El mar como punto de inflexión

Si este fuera un verano normal, estaría apurando los últimos días antes de incorporarme al trabajo. Afortunadamente, mis vacaciones extraordinarias se alargarán un mes más.

En este verano distinto, pensé que iba a escribir más en el blog, pero lo cierto es que me he centrado en otros proyectos, así que se han ido acumulando exposiciones, experiencias, películas, reencuentros, libros y viajes sin que haya dado cuenta de ellos por aquí. También, tal y como esperaba, ha habido demandas de salud y reparaciones domésticas que han requerido dedicación, y por supuesto, unas temperaturas excesivas que han limitado mucho los planes previos.

Durante este tiempo ancho, el viaje a la playa ha supuesto un punto de inflexión. En cierto modo, era el paréntesis reconocible para unas vacaciones diferentes. Llegar al apartamento de los últimos veranos, al mar, a la piscina, al cuerpo tumbado sobre el césped, al ritmo distinto que configuran el ambiente vacacional colectivo y vivir al nivel de mar. Dormir mejor, acunada por una brisa que habíamos olvidado en Madrid a lo largo de tantas madrugadas sofocantes. Nadar mucho, recuperando el placer del pez que llevo dentro.

Antes del viaje, Madrid me brindó la oportunidad del disfrute del arte. Exposiciones y salas de cine, junto a la memoria sentimental de haber nacido y crecido en sus calles, son fuertes motivos para perdonarla su dureza e inclemencia, de las que raras veces puedo responsabilizar a la propia ciudad. De un tiempo a esta parte, está abierta en mil zanjas. Me pregunto si nos gastaremos todo el presupuesto de los fondos de recuperación en aceras que solo servirán para reclamar la limosna del futuro sobre los mejores pavimentos de toda Europa, aunque este texto no quería ir en esa dirección.

Volviendo al arte y a su asidero de salvación, disfruté del último trabajo conjunto del escultor Leandro Alonso y la poeta Ana Martín Puigpelat, titulado Anverso Re-Verso. En el marco de PhotoEspaña, visité la exposición Sculpting Reality, una muestra colectiva que se puede ver hasta el 28 de agosto en el Círculo de Bellas Artes y Casa de América. Precisamente en Casa de América se ofrece, con buen criterio y amplitud, la serie Double Elephant Portfolio, un trabajo excelente de algunos de los mejores fotógrafos que han construido la memoria gráfica de Estados Unidos. A PhotoEspaña le resta poco tiempo, así que al margen de nuevas averías, buscaré hueco para las exposiciones aún al alcance de Pérez Siquier y Paolo Gasparini, en Fundación Mapfre; Sebastiao Salgado, en el Palacio Real, y Catalá-Roca en la sala de El Águila, junto a la Biblioteca Regional.

Fuera de Madrid, en Segovia, amistad y admiración me brindaron la oportunidad de asistir a la inauguración de la exposición de Evaristo Bellotti, Esculturas por escrito. Casi una década de trabajo mostrada con un gusto exquisito en el Palacio de Quintanar, un universo de materiales y miradas al que ojalá pueda volver antes de su clausura en octubre y del que da buena cuenta esta entrevista.

Esculturas por escrito. Exposición de Evaristo Bellotti. Palacio de Quintanar, Segovia.

Y ya que estaba en Segovia, cómo no regresar a la Casa de Antonio Machado en esa ciudad. La que fue su pensión durante años, el espacio que es testimonio de memoria, la huella de un poeta admirado y de un tiempo que no pudo ser. Apreciar cada rincón reflexionando sobre cómo languidece y acabará perdiéndose la Casa de Vicente Aleixandre, Velintonia 3, en Madrid. Establecer, nuevamente, paralelismos entre cómo se cuida el patrimonio y se ofrecen espacios para el arte en ciudades más amables que la mía… Aunque este texto no quería ir por el camino del enojo, la decepción es tan obvia que no puedo soslayar mi tristeza.

Los viajes me han permitido visitar espacios mágicos, las obras de arte de nuestros antepasados. Regresé a La Alhambra y a localidades de Soria y Segovia: San Esteban de Gormaz, Berlanga de Duero, Ayllón, Riaza… Arte nazarí, arte mozárabe, arte románico, arte gótico y renacentista… La piedra trabajada desde la modestia del yeso o la cantería para desafiar el tiempo y ofrecernos, siglos después, la sensibilidad de quienes nos precedieron y agradecer los trabajos de conservación que nos garantizan esos refugios de esperanza.

