Con el impulso del amor, feliz 2023

A punto de cerrar el año, vuelvo a hacer balance. 2022 me puso ante el espejo de la fragilidad y me dio la oportunidad de recuperarme. Llego a sus últimas horas más fuerte y consciente de la importancia de los afectos, la salud y las pequeñas cosas que constituyen la vida. Lo cierro con una sonrisa, dispuesta a mantenerla en 2023: con gratitud y sabiéndome afortunada.

Como si se tratase de un periódico muy personal, repaso el diario y las fotografías del año vivido. Me acuerdo de las experiencias de nuevos libros, lecturas compartidas y el contacto estimulante con autores que admiro. Rememoro sesiones de cine y teatro, algunos conciertos de músicas diversas y evocadoras, y noches de ópera. Exposiciones de fotografía, pintura y escultura dejaron la impronta de la mirada de otros, su trabajo con la materia para reflejar lo que son, lo que somos, ese conflicto que late en el arte y nos cuestiona… También ha habido viajes. Escapadas donde disfruté del rumor de los árboles, el reencuentro con el mar y la certeza monumental de la piedra. A veces se nos olvida que estamos rodeados de belleza, ya sea en un bosque, en una playa o a la sombra de lugares tan mágicos como la Alhambra o las iglesias románicas de Castilla. Todos estos espacios han sido refugio para un mundo que sigue siendo hostil en muchos aspectos: en la acción que no atiende al bien común, en la agresión y el olvido a quienes no tuvieron la suerte de un pasaporte privilegiado. Después de tantos meses de repliegue interior, volví a participar en algunas manifestaciones con la misma sensación simultánea de siempre: la inutilidad del gesto y su imperiosa necesidad. Supongo que en un mundo tan saturado como el nuestro, es bueno que aún alguna noticia nos golpee hasta movernos del sofá. Que sigamos siendo sensibles ante una barbarie que nos hace preguntas incómodas. Seguirán ahí en 2023 y volveremos a estar obligados a abrir los ojos.

No obstante, lo más importante de 2022 no está en las fotos sino en la recuperada experiencia del tacto. Los reencuentros felices con las personas que quiero, los abrazos que han sido tan posibles como inesperados, celebrar los cincuenta que aplazó la pandemia, volver a compartir una comida, bailar viejas canciones, sentir la caricia necesaria en la complicidad de lo cotidiano. Lo más valioso que tenemos es el amor, el afecto y el cariño de las personas que queremos y sentimos a nuestro lado. Y lo bueno de este año fue descubrir que no importaba el tiempo que hacía desde el último abrazo, todo parecía haber quedado suspendido en un anteayer más emocional que real, y era posible retomar la conversación en el mismo punto donde se había quedado, volver a besarnos casi como en aquella remota y primera vez.

Busco una imagen para cerrar este año y abrir el nuevo, y rescato una fotografía de un maravilloso paseo otoñal que recupera el placer de lo cercano. Alrededor de mis pisadas, estaban las piñas y las hojas caídas de los árboles, y bajo su sombra fermentaba silenciosa la renovación constante de la vida, un germinar y crecer tan callado como una caricia, tan necesario como un abrazo. Junto a los restos caducos, los nuevos brotes alentaban el futuro, brillante de gotas de lluvia. Una imagen que no tiene nada de naturaleza muerta sino de lo que merece la pena ser conservado y cuidado, lo que tenemos tan cerca de nosotros que puede pasar desapercibido ante nuestra prisa. La naturaleza nos ofrece calma, belleza y una lección de paciencia. En su silencio y su sencillez es más fácil descubrir quiénes somos y escuchar quiénes queremos ser.

Os deseo un año 2023 de buenos momentos, de escucha y caricia, de compartir y cuidar, de dar y recibir, de valorar lo que tenemos y sabernos afortunados, de afrontar cualquier intemperie con la certeza de un renacer más pleno.

