Poesía de ida y vuelta: humo de las astillas

Hace unas semanas, recibí por correo un sobre procedente de Brooklyn. Aunque esperaba su llegada, abrir el buzón desencadenó un sinfín de recuerdos y emociones.

Nunca he visitado Nueva York, pero he fantaseado con ese viaje, incluso, con vivir allí una temporada. Quizás algún día pueda ser, aunque cada vez parece menos probable. Hice memoria, creyendo que entraba en casa un sobre procedente de un país con el que nunca había tenido un contacto tan directo antes. ¡Menuda ciudadana del mundo, pensé!

Me equivocaba por poco. Una vez estuve en Estados Unidos, aunque fuera durante el par de horas que duró una escala en uno de sus aeropuertos internacionales. Tenía tan poco tiempo y tanto miedo a perderme que no llegué a pisar la calle, accesible y bulliciosa tras las puertas de cristal. Permanecí aturdida ante la magnitud del aeropuerto, la parafernalia del cuestionario a bordo y ser entrevistada por agentes de inmigración.

También recordé que, hace muchos años, una amiga trabajó en Washington y, seguramente (era una costumbre bonita), ella me envió más de una postal de aquellos lugares tantas veces vistos en el cine y la televisión hasta hacerse familiares. No obstante, aquellas cartas y tarjetas, que corresponden al tiempo previo a los teléfonos con cámara, nunca llegaron al buzón de donde vivo ahora. Actualmente, languidece vacío porque casi toda la correspondencia es digital; y solo de vez en cuando cobra sentido con una revista o un libro, solicitados con anhelo a golpe de clic.

Así pues, encontrar una carta como aquellas, con mi dirección escrita a mano, y leer “Brooklyn, NY” era tocar un espacio remotamente conocido: el escenario de mi propia nostalgia y también el de tantas películas y libros: ahora que estamos en otoño, con parques llenos de ocres y amarillos y aceras mojadas que te hacen buscar un café, una librería… Es decir, un mundo que ya, por lo que comentan, cada vez cuesta más encontrar en Nueva York y que en Madrid también está en peligro, aunque aún no sea tan evidente o no queramos verlo.

El sobre, con sus sellos circulares ilustrados con una brújula, constituía toda una metáfora. ¿A dónde ir, de dónde venir, cómo orientarnos? En el interior, había viajado un ejemplar de la revista de poesía ‘Cuadernos de humo cuarenta y siete’, editada por el equipo Humo, con H. Barrero, remitente de mi carta, a la cabeza.

La revista ofrecía aún más coincidencias mágicas y emocionantes. Un poema mío, publicado en Astillas, figuraba junto a los poemas de veintidós poetas españoles (sumamos 23 y eso es magia también), seleccionados y traducidos por Marcela Filippi, que recibió mi libro a través de un amigo común. La fuerza generosa del azar me había llevado primero a Roma y después a Nueva York gracias a la poesía, ¡benditas palabras que pudieron volar y alojarse tan lejos! Me vi junto a nombres de poetas que admiro y, por un segundo, me pregunté cómo me había colado en esa fiesta. Luego, recordé que me habían invitado Marcela e Hilario, y que ante su gesto de bienvenida solo cabían la celebración y la gratitud en lugar de la vergüenza.

El azar ha sido también sumamente certero con las imágenes que ilustran la revista, obra de Juan Carlos Mestre, con quien hice un taller de poesía en la primavera de 2007, titulado La República de la Imaginación, que lo cambió todo. Porque yo había escrito poesía desde niña, pero en la juventud y, sobre todo, al entrar en la etapa adulta y laboral, encargada de borrar sueños y descartar algunos naipes del juego de la vida, empecé a pensar que escribir poesía debía reducirse al ámbito privado de la respiración y que publicar era del todo imposible. Dos años después de aquel taller (lo he contado mil veces), vi mis poemas impresos en un libro con el mismo título, editado por Legados, que inauguraba su colección de Colectivos, donde volví con otros proyectos dos veces más (La escombrera y Odisea) y después a Disidencias (El Sastre de Apollinaire, 2023). De este modo, encontré un camino menos solitario y más iluminado, y la compañía de personas que me devolvieron la ilusión y las ganas de regresar a la poesía, de donde no me había ido nunca, aunque corría el riesgo de olvidarlo.

