Y ahora… ¿qué?

En el mismo momento en el que guardamos los regalos de reyes y nos deshicimos de sus envoltorios, estábamos dando por finalizado el día de la magia y la ilusión colectivas. Con el mordisco al último trozo del roscón, prometimos iniciar la dieta. Y al volver a encender la tele o el ordenador, los mensajes de buenos deseos se habían esfumado. Con la excusa del debate de investidura, la bronca estaba servida no solo en el lamentable espectáculo proporcionado por algunos de aquellos que el protocolo aún llama “señorías”, sino entre las familias y en las redes sociales, en las barras de los bares y en las pintadas amenazantes.

Con gesto enfurruñado, el 7 de enero arrancó el calendario real de vuelta a la rutina: levantarse antes del amanecer para afrontar la jornada de cada quien, con sus satisfacciones, sinsabores y un remoto horizonte en cuanto a futuras pausas vacacionales.

Y de golpe, como en otras ocasiones, me interpelaba una frase que el personaje del Joven le dice a la Secretaria en la obra teatral Así que pasen cinco años, de Federico García Lorca. Es casi al principio de la misma. Ella le dice “Adiós”, y él la contesta:

– Adiós… ¿y qué? ¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco? ¿Dónde voy?

(Así que pasen cinco años, Federico García Lorca).

No es que me sepa muchos diálogos ni poemas de memoria, pero interpreté esta obra hace muchísimos años, cuando el teatro era algo que me apasionaba y disfrutaba no solo como espectadora (pasión que mantengo), sino cuando me atrevía a estar sobre el escenario y daba vida, por ejemplo, a aquel personaje de la Secretaria escrito por Lorca. 

Reinterpretando el texto y la escena, sentí que los que se despedían eran 2019 y sus últimos fuegos artificiales, mientras todos nosotros estábamos en la piel de ese personaje que se pregunta, en esa frase magnífica y por eso inolvidable a pesar de los años, qué hacer con el tiempo desconocido que se le venía encima.

Mañana será un lunes incontestable. Un lunes que da pie a una semana completa y sin márgenes. La velocidad habitual, las exigencias, el fin de todas las excusas. Podremos empezar a mirar la lista de nuevos propósitos e  intuir las primeras derrotas. Y lo malo no es, como le ocurre al personaje de García Lorca, que no sepamos qué hacer con el tiempo nuevo que comienza ni dónde ir. Lo peor es que sabemos que volveremos a transitar por lugares y momentos que detestamos. Y somos conscientes de que habría que hacer un esfuerzo gigante para intentar cambiar lo que no nos gusta, al tiempo que reconocemos que no todo está en nuestra mano.

Mientras los medios se hacen eco, con la falta de imaginación de todos los años, de los nuevos clientes de los gimnasios o de los que intentarán dejar de fumar; apenas he leído nada sobre transformaciones más profundas, sobre los propósitos que afectan al alma y al espíritu, al fondo emocional de lo que somos. ¿Cuántos pensamientos negativos hemos logrado desterrar? ¿Cuántas personas tóxicas hemos borrado de nuestra agenda de contactos? ¿Cuántos sapos hemos digerido ya con sabor a turrón de almendras?

Es cierto que en pocos días se me ha olvidado la paz y el propósito firmado junto al lago, pero el lago sigue bien cerca. Es cierto que 2020 ha empezado con malas noticias, con la muerte de la madre de un amigo del alma y el sacrificio de un gato de la familia que está muy enfermito, al que acaricié pocos días antes de Reyes. Pero es pronto para rendirse. Aunque el mundo no gire en el mejor de los sentidos posibles y la rutina nos haya golpeado con sus primeras certezas, quedan muchos días por delante.

Así que ante la pregunta del Joven, “¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco?”, la respuesta ha de ser tozuda. Seguir peleando, seguir intentando las metas y los deseos que nos animaban en el primer brindis de 2020. Cambiar lo que no nos gusta y mejorar en primera persona para que sea más fácil levantarse cuando aún no ha amanecido.

Sorry we missed you, la última película de Ken Loach

Sé que al ver las películas de Ken Loach no salgo ilesa, pero aun así no me salto ninguno de sus estrenos desde que le descubrí hace muchos años, cuando Lloviendo piedras (Raining Stones), se proyectó en España tras recibir el premio del Jurado en el Festival de Cannes (1993), y me sirvió para descubrirle.

Cuando me acerqué a los cines Golem de Madrid, esas magníficas películas sin palomitas, y compré la entrada para Sorry we missed you sabía que me arriesgaba a salir conmocionada, pero también estaba segura de que iba a ver una película que merecía la pena.

Una vez más, el nuevo trabajo de Ken Loach me pareció lúcido y portentoso, una obra de arte capaz de presentarnos de forma brillante y dolorosa algunos de los ángulos hostiles de la realidad. Esas afueras de Newcastle, esas historias de precariedad vital que se desarrollan en los márgenes menos soportables de nuestro sistema económico, podrían ser la de cualquier barrio humilde de nuestro país, y todos conocemos a alguien que se parece a Ricky, a su mujer Abby y a sus hijos Seb y Liza Jane. También puede que no hayamos hablado con ellos, pero nos hemos cruzado con sus miradas en el metro.

