Un viaje a Baeza y Úbeda

Deshago la maleta y vuelvo la mirada a las últimas fotografías, cubiertas de lluvia y niebla. Hacía siete años que no viajaba en Semana Santa y ha sido fácil comprender por qué he tardado tanto en aprovechar estos días festivos para salir de la rutina. En efecto, todo lleno, a pesar de los pronósticos meteorológicos; todo más caro e incómodo, siguiendo las dinámicas del turismo de nuestros días; y una autovía ampliamente colapsada, a la ida y a la vuelta, entre accidentes y cortes, entre la precaución y el peligro de tantos planes y su urgencia.

Y, sin embargo, los cuatro días de sur han sido un bálsamo y un descubrimiento. No conocía Baeza ni Úbeda, y aún me pregunto cómo es posible haber tardado tanto en acercarme a dos ciudades que fueron reconocidas como Patrimonio de la Humanidad en 2003. Mi despiste se ha compensado con el flechazo que me han producido ambas en este primer viaje, motivo suficiente para prometerme volver.

Baeza ha sido tan acogedora y hospitalaria por su tamaño y sus gentes, como bella en sus monumentos y rincones. Una ciudad que mantiene una escala acorde con lo humano, donde es fácil guiarse y perderse y volverse a encontrar. Su zona monumental está compuesta por edificios religiosos, con una magnífica catedral y varias iglesias; y edificios civiles que dan cuenta de un magnífico renacimiento en tierras andaluzas. La elocuencia de la historia resulta omnipresente. Las puertas de acceso a la ciudad, los restos de muralla, los soportales, las plazas y los antiguos comercios que entretejen su callejero constituyen un mapa que invita a dejarse llevar. El recuerdo a la presencia de Antonio Machado permanece en el instituto y el aula donde impartió sus clases, el mirador de la Muralla, la estatua próxima al Casino y las placas que recuerdan su vivienda, en el primer piso de la calle Gaspar Becerra…

Tanto las zonas de paseo en el límite de la ciudad como la torre de la catedral debían de haber sido espacios ideales para divisar un mar de olivos y un entramado de callejuelas y tejados. Sin embargo, una blancura densa, húmeda y fría rodeaba el campanario y nos dejó sin la panorámica que habitualmente ofrece el punto más alto de la catedral, en una imagen insólita que no se borrará fácilmente de mi memoria. A falta de vistas, el campanario brindaba un paisaje para el alma. Por su parte, las nubes bajas y persistentes restaban visibilidad a los olivares y las sierras próximas, Cazorla, Mágina, Las Villas. El campo agradecía la lluvia y a los pies de olivos los charcos formaban grandes espejos marrones y turbios, entre la tierra y el cielo.

Los lugareños no recordaban tantos días de borrascas, tan seguidas y abundantes. Hermandades y cofradías han mirado las predicciones meteorológicas más que nunca. Y de vez en cuando, algunas horas de la tarde y en la madrugada del Jueves al Viernes Santo, al menos en Baeza, las procesiones fueron posibles. Las disfruté con ojos nuevos, porque resultaban cómodas y sin aglomeraciones; y diferentes, con otras formas de carga y salida del templo, otros atuendos y una belleza distinta a la que reconozco en la Semana Santa de Jerez, a la que me han vinculado la infancia y la juventud, la tradición familiar y un hilo invisible de afectos simbólicos que se han ido tejiendo entre la presencia o la distancia. No hubo saetas. El viento apagó muchos cirios. Las bajas temperaturas no permitieron la fuerza fragante del azahar, pero el incienso tomó las calles con la misma magia de otras semanas santas inolvidables, y un eco de tambores e instrumentos de viento acompañó los pasos y cuanto representan. Al margen de la creencia religiosa de cada quien, es fácil temblar en las lágrimas y la soledad de una madre que vela la muerte de su hijo y estremecerse con la representación de tanto castigo como el hombre es capaz contra su propia especie.