Aquel taller llevó al libro, el libro a un blog colaborativo, el blog a las redes sociales… Territorios que quizás nunca hubiera pisado sin aquellas tardes del mes de abril, cuando Juan Carlos Mestre, con elogios obviamente desmesurados que mis poemas no merecían, me devolvió la confianza. Porque a veces las palabras ayudan a sanar y a saltar, y aquella vez ocurrió. Y porque el azar también permitió reunir a un maravilloso grupo que supo crecer, nutriéndonos y celebrando los nuevos libros de cada uno, algunos con Agustín Sánchez Antequera, que era parte de aquel grupo, como editor. Así, la biblioteca ha ido aumentando a lo largo de los años con quienes estaban en aquella primera solapa y, más que amigos, eran y son luz y abrazo: Alberto Cubero, Manuela Temporelli, Laura Gómez Palma, Pilar Fraile, Juan Pedro Fernández, Pablo Martín Coble y Juan Carlos Mestre, junto a las creaciones de Calber en varias cubiertas y su eterno libro pendiente, mediado por innumerables trabajos de diseño y las risas de tantos encuentros compartidos.

Siguiendo con las coincidencias felices y los azares, las palabras preliminares de este Cuaderno de Humo que dan paso a los poemas se titulan “De ida y vuelta”, casi como uno de los archivos que va creciendo en mi ordenador. Dispuesta a descubrir carambolas que sean guiños mágicos, lo considero ya un excelente presagio, aunque solo el tiempo sabe si llegará a término y mantendrá ese título. En esas palabras, Marcela Filippi escribe: “Escribir es algo mágico, nadie nos pone límites. Escribo sobre mi mundo interior y exterior. A través de la escritura dibujo mi vida pasada, presente y futura, exorcizo mi dolor, mis miedos, me siento libre”.

Sus palabras, que comparto, se cumplen en estas líneas que nacen de la gratitud y enlazan la textura de las direcciones manuscritas de viejas postales con la última carta recibida, los proyectos en curso con el poeta que me puso en camino y la certeza de que, aunque escribir sea un acto solitario, escribimos gracias a que hay alguien que nos lee y, con su gesto de reconocimiento (ya sea silencioso o explícito), nos anima a seguir buscando las palabras donde ser verdaderamente libres.

Un año de ‘Astillas’, un año de vida

En 2024, tras varias tormentas, que afectaron descargas y aperturas de la Feria del Libro de Madrid, ‘Astillas’ llegó a la la caseta de Bartleby Editores el 11 de junio, y yo fui a firmarlo y a tocarlo por primera vez, feliz por tantísimo, el viernes 14. Diez días después, comenzaba su distribución en librerías.

Hace algunas fechas, al volver a la útima edición de la Feria del Libro de Madrid, de alguna forma, regresaba para celebrar este feliz aniversario. Para mi sorpresa, hubo más ventas de las esperadas y amigos que volvieron a la caseta de Bartleby y se llevaron Astillas o De paso por los días o ambos. Yo firmaba menos cansada que hace un año y menos nerviosa también. La palabra y el pulso de las dedicatorias fluían templadas, gracias a una etapa larga de aprendizajes sobre mí misma que me va reconciliando con quien soy y he sido.

A pesar de los años en los que las exigencias laborales y las peripecias vitales me despistaron de su condición de eje vital, la escritura siempre fue raíz. Jamás me olvidé de aquella niña que se puso a escribir un poema en un pupitre y, desde entonces, sintió la escritura como necesidad y llamada, como tarea y meta. En los primeros años de formación, faltaron referentes y lecturas: apenas mujeres en los libros de texto, apenas mujeres que pudieran dedicarse a la escritura. Quizás, por eso, el periodismo fue el camino. Pero llegué a una profesión que nada tenía que ver con lo que yo había imaginado tras las crónicas de Maruja Torres y Carmen Sarmiento o las entrevistas de Rosa Montero; y seguramente, tampoco tuve su determinación ni su arrojo. En la facultad de Ciencias de la Información (UCM) éramos legión y el mundo laboral nos condenaba a una precariedad de la que ningún medio hablaba, porque ellos mismos eran beneficiarios.

