Celebrar la poesía

Otro año más llega el Día Mundial de la Poesía y me sorprende con las palabras a medio hacer, el apremio de otras obligaciones, el cansancio paralizante de los últimos años y la certeza de un mundo endiablado que no atiende versos ni metáforas.

Me recuerdo a mí misma que tengo que celebrar la poesía porque, es cierto, me ha dado tanto… Que no sería de recibo ni medianamente generoso, por mi parte, pasar por este día de puntillas como si no fuera piedra angular de mi existencia; un día tan festivo como mi cumpleaños o mi santo.

En el Día Mundial de la Poesía no he podido sumarme a ningún evento, y eso que había muchos en Madrid, multiplicados en espacios, pantallas e iniciativas. No voy a repetirme. Todas las causas de ese no estar, ya se han dicho al comenzar este texto. Y pueden sonar a excusa o disculpa, pero son verdad y me duelen, con sus raíces y consecuencias.

Por eso, aunque sea con estas líneas apresuradas, celebro y también pido perdón y comprensión a la poesía. Lo nuestro, como todo amor, está sometido a ciclos y baches, y aún así, se mantiene vivo y cumple poemas y aniversarios. La poesía ha estado siempre a mi lado. Comencé a escribir siendo una niña y la escritura, estoy segura, me salvó. En los cuadernos, encontré el espacio para lo que no podía decirse de otra manera; en los primeros premios escolares, hallé cierto sentido a lo que hacía. Pero convertirse en adulto es otra cosa. Ya lo dijo en esos versos tan certeros como inolvidables Jaime Gil de Biedma: “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde (…)”. Después he sido, sí, una poeta tardía en la edición, como tantas; y aún soy, una poeta con más obra inédita que publicada, tampoco es tan raro.

De ese recorrido a bandazos, de ese amor que entrelaza vida y poesía surgen momentos felices y más dudas que certezas. Pero no pasa nada. Lo acepto. La poesía estará en mí mientras ella quiera, y ojalá me acompañe siempre. Aunque sea cierto que a veces, reniego. Sobre todo, cuando las horas se escapan en correcciones y trabajos baldíos. Pero también sé que el día que deje de escribir, mi vida no será plena.

En estas dudas y estos tirones internos, me ayudan las voces de otros poetas. Escuchándolos, una misma puede entenderse mejor y reconciliarse. No es fácil trabajar a tientas ni dejar un poemario acabado en el fondo del cajón y tirar la llave al mar de la propia derrota. No es fácil asumir que una nunca estará a la altura de esa amante que es la poesía. Por eso me alivia escuchar a otros. La última vez fue el pasado viernes 18 de marzo, en una nueva edición del ciclo Poesía y Psicoanálisis, que desarrolla el Foro Psiconalítico de Madrid en el marco de su actividad Diálogos con el Arte.

Esa tarde noche, en un espacio casi solemne de atención y escucha, Esther Peñas, poeta invitada, puso en voz alta esto mismo: la poesía como relación amorosa, esa vivencia de plenitud tan efímera. “El lenguaje es un fracaso porque el poema tan sólo roza lo que aspira alcanzar o habitar. En la escritura poética, como en el amor, se puede pensar que se ha alcanzado, pero luego te das cuenta de que no es así”. Sin duda, sus palabras son parte de la inspiración de este texto, que también incluye mi agradecimiento por esas horas de generosidad cómplice. Palabras rebosantes de verdad llenaron el espacio de la tarde mientras la poeta enunciaba “la creación poética como el pequeño reino de la fiebre y la alegría del encuentro”; “la importancia de dejar que el lenguaje se diga y que las palabras hagan sonar lo que callan”, y cuanto tiene la poesía de “asombro luminoso, de sentido inaugural y lenguaje inútil, en tanto alejada de todo propósito utilitarista”… “Escribir desde la brújula y no desde el mapa”, dijo Esther Peñas, compartiendo “la ceremonia mágica del lenguaje”. Cómo no agradecer esas confidencias. Cómo no escribirlas para rescartarlas en los días de zozobra. Cómo no seguir creyendo en la poesía.

Por último, para concluir mi pequeño homenaje a la poesía, le ofrezco el último poema que he escrito. Aunque soy de correcciones lentas y versiones infinitas, este poema quiere decirle que sigo activa, a pesar del silencio y mis desapariciones, a pesar de los libros que no acaban de ver la luz. Sigo escribiendo y quizás, el último poema sea la mejor forma de demostrarlo. Aunque no tenga título ni esté dado por concluido, aún respira. El amor sigue latiendo.