Úbeda fue una visita más fugaz, bajo un aguacero que apenas dio tregua. Pero, ¡qué maravillas arquitectónicas y escultóricas la Sacra Capilla del Salvador y Santa María de los Reales Alcázares! En las naves laterales de la basílica, se podía disfrutar de numerosos pasos procesionales de la Semana Santa ubetense: sus flores y su candelería casi intactas, tras recorridos que la lluvia había impedido. La misma lluvia que caía a cántaros por los canalones de los claustros y generaba una música laica rebosante de vida o la que provocaba un constante salpicar en los platos de las plantas que ya no daban abasto. Cuánta historia escondida en la Sinagoga del Agua o en las calles de una ciudad antiquísima y cruce de culturas. Cuánto esplendor en los palacios renacentistas que embellecen con sus fachadas y patios la zona monumental o en sus iglesias y conventos. Recorrer murallas y puertas, recuerdo de su condición fronteriza, mientras un manto de neblina y lluvia evitaba que la mirada llegase demasiado lejos, allá donde los olivares y las sierras cierran el paisaje de días soleados. Los folletos de la oficina de turismo brindaban un cielo azul imposible mientras una sucesión de grises nos brindaba un chaparrón tras otro y un hombre bromeaba diciendo que estaban cayendo billetes de cincuenta euros desde el cielo.

Ojalá estas lluvias hayan resuelto la larga sed de los cultivos y embalses sin hacer demasiado daño, porque bien dice el refrán que “nunca llueve a gusto de todos”, y esta Semana Santa de 2024 lo ha dejado bien claro. En mi caso, bendigo el cambio de paisaje y de rutinas, la belleza recién descubierta y esta primavera extraña que no ha impedido la hospitalidad del sur.

Unas vacaciones para recalcular la vida

Al regresar de un viaje, la primera en deshacerse es la maleta. Una vez vacía ha vuelto al fondo del armario, en un gesto que, sin duda, ha tranquilizado a Fénix. En estos cinco años de ser compañía y familia, nunca hasta ahora falté tantas noches seguidas y, aunque estuvo muy bien acompañado, ha debido echarme de menos y ya me lo ha comunicado. Pero yo necesitaba esta pausa más que comer, y sé hasta qué punto no se trata de recurrir a una frase hecha.

Vuelvo a habitar mi casa recuperando las rutinas domésticas suspendidas y ocupando de nuevo el espacio de la escritura. Este primer texto intenta retener los recuerdos de las recientes vacaciones, al igual que las fotografías. Otro paisaje fue posible y la fuerza de esas imágenes me aferra a la certeza del paraíso.

Los primeros días, en el Pirineo oscense, disfruté de un entorno mágico sólo con los ojos. Las piernas y el resto del cuerpo pedían recorridos cortos y se los concedimos. La montaña nos rodeaba espléndida y verde a pesar del calor, y su perfil permanente de fondo resultaba balsámico. Las callejuelas y las construcciones de pueblos bellísimos (Broto, Torla o Aínsa), nos llevaban a una vida en otra escala, seguramente más humana que la de la metrópoli. Incluso Jaca me resultaba gigante y bulliciosa en exceso, aunque su catedral y museo fueron dos descubrimientos magníficos que compensaban el gentío en calles y bares.