El periodismo soñado se diluyó; se convirtió en comunicación para la acción social, un espacio donde había tanto que hacer y aprender que la creación literaria apenas encontró su tiempo. El afuera tampoco ayudaba. Cumplí treinta, treinta y cinco, y desapareció la posibilidad de optar a los premios cuyos nombres había aprendido estudiando literatura contemporánea (Adonais), o incorporando nuevos títulos a mi pequeña biblioteca de entonces (Hiperión, Loewe…). Pensé que la niña y la joven que había escrito con soltura en los años previos no tenía cabida en el mundo adulto, que no valía. Supongo que también asumí «que la vida iba en serio». Y seguí escribiendo para mí y para el cajón, una dedicación permanente desde un rincón solitario.

Lo he pensado mucho últimamente… Si no llega a ser por un primer batacazo de tristeza, yo no hubiera llegado a los talleres literarios de La Casa Encendida, donde todo comenzó de nuevo, gracias a poetas consagrados que escucharon y animaron mis versos, un tanto oxidados después de tanto vacío. Si no llega a ser por aquel grupo que se hizo libro colectivo, La república de la imaginación (2009), y quienes nos encontramos por azar en aquel taller de Juan Carlos Mestre, tal vez, tampoco hubiera publicado nunca. Pero recibir galeradas y tocar aquel libro lo cambió todo. Cuando en la tarde de su presentación las lágrimas estuvieron a punto de impedirme hablar en público con casi cuarenta años, aquel instante cobraba el sentido de una vida, aunque no he sido consciente hasta muchos años después.

De paso por los días’ no hubiera visto la luz sin Manuela Temporelli, Guadalupe Grande, Serafín Picado, Manolo Rico ni Pepo Paz. Su aparición me obligó a leer versos en solitario y me permitió, por primera vez, sentarme al otro lado del mostrador de la Feria del Libro de Madrid, en ese parque del Retiro donde había empezado a soñar cuando me acercaba temblando a autores y autoras a quienes decía mi nombre en un susurro, sin atreverme a contarles que yo también escribía ni a preguntarles qué tenía que ocurrir para convertirme en autora. Sin embargo, ‘De paso por los días’ fue un libro silencioso y transparente. Supongo que mi pudor de primeriza lo frenó. En lo más íntimo, yo sabía que un primer libro no era nada más que eso, un peldaño deshabitado.

Por supuesto, seguía escribiendo, corrigiendo y enviando poemarios a algunos concursos. Seguramente, buscaba en la decisión de otros la confianza que aún me faltaba. Por eso, necesitaba publicar un segundo libro porque, aunque dos peldaños no hacen escalera, mi sensación de espejismo se sumaba a otros dolores y me asfixiaba.

La aparición de ‘Astillas’, imposible sin el aliento de Alberto Cubero y Gsús Bonilla, sin Manolo Rico y Pepo Paz, al frente de Bartleby Editores, dio inicio a un tiempo nuevo. El libro ha recorrido un periplo de actos públicos y lectores generosos a los que me gustaría recordar. Porque ‘Astillas’ fue la escritura del tiempo oscuro de la depresión, y su entrada en imprenta coincidió con la esperanza de sanar.