Feliz día de la poesía, feliz día a la poesía, a la que debo tanto.

Quisiste despertar
pero el día carecía de luz,
tan sin cielo.

Los edificios sin perfil.
La primavera sin pétalos.

Los árboles tan sin tiempo
como su amanecer detenido.

Quisiste despertar
y estaba todo en contra.

Siempre contra la guerra

El domingo 20 de febrero asistí en el Teatro Español a la representación de “La batalla de los ausentes”, el último montaje de La Zaranda, un prodigio escénico que sigo desde hace años con fervorosa admiración. Lo que hacen no es nada fácil. Como verdaderos maestros, se valen de una escenografía y unos recursos mínimos, que requieren de la complicidad y la imaginación del espectador, para compartir un lenguaje único, con el que provocan la sonrisa o el nudo en la garganta en cuestión de segundos.

Ante la palabra herida del trío protagonista, supervivientes esperpénticos de una guerra que nadie recuerda, en el patio de butacas, nos resonaban las noticias prebélicas del este de Europa y también una escaramuza más modesta en la madrileña calle de Génova. La obra teatral, que ofrece una sátira del poder, me trasladaba a ambos escenarios, convertidos “en un combate sin tregua por la conquista de un destino”, como decía el programa de mano; donde los actores escenificaban los complejos mecanismos que llevan a los seres humanos a devorarse hasta el despojo.

Siguen en Madrid hasta el 20 de marzo, no os los perdáis.

No quiero confundir a nadie. En “La batalla de los ausentes” no hay nombres ni referencias temporales o geográficas. Precisamente desde esa indefinición, todos somos interpelados ante un poder tan estéril como despreciable que, al final, muestra las propias vergüenzas y una intemperie existencial de la que no salvan ni medallas ni homenajes, ni siquiera los recuerdos de una gloria efímera o imaginaria.

A partir del lunes, la semana fue frenética a nivel informativo. Obviamente, hay un abismo entre un dirigente político metafóricamente acuchillado por quienes creyó sus fieles, y un autócrata convencido de una misión imperial y asesina. Pero, en el fondo, todo gira en torno al poder y a la ambición; y teje una historia de vencedores y vencidos y un anhelo de justicia. Cuando el 24 de febrero despertamos con el inicio de la invasión rusa sobre Ucrania, asumí una nueva derrota colectiva. Ante las bombas, ante la propia impotencia y las preguntas sin respuesta, todo se hizo distinto. Quedaron en segundo plano las batallas campales de nuestro mediocre panorama político, y también las cuitas personales.

En los primeros momentos, pensé en escribir sobre la invasión de Ucrania. Recordaba tiempos lejanos, cuando los temas de geopolítica internacional ocupaban buena parte de mi jornada laboral. Rememoré aquellas lecciones sobre la guerra, que nos ayudaban a entender que los conflictos están llenos de matices, y que la verdad suele ser la primera víctima de todos ellos: Yugoslavia, Ruanda, Colombia… Con el paso de los días, toda la teoría saltaba por los aires ante la imagen de ciudades devastadas y el recuento de fallecidos y heridos, de vidas cercenadas y familias rotas, de un éxodo tristemente conmovedor. Más que argumentos salían torpezas, y me callé para no contribuir al daño ni al ruido.

El siguiente domingo, una semana después de ver “La batalla de los ausentes”, un grupo de poetas empezaba a idear un recital colectivo contra la guerra. Agradecí una invitación que rechacé inmediatamente, porque me sentía sin fuerzas. Las redes sociales seguían llenas de batalla. Posturas a favor y en contra de todo: tan malo escribir y compartir un poema contra la guerra como quedarse callado. En el debate, salían a colación todas las guerras activas en el mundo. La pregunta de por qué actuar ante unas y no otras, qué diferencia había entre los muertos de Ucrania o de Yemen. En la refriega de palabras, no había más que una nueva derrota.

Asistí a los incendios verbales desde el silencio y la lectura. Volví a los artículos de Carlos Taibo, uno de los mayores expertos en esa zona ahora en llamas. Los poemas y la figura del poeta Carlos Álvarez, fallecido ese mismo 27 de febrero, también sirvieron de telón de fondo. Su padre, capitán de la Guardia de Asalto que mantuvo su fidelidad a la legalidad republicana, fue fusilado en Sevilla el 24 de julio de 1936; y él mismo sufrió las cárceles franquistas y el exilio. A pesar de todo ello, quienes le conocieron y le recordaban en esas horas de duelo, le definían como un hombre ajeno al odio y el poeta de la reconciliación. Por otro lado, me encontré con un excelente artículo de Arturo Borra titulado La poesía y la guerra (de nuevo), en el que el autor se preguntaba por el papel de los poetas ante estos conflictos. Me consoló ver que no era la única que se estaba atragantando en sus preguntas y contradicciones.