Si fuimos capaces de tanta belleza, ¿no habremos de ser capaces de mejorar lo que nos rodea? Sólo por fantasear, me pregunto qué pasaría si esos señores que disfrutan creando guerras y amasando millones que empujan a otros a la miseria se sentaran ante un fuentecilla de la Alhambra, en el atrio de Santa María del Rivero o en el interior de la ermita de San Baudelio de Berlanga. ¿Cambiaría su mirada sobre las cosas? Supongo que no, pero a mí me consuelan el rumor del agua, la sabiduría de los jardineros, el arte que resiste el paso del tiempo, la pintura rescatada en un fresco milenario, el trabajo de personas que intentan salvar la casa en ruinas, la aldea abandonada y el paisaje que nos constituye.

Es tan importante como necesario apreciar la naturaleza y resucitar los sentidos adormecidos… Es cierto que las vacaciones de verano son un momento propicio. Ante unas horas más amplias, es posible detenerse sin prisa ante florecillas y árboles desconocidos, agradecer el frescor de la piedra y recrearse en el vaivén de las olas que procuran un paisaje especial en cada atardecer.

Al regreso del mar, la tarea es no perder la huella de esa luz que llenó cada jornada viajera. Que el paisaje cotidiano no secuestre la posibilidad del disfrute. Continúa amaneciendo y atardeciendo. El sol y las nubes siguen reinventando la belleza. Los árboles comienzan a intuir el otoño que la sequía adelanta en aceras salpicadas de hojas mortecinas. Nos quedan libros, películas y exposiciones que descubrir. Y en la agenda, tenemos la opción de reencontrarnos con personas cuya palabra abraza. No veamos el regreso como un castigo, sino como una nueva búsqueda hacia el equilibrio.

Siempre contra la guerra

El domingo 20 de febrero asistí en el Teatro Español a la representación de “La batalla de los ausentes”, el último montaje de La Zaranda, un prodigio escénico que sigo desde hace años con fervorosa admiración. Lo que hacen no es nada fácil. Como verdaderos maestros, se valen de una escenografía y unos recursos mínimos, que requieren de la complicidad y la imaginación del espectador, para compartir un lenguaje único, con el que provocan la sonrisa o el nudo en la garganta en cuestión de segundos.

Ante la palabra herida del trío protagonista, supervivientes esperpénticos de una guerra que nadie recuerda, en el patio de butacas, nos resonaban las noticias prebélicas del este de Europa y también una escaramuza más modesta en la madrileña calle de Génova. La obra teatral, que ofrece una sátira del poder, me trasladaba a ambos escenarios, convertidos “en un combate sin tregua por la conquista de un destino”, como decía el programa de mano; donde los actores escenificaban los complejos mecanismos que llevan a los seres humanos a devorarse hasta el despojo.

Siguen en Madrid hasta el 20 de marzo, no os los perdáis.

No quiero confundir a nadie. En “La batalla de los ausentes” no hay nombres ni referencias temporales o geográficas. Precisamente desde esa indefinición, todos somos interpelados ante un poder tan estéril como despreciable que, al final, muestra las propias vergüenzas y una intemperie existencial de la que no salvan ni medallas ni homenajes, ni siquiera los recuerdos de una gloria efímera o imaginaria.

A partir del lunes, la semana fue frenética a nivel informativo. Obviamente, hay un abismo entre un dirigente político metafóricamente acuchillado por quienes creyó sus fieles, y un autócrata convencido de una misión imperial y asesina. Pero, en el fondo, todo gira en torno al poder y a la ambición; y teje una historia de vencedores y vencidos y un anhelo de justicia. Cuando el 24 de febrero despertamos con el inicio de la invasión rusa sobre Ucrania, asumí una nueva derrota colectiva. Ante las bombas, ante la propia impotencia y las preguntas sin respuesta, todo se hizo distinto. Quedaron en segundo plano las batallas campales de nuestro mediocre panorama político, y también las cuitas personales.

En los primeros momentos, pensé en escribir sobre la invasión de Ucrania. Recordaba tiempos lejanos, cuando los temas de geopolítica internacional ocupaban buena parte de mi jornada laboral. Rememoré aquellas lecciones sobre la guerra, que nos ayudaban a entender que los conflictos están llenos de matices, y que la verdad suele ser la primera víctima de todos ellos: Yugoslavia, Ruanda, Colombia… Con el paso de los días, toda la teoría saltaba por los aires ante la imagen de ciudades devastadas y el recuento de fallecidos y heridos, de vidas cercenadas y familias rotas, de un éxodo tristemente conmovedor. Más que argumentos salían torpezas, y me callé para no contribuir al daño ni al ruido.