Íntimamente, algo me decía que ‘Astillas’ había sido la escritura del daño y se convertía en el principio de un tiempo nuevo, un renacer desde la ceniza. La poesía y la intuición suelen ir de la mano y esa alianza volvió a funcionar. Mientras estaba de vacaciones, comencé a leer y recibir los primeros mensajes de lectores de ‘Astillas’. Y ya no se trataba de familiares o amistades muy cercanas cuya lectura está empapada por un afecto de muchos años, sino de lectores espontáneos que, al acercarse al libro, se habían abrazado a su dolor para aliviar el mío y, ahora, lo contaban en sus redes sociales, entrevistas o blogs: Pilar, Jorge, Camino, Esther, Patricia, Tonia, Vicente, Eva, Carmen, Noni, Viktor, Ángela, Tonia, Berta, Pedro, Arturo, Fco. Javier, Emma, Salva, Antonio, Laura, Manuela, Ángel, Sonia, Julio, Pablo, Javier, Lidia, Sole, Amalia, Teresa, Iris, Cristina… o la alegría de algunos de poemas traducidos al italiano gracias a Marcela Filippi. A lo largo de doce meses, las presentaciones y las redes sociales han sido el espacio para recibir sus palabras y fotografías, y para devolver mi gratitud desbordada y sorprendida, profundamente sincera.

Como decía al principio, volver a la Feria del Libro de este año ha supuesto cerrar el círculo. Reencontrar lectores o encontrar rostros inesperados, incluso felizmente desconocidos. Soy muy consciente de lo que significa ‘Astillas’ en un sistema editorial como el español, donde se publican 90.000 títulos anuales, diez libros por hora; de lo que significa firmar en una Feria que ha contado con 7.200 sesiones de firma. Me temo que ahora, en la escritura literaria, también somos legión. Pero este texto no pretende encontrar mi lugar en ese mundo, sino reconocer que respiro donde alguna vez soñé. Y volver a dar las gracias, a quienes animaron y leyeron; a la palabra escrita y a la vida, que han cobrado impulso.

Feliz 2025: agradecer la luz

Queridos amigos, queridas amigas:

Un año más escribo y comparto palabras e imágenes con las que cerrar un año y abrir otro. Es tradición, es impulso. De algún modo, es un rito colectivo, más o menos consciente. En mi caso, resulta ya una inevitable costumbre incorporada a las últimas horas del año, cuando busco el silencio necesario para detenerme a mirar hacia dentro y hacia fuera, en las fotografías que recuerdan lo vivido y las imágenes ausentes, para hacer balance y también, invocar la esperanza.

2024 deja el recuerdo de presentaciones de libros y exposiciones plásticas disfrutadas, siempre en compañía, una forma de ampliar la existencia; escapadas que permitieron cambiar el paisaje y renovar la perspectiva del horizonte desde nuevas ventanas; momentos para la ternura y los afectos, y la silenciosa caricia sobre la piel de Fénix. 2024 deja también abrazos que acompañaron la ausencia y el duelo, momentos duros en los que saberse afortunada en el lado de la vida, a pesar de un mundo roto en jirones de injusticia, esa espiral de abismo alimentada por el odio y la codicia que también convocó a la poesía, en un intento de decir no a la barbarie.

“Astilla” se ha convertido en mi palabra del año, en un plural luminoso que me ha permitido cerrar una etapa oscura y comenzar otra, impulsada por la gratitud y el deseo, algo que percibí íntimamente cuando llegó la primavera. Al elegirla para el título de mi libro, pensé en aquella brizna de madera incómoda y dolorosa clavada en un dedo infantil, aunque María Moliner en su magnífico diccionario la define como: “trozo de madera partido toscamente, de los que se gastan para leña” y así se presentó en la portada. Astillas y las palabras que lectores y lectoras me han ofrecido se han convertido en energía, el principio de un nuevo fuego.

Con esta idea de renacer concluyo estas líneas y elijo las fotografías para despedir 2024 y dar la bienvenida a 2025. Fotos tomadas en el silencio de un paseo por la naturaleza mientras los rayos del sol, siendo ocaso, podían confundirse con los de un amanecer. Os deseo un nuevo año en el que podáis mirar la oscuridad como un paréntesis hacia la luz, en el que cada despertar sea un regalo que agradecer a la vida.