Cartel del recital «12 horas de poesía contra la guerra».

Al final, cambié de opinión y me sumé al listado de casi un centenar de poetas que participarán mañana en el recital titulado “12 Horas de Poesía contra la guerra”, cuyo cartel explica “Poemas abrazados para abrazar pueblos. Poemas por la Paz”. Acudo con poemas viejos y la certeza de la inutilidad del gesto, la misma certeza que me acompañó tantas veces: en aquel multitudinario “No a la Guerra” contra la invasión de Irak; en las concentraciones y las marchas a favor del pueblo palestino o del saharaui; las voces ante la embajada de Siria; las lecturas a favor de las personas en busca de refugio y papeles, y las concentraciones ante tantos hechos de violencia y represión ejercidos por unos hombres contra otros…

Nuestra palabra, nuestro poema no va a cambiar las cosas; no nos hace mejores ni peores que los poetas que no pueden o no quieren participar o no han conocido la convocatoria. Nuestro gesto, aunque algunos crean que sí, no es un acto narcisista. Después de tantas dudas, me he dado cuenta de que esta vez leería aunque no hubiera nadie escuchando, porque el poema, como la obra de teatro de la que os he hablado, pueden ser actos de resistencia y esperanza. Lo más seguro es que “12 Horas de Poesía contra la guerra” sea como esos actos en los que, antes de la pandemia, nos encontrábamos poetas escuchando a poetas, y nos sentíamos ridículos, sin lectores ni público real. Pero esta vez es distinto porque, quizás más que nunca, necesitamos el calor de otros, llorar y leer juntos, abrazarnos contra la guerra después de tanto. Y lo que importa no es cuándo ni cuánto lea cada uno, sino leer doce horas, sin pausa, igual que esas bombas y esas sirenas, igual que el sufrimiento, que tampoco cesan. Lo que importa, como en “La batalla de los ausentes”, es no perder el horizonte.

Recibir el otoño entre libros y un poema

Comenzó y acabó la Feria del Libro y se despidió el verano, dando paso al otoño. De nuevo, el calendario parece ir al revés, acostumbrados como estábamos a una feria primaveral que regalaba tormentas junto a los primeros días de un calor insoportable y agorero. En esta última edición, cuando todo sigue teniendo un punto de extrañeza, se mantuvieron las tormentas mientras todo lo demás se me hizo raro. Así viví el acelerado paseo que pude dar (apenas una hora y media de una tarde, ¡ay!), por la Feria; en un viaje entre casetas fuera de lugar, fruto de una disposición endiablada, mientras la noche se echaba encima con el relente amenazando el primer resfriado y la sensación de que también esta cita se volvía a la vez deseada y hostil, un nuevo fruto de este destiempo permanente.

Pero, al menos, fui. Voy a quedarme con lo bueno. Al menos, volví a ver libros y casetas y caras conocidas y queridas. Al menos, me llevé alguna firma deseada y alguna sobrevenida. De rebote, me topé con mi admiradísimo Manolo García, del que soy una fan devota desde la adolescencia, como prueban las cintas de casete de Los Rápidos y Los Burros, la colección completa de El último de la Fila y sus trabajos posteriores en solitario, que guardo como tesoros. No me detuve en la larga fila de admiradores que aguardaban turno. La mayoría era de mi quinta y le contaba la misma batallita que yo le hubiera ofrecido: las canciones vividas sobre la piel, los conciertos que pude presenciar y los que lloré sin entrada, las veces que le escuché en directo dando saltos entusiasmados y coreando hasta la afonía. Los guardias de seguridad ya estaban avisando de que tal vez no habría tiempo para todos. Me ganaron la pereza, la premura de los tiempos y la sorpresa del imprevisto. Me prometí volver a escucharle pronto. Robé una foto que evitaba a la admiradora que podía haber sido yo y volví a retomar el rumbo de las casetas que estaban a punto de echar el cierre.

Atravesé la Feria como una loca sin plano, como “el loco de la calle” de aquella canción, jugando con el mal azar de quien dispuso una numeración caótica partida en cuatro hileras. Demasiados planos paralelos para una cabeza de letras al límite de las fuerzas y de la propia paciencia. No pude encontrar todo lo que buscaba. No tuve tiempo del paseo relajado de otras ediciones, cuando el calor cedía y el sol permitía el respiro de las casetas caídas en desgracia, en el extremo achicharrado.