El siguiente domingo, una semana después de ver “La batalla de los ausentes”, un grupo de poetas empezaba a idear un recital colectivo contra la guerra. Agradecí una invitación que rechacé inmediatamente, porque me sentía sin fuerzas. Las redes sociales seguían llenas de batalla. Posturas a favor y en contra de todo: tan malo escribir y compartir un poema contra la guerra como quedarse callado. En el debate, salían a colación todas las guerras activas en el mundo. La pregunta de por qué actuar ante unas y no otras, qué diferencia había entre los muertos de Ucrania o de Yemen. En la refriega de palabras, no había más que una nueva derrota.

Asistí a los incendios verbales desde el silencio y la lectura. Volví a los artículos de Carlos Taibo, uno de los mayores expertos en esa zona ahora en llamas. Los poemas y la figura del poeta Carlos Álvarez, fallecido ese mismo 27 de febrero, también sirvieron de telón de fondo. Su padre, capitán de la Guardia de Asalto que mantuvo su fidelidad a la legalidad republicana, fue fusilado en Sevilla el 24 de julio de 1936; y él mismo sufrió las cárceles franquistas y el exilio. A pesar de todo ello, quienes le conocieron y le recordaban en esas horas de duelo, le definían como un hombre ajeno al odio y el poeta de la reconciliación. Por otro lado, me encontré con un excelente artículo de Arturo Borra titulado La poesía y la guerra (de nuevo), en el que el autor se preguntaba por el papel de los poetas ante estos conflictos. Me consoló ver que no era la única que se estaba atragantando en sus preguntas y contradicciones.

Cartel del recital «12 horas de poesía contra la guerra».

Al final, cambié de opinión y me sumé al listado de casi un centenar de poetas que participarán mañana en el recital titulado “12 Horas de Poesía contra la guerra”, cuyo cartel explica “Poemas abrazados para abrazar pueblos. Poemas por la Paz”. Acudo con poemas viejos y la certeza de la inutilidad del gesto, la misma certeza que me acompañó tantas veces: en aquel multitudinario “No a la Guerra” contra la invasión de Irak; en las concentraciones y las marchas a favor del pueblo palestino o del saharaui; las voces ante la embajada de Siria; las lecturas a favor de las personas en busca de refugio y papeles, y las concentraciones ante tantos hechos de violencia y represión ejercidos por unos hombres contra otros…

Nuestra palabra, nuestro poema no va a cambiar las cosas; no nos hace mejores ni peores que los poetas que no pueden o no quieren participar o no han conocido la convocatoria. Nuestro gesto, aunque algunos crean que sí, no es un acto narcisista. Después de tantas dudas, me he dado cuenta de que esta vez leería aunque no hubiera nadie escuchando, porque el poema, como la obra de teatro de la que os he hablado, pueden ser actos de resistencia y esperanza. Lo más seguro es que “12 Horas de Poesía contra la guerra” sea como esos actos en los que, antes de la pandemia, nos encontrábamos poetas escuchando a poetas, y nos sentíamos ridículos, sin lectores ni público real. Pero esta vez es distinto porque, quizás más que nunca, necesitamos el calor de otros, llorar y leer juntos, abrazarnos contra la guerra después de tanto. Y lo que importa no es cuándo ni cuánto lea cada uno, sino leer doce horas, sin pausa, igual que esas bombas y esas sirenas, igual que el sufrimiento, que tampoco cesan. Lo que importa, como en “La batalla de los ausentes”, es no perder el horizonte.

La traviata. Volver a la ópera

El Teatro Real levantó el telón hace algunas fechas. La traviata, que estaba prevista para abril y llegaba ahora en versión semiescenificada, nos volvió a convocar a una cita repleta de precauciones que atendí dispuesta a disfrutar de la experiencia teatral secuestrada durante meses.