Gratitud y horizonte

Repaso septiembre y le agradezco que haya sido un mes amable, con su significado de reinicio, con el aliento de una nueva resistencia. Sin duda, el verano fue bueno y ha servido de equipaje. Desde mi casa, empecé a sentir el rumor de la juventud que se dirige cada mañana al instituto próximo; con sus llegadas y salidas, sus pasos marcan mi tiempo. El transporte público volvió a llenarse, literalmente; a pesar de la presión y el vapuleo de sentirme sardina en conserva de tercera, los ojos adormilados de los más pequeños fueron un soplo de ternura y misericordia.

Presenté Astillas en su primera lectura pública (habrá más, habrá tantas como surjan), y fui feliz. El dolor de sus páginas se ha convertido en motor de afectos, otra vez fortaleza y esperanza. Recibo mensajes de lectores que encuentran cierto alivio en sus poemas. Me sorprenden, al tiempo que sus palabras resultan sanadoras. Al principio, lo he ido regalando casi pidiendo perdón por su dureza, pero tiene razón quien me dice que no lo haga. Es el resultado de abrazar el dolor y cuanto supe escribir. Es el relato poético de una grieta de la que ha sido posible emerger.

En la víspera de la presentación fui a la peluquería. Quería estar guapa, igual que en cualquier fiesta que se precie. Justo cuando iba a salir de casa, se quedó parado mi reloj de pulsera. En el primer instante, intuí un mal presagio (la cabra tira al monte, la tristeza es pegajosa); acto seguido lo reinterpreté como el inicio de un tiempo nuevo. Se trata de celebrar, ¿recuerdas? Es cierto que la pila del reloj había durado menos que nunca. La última se paró a las puertas del tanatorio. Esta vez quise convertir la obsolescencia vertiginosa en un guiño feliz. Horas después regresaba a casa con el cabello renovado y, al menos, una pila puesta.

El día de la presentación elegí una camisa especial que apenas he estrenado y me puse una pulsera delicada que no suelo usar, por miedo a perderla. Por si refrescaba, me llevé sobre los hombros una prenda que era el homenaje y recuerdo a una mujer que, en vida y en su despedida, me animó a seguir escribiendo. También estrené zapatos. Podían hacerme daño y quise arriesgarme. La tarde se alargó hasta la noche y volví a casa sin una rozadura. Para mí era importante refutar un par de poemas del libro que escribí con la vista fija en el suelo. Uno comienza con el verso “Te vas de paseo al cansancio”. El otro (página 94), lo leí en voz alta para los asistentes al acto como quien pronuncia una oración nueva contra lo que fue:

Ya no lustras tus zapatos
ni en la noche de reyes.

Calzas pasos cansados
y tropiezos.

El abandono delata
tu pelea con la piedra,
su propio chocarse
hasta hacerte caer.

Mentiría si dijera o escribiera que, en este septiembre, no ha habido cansancio ni días en los que sentir el peso insomne de la noche o las horas de la jornada laboral como una carga, pero no tiene nada que ver con los años y meses previos. Ahora, en lugar de dejar que ocupen todo el espacio, he arrinconado esos pensamientos en lo posible y, al igual que hice en verano, me he dejado atrapar por la luz exterior, pacífica y acogedora. Mis ojos han optado por mirar a las ventanas, que ofrecían atardeceres y ocasos matizados por la calma.

Al otro lado del cristal, el castaño se ha vuelto más y más marrón. El cielo se ha puesto de todos los colores. Alguna mañana madrugar tuvo su recompensa de luz mágica al levantar las persianas. En ese descubrimiento cotidiano recordé al protagonista de Perfect days, esa película tan evocadora y profunda de Wim Wenders.

Mientras se hacía el café, esa placidez pequeña ha estallado al escuchar el relato radiofónico de la matanza constante de los inocentes, la suma diaria que arrojará un genocidio para la posteridad. Las primeras crónicas ofrecen su recuento rutinario de víctimas bajo las bombas en Gaza y Cisjordania o de cadáveres en nuevos naufragios a pocos kilómetros de las costas españolas. Me costaba imaginar cómo es despertar en esos lugares con los que compartimos el mismo cielo. Desde mi ventaba podía disfrutar de una mañana clara, sin rastro de la humareda que dejan los proyectiles, sin el olor a gasolina de cayucos a la deriva. El relato de los enviados especiales incluía el término “campo de refugiados” para situar el punto del mapa donde la esperanza se había roto antes del amanecer.