Aunque un día después de publicar el artículo inicial, voy leyendo noticias que me hacen ver las cosas de otra manera, y retocar el texto con este nuevo párrafo. Quizás mi errático paseo no se debió al despiste y al cansancio, sino a que la Feria, este año, ha maltratado a las pequeñas editoriales que suelen ser mi objetivo, y así lo han hecho constar en una carta abierta que reclama explicaciones y dimisiones. Estaban mal situadas, aunque les cobraron lo mismo y les supone un esfuerzo mayor asumir todos los extras de quince días de Feria; han sido arrinconadas aunque, desde mi punto de vista que es el de muchos, estas pequeñas firmas son las que hacen que la Feria del Libro de Madrid merezca la pena, porque muchos lectores amamos su fondo editorial y la Feria es el mejor escaparate para que un libro nos lleve a otro, y para ojear títulos que en su momento no vimos, pero que una vez cerca de los dedos, no se nos vuelven a escapar.

Este año no tuve tiempo de procesar todos los recuerdos que mueve cada Feria del Libro, porque esta vez era tan distinta que no se producía esa llamada inconsciente de la memoria. Pero los recuerdos siguen ahí. Vinieron en tropel el día de la inauguración, cuando ante las imágenes por televisión pude evocar aquellas ferias normales, cuando la primavera y el verano se aliaban; cuando trabajaba muy cerca y El Retiro era un paseo habitual, donde me paraba un día sí y otro también, y vagaba entre casetas, mecida por el runrún del anuncio de las firmas; cuando recorría la Feria de niña, soñándome como autora al otro lado de los mostradores. Al ver la fotografía del mosaico que formaban todas las portadas en la caseta de Bartleby, también caí en la cuenta de que mi libro, De paso por los días, había cumplido cinco años, en la última primavera, cuando yo cumplí cincuenta. Abril y mayo fueron meses en los que no nos pudimos reunir para celebrar nada, y si lo hicimos fue con celebraciones íntimas y pequeñas que abrigaban un corazón castigado sin abrazos ni demasiadas alegrías.

Este tiempo pandémico y raro nos ha movido y removido tanto, que seguimos descolocados. Pero la Feria ha vuelto y aquel libro, con sus cinco años cumplidos, se ha asomado nuevamente al Paseo de Coches del Retiro, consciente de que la poesía no caduca nunca. También he recordado que muchos de los poemas del libro se escribieron en ese maravilloso parque de Madrid. Aquellos paseos habituales eran un bálsamo, en los que, contra la rutina y la barbarie diaria, yo buscaba la paz en el rumor del arbolado; escudriñando los colores y los movimientos de las hojas que daban paso a una estación tras otra; espiando la presencia de aves e insectos que buscaban agua, sombra o resguardo; topándome con otras miradas igual de melancólicas, felices o heridas que la mía.

Cuando acabé la primera versión del libro, estructurado en las cuatro estaciones, éste comenzaba por la primavera, manteniendo el orden de la escritura original. Pero luego, en las sucesivas correcciones, fui pensando que la primavera era más obvia, más habitualmente lírica y cambié el orden del libro, que empezó por el otoño.

Ahora, ante este nuevo otoño, que tiene mucho de reinicio; que, en lo personal, está siendo un tiempo de reencuentro y abrigo para conmigo misma, quiero recuperar alguno de esos poemas. Para celebrar el quinto aniversario de aquel libro que fue camino y sueño, para recuperar las fuerzas ante el futuro, para trazar un presente más transitable y consciente. Ojalá.

Porque la poesía siempre es refugio. Porque he cometido la torpeza de olvidarme de lo importante. Porque cada septiembre es un principio y soy afortunada, os dejo este “Paisaje” que se escribió hace muchos, muchísimos años; y aún me habla del valor de los sueños que se intentan. Y de no desfallecer.

PAISAJE

Sorprende a los ojos

viajeros del trópico

la caducidad de castaños

y plátanos dormidos,

asumir el rojizo

de la vida que se extingue.

En el recuerdo

se borran las palmeras,

las sombrillas de pobre.

El árbol caduco

es rescoldo de fuego,

remoto vuelo naranja

del ave del paraíso.

