escucho diálogos ajenos, como esos novelistas que buscan inspiración en la cola del súper, que me rasgan y me ubican en ese espacio de tranquilidad vital que muchas personas no alcanzan a pesar de su esfuerzo.

Pertenezco a la generación de los nietos y bisnietos de quienes trabajaron con las manos. De padres a hijos, fueron aspirando a algo mejor para su descendencia. Y en ese mundo idealizado, porque se idealiza lo que no se conoce, imaginaron trabajos sin el barro de la tierra ni la sangre de los mataderos, sin doblar la espalda para cargar cajas, remendar prendas hasta el infinito o lavar ropa ajena con el agua del río. Frente a ese relato, no me pasa inadvertida la cantidad de veces que, a quienes vivimos en los ambientes artificiales de edificios y oficinas más o menos inteligentes, se nos recomienda volver al campo, cultivar un pequeño huerto o un jardín, volver a tejer, restaurar madera, pintar mandalas, amasar harina y asistir al milagro de lo que surge a un ritmo lento, ya sea un hogaza de pan casero o una tomatera florecida.

Ningún mundo laboral es perfecto. Me vienen a la cabeza dos películas magníficas para enfrentar estos dos modelos: Smoking Room y Alcarrás. Quienes no nacimos con los apellidos y contactos que engordan las cuentas bancarias con facilidad, sabemos de las dificultades y hemos asumido sin rechistar la doctrina doméstica del esfuerzo y el trabajo bien hecho. Los que jamás accederemos a una puerta giratoria hemos experimentado que cierta medicación puede producir mareos. Y también vamos aprendiendo, a base de sustos, que los mareos existenciales pueden condicionar la conducción de la propia vida, lo único que tenemos. Por eso surge este texto. Porque creo que, en estos casos, es imprescindible hacer caso de las señales. Espero que cada lector identifique las suyas.

Renacer ante el mar

Hace unos días comencé mis vacaciones de Semana Santa con un viaje relámpago a Barcelona. Ida y vuelta en dos días. Un encuentro familiar, una excusa para el abrazo. Nos debemos tantos, que no importa hacer un viaje a lo loco. Ganarle horas a la distancia que amplió la pandemia. ¿Cuántas visitas no han sido? ¿Cuántos puentes fueron días sin posibilidad? ¿Cuántas escapadas se descartaron durante los cierres perimetrales?

Aunque acusaba la falta de sueño y el cansancio acumulado, me sentí revivir sentada en el tren, redescubriendo el paisaje por la ventanilla. He hecho muchas veces ese mismo trayecto y soy capaz de reconocerlo, a pesar de la velocidad. La ciudad se desdibuja y la tierra cambia de color. Se suceden pequeñas colinas y parcelas donde el cuerpo sigue trabajando la tierra. El paisaje estaba salpicado de almendros y otros frutales en flor. En los taludes del tren y en el campo, se asomaban florecillas y hierbas silvestres. No logré ver amapolas, pero sí, margaritas y esas flores amarillas que resultaban un auténtico manjar para aquel canario de la infancia. Tras las lluvias de los últimos días los colores vibraban, resultando casi apabullantes.

A medida que avanzaban los kilómetros, se fueron despejando mis sentidos. Mis ojos tenían ganas de volver a leer. El bolígrafo comenzaba a hacerse necesario para subrayar aquellas páginas inspiradoras. También surgían las primeras ideas para un relato. Recordé cuántos viajes he hecho, a lo largo de los años, en el límite mismo del cansancio. Y cómo han logrado reconciliarme: el viaje como aliento. Volvía a ocurrir una vez más, y yo, silenciosamente, daba las gracias.