Por una gratitud cotidiana y sincera

Tras la última entrada del blog, titulada Sin noticias de mí, recibí muchos y emocionantes mensajes de personas que se reconocían en el malestar que yo expresaba, y agradecían que mis palabras pusieran voz a su propio laberinto. Su generosa respuesta me desbordó y pensé en escribir algo para dar las gracias, un texto que podía haberse titulado “Con noticias de vosotros”.

Pero la idea inicial se fue completando con otras y, al margen de ese agradecimiento puntual que di a cada uno de mis lectores y les reitero nuevamente ahora, me propuse escribir algo más amplio sobre la gratitud. El tema me lleva rondando mucho tiempo y, tras lo visto a raíz de algunas muertes recientes, me urgía a reflexionar sobre lo que decimos y callamos, lo que ayuda o hiere, lo que resulta irrelevante o estimula en nuestra relación con los otros.

Los inesperados fallecimientos de Almudena Grandes y Verónica Forqué llenaron los medios de comunicación y las redes sociales de artículos y comentarios que elogiaban la trayectoria profesional y la calidad humana de ambas. Desde voces expertas en sus respectivos ámbitos, el literario o el interpretativo, pasando por compañeros de oficio, sus familiares y amigos hasta una inmensa multitud de admiradores, se volcaron en mensajes de duelo y reconocimiento. Palabras sordas y a destiempo que les rendían homenaje y agradecían los buenos momentos que ambas habían generado a través de sus textos y de sus horas de interpretación en la pequeña y gran pantalla.

En ambos casos, como tantas otras veces, mi pregunta fue la misma. ¿Por qué esperamos a la muerte para elogiar y reconocer? ¿Por qué somos tan rácanos con quienes aun nos pueden escuchar? ¿Por qué racionamos las caricias que pueden ser felizmente recibidas y salvar un día sin aliento?

Evidentemente, mis líneas no quieren animar a una alocada persecución de admiradores que asalten la tranquilidad de nadie. Cuando compramos un disco, un libro, la entrada del cine, un concierto o una obra de teatro ya estamos reconociendo… Si reseñamos, si recomendamos esa obra, estamos agradeciendo, igual que hacemos con los aplausos de los espectáculos en directo. En lo cotidiano, cuando volvemos a un comercio, cuando recomendamos el pan y las magdalenas de la tahona del barrio, cuando planeamos la cena de Navidad con el charcutero o intercambiamos recetas con los carniceros y pescaderos, les estamos haciendo partícipes de un bienestar al que ellos contribuyen y nuestra charla desenfadada, de algún modo, les incluye y reconoce.

Aunque algunos lo hayan olvidado, no hace tanto salíamos a los balcones y ventanas a agradecer el trabajo del personal sanitario que estaba dejándose la vida frente a un virus desconocido. Por aquel entonces, empezamos a valorar y agradecimos, de forma expresa y distinta, a quienes mantenían abastecidas las baldas del supermercado, a dependientes y cajeros de comercios de primera necesidad, al personal de limpieza que, provisto de desinfectante y guantes, se convertía en la sombra de nuestros pasos y borraba nuestras huellas con una mezcla de agua y lejía.

Pero al margen de los espacios de reconocimiento público tan obvios y de algunos aprendizajes que nos dejó la pandemia, dando valor a tareas tradicionalmente invisibilizadas, lo que me apesadumbra es la gratitud raquítica que ejercemos en el descuido del día a día. Y ante la desaparición de personas cercanas, me duele que se hayan ido sin que les hayamos dicho lo importantes que fueron en determinados momentos de nuestras vidas.