Una luz suave me rodeaba mientras las palabras se teñían de mentiras. ¿Por qué decimos campo? ¿Cómo podemos seguir apelando al refugio donde se asesina a mujeres y niños? Septiembre ha sido un regalo y escribirlo es atesorarlo, a pesar de que el lenguaje y los tiempos vuelvan a enfrentarse; algo que también ocurre en Astillas, un poemario, en parte, en guerra con las palabras. La pregunta es cómo defender una cierta placidez cuando se cumple un año del inicio de un genocidio. Aquella remota estudiante de periodismo que fui nunca pudo imaginarse que el derecho a la información pudiera estar reñido con el derecho a la salud, pero muchos días necesito apagar las noticias y mirar por la ventana y pensar que este cielo es el de todos.

Ante el televisor que me ofrece la crónica feroz de un año de barbarie, me asalta la duda de si tenemos derecho a sentirnos bien dentro de nuestra pequeña existencia en orden. Quiero creer que sí, que me toca dar gracias a la vida, y seguir buscando la belleza cotidiana a través de las ventanas. Ese gesto no es incompatible con recordar, con toda su fuerza etimológica, a quienes sobreviven sin horizonte.

Miradas y ventanas del verano

Era aún julio cuando escribí la última crónica de este blog. Por entonces, el castaño que mide las estaciones frente a mi ventana, ya vestía otoño. También era una tarde asfixiante de julio cuando, antes de salir del metro, vi las escaleras y la rejilla del desagüe salpicadas de hojas exhaustas. Agostadas, pensé entonces, y jugué con esa ese intermedia. Madrid y yo misma estábamos agotadas. Por la temperatura y los meses transcurridos sin pausa, siguiendo el ritmo exigente de esta ciudad y las rutinas que nos atan a ella. Hojas muertas y personas al límite. Por eso, salimos en estampida. Por eso, buscamos refugios. Por eso, en agosto, se nos ve por todos lados e incluso, se pone de moda detestarnos, ese triste desatino.

Yo también me he escapado y confío en haberlo hecho sin molestar a nadie. Mis pasos cansados buscaban otros paisajes. Mis ojos sedientos necesitaban llenarse de agua. He regresado a lugares ya conocidos, lo que evita la ansiedad de ser turista. En Ginebra y en la playa almeriense de los últimos veranos, la hospitalidad de amigos y familiares me permitían sentirme como en casa, pero en otras casas. Habitaciones en las que, al levantar la persiana y celebrar un nuevo día para el ocio, no importaba desvelarse ni ver amanecer, desafiando la pereza que se iba instalando en todo el cuerpo.

A pesar de las elevadas temperaturas, disfruté mucho del verano ginebrino: la música y la animación en sus parques; la belleza del lago Lehman; las calles y monumentos de la ciudad vieja; la atmósfera del Café Literario junto al renovado Museo Rousseau; el cementerio de Plain-Palais, donde distintos bolígrafos reposaban sobre la tumba de Borges; el ambiente bohemio de Carouge; la escapada a Montreaux y al castillo de Chillon, tan distinto de como lo recordaba.

Ante el Mediterráneo, como siempre, un azul incesante me invitaba al baño, a flotar y nadar, a jugar con las olas, a contemplar durante horas un infinito de reflejos brillantes y también de sombras. Me resulta imposible no pensar en sus ahogados anónimos. A pesar de todo, el mar sigue siendo un bálsamo. Sus aguas, cada vez más preocupantemente cálidas, no tienen culpa ni responsabilidad. Son un bello escenario que las decisiones o la inacción política han convertido en inmensa sepultura. Igual que esos árboles que se caen sobre viandantes inocentes, heridos de desidia y condenados a venirse abajo.