Un guion sobre los trabajadores pobres

El guion de Paul Laverty es como siempre inmejorable, lleno de matices y muy sabio para detener la dosis de dolor en ese punto donde puede resultar intolerable. La injusticia se hace fuerte en los recovecos del amor y la ternura, en la fortaleza de una familia humilde cuyos afectos se resienten por culpa de la brutalidad del afuera. 

Los actores, tan veraces, tan de carne y tan al límite de las fuerzas, logran ese estado de gracia en el que los personajes que interpretan y su persona son lo mismo. Y una les ve en la cocina, en el salón, cogiendo el autobús o peleando con la vida y les reconoce. Y más allá de reconocerles, se plantea por qué hemos asumido como normalidad la barbarie que condena a la marginación a los trabajadores que a pesar de serlo, son pobres. Esa porción creciente de las estadísticas se deja la piel para progresar y ofrecer un futuro a sus hijos, al margen de que la voracidad de un capitalismo sin escrúpulos ha vendido su sudor y sus ganas de salir adelante a precio de saldo.

Fuera del cine, la ciudad de Madríd había encendido las luces navideñas. En el metro, de vuelta a casa, muchos iban con bolsas y los anuncios nos avasallaban desde todos los ángulos con el dichoso Black Friday, y con una infinidad de aplicaciones que nos proponen cualquier oferta y servicio a golpe de clic.

Los personajes de la película, sus historias, su sufrimiento se me hacían un nudo en medio de toda esa parafernalia. Sorry we missed you, aunque no se considera un documental, tiene todo el peso de una realidad injusta y despiadada.

La cara oculta de la economía low-cost

Ha sido fácil hacernos creer que podíamos pedir la comida a domicilio sin sobreprecio y a tiempo récord, que los productos son más baratos aunque hayan recorrido miles de kilómetros y hayan consumido mucho combustible dejando una huella ecológica insostenible. Pero todo eso es mentira.

Detrás de lo barato se esconde la precariedad de alguien que hemos hecho invisible o hemos llamado emprendedor. Ellos, los falsos autónomos de Glovo o Deliveroo, los repartidores que trabajan para empresas intermediarias de Amazon, son la última versión de una esclavitud moderna que se desenvuelve a través de plataformas digitales donde se calculan sus horarios, su productividad y su disponibilidad sin tener en cuenta un mínimo de justicia social y laboral. Por supuesto, de valores éticos, ni hablamos.

En los créditos de la película había una línea en la que seguramente reparamos muchos de los espectadores, que estábamos aún aturdidos cuando dieron las luces de la sala. Esa línea agradecía los testimonios de los conductores con los que habían hablado para escribir el guion. Sin sus testimonios hubiera sido imposible levantar una película tan alarmantemente verdadera.

El otro colectivo laboral precarizado que la película refleja de forma magistral es el de las mujeres cuidadoras, las invisibles de la dependencia. Gracias al personaje de Abby, vemos sus jornadas contra reloj para atender a los más vulnerables: ancianos, enfermos, demenciados. Personas solas que en su cuidador tienen un apoyo cuya nómina es miserable gracias, en parte, a esa cadena de contratas y empresarios oportunistas que acaba gestionando servicios sociales básicos. 

Ken Loach lo explica magistralmente en algunas entrevistas: “el sistema ha llegado a la perfección, con el obrero obligado a explotarse a sí mismo para sobrevivir”. Tal vez para esta película no ha hecho falta recurrir a la imaginación, pero son indiscutibles el talento y los ojos bien abiertos para saber contarlo como lo hace él. ¡A sus 83 años!

Adiós a Paca Aguirre

La primera vez que hablé con Francisca Aguirre fue en 2011, en los jardines de la Residencia de Estudiantes, mientras ambas hacíamos tiempo para una lectura de Ledo Ivo. Su hija nos presentó y nos dejó conversando como si fuéramos cómplices aunque nos acabábamos de conocer. 

Gracias a ese momento de confidencias en solitario pude vencer mis miedos y decirla que la admiraba y era un ejemplo para mí. Su etiqueta como poeta «tardía», (había publicado su primer libro con 42 años), me hacía albergar esperanzas. En aquel momento yo andaba a vueltas con un libro, confiando acabarlo pronto en una especie de sortilegio mágico en el que ella era inspiración y guía. Recuerdo que me dijo que no tuviera prisa. Que a ella le había dado tiempo a todo. 

Desde ayer, cuando el telediario me dejó estremecida con la noticia de su muerte, he rememorado aquella conversación y los encuentros que vinieron después: los literarios y los informales en los que además de la poeta pude descubrir a una mujer valiente y generosa, testigo y memoria, lucidez y calor.

Agradezco al tiempo que los 88 años vividos la hayan permitido disfrutar de merecidos homenajes y reconocimientos en los que siempre se mostraba feliz como la niña feliz que no pudo ser. Esa mirada emocionada y emocionante tan llena de brillo y matices se ha apagado, pero nos quedan algunos recuerdos memorables y toda su obra para mantenerla cerca.

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