Voy a la ópera desde hace unos pocos años gracias a una sucesión de carambolas que me permitieron disfrutar de un género y un espacio que consideré inaccesible durante demasiados años. No obstante, regresar al Teatro Real no fue recuperar la experiencia conocida y no sólo por la obligatoriedad de la mascarilla. Hubo que llegar con mucha antelación y nos esperaba el gel para las manos, la desinfección del calzado, la toma de temperatura… Todos los espectadores teníamos indicaciones sobre los turnos de acceso y salida, los aseos y las zonas de bar que correspondían a cada localidad. El uso de ascensores estaba restringido a personas con problemas de movilidad y los programas de mano impresos, ideales para entretener el ancho tiempo de espera, había que pedirlos al personal de sala, como quien pide un tesoro que recibíamos con la instrucción de intransferible, como si todo lo palpable fuera amenazante.

El teatro no era el mismo. El aforo estaba muy restringido. Fuimos entrando de a poquitos, sentándonos entre butacas precintadas que impedían el contacto entre espectadores. Los primeros en entrar y los últimos en salir seríamos los del paraíso, ese espacio más económico cuyo nombre siempre me ha parecido un guiño y feliz hallazgo. Los minutos previos carecían del bullicio habitual, imperaban el silencio y las ausencias creadas por aquel inusual vacío. Se respiraba cierta tristeza, pero también buena disposición de ánimo, la que nos había impulsado a estar allí, intentando la normalidad de un espectáculo que prometía ser inolvidable desde una entrada suspendida en la sexta planta, donde se divisaba un escenario difuminado por una suave neblina.

Un recibimiento con voz en off

Cuando bajó la luz de la sala, se escuchó la inconfundible voz de Iñaki Gabilondo que nos daba la bienvenida y las gracias por haber vuelto a un teatro que había sufrido noventa días de silencio. Recordó a fallecidos y enfermos, la labor de los sanitarios y de todas las personas que han mantenido la actividad y el pulso de la vida durante la pandemia y concluyó con el deseo de reconquistar la normalidad, citando de paso a Pérez Galdós y lo que él llamaba “la energía cívica de los españoles”. Ojalá, me dije. Esas palabras fueron el primer nudo en la garganta, el primer aplauso y un emocionante prólogo a la música de Verdi que empezó a sonar llenando el aire.

Una expectadora siempre debutante

La traviata arranca de forma maravillosa con una pieza musical que parece susurrar el nombre de su compositor, tan reconocible en esos acordes iniciales. Lo digo como lo siento. Yo no sé casi nada de música. En mis años escolares, tuve que sufrir aquellas partituras inanes con las que sacar aire de una flauta desafinada, y aquella experiencia podría haber generado un odio irreconciliable, pero afortunadamente no fue así. Después, han venido conciertos y programas de radio, sobre todo, la instrucción permanente de Radio Clásica y el placer autodidacta. Aunque lamento mi escasa cultura musical, a día de hoy, tras varios años yendo a la ópera, cada cita me llena de curiosidad y me garantiza el riesgo de los recién llegados. No sé lo que me espera, no he visto las óperas en varias versiones ni conozco muchas de ellas como les ocurre a los grandes aficionados, pero en su transcurso, sé lo que me gusta y lo que no.

Algunas óperas se hacen cuesta arriba en ciertos momentos, son largas, pueden suponer más de dos, tres o cuatro horas de duración; pero la mayoría son un espectáculo increíble donde la música de los instrumentos y las voces de los solistas y sobre todo del coro (¡me encantan los coros!), cuando canta completo, me hacen vibrar de una forma única. Y todo ello sumado a una gran parafernalia de luces, escenografía, vestuario y montaje, en un teatro monumental que es también una gran obra de ingeniería escénica, donde se pueden permitir todos los recursos técnicos, es una verdadera gozada para la vista y el oído. Lo que no quita que también sepa disfrutar de un teatro minimalista, de paredes negras y desnudas y actores en el cuerpo a cuerpo con el texto. En el ámbito cultural, afortunadamente, nada es excluyente.

La traviata más inolvidable

El programa de mano comentaba que el estreno de esta obra fue en su día, allá por marzo de 1853, un tremendo fracaso. Un fracaso que me interpelaba desde la belleza que yo estaba experimentando. Los años, los siglos no nos hacen iguales. Parece ser que la sociedad del XIX no soportó ciertos matices en el marco de un argumento que a día de hoy resulta inasumible en muchos aspectos, con obsoletos códigos de honor, el rol que asigna en función del sexo o la posición social y la sentencia sobre el pasado de una mujer que ha intentado reescribir su destino junto a un hombre valiente. En aquellos momentos, el propio Verdi convivía con una mujer que no era su esposa, y La traviata fue vista como una provocación.