Las vacaciones han sido propicias también para la lectura y la escritura. En la maleta, metí muchos más libros de los que pude leer, pero aún así, he disfrutado con tres títulos muy distintos que han dejado huella: Las fuentes, de Marie-Hélène Lafon; Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé y Punto de cruz, de Jazmina Barrera. En cuanto a la escritura, mis dedos han volado ágiles sobre el teclado del móvil donde crece un nuevo proyecto, mientras los libros publicados me hacían guiños, a través de reseñas y comentarios de nuevos lectores. De paso por los días (Bartleby, 2016), era incluido en el artículo “Cuatro refrescantes libros para el verano con la naturaleza como protagonista” firmado por Javier Morales en El Asombrario, demostrando que los libros no caducan. Siempre que regreso a la playa almeriense, me vienen a la memoria un par de poemas que surgieron en sus aguas y me repetí hasta que los pude memorizar, para escribirlos nada más alcanzar una libreta bajo la sombrilla.

Por su parte, Astillas (Bartleby, 2024), ha sido una fuente de alegrías y sorpresas inesperadas que comenzaron mucho antes de salir de Madrid. En la víspera de Santa Ana, mi madre me quiso hacer un regalo y me citó en Libro Ideas, la nueva librería que ha abierto en Príncipe Pío. Por supuesto, no hay mejor representante que una madre… Ni corta ni perezosa, preguntó por mi libro y cuando se lo entregaron, me presentó a los libreros, que no dudaron en ofrecerme firmar el ejemplar y dejarlo dedicado para su lector o lectora desconocido. Después, las redes sociales me han brindado la posibilidad de leer comentarios entusiastas para un libro que, a pesar de su tristeza, está encontrando su camino. De esta forma, Astillas cobra el mejor de sus sentidos: una forma recíproca de sanación. Los poemas que dolieron tanto son ahora espejo y refugio, es decir, reflejo; un temblor compartido que acompaña a otras personas.

Antes de hacer la maleta y regresar a casa, me detuve para mirar las fotos del verano y agradecer el disfrute de tantos días sin sobresaltos ni disgustos. Curiosamente, además de monumentos y paisajes, había hecho numerosas fotos de muy diversas ventanas y terrazas. En el azar de la recopilación, descubría la clave de este verano de 2024: mirar, por fin, hacia fuera después de tanto tiempo hacia dentro. Me llevo los colores de cielos cambiantes y espléndidos que se abren a nuevos horizontes. Sin buscarla, recordé la frase atribuida a Santa Teresa, que propone las ventanas como alternativa a las puertas cerradas. Seguramente, he deshecho la maleta mientras se van aflojando otros nudos.

En la rutina que nos espera, necesitaremos de una mirada amplia que nos permita soñar, ser y disfrutar en un espacio conocido donde no debemos permitir que el tiempo sea una condena. Feliz septiembre. Ya sabemos que ahora no comienza el año natural, pero para muchos, comienza el año.


Astillas, mi nuevo libro

Con alegría, con cierta timidez, con respeto a la palabra definitiva, me emociona anunciaros que Astillas, mi nuevo libro de poemas, ha salido de imprenta para llegar directamente a la 83ª edición de la Feria del Libro de Madrid, a la caseta de Bartleby Editores (232).

Astillas, Ana Belén Martín Vázquez. (Bartleby. Madrid, 2024)

Aún me cuesta creer que Astillas son ya páginas encuadernadas y temblorosas en el Parque del Retiro donde, en cuanto pueda, iré a su encuentro. Hace algunas fechas, cuando recorrí un Retiro primaveral que estallaba en buenos deseos, había comenzado el montaje de la Feria del Libro, pero aún era pronto para anunciar nada. Se trata de mi segundo poemario y aún así se repiten el titubeo de la impostora que pide permiso, la ansiedad y la torpeza de principiante. Algo parecido a lo que experimentaba cuando hacía teatro: por muy sabido que estuviera el texto, por muy ensayada que estuviera la obra y por muchas veces que la hubiéramos representado ante públicos diversos, las mariposas del estómago me tomaban por entero al exponerme ante otros con una voz y un cuerpo mucho más desnudos de lo que decía cualquier personaje.