En consonancia con esa escala pequeña que mi mente demandaba, también el arte románico era el idóneo. Pequeñas capillas, nervaduras y cúpulas al alcance de lo artesano; la maestría de artistas cuyos nombres son un enigma pero de quienes queda su trabajo, un regalo para nuestros ojos fatigados. El Museo Diocesano de Jaca fue una maravillosa sorpresa y la guía que nos lo mostró lo convirtió en sobresaliente. En sus salas, se conservan pinturas murales y esculturas que, de otro modo, hubieran sido fruto del expolio o la desidia tras el abandono de muchos pueblos aragoneses. Cruzar el umbral de una sala y sentirse en las iglesias de Bagüés o Ruesta, entre otras, en los lugares sagrados que ya no existen, servía para hacer las paces con parte de nuestra historia del arte, la que hemos estado a punto de perder. Más allá de Jaca, la magia casi telúrica del monasterio de San Juan de la Peña y el silencio sereno de las dos iglesias de Santa Cruz de la Serós se complementaban con los paisajes que la naturaleza esculpe en la roca, ya sea en la cueva de las Güixas o en la cascada del Sorrosal, donde el rumor del agua era una forma de oración.

En ese contexto espacial y temporal donde el deseo de una primera visita impulsaba a descubrir algunos de los muchos lugares que nos habían recomendado, sentí otra necesidad: la de parar y tumbarme bajo una higuera o contemplar la montaña, la de disfrutar del contraste entre azules y verdes radiantes, dándome cuenta de que no estaba perdiendo el tiempo sino ganándolo. Entre mis recuerdos más valiosos de este verano, me nutren las horas de deleite en las que la cámara era incapaz de captar todos los matices que el ojo percibía. Cuando la mejor opción era poner el cuerpo a favor del paisaje y entregarse, para encarnar esa sensación de plenitud, la misma que días después disfruté junto al mar.

En la misma playa almeriense de los últimos veranos ha sido aún más fácil ese dejarse llevar. En mi caso, el agua del mar o de la piscina lo hace siempre posible. Flotar y mecerse. Nadar y pasear para tonificar el cuerpo oxidado en su postura sedente. Cuando ya conoces un lugar, no llegas con el apremio del turista, ese veneno que nos han inoculado para que nuestras vacaciones sigan siendo contra-reloj, también productivas. El tiempo se vuelve más básico y basta mirar la altura del sol y preguntarse si tenemos hambre para ir a comer. El cuerpo apenas necesita un bañador o un pareo. Todo es esencial y posible. Dentro y fuera del agua, se recupera la consciencia de lo que supone vivir de forma apacible, también sin noticias: al margen de la programación informativa de radio y televisión.

Igual que en la montaña, junto al mar, mis ojos descansaron gracias a una gama amplia de verdes y azules, suavizados aquí por una neblina húmeda y envolvente; la recompensa de horizontes amplios y cielos infinitos, en un estar boca arriba que no se topaba más que con el lento discurrir de algunas nubes y los rayos solares. Al atardecer, el día se apagaba de forma inapreciable y pausada. Y la noche se hacía presente en la espuma blanca y burbujeante de las olas, esas que nos esperaban al día siguiente para construir la melodía de un baño que es vaivén y cosquillas, en el cuerpo y en los oídos, como una canción muy querida.

Al inicio de este texto escribí que, al final de las vacaciones, la primera en deshacerse es la maleta. Ahora cruzo los dedos para que estos recuerdos no se deshagan, para que el día a día no los pulverice. Quiero atesorarlos porque significan salud y descanso, el valor de la pausa y la serenidad. Sé que no es ni será fácil. He vuelto al metro y me he visto sacudida por el cansancio de sus viajeros, que no han disfrutado de vacaciones. La voz de hombres y mujeres que pedían ayuda para mantener a sus familias a cambio de pañuelos de papel, caramelos o botellas frescas de agua. Madrid y su asfalto me han recibido en plena ola de calor, y abrir las ventanas es casi peor que mantenerlas cerradas. He vuelto a escuchar noticias y a leer los diarios electrónicos habituales, y constato que mientras la naturaleza sanaba mi cuerpo y tres libros maravillosos resultaban la única palabra necesaria, el mundo seguía ahí, con su saldo de muertos y desastres, la podredumbre del poder y el negocio a toda costa, la mentira y el periodismo sumiso o sensacionalista.