Llegué a Sants con la recompensa de varios relatos leídos y las notas de un texto a medias, recuperando el placer por las palabras. Eran pequeños síntomas de mejoría, la promesa de una pausa vacacional en la que reencontrarme. Bajé del tren con el doble de energía de la que tenía en Atocha, como si la lectura y la escritura hubieran sido el desayuno perfecto al que se añadía la magia de romper con la rutina y su cansancio. Ya que todo parecía posible, me detuve en la administración de lotería buscando la suerte que no tengo en Madrid. ¿Cómo no soñar con unas vacaciones perpetuas? Tampoco acerté los números de aquella noche. Me temo que los juegos de azar no son lo mío. Pero el mar estaba al alcance y me fui para allá.

Recuperé las sensaciones de ser turista, emprendiendo un camino distinto al habitual. Un plano de metro con otro dibujo, líneas de otros colores y nombres nuevos. Andenes más oscuros, anuncios con mensajes que nunca había visto y el sonido de otra lengua. El bullicio de un día laborable en el que yo estaba libre de tareas y horarios. Esa gozosa alegría.

El mar estaba cada vez más cerca. Primero, fue una línea de horizonte detrás del puerto; después, la masa azul que recogía una pequeña playa. Arena y partidos de voley, algunas toallas extendidas. El sol acariciaba el mediodía, engañando la sensación de frío. Avancé hacia el agua.

Recordé aquel viaje estival de la infancia, cuando al llegar a Jerez de la Frontera, que era nuestro destino, mi padre siguió conduciendo hasta la playa del Puerto de Santa María. Abrimos las maletas y nos cambiamos en un chiringuito de los que ya no existen. Ya lo escribió Rafael Alberti: nada mejor que ser marinero en tierra para desear el mar. Esta vez, ante el Mediterráneo, recuperaba aquellos recuerdos y volvía a vivir el mar como un premio. Pasados unos minutos también volvieron las palabras. El móvil se convertía en libreta improvisada. Podía ser el germen de un nuevo relato o de una historia más larga. Las primeras líneas fluían con la placidez del paisaje que me acunaba. Habían bastado unas horas para despertar hacia lo íntimo. El mar me ofrecía un nuevo principio: palabras en segunda persona para un yo que renacía.

Acabas de llegar a Barcelona y te has ido hasta la Ronda Litoral. Eres un náufrago de interior. Dejas atrás el Paseo Marítimo y te plantas ante el mar. Te enfrentas a su visión como quien busca curarse. El viento en la cara, el sol, el murmullo constante de las olas a tus pies.

Desde la última visita y tras las tormentas furiosas que se han sucedido, se ha formado un gran desnivel en la orilla. Nada que ver con la playa de pendiente suave que invitaba al baño como un imán. El resultado es un mirador, un trampolín donde surge un cierto vértigo. Un promontorio que te deja suspendida ante un incesante movimiento azul y verde, como si no hubiera suelo. Estás entre el agua y el horizonte. Ese espacio ideal de los veranos.

Al bajar la vista, descubres tus zapatos de todos los días. No has traído sandalias ni chanclas. No te has descalzado. La arena cede ante tu cuerpo extraño vestido aún de oficina. Se hunden tus pies y te cuesta caminar. No has podido resistirte a la fuerza de la orilla. Sabes que ese mar no te pertenece. Sólo has venido a que te bendiga y te dé esperanzas para seguir.

La inspiración de árboles y gatos

Enero se esfumó. Transcurrió volando desde el primer brindis a los regalos de Reyes, pasando por San Antón y un último día que fue a parar sobre un lunes desubicado, con esa orfandad de inicio de semana sin futuro. Enero dejó el regusto amargo de ciertos aniversarios y nuevas pérdidas, el recuerdo herido de las fotos de la gran nevada, la estela gastada de los buenos deseos y las cifras de otra ola que nos aleja del mar. Aunque cambiamos de año, persiste un calendario fugaz y dolorido en el que las promesas recién hechas al futuro se deshacen entre las exigencias de siempre, las viejas dolencias y el cansancio convertido en segunda piel.