(De paso por los días, Bartleby, 2016)

Guadalupe Grande: la muerte incomprensible

Aún estábamos tocando la posibilidad de la esperanza, inaugurando el año nuevo, cuando en la noche del 2 de enero llegaba la terrible y sorpresiva noticia de la muerte de Guadalupe Grande. Los mensajes se sucedían entre la tristeza y la conmoción. Sigo sin creer que no volveré a verla. Sigo sin asimilar que ya no está y tal vez escribirlo sea una forma de entenderlo, y también de hacerle mi pequeño homenaje como un acto de gratitud por todo lo que me enseñó y compartimos.

Coincidí con Guadalupe Grande muchas veces. Era habitual en lecturas poéticas, recitales, actos culturales y reivindicativos en los que amigos comunes acabaron por presentarnos. Al margen de estos encuentros, que fueron una constante, en otoño de 2012, me apunté al Taller de Creación de Poética que ella comenzó a impartir para el Ateneo Cultural 1º de Mayo de Comisiones Obreras. Y tras aquel primer curso lectivo, hubo cuatro más. Así que fueron cinco años compartiendo poesía y mucho más que poesía, todos los martes excepto festivos y vacaciones.

El taller lleva, llevaba por nombre “Un camaleón en la cocina”. Los tiempos verbales se confunden porque el taller seguía en marcha, ahora en formato on-line por la pandemia, con nuevos compañeros que se iban sumando mientras los antiguos nos dábamos una pausa y nos manteníamos en la lista de correo. Era su forma de decirnos que siempre estábamos invitados a las lecturas y a volver cualquier día, ya fuera para compartir poemas o los vinos que daban continuidad a la cita literaria y poética, esa complicidad que se ensanchaba en horas inolvidables. Todos nos sentíamos a gusto diciendo que éramos “camaleones”, encajando en esa forma de hacer que ella planteó desde el principio. Entender la poesía como una cocina, donde las lecturas son los ingredientes indispensables que aportan lo sustancial y también innovan, en un proceso constante de creación en el que el plato nunca debe ser el mismo; y con la posibilidad de que un elemento sorprendente, el camaleón, por ejemplo, le aportara esa otra cosa que hay en la buena poesía: el lenguaje que sale de lo común, el hallazgo de la metáfora, la imagen que levanta el poema.

Con los años y la confianza de una cita semanal durante tantas tardes, Guadalupe Grande se convirtió en Lupe, como la llamaban sus amigos y familiares. Nos presentaba autores muy diversos, con el propósito de abrir horizontes, y al abordar nuestros textos nunca fue complaciente. No aceptaba un adjetivo de más, una metáfora manida ni los vicios que cada uno traía ya en su escritura. Era siempre exigente y por eso aprendíamos. Pero era también generosa. Nos animaba a seguir, a mejorar. Y no se limitaba a los textos del taller. Cuando De paso por los días era aún un manuscrito, se ofreció a leerlo. Y semanas después nos encontramos en el Café Comercial, donde me animó a publicarlo, aunque no con el título y la estructura que tenía entonces. Recogí sus sugerencias y en las lecturas de presentación siempre agradecí su aportación y su aliento, que contribuyeron, junto al de otros, a que el libro tuviera su forma definitiva.

Más allá de la poesía y lo literario, compartíamos otros intereses. Dentro y fuera del taller nos recomendábamos películas, exposiciones de fotografía, obras de teatro… la cocina se nutría con otras manifestaciones artísticas por las que Guadalupe Grande también se interesaba. De hecho, ella misma trabajaba el collage y el video, entrecruzando disciplinas y lenguajes como se puede ver en su blog Caja de luz.

En esa mezcla heteredoxa de saberes y miradas, estaba seguramente lo que había aprendido desde pequeña, en la casa familiar formada por Félix Grande y Francisca Aguirre, padres de los que se ocupó hasta sus últimas horas y poetas imprescindibles de nuestra historia literaria. En aquel hogar, las puertas siempre estuvieron abiertas para escritores, músicos, pintores… creadores de arte y vida, que vienen a ser vasos comunicantes imprescindibles para sortear la existencia y sus injusticias. Entre esas dos figuras generosas en la amistad y la conversación creció Lupe y, por eso, no es extraño que las redes se hayan llenado estos días de sus poemas y sus trabajos audiovisuales, y sobre todo, de una inmensa muestra de cariño y afecto con la que la recordamos muchísimas personas. A ella, que era una mujer discreta y delicada, le hubiera sorprendido ver hasta qué punto estaba presente y era necesaria. A ella, que nos queda para siempre en su obra (cuatro libros de poemas, artículos y trabajos audiovisuales), la echaremos de menos como persona inteligente y firme en la conversación política, en el encuentro alrededor de la poesía y en el análisis certero de los muchos males que aquejan y duelen a quienes soñamos un país distinto, sobre todo, un país más culto y respetuoso con las personas que han entregado su vida al arte y a la cultura.