Antes de despedirme del mar, con un (pen)último baño, que es casi un ritual aprendido en la infancia, me di las gracias y me supe afortunada por estas vacaciones tan necesarias, deseando que el equilibrio alcanzado se mantenga, junto a la prioridad del cuidado. Somos tan frágiles que intentamos olvidarlo, y eso demuestra nuestra torpeza. Sólo tenemos un cuerpo y nuestra vida depende de su equilibrio. Este nuevo curso toca mimarlo y protegerlo; defenderlo como si fuera una fortaleza, conscientes de todos los flancos vulnerables.

Viajar para volver a ser

Si no fuera porque ya la escribí, esta entrada podría titularse “Sin noticias de mí”. He dado un respingo al verme en abril y ser consciente de que no escribo en este blog desde que os hice llegar mis mejores deseos para 2023, en un remoto 31 de diciembre.

Abril… La primavera, mi cumpleaños, el día del libro y “el mes más cruel” del calendario, según aquel poema de T. S. Eliot que, en su libro La tierra baldía, lo condenó a la tristeza. Sonrío al poeta desde el propósito de contradecirle. Porque nada me gustaría más que un abril luminoso y esperanzado, un abril que traiga lluvia a raudales y también la energía y la vida del agua buena.

Echo la vista atrás… Reviso lo que no os he contado y anoté en líneas dispersas que no llegaron a conformar un texto cabal. Algunos libros que descubrí en sus respectivas presentaciones: La mujer imposible, de Ana Pérez Cañamares; Bellas damas sin piedad, de Lourdes Martínez; Sinfonía en rojo, de Elisabeth Mulder; Poesía, de Karin Boye; Anna (Capital Semilla), de Gsús Bonilla; Toma de tierra, de Yayo Herrero… La reflexión sobre la palabra y la experiencia poética de Federico Ocaña y Sonia Bueno, quienes en el VI Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, lograron conmoverme y reconectarme con ciertos proyectos; al igual que la ironía y la inteligencia de Enrique Vila-Matas en el Festival Capítulo Uno o el imponente recitado de La tumba de Keats, en la voz siempre vibrante de mi querido Juan Carlos Mestre. Espectáculos de ópera como Arabella, Aquiles en Esciros, La nariz, que disfruté desde ese paraíso que sigo interpretando como un premio; maravillosos conciertos de música de cámara en la Fundación Juan March; exposiciones como “Detente, instante” (una visión panorámica de la historia de la fotografía), o “Revelación”, de Leonora Carrington (que os recomiendo, porque sigue hasta el 7 de mayo en la sede de la Fundación Mapfre de Madrid). Y varias películas que me llevaron a otras vidas y otros tantos libros que, a pesar de su pálpito de deseo y necesidad, se multiplican sin leer y son el testimonio apilado del quiero y no puedo.

Sin duda, no han faltado ocasiones para un crónica cultural… Y sin embargo, otra vez, el cansancio y el llanto se aliaron en mi contra. La muerte de un amigo me paralizó, de nuevo el dolor de las preguntas sin respuesta, al constatar que convertimos la existencia en un remolino donde relegamos lo principal. También me interrogué por el calvario absurdo de la supervivencia, concebida como arrastrar un pie detrás del otro. Reflexioné por los pensamientos saboteadores que paralizan los deseos. Volví a cobrar conciencia de mi debilidad ante el daño que ejercen otros. Y de todo ello, volvió a emerger la sombra de una fractura íntima, demasiado persistente y profunda.

Afortunadamente, marzo me regaló dos viajes que han supuesto un revulsivo: Olomouc y Ginebra. Aunque todo viaje tiene su dimensión de descubrir o redescubrir lugares nuevos, alejados de nuestro mapa habitual, el propósito de ambos viajes no era el turístico, sino, por encima de todo, el abrazo. Visitar a personas que no están en Madrid, y que al abrirnos sus vidas y compartirlas, sirven de palanca para un reencuentro personal; porque a veces, al dialogar y pasear con otros, volvemos a escuchar antiguos latidos, que fueron fundamentales.