Aturdida por la velocidad y las viejas dinámicas hilvanadas entre agotamiento y tristeza, en febrero he vuelto a poner en práctica esa terapia mía de “Caminar y fotografiar, para luego escribir”. Me he dado cuenta de que, mientras estuve en otras cosas, el tiempo ha sido, tras un paréntesis helado, extrañamente cálido. Así pues, en mis últimos paseos, me he reencontrado con árboles que empiezan a notar la primavera. Son audaces. No han padecido el frío de otros años que ralentizaba sus ciclos. Ahí están, exponiendo sus brotes antes de tiempo, incluso dejando ver las primeras flores. Como los gatos, los árboles no temen. Me gustaría aprender de ambos. Sienten, padecen, pero no temen y eso les hace mantener el pulso de la vida.

Lo de los gatos surge porque bajo los árboles y el sol invernal, terminé de leer el libro de John Gray, Filosofía felina, cuyo atractivo subtítulo “Los gatos y el sentido de la vida” (Sexto Piso), y sus simpáticas primeras líneas me llevaron a una compra impulsiva. El libro es un breve repaso filosófico, histórico y narrativo sobre estos felinos. No es lo que esperaba, pero reconozco que debería imprimir por toda la casa sus últimas páginas donde aparecen “Diez pistas felinas sobre como vivir bien”. Entre ellas, me quedé pensando en la segunda: “Es ridículo que te quejes de que no tienes suficiente tiempo”. ¿Cómo?, me pregunté casi indignada antes de seguir leyendo a Gray: “Haz aquello que sirva a algún fin tuyo propio y que disfrutes haciendo por sí mismo. Vive así y dispondrás de tiempo de sobra”.

Entonces caí en la cuenta de los textos para este blog que, sin llegar a teclear, pergeñé en mi cabeza; en las llamadas que no hice; en la novela y los poemarios que esperan su última revisión y son sistemáticamente condenados por falta de tiempo. A raíz de esa pista, pensé que tal vez, la que se condena soy yo: asumiendo tareas ingratas y dejando para los minutos estériles del cansancio lo que podría recompensar las horas desapacibles e inevitables. No es algo nuevo. Lo he comentado mil veces en distintos ámbitos. De pronto, verlo escrito por una autoridad le daba otra dimensión. La del mandamiento. La pista de la salvación.

Por eso escribo estas líneas que son un híbrido entre lo personal y lo público, entre lo literario y lo terapéutico: para volver a recordarme las promesas de tantas veces y la certeza de que no hay prórrogas.

No soy un gato. No puedo aspirar a las horas de sueño de mi querido Fénix ni al tiempo que dedica a la contemplación del mundo. Su tiempo es ancho y feliz con todas las necesidades cubiertas. Pero también es cierto que cuando quiere algo lo pide de forma insistente y en su maullido está toda la urgencia de lo inaplazable. Si quiere atún o un trocito de algo que huele en la bolsa de la compra lo quiere ya, y soy capaz de cambiar el orden de los factores para atenderle. ¿Y atenderme a mí? ¿Atender mis proyectos, mis cuidados, mis deseos? ¿Estoy esperando a ser gato para lograrlo?

Esos primeros brotes de los almendros, esas primeras flores de los árboles frutales de hueso que forman parte del vecindario me están avisando. Con su valiente fragilidad me piden que ignore el ruido de los martillos neumáticos que rompen las aceras y el asfalto próximos en una atmósfera que también les amenaza; que relativice la incomodidad de las visitas al dentista y otros chequeos; que no sucumba en el embrollo de las averías domésticas; que disfrute de ese minuto en el que aún resiste la alegría por hacer, posponiendo la tarea ingrata para después.

Veremos. No es la primera que lo escribo aquí. Pero cada vez es más apremiante ponerlo en práctica. El calendario nos lleva por delante a pesar de este tiempo extraño y detenido. Los meses pasan y somos nosotros los que tenemos que sacar las cuentas de cada jornada, y que salga a nuestro favor.

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