Unos días antes del fallecimiento del Almudena Grandes, discretamente y tan desapercibido que tardé días en encontrar algún obituario en la prensa, me enteré de que había fallecido Antonio Prieto, catedrático de Literatura de la Universidad Complutense, cuyas clases disfruté en la Facultad de Filología. Este verano, regresando de Salamanca y tras posar con la estatua de Fray Luis de León, relataba a mis compañeros de viaje cómo había conocido la obra de Fray Luis gracias a las clases magistrales de Antonio Prieto y cómo los nervios de aquellos exámenes orales que resultaban un raro desafío en aquellos tiempos, estuvieron a punto de llevarme con una oda de Fray Luis a la convocatoria de septiembre, aunque finalmente Boscán me lanzó un salvavidas. El curso que yo fui alumna de Prieto era, según se comentaba por los pasillos, su último como docente, al menos en los cursos de licenciatura y, sin embargo, en su última clase, tan magistral como las anteriores, no fuimos capaces de cerrar aquella hora con la ovación que año tras año le habían dedicado clases enteras de estudiantes. Aquella torpeza colectiva, aquel no atrevernos a romper el silencio emocionante del aula con un sonoro aplauso ha vuelto a mi memoria, mordiendo los recuerdos de aquellas lecciones extraordinarias sobre Petrarca, Cervantes y tantos autores de los Siglos de Oro. Ni él ni yo hablamos nunca de nuestro amor por la poesía, y esa falta de espacio para la confidencia me privó de decirle que gracias a sus clases encontró sentido y título mi primer poemario, que permanece inédito como un peldaño de aprendizaje necesario. Nunca le reconocí lo que me aportó en aquellas horas lectivas de los jueves y viernes que se convertían en un placer estético e intelectual.

En este tiempo de dificultades y demasiadas palabras dichas en vano, me he preguntado muchas veces hasta qué punto soy agradecida con quien me cuida, quien me ayuda, quien me quiere y me da soporte. También me he cuestionado si le doy más lugar en mi cabeza y en las noches insomnes a quien hiere y ofende, a quien desprecia y ningunea. Nunca fue mi fuerte hacer ecuaciones, pero me gustaría vivir el tiempo por venir desde la gratitud más que desde el enojo o el odio.

Si tiro del hilo, además del mencionado Antonio Prieto, hubo muchos profesores (en el colegio, en la universidad y en los estudios de postgrado), que me hicieron quien soy, tan amante de la palabra y el razonamiento crítico. En el ámbito laboral, me he encontrado con personas maravillosas que, desde una posición igual o superior, han sabido guiarme y sacar lo mejor de mí, jefes, jefas y compañeros, que se ganaban ese puesto desde el ejemplo y el estímulo, en lugar del ordeno y mando. Qué decir de la familia y los amigos, de las personas que han alentado mi escritura, arraigándome en el sentido profundo de mi propia vida; qué decir de quienes nos aman tanto que nos perdonan y acompañan en los momentos de más dolor y torpeza, ofreciéndonos empatía y afecto, de forma incondicional.

No puedo acabar estas líneas sin recordar a todos los sanitarios que me atendieron hace unos días, primero, en la atribulada atención primaria madrileña, y después en urgencias del Hospital Clínico. En esas horas, a pesar de mi facilidad con la palabra, me sentí incapaz de encontrar las que estaban a la altura de su dedicación, su conocimiento y su atención. Afortunadamente, todo quedó en un susto, pero la experiencia me hizo recobrar fuerzas y proclamar un gracias a la vida más fuerte que nunca, espero que inolvidable.

Podría intentar una lista exhaustiva, pero citar aquí una sucesión de nombres resultaría un texto tedioso. Yo sé quiénes fueron y son, y estas líneas habrán de llegarles como una acción reparadora (con los que todavía estoy a tiempo), por las veces que no lo hice como debía. Y de ahora en adelante, las gracias las daré de corazón sin esperar grandes ocasiones ni muertes; pronunciaré sus seis letras como quien regala alegría y reconocimiento, como quien otorga un don. Según el Diccionario de María Moliner, gracias significa, en su segunda acepción: “ayuda sobrenatural concedida por Dios al hombre para el ejercicio del bien y el logro de la bienaventuranza”. Muy lejos de querer ser dios, creo que si entre hombres y mujeres nos vamos ayudando en el bien para un mejor futuro colectivo, estaremos mejor encaminados. En este tiempo de nuevos propósitos de cara al cambio de año, ya tengo el primero: agradecer.