Han aparecido ya varios obituarios sobre Guadalupe Grande y seguirán apareciendo. Os dejo a continuación los enlaces a algunos de los que se han publicado: Guadalupe Grande, la derrota innecesaria, de Manuel Rico en El País; el que firman Carmen Ochoa y Antonio Crespo en El Diario, titulado Una llave de niebla en Chamberí (en la muerte de Guadalupe Grande), y Muere la poeta Guadalupe Grande a los 55 años, de Antonio Lucas en El Mundo.

Todos los textos coinciden en destacar su trayectoria vital y literaria. Al margen de los énfasis de cada autor, las palabras duelen ante esta inesperada y temprana muerte. Como me dijo en el tanatorio mientras se velaba el cuerpo de su madre, “la muerte es incomprensible”. Hoy más que nunca esas palabras me resuenan en una herida profundísima. Es la herida por la presencia imposible, las citas y los correos no atendidos, la espera de ese otro día para vernos y llamarnos… Lo que ya no podrá ser.

Celebrar la primavera y la poesía a pesar del coronavirus

Miro el calendario y me recuerda que hoy es 21 de marzo. Estos días de desconcierto tengo que recurrir más de lo habitual a esa cuadricula organizada. El confinamiento forzoso al que nos ha obligado la lucha contra el Covid-19 ha triturado nuestra rutina. Los lunes tienen la misma dimensión del jueves o del resto de días laborables. ¿Qué día es hoy?

Se mantienen y, en mi caso, se amplían las horas de trabajo, convertidas en tiempo a destajo sin café compartido ni charla banal frente al microondas de la oficina. Sin embargo, ha desaparecido todo lo demás: la rutina de caminar, los abrazos de las personas queridas, poder tocar y ver a otros, aplazar ir a algún sitio por cansancio, acudir a mis queridos cines de la calle Martín de los Heros, compartir una caña con el bullicio del bar de fondo, tocar nuevos títulos en las librería que son segunda casa…

Hoy que es sábado podía haber dormido algo más, pero a las 7 de la mañana he abierto los ojos que también se han debido despistar con tantos días de encierro. El calendario me pide que celebre la poesía, ya que ayer pasé de largo ante el inicio de la primavera. Os confieso que estoy abatida y que me cuesta. Que me he puesto a escribir estas líneas como quien afronta un desafío con el que conjurar las lágrimas, la incertidumbre de este tiempo difícil y dolorosamente prorrogable.

Madrid ha amanecido muy gris. Por mis ventanas, que se han hecho cuerpo para acompañar este tiempo de contacto humano restringido, cuesta también encontrar la alegría. El silencio sigue marcando el tono de las calles y quienes pasean a sus perros o hacen cola en la puerta de la farmacia o caminan con las bolsas de la compra, llevan el peso de la lluvia como una carga adicional. Nos hace mucha falta la lluvia, pero hoy da la impresión de que Madrid llora con nosotros. No es la primera vez. Recuerdo aquella manifestación tremenda después de los atentados del 11-M. Acabamos calados hasta los huesos, por dentro y por fuera, manojos de llanto y lluvia.

Igual que entonces, tarde o temprano, esta ciudad que me vio nacer, que amo tanto y a veces odio, renacerá de nuevo, junto a la mayoría de nosotros, con el recuerdo de las pérdidas que conoceremos más o menos cercanas. En medio de este silencio que solo rompen los pájaros también ponemos el miedo en cuarentena. Nos quedamos en casa porque es nuestro deber y porque la calle es un lugar inhóspito donde deambulan seres con mascarilla y ojos asustados que hacen de espejo.

Quería escribir algo más alegre pero no me sale. Quizás porque es el Día de la Poesía y hoy, más que nunca, ella tiene todo el derecho a dictarme las palabras. La poesía es así: sale sola o no sale, te obliga, se impone. Si es de verdad, no se deja llevar por la alegría que no tienes. Pero como es compasiva y siempre fue consuelo, también permite versos abiertos a la esperanza, tan necesaria.

Como os decía, hoy no surgen versos nuevos con los que pueda alentaros, pero puedo volver a mi libro De paso por los días, y buscar un poema de su primavera, donde aleteen los impulsos de la savia que se abre camino incluso en esta horas castigadas. Confío en que tendremos oportunidad de volver a celebrar la caricia y el beso, de compartir poesía en lecturas con público cómplice, de disfrutar la vitalidad de nuestras calles. ¡Salud y poesía, más que nunca!