En Olomouc, una bella ciudad monumental checa, al recorrer los edificios de la universidad, recordé aquellos cursos remotos de veranos en el extranjero. Aunque se abría un abismo entre presente y pasado, fui capaz de rescatar aquel deseo por aprender y vivir. Estoy segura de que, si pudiera darse el imposible encuentro entre la joven estudiante que fui y la mujer que ha cumplido más de veinticinco años de experiencia profesional, les costaría reconocer la correlación entre los esfuerzos y los logros. Aquella joven se sentiría decepcionada y tal vez fuera capar de echar en cara la palabra fracaso a la otra. Sin embargo, esa misma, con el peso y el paso de los años, tendría que explicarle que la vida no es tan fácil y que quizás el gran error sea apostar por lo absoluto. Hay elecciones, decisiones y azares que marcan las cartas del futuro. El balance del presente quizás no sea el que alguna vez se soñó, pero a estas alturas empezamos a entender que los sueños rara vez se cumplen. En algún momento, más que a los sueños, apostamos a la realidad y ésta, desde su prosaísmo, nos mantiene pegados a la seguridad del suelo, en un moderado equilibrio más material que emocional. En Olomouc, me encantó visitar la biblioteca universitaria, repasar los anaqueles, recordar miles de horas de estudio… La idea quedó en el aire y, quizás no sea tarde para un nuevo curso, con un cuaderno especial; formalizar una matrícula y volver a esforzarse por la mera satisfacción personal.

Ginebra, la histórica ciudad refugio a orilla del lago Lehman, me resultó acogedora nada más aterrizar, aunque habían pasado muchos años desde mis visitas anteriores. A pesar de la noche, el paisaje y las calles resultaban reconocibles. A pesar de la falta de lazos de sangre, un piso distinto era un hogar lleno de abrazos y deseos de ser hermana y tía. Y es que los años también me han enseñado que la familia enmarcada por dos apellidos se puede ampliar con personas que encontramos fuera del techo que nos dieron nuestros padres. Los primeros días fueron familiares: acompañar al colegio, ayudar a recortar o colorear, redescubrir el juego y el lenguaje, disfrutar del aire libre en un paisaje verde, compartir la inocencia de la risa… Y con todo ello, el viaje hubiera sido perfecto para devolverme a un mundo de afectos y manos, de palabras que acompañan y consuelan, de existencias que se hacen más fuertes en los aprendizajes compartidos. Pero, además, disfruté de algunas horas libres y solitarias en las que recuperé la sensación de viajera. En ellas, al volver a hacer fotos, afloró el placer de la mirada que intenta atrapar una belleza distinta y al mismo tiempo, atrapa al testigo. Curiosamente, las imágenes que iba atesorando en el móvil, me iban revelando lo inesperado. Así, en una foto donde aproveché un cristal que hacía de espejo salí desenfocada y en un selfi con un paisaje azul y repleto de edificios, el fondo salió quemado y sin contraste, mientras yo sonreía. En ese momento en el que, perpleja ante el resultado, intentaba otro enfoque, peleando con un viento fortísimo en la torre de la catedral de Saint Pierre y un brazo demasiado corto para un buen encuadre, apareció un turista que se ofreció a hacerme la foto. Aunque me gusta hacerlas a mí, su sonrisa y su disponibilidad me convencieron. Y le reconocí que era mi mejor retrato de aquel día. Enseguida junté las piezas de la jornada, y concluí que somos mejores cuando nos dejamos ayudar.

Volver a ser es un camino largo y consciente, personal y acompañado. Habrá días grises, pero a falta de luz, me aferraré a otras manos y voces. Habrá que ir desterrando, de una vez por todas, esas certezas absolutas que sólo enmascaran excusas. Habrá que reconocer y buscar un equilibrio entre suelo y cielo, realidad y proyectos. Habrá que volver a ser lo mejor de aquella joven que fui, con la experiencia acumulada y la certeza de que la vida es el gran viaje que tenemos al alcance.