Muchas gracias por haber leído hasta aquí, por pertenecer a mi vida y hacerla mucho más feliz y gratificante. Gracias por ser el sol que templa el alma después del frío.

Aniversarios en Sol

Hace algunas semanas, subí caminando desde la calle Alcalá hasta la Puerta del Sol. Era una tarde de viernes primaveral. Parecía un regalo después de muchos días de lluvia y cielo gris. Madrid quería despertarse y sentirse bonita, a pesar de todo. Me senté unos minutos en un banco de piedra ante un trío de músicos que interpretaban piezas clásicas junto a las puertas de la Real Academia de San Fernando. Les dejé unas monedas e intercambiamos unas sonrisas de gratitud a través de las mascarillas.

A medida que avanzaba, la luz que se dejaba entrever al fondo del horizonte se convertía en un imán. Aún lejos, la Puerta del Sol se intuía envuelta en esos colores únicos y apabullantes del atardecer madrileño, rebosante de turquesas, violetas y anaranjados. Sin filtros, la cámara del móvil sacó una fotografía que parecía un cuadro impresionista. Quedaban aún unos días para que comenzara la campaña electoral y se celebraran las elecciones. Los colores y la tibieza de la tarde querían ser un guiño a una esperanza improbable. Tal vez tanta belleza estaba ahí para algo. Al menos, consolaba.

Desde lejos, distinguí a un amplísimo corro de personas. Al ser tantos y mantener la distancia entre sí, abarcaban buena parte de la plaza. Pensé que era alguna concentración autorizada, pero era una reunión espontánea alrededor de un músico que, con buena voz y su guitarra, interpretaba canciones alegres que todos nos sabíamos. No faltó quién se puso a bailar ni quienes se lanzaron a hacer los coros de aquellos temas de viejos veranos que traían un soplo de brisa del mar, cierto aliento de felicidad posible. Los ojos brillaban. Sentíamos que estábamos vivos.

El reloj del edificio que alberga la sede de gobierno de la Comunidad de Madrid dio las nueve. Y a los pocos minutos, un par de coches de la policía municipal entraban en el espacio peatonal de la plaza y acababan con la música. Al verlos llegar, el músico explicó que el permiso para tocar expiraba a las nueve. Se disculpó… A pesar del reciente cambio horario y la primavera que queríamos disfrutar, las ordenanzas eran claras. El público se fue dispersando sin rechistar, echando unas monedas en la funda de la guitarra, mientras yo me quedé remoloneando por allí, esperando que la policía se fuera. No había multa, no se llevaban los instrumentos ni la recaudación… “Buena onda, todo bien, me despisté con la luz y el cambio de hora”, me dijo Charly Alvarenga (en Instagram). Nos despedimos con un amplio gracias.

La policía cumplía órdenes, impedía la felicidad por unos minutos de más. Nos devolvía a esta vida reglada que condiciona tantas cosas pequeñas e imprescindibles. Seguí mi camino y me detuve ante el escaparate de La Mallorquina, ya cerrada. Aquel rumor de azúcar cálido, el recuerdo de sus napolitanas de crema recién hechas me devolvían el buen sabor de boca de una tarde que había iniciado con el propósito de cuidar del alma y el cuerpo, tan atravesados por las derivadas de la pandemia.

Han pasado muchas cosas dentro y fuera de la Puerta del Sol desde aquel 9 de abril en el que me iba haciendo nuevas promesas, mientras paseaba por algunos de mis rincones más queridos de Madrid.