Desde mi experiencia de los meses recientes y el contexto actual, sin embargo, La traviata parecía la premonición de la calamidad. Y a pesar del canto y el brindis hedonista del primer acto, ese brindis que hemos escuchado mil veces y podéis ver sobre estas líneas, cobraba fuerza la sombra de la enfermedad que, desde el primer acto, late entre los temores que manifiesta Violeta.

Al ver cómo iban vestidos y cómo actuaban los interpretes o la disposición del coro tampoco podía esquivar la maldita covid-19. Yo estaba en el teatro dispuesta a olvidar el afuera, pero la omnipresencia de la realidad lo hacía imposible. Los cantantes no se tocaban, las distancias interpersonales se habían calculado para que la obra no perdiera ni un ápice de verosimilitud aunque ellos no podían traspasar los límites establecidos. Por su parte, cada integrante del coro permanecía en escena dentro de una cuadrícula roja que delimitaba su espacio. Me parecía increíble que Violeta y Alfredo fueran capaces de cantar el amor y la pasión sin rozarse, que un coro pudiera interpretar al unísono, tan maravillosamente como siempre, a pesar de no tenerse ni escucharse tan cerca como suelen hacerlo. La escenografía creada por espacios estancos y permanente contribuía al aislamiento de las escenas sin que hubiera necesidad de mover el mobiliario ni de hacer entrar o salir a nadie más al escenario. Toda la sobriedad del color, tanto en la escena como en el vestuario, concebida en la gama de blanco, gris y negro, parecía remitirnos a una situación de alivio de luto, con la salvedad del vestido de fiesta de Violeta, rojo y vibrante, acorde con la cuadrícula del suelo.

Aplaudimos cuando no tocaba aplaudir, agradecimos cada aria, cada momento memorable. Nos recompusimos de la tristeza del entreacto, de los pasillos y la barra del bar semivacíos, de la desinfección constante del personal de limpieza dispuesto en los aseos, y volvimos a nuestra localidad para asistir a un final que, a pesar de esperado y conocido, me hizo romper a llorar como hacía tiempo no me ocurría en un teatro. Los amantes se reencuentran cuando Violeta ya agoniza… y ella canta, dice “muero en tus brazos”, en mitad de una cama gigante, donde es imposible que su enamorado la toque. Y en ese momento, mi cabeza se fue más allá de esa escena y no pude dejar de pensar en esas otras muertes sin el abrazo físico de sus seres queridos. Por eso, me debía ser imposible contener un llanto inconsolable que transcendía la representación.

Al acabar, fueron largos los aplausos y el reconocimiento entre público e intérpretes. Desde el escenario y los asientos agradecimos a los otros que estuvieran allí porque el teatro no puede darse en ausencia de uno de ellos. Y aunque siempre que acaba una representación de cualquier género y en cualquier local, me disgusta el gesto de los espectadores que salen escopetados y ni aplauden, el otro día no les era posible. La salida, igual que la entrada, estaba pautada siguiendo unas instrucciones que tenían mucho de orden escolar, saliendo por filas; y aunque hubo algunas excepciones de quienes creyéndose «marqueses de casa nadie» insistían en poner en un brete al ejército de jovencísimos acomodadores parapetados tras visera plástica y mascarilla, no lo lograron y salieron a su debido momento. Abandonamos el Real recorriendo escaleras y vestíbulos ya desiertos, y al llegar a la calle no había rastro de los grupos que otras veces se quedaban de charla comentando el espectáculo o decidiendo donde ir a tomar algo.

Sé que en el anterior texto publicado en este blog, titulado Fin de ciclo, dije que estaba cansada de escribir de lo mismo y dimitía del monotema, pero con estas líneas asumo mi fracaso y soy consciente de que lo ha empapado todo.

Aunque he intentado recuperar mi normalidad anterior y he regresado al teatro, al cine, a ver exposiciones y al encuentro con amigos… la realidad sigue ahí, desafiante y cabezota, condicionando ambientes y percepciones, conversaciones, gestos grandes y pequeños.

El arte, que nos hace tan esencialmente humanos, no puede aislarnos de aquello que nos está atravesando cabeza y corazón; pero creo que ayuda a vivir y por eso os animo a volver a esos espacios que nos permiten soñar sobre otros mundos o replantearnos el que tenemos ante nosotros.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