El mar como punto de inflexión

Si este fuera un verano normal, estaría apurando los últimos días antes de incorporarme al trabajo. Afortunadamente, mis vacaciones extraordinarias se alargarán un mes más.

En este verano distinto, pensé que iba a escribir más en el blog, pero lo cierto es que me he centrado en otros proyectos, así que se han ido acumulando exposiciones, experiencias, películas, reencuentros, libros y viajes sin que haya dado cuenta de ellos por aquí. También, tal y como esperaba, ha habido demandas de salud y reparaciones domésticas que han requerido dedicación, y por supuesto, unas temperaturas excesivas que han limitado mucho los planes previos.

Durante este tiempo ancho, el viaje a la playa ha supuesto un punto de inflexión. En cierto modo, era el paréntesis reconocible para unas vacaciones diferentes. Llegar al apartamento de los últimos veranos, al mar, a la piscina, al cuerpo tumbado sobre el césped, al ritmo distinto que configuran el ambiente vacacional colectivo y vivir al nivel de mar. Dormir mejor, acunada por una brisa que habíamos olvidado en Madrid a lo largo de tantas madrugadas sofocantes. Nadar mucho, recuperando el placer del pez que llevo dentro.

Antes del viaje, Madrid me brindó la oportunidad del disfrute del arte. Exposiciones y salas de cine, junto a la memoria sentimental de haber nacido y crecido en sus calles, son fuertes motivos para perdonarla su dureza e inclemencia, de las que raras veces puedo responsabilizar a la propia ciudad. De un tiempo a esta parte, está abierta en mil zanjas. Me pregunto si nos gastaremos todo el presupuesto de los fondos de recuperación en aceras que solo servirán para reclamar la limosna del futuro sobre los mejores pavimentos de toda Europa, aunque este texto no quería ir en esa dirección.

Volviendo al arte y a su asidero de salvación, disfruté del último trabajo conjunto del escultor Leandro Alonso y la poeta Ana Martín Puigpelat, titulado Anverso Re-Verso. En el marco de PhotoEspaña, visité la exposición Sculpting Reality, una muestra colectiva que se puede ver hasta el 28 de agosto en el Círculo de Bellas Artes y Casa de América. Precisamente en Casa de América se ofrece, con buen criterio y amplitud, la serie Double Elephant Portfolio, un trabajo excelente de algunos de los mejores fotógrafos que han construido la memoria gráfica de Estados Unidos. A PhotoEspaña le resta poco tiempo, así que al margen de nuevas averías, buscaré hueco para las exposiciones aún al alcance de Pérez Siquier y Paolo Gasparini, en Fundación Mapfre; Sebastiao Salgado, en el Palacio Real, y Catalá-Roca en la sala de El Águila, junto a la Biblioteca Regional.

Fuera de Madrid, en Segovia, amistad y admiración me brindaron la oportunidad de asistir a la inauguración de la exposición de Evaristo Bellotti, Esculturas por escrito. Casi una década de trabajo mostrada con un gusto exquisito en el Palacio de Quintanar, un universo de materiales y miradas al que ojalá pueda volver antes de su clausura en octubre y del que da buena cuenta esta entrevista.

Esculturas por escrito. Exposición de Evaristo Bellotti. Palacio de Quintanar, Segovia.

Y ya que estaba en Segovia, cómo no regresar a la Casa de Antonio Machado en esa ciudad. La que fue su pensión durante años, el espacio que es testimonio de memoria, la huella de un poeta admirado y de un tiempo que no pudo ser. Apreciar cada rincón reflexionando sobre cómo languidece y acabará perdiéndose la Casa de Vicente Aleixandre, Velintonia 3, en Madrid. Establecer, nuevamente, paralelismos entre cómo se cuida el patrimonio y se ofrecen espacios para el arte en ciudades más amables que la mía… Aunque este texto no quería ir por el camino del enojo, la decepción es tan obvia que no puedo soslayar mi tristeza.