En lo personal, cumplí 50 años e imaginé un texto, en línea con el del año pasado, pero luego faltaron tiempo y ganas para escribirlo; también ha habido muchas citas médicas, propias y ajenas, y lo que queda, demandando energía y llamadas, atención a la agenda y al cuidado, cierta paciencia que se agota entre vacunas, pruebas diagnósticas y consultas diversas. Afortunadamente, nada es grave, pero sí fatigoso, en unos tiempos en los que las fuerzas van muy justitas. En lo político, tampoco encontré el brío necesario para analizar algunos hitos de la delirante campaña electoral de las elecciones autonómicas madrileñas; y después, atragantada con la tristeza que me brindaron las urnas, tuve una digestión demasiado pesada en la que se juntaron unos resultados incontestables, una falta de autocrítica casi generalizada y un recital de improperios e insultos con los que se nos bendijo a todos los madrileños, desde una diversidad de rincones y voces que decían ser progresistas.

Reconozco que me estaba costando recuperarme de todo esto cuando la Puerta del Sol vuelve a las portadas de los medios, ya sea por el desfile etílico del fin del estado de alarma (que no solo se produjo en esta ciudad); y ante el inminente décimo aniversario de aquel 15-M con el que esa plaza madrileña también atrajo las miradas de medio mundo. Tampoco puedo olvidar que en Sol hemos visto concentraciones por Colombia (y las que quedan), y no tardará en llegar la bandera palestina (si es que no lo ha hecho ya).

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, le dice Ilsa Lund a Rick Blaine en un momento inolvidable de la película Casablanca. Y yo estoy por contestarle que sí, que el mundo se derrumba mientras unos se emborrachan, otros se lavan las manos o se frotan los ojos, y otros se curan las heridas o entierran a sus muertos. Confío en que también nos quede sitio para el amor porque de lo contrario, estamos perdidos.

Un gran amigo y fiel lector me dijo una vez que mis textos siempre median o terminan mal. Su reto era que un día me atreviera a darle la vuelta a la tristeza y acabar en alto, en plan locura. Pienso en él mientras alcanzo estas líneas sintiendo una doble derrota: por haber descubierto el plan y porque no soy capaz de hacer lo que me pide. ¿Cómo escribir la esperanza sin caer en un fallo enorme de coherencia narrativa? ¿Cómo mantener la chispa de la ilusión ante este cotidiano devenir de egoísmo?

Soñando otro mundo, en 2011. (Foto personal).

Quizás el único camino, a estas alturas del texto, sea volver a esa Puerta del Sol donde hace diez años empezamos a soñar otro mundo. Si alguien nos hubiera contado lo que íbamos a vivir en tan sólo una década no le hubiéramos creído. Aquel entusiasmo y compromiso colectivo es algo que no olvidaremos nunca quienes durante aquellas noches entrelazamos las manos y levantamos gritos silenciosos que estallaban en aplausos cargados de una contagiosa y feliz energía. En los años posteriores, hubo nuevas concentraciones y asambleas, movidas por la nostalgia y también por un deseo de cambio que seguía latiendo y aspiraba a más. El año pasado reinó el silencio. Este año yo solo tengo interrogantes.

Ahora mismo, es imposible tomarle la mano a alguien, más aún si es un desconocido; y manifestarse en un entusiasta enjambre humano como aquel. Me temo que la confianza en los procesos colectivos ha vuelto al espacio de la utopía, aunque me consuela saber que sigue latiendo y salva vidas en multitud de hospitales y en otros espacios de resistencia y solidaridad.

Juntos podemos ser más fuertes, pero esta pandemia nos ha metido a cada uno en nuestro rincón, desde donde hemos visto que se rompían muchos nexos mientras luchábamos por no rompernos. Si bien los recuerdos tienen una fuerza contrastada para sacarnos de amnesias y traumas, no estoy muy segura de que las fotos de hace diez años, las canciones de otros veranos o el sabor de una napolitana de crema vayan a salvarnos. Habrá que ir pensando nuevos caminos. Y si en ellos podemos seguir cantando y bailando como en aquellas horas de la primavera de 2011, será buena señal. No habremos muerto.

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