Astillas es un libro escrito desde un dolor desconcertante. En él, apenas cabe un personaje ajeno, aunque la expresión poética siempre deja márgenes y espacios fuera de quien de lo escribe. Su título evoca la astilla que se clavaba en nuestro dedo infantil, provocando un dolor muy intenso, a pesar de surgir de un cuerpo minúsculo, casi invisible. En esa metáfora, se sustenta la sucesión de estos poemas que tienen su origen en momentos sombríos, una tristeza difícilmente explicable.

En la contraportada, Manuel Rico, director de la colección de poesía de Bartleby Ediciones, dice así: “La herida se proyecta en espejos imaginarios y encuentra su dimensión más inquietante en la realidad de la muerte y la experiencia de un cuerpo agotado. Los días, en cada amanecer, asoman inciertos, y la vida avanza bajo la sombra de obligaciones y renuncias que la condicionan y limitan. Para la poeta, la casa deja de ser refugio. El insomnio se funde con la memoria. Cada recuerdo, como cada palabra, dejan de acompañar, de ser cómplices”.

Como todos mis libros y proyectos literarios, Astillas es la historia de un largo viaje. Sus primeros poemas surgieron en 2018, en un inicio en tromba que buscaba una inalcanzable salvación a través de la palabra, un consuelo casi imposible. Los años de elaboración y relectura han acompañado lo vivido y, afortunadamente, confluyen en esta primavera y esta novedad editorial donde me permito interpretar esas astillas como el material con el que encender un nuevo fuego. Si el primer poema, un poema prólogo que enmarca el libro, parte de una invención de lágrimas a las que no se tiene derecho, el último apunta a un tú desvanecido que empieza a construirse en otro sitio. Astillas es la memoria rota de un tiempo difícil y también su costura, su apertura a la vida y al deseo negado.

Afortunadamente, la publicación de este libro cierra un período complejo. Por eso, nada me hace más ilusión que volver a la Feria del Libro de Madrid, y firmarlo el próximo viernes 14 de junio de 2024, de 19 a 21 horas, porque compartir duelo es una forma de volver a aferrarse a la vida. La Feria del Libro de Madrid es para mí un lugar mágico, casi mítico, donde los sueños han cobrado sentido en muchas ocasiones y, al igual que las astillas, también conecta con la infancia. Porque yo fui una niña que fantaseaba con estar al otro lado de las hileras de libros, en esos nombres que repetía la megafonía, y me emocionaba al ver que algunas pocas mujeres: Carmen Martín Gaite, Gloria Fuertes, Soledad Puértolas, Josefina Aldecoa, Maruja Torres… estaban al otro lado, aunque no hubiera rastro de ellas en mis libros de texto.

Agradezco a Bartleby Editores que lo haya alojado en su catálogo, donde también apareció De paso por los días. Algunos agradecimientos tienen nombre y apellidos: a Pepo Paz, por su trabajo y su esfuerzo, para que el libro y yo pudiéramos encontramos en la caseta 232; a Manuel Rico, director de la colección de poesía de Bartleby, por su lectura y su acogida; y a Cristina Morano, por su bella y atinada portada. Como todos los libros, Astillas ha sido posible también gracias a la inspiración de otras voces. Por eso, en las citas iniciales, he rescatado unos versos de “Desmesura”, de Francisca Aguirre, y un poema del tensó Tan cerca de ningún lugar, de Alberto Cubero y José Luis de la Fuente. El libro está dedicado a mi madre y a mi padre, porque es un alegría que lo puedan coger con sus manos. Además, al margen de los nombres impresos, responde a una gratitud inmensa hacia quienes me leen y me alientan a seguir en este extraño lugar de la poesía y la escritura.

El libro estará disponible desde el martes 11 de junio en la caseta de Bartleby Editores (232), y en librerías el 24 de junio de 2024. Y mientras me enredo en palabras y deseos, me pongo a jugar con ese número capicúa íntimamente perfecto y con la noche mágica de San Juan, donde se celebra la renovación del fuego, y siento la fuerza de una fuerza inspiradora a la que aferrarme, después de todo.

A partir de ahora, Astillas es vuestro. Ojalá le deis cobijo y os acompañe.

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