Los viajes me han permitido visitar espacios mágicos, las obras de arte de nuestros antepasados. Regresé a La Alhambra y a localidades de Soria y Segovia: San Esteban de Gormaz, Berlanga de Duero, Ayllón, Riaza… Arte nazarí, arte mozárabe, arte románico, arte gótico y renacentista… La piedra trabajada desde la modestia del yeso o la cantería para desafiar el tiempo y ofrecernos, siglos después, la sensibilidad de quienes nos precedieron y agradecer los trabajos de conservación que nos garantizan esos refugios de esperanza.

Si fuimos capaces de tanta belleza, ¿no habremos de ser capaces de mejorar lo que nos rodea? Sólo por fantasear, me pregunto qué pasaría si esos señores que disfrutan creando guerras y amasando millones que empujan a otros a la miseria se sentaran ante un fuentecilla de la Alhambra, en el atrio de Santa María del Rivero o en el interior de la ermita de San Baudelio de Berlanga. ¿Cambiaría su mirada sobre las cosas? Supongo que no, pero a mí me consuelan el rumor del agua, la sabiduría de los jardineros, el arte que resiste el paso del tiempo, la pintura rescatada en un fresco milenario, el trabajo de personas que intentan salvar la casa en ruinas, la aldea abandonada y el paisaje que nos constituye.

Es tan importante como necesario apreciar la naturaleza y resucitar los sentidos adormecidos… Es cierto que las vacaciones de verano son un momento propicio. Ante unas horas más amplias, es posible detenerse sin prisa ante florecillas y árboles desconocidos, agradecer el frescor de la piedra y recrearse en el vaivén de las olas que procuran un paisaje especial en cada atardecer.

Al regreso del mar, la tarea es no perder la huella de esa luz que llenó cada jornada viajera. Que el paisaje cotidiano no secuestre la posibilidad del disfrute. Continúa amaneciendo y atardeciendo. El sol y las nubes siguen reinventando la belleza. Los árboles comienzan a intuir el otoño que la sequía adelanta en aceras salpicadas de hojas mortecinas. Nos quedan libros, películas y exposiciones que descubrir. Y en la agenda, tenemos la opción de reencontrarnos con personas cuya palabra abraza. No veamos el regreso como un castigo, sino como una nueva búsqueda hacia el equilibrio.

Renacer ante el mar

Hace unos días comencé mis vacaciones de Semana Santa con un viaje relámpago a Barcelona. Ida y vuelta en dos días. Un encuentro familiar, una excusa para el abrazo. Nos debemos tantos, que no importa hacer un viaje a lo loco. Ganarle horas a la distancia que amplió la pandemia. ¿Cuántas visitas no han sido? ¿Cuántos puentes fueron días sin posibilidad? ¿Cuántas escapadas se descartaron durante los cierres perimetrales?

Aunque acusaba la falta de sueño y el cansancio acumulado, me sentí revivir sentada en el tren, redescubriendo el paisaje por la ventanilla. He hecho muchas veces ese mismo trayecto y soy capaz de reconocerlo, a pesar de la velocidad. La ciudad se desdibuja y la tierra cambia de color. Se suceden pequeñas colinas y parcelas donde el cuerpo sigue trabajando la tierra. El paisaje estaba salpicado de almendros y otros frutales en flor. En los taludes del tren y en el campo, se asomaban florecillas y hierbas silvestres. No logré ver amapolas, pero sí, margaritas y esas flores amarillas que resultaban un auténtico manjar para aquel canario de la infancia. Tras las lluvias de los últimos días los colores vibraban, resultando casi apabullantes.