SORPRESA

La ciudad se sacudió

el frío y la lluvia.

Desterró el gris.

Palabras y brazos

tomaron las acercas.

La ciudad despertó.

De paso por los días. (Bartleby Editores, 2016)

11 de marzo: Homenaje

Desde 2004, el 11 de marzo no ha sido nunca más un día más. Desde entonces es un día orlado de luto en la memoria de muchos, entre los que me cuento.

Aquel día no perdí a nadie directo, a ningún familiar ni ningún conocido por aquel entonces… Pero los años y las circunstancias, el mundo grande que a veces se toca en tres pasos, sí me ha puesto en contacto con personas que no tuvieron esa fortuna. He llorado con ellos. He rozado su dolor sin consuelo. Siguen muy presentes, aunque tal vez ellos no lo sepan. Y hoy, están más que nunca.

Sentí aquel día y los sucesivos una herida difícil de explicar con palabras, un dolor que se renueva de alguna forma en cada aniversario.

Curiosamente, el de este año, con menos boato ceremonial, con menos actos protocolarios ante la crisis del coronavirus, me ha traído muchos recuerdos de aquel día. Porque hoy Madrid, como entonces, también respira y se mueve distinto, aunque por otros motivos.

Igual que en 2004, puro azar, yo he tenido que acudir a una cita médica y he atravesado calles más vacías de lo habitual, menos ruidosas, más latentes y en espera. Avenidas y medios de transporte donde la gente camina gestionando el miedo y la angustia, el no saber qué ocurrirá mañana ni cómo se alterará nuestro amanecer.

Hoy, igual que entonces, somos muy conscientes de nuestra fragilidad, recordamos que somos vulnerables. Y lo que parece obvio se agiganta ante nosotros porque, en lo cotidiano de los días normales, tendemos a olvidar que un instante azaroso puede transformarlo todo y derrumbar la ficción de control que hemos asumido.

El poema de hoy (que no recuerdo cuántos años tiene), se titula HOMENAJE, y está dedicado a las víctimas de aquel 11 de marzo que me sigue dando punzadas. Lo acompaña una fotografía del Bosque del Recuerdo. Curiosamente, la hice en color… pero las nubes y la tristeza de esos árboles la convirtieron en una fotografía tomada en blanco y negro.

Va por ellos, por los que se fueron y los que están con nosotros.

Homenaje

Todo el silencio es el sonido de aquellos días,
pesado y negro como el duelo.

Toda la lluvia es el rastro de las lágrimas,
un mar azul de llanto y palabra suspendida.

Todos los viajes son el camino de su recuerdo,
pasos distantes de quienes quedamos vivos
para llorar por ellos y abrazar su ausencia.

Todos los despertares son la pregunta
del dolor ante el espejo,
la mano que se extiende y vuela,
acariciando el aire.





La navidad de cada quien. Celebra la tuya

Rituales

Tras el cristal,

almendras como rocas.

Tras el cristal,

guijarros dulces

para las felices fiestas.

Tras el cristal,

heridas abiertas

en la mirada del hambre.

Tras el cristal,

almíbar entre adornos,

ajonjolí y canela.

Tras el cristal,

promesas

del mejor mañana

roto a mordiscos,

al alba

del año nuevo.

Antecedentes e inspiración

Este poema, que se encuentra en mi libro De paso por los días (Bartleby, 2016), ofrece el ritual correspondiente a la parte dedicada al invierno.

He dudado mucho si subirlo hoy al blog, porque estoy leyendo muchas felicitaciones de navidad, muchos buenos deseos y no quería ser aguafiestas.

Finalmente, he decido publicarlo porque me apetece dar continuidad a la serie de los poemas titulados ‘Rituales’, de la que ya pudisteis leer la versión correspondiente al otoño, y también porque tampoco voy a ser la primera en señalar que estas fechas tienen una tremenda carga de ambivalencia. Gustan y duelen por igual, generan niveles máximos de filias y fobias. Con toda la energía de las luces festivas y los villancicos, nos ofrecen el contraste brutal de la pobreza que nos rodea, que tal vez se hace más evidente o nos golpea más entre los escaparates deslumbrantes y las bolsas que sabemos reconocer cargadas con lo innecesario.