A medida que avanzaban los kilómetros, se fueron despejando mis sentidos. Mis ojos tenían ganas de volver a leer. El bolígrafo comenzaba a hacerse necesario para subrayar aquellas páginas inspiradoras. También surgían las primeras ideas para un relato. Recordé cuántos viajes he hecho, a lo largo de los años, en el límite mismo del cansancio. Y cómo han logrado reconciliarme: el viaje como aliento. Volvía a ocurrir una vez más, y yo, silenciosamente, daba las gracias.

Llegué a Sants con la recompensa de varios relatos leídos y las notas de un texto a medias, recuperando el placer por las palabras. Eran pequeños síntomas de mejoría, la promesa de una pausa vacacional en la que reencontrarme. Bajé del tren con el doble de energía de la que tenía en Atocha, como si la lectura y la escritura hubieran sido el desayuno perfecto al que se añadía la magia de romper con la rutina y su cansancio. Ya que todo parecía posible, me detuve en la administración de lotería buscando la suerte que no tengo en Madrid. ¿Cómo no soñar con unas vacaciones perpetuas? Tampoco acerté los números de aquella noche. Me temo que los juegos de azar no son lo mío. Pero el mar estaba al alcance y me fui para allá.

Recuperé las sensaciones de ser turista, emprendiendo un camino distinto al habitual. Un plano de metro con otro dibujo, líneas de otros colores y nombres nuevos. Andenes más oscuros, anuncios con mensajes que nunca había visto y el sonido de otra lengua. El bullicio de un día laborable en el que yo estaba libre de tareas y horarios. Esa gozosa alegría.

El mar estaba cada vez más cerca. Primero, fue una línea de horizonte detrás del puerto; después, la masa azul que recogía una pequeña playa. Arena y partidos de voley, algunas toallas extendidas. El sol acariciaba el mediodía, engañando la sensación de frío. Avancé hacia el agua.

Recordé aquel viaje estival de la infancia, cuando al llegar a Jerez de la Frontera, que era nuestro destino, mi padre siguió conduciendo hasta la playa del Puerto de Santa María. Abrimos las maletas y nos cambiamos en un chiringuito de los que ya no existen. Ya lo escribió Rafael Alberti: nada mejor que ser marinero en tierra para desear el mar. Esta vez, ante el Mediterráneo, recuperaba aquellos recuerdos y volvía a vivir el mar como un premio. Pasados unos minutos también volvieron las palabras. El móvil se convertía en libreta improvisada. Podía ser el germen de un nuevo relato o de una historia más larga. Las primeras líneas fluían con la placidez del paisaje que me acunaba. Habían bastado unas horas para despertar hacia lo íntimo. El mar me ofrecía un nuevo principio: palabras en segunda persona para un yo que renacía.

Acabas de llegar a Barcelona y te has ido hasta la Ronda Litoral. Eres un náufrago de interior. Dejas atrás el Paseo Marítimo y te plantas ante el mar. Te enfrentas a su visión como quien busca curarse. El viento en la cara, el sol, el murmullo constante de las olas a tus pies.

Desde la última visita y tras las tormentas furiosas que se han sucedido, se ha formado un gran desnivel en la orilla. Nada que ver con la playa de pendiente suave que invitaba al baño como un imán. El resultado es un mirador, un trampolín donde surge un cierto vértigo. Un promontorio que te deja suspendida ante un incesante movimiento azul y verde, como si no hubiera suelo. Estás entre el agua y el horizonte. Ese espacio ideal de los veranos.

Al bajar la vista, descubres tus zapatos de todos los días. No has traído sandalias ni chanclas. No te has descalzado. La arena cede ante tu cuerpo extraño vestido aún de oficina. Se hunden tus pies y te cuesta caminar. No has podido resistirte a la fuerza de la orilla. Sabes que ese mar no te pertenece. Sólo has venido a que te bendiga y te dé esperanzas para seguir.

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