Es cierto que nunca llueve a gusto de todos, pero en cualquier otra fecha uno puede sentirse afortunado o triste sin sentirse interpelado por una marea general que casi obliga a compartir con otros, a sonreír y a brindar. A medida que la navidad se ha hecho más consumo frente a su carga de celebración familiar y rito religioso, los mensajes de falsa alegría disfrazados de espumillón ficticio lo inundan todo y es difícil discrepar o resistirse. Por eso, paseando por la calle el otro día, me detuve a hacer la foto que ilustra estas líneas, porque el espejo roto reflejando un adorno luminoso me pareció una metáfora, una síntesis perfecta de estas fechas.

No obstante, ante el panorama impuesto de felicidad, lo ideal sería que cada uno encontrase el punto de equilibrio personal para disfrutar de estas fechas. Sin olvidar que el mundo sigue hecho un desastre, sin renunciar a que deberíamos contribuir a mejorarlo, sin provocar disgustos ni avivar conflictos familiares, sin contribuir al derroche energético o de materiales, sin darle prioridad a lo superfluo o a lo que nos hace daño. Ser capaces de disfrutar desde lo pequeño y lo íntimo, desde ese espacio que nos permite estar en paz con nosotros mismos y con lo que nos rodea. 

Poemas para cerrar octubre (2)

RUTINA

Una
tras otra
nacen
con el peso oscuro
de antiguas derrotas

las mañanas de octubre.

(De paso por los días, Bartleby, 2016)

Antecedentes

La semana pasada, en sus Lecturas poético-pictóricas, mi querido Francisco Javier Solé Ribas seleccionó el poema que he publicado sobre estas líneas.

Me sorprendió reconocer que podía haberlo escrito ese mismo día, que podría escribirlo hoy mismo a pesar del tiempo transcurrido desde la aparición de ese libro o aún más si pienso en su momento de escritura. Octubre, con sus tardes cortas y sus hojas mortecinas por las aceras, tiene algo de derrota o, al menos, este año ha vuelto a tener esa impronta.

Tal vez sea mero contraste, porque septiembre es tiempo de esperanza. Para muchos, el año comienza con el inicio del curso escolar. Tras las vacaciones estivales, los propósitos, como los libros recién comprados, resultan nuevos. Según avanzan las hojas del calendario podemos saber cómo llevamos la cuenta de proyectos en curso o alcanzados.

Octubre dejó derrotas, claro, pero también vio nacer este blog, de forma absolutamente azarosa. Así que, a pesar del poema o mejor dicho por él, yo quiero brindar por el otoño. Porque a veces su melancolía es creadora y puede empujarnos en la buena dirección.

Poemas para cerrar octubre (1)

Efecto invernadero

Hemisferio norte. Final de octubre. 

El mercurio se detiene a veinte grados 
y el olor a buñuelos de viento. 

Entre paños de lana y alpaca, 
los maniquíes sudan, se desmayan
con miradas repletas de preguntas. 

Los científicos explican 
movimientos ascendentes
de moléculas en los gases. 

Los sentidos constatan 
las ruinas de este tiempo.

Antecedentes

Con este poema abría mi contribución poética en el libro colectivo titulado La Escombrera, que Legados Ediciones publicó en 2011.

Lo leí en varias presentaciones y puede leerse hoy, cuando seguimos atónitos ante los ciclos alterados de la naturaleza. Parece que tienden a repetirse, formulándonos preguntas que incomodan…

Este octubre que acabará pronto está siendo sorprendentemente cálido y por días, ha resultado desconcertante y frío como la noticia de la muerte inesperada. 

Por cierto, la fotografía es mía y el marco lo puso Calber para una lectura que hicimos en La Casa Encendida. Han pasado muchos años desde entonces, y aquí seguimos, entre abanico y constipado, dando sentido al otoño, que resulta ser una estación que me inspira.

Espero que os guste el poema, y no será el último antes de cerrar el mes.

A la feria

Vuelve a Madrid una de las Ferias más bonitas del mundo… y yo tengo la suerte de poder volver al otro lado del mostrador, en la soleada caseta de Bartleby Editores.

No temáis al calor ni al fuego del ángel caído, que no estará muy lejos. Por mi parte, firmo el mismo libro de hace tres años, cuyo influjo y presencia sigo celebrando. 

Tal vez estoy a punto de ser una autora de esas que se quedan ahí, suspendida de un primer libro quizás prometedor; medio maldita en el río de la vida que quita tiempo a la poesía toda. 

Es posible que sea vuestra última oportunidad y si no, tal vez se os ocurra el nombre de alguien a quien pueda gustarle. La tercera opción, la más segura, apunta a que en la caseta 266 habrá novedades interesantes y muchas sonrisas para quienes vengáis a vernos. ¡El 5 de junio os espero/esperamos!

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