Viajar para volver a ser

Si no fuera porque ya la escribí, esta entrada podría titularse “Sin noticias de mí”. He dado un respingo al verme en abril y ser consciente de que no escribo en este blog desde que os hice llegar mis mejores deseos para 2023, en un remoto 31 de diciembre.

Abril… La primavera, mi cumpleaños, el día del libro y “el mes más cruel” del calendario, según aquel poema de T. S. Eliot que, en su libro La tierra baldía, lo condenó a la tristeza. Sonrío al poeta desde el propósito de contradecirle. Porque nada me gustaría más que un abril luminoso y esperanzado, un abril que traiga lluvia a raudales y también la energía y la vida del agua buena.

Echo la vista atrás… Reviso lo que no os he contado y anoté en líneas dispersas que no llegaron a conformar un texto cabal. Algunos libros que descubrí en sus respectivas presentaciones: La mujer imposible, de Ana Pérez Cañamares; Bellas damas sin piedad, de Lourdes Martínez; Sinfonía en rojo, de Elisabeth Mulder; Poesía, de Karin Boye; Anna (Capital Semilla), de Gsús Bonilla; Toma de tierra, de Yayo Herrero… La reflexión sobre la palabra y la experiencia poética de Federico Ocaña y Sonia Bueno, quienes en el VI Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, lograron conmoverme y reconectarme con ciertos proyectos; al igual que la ironía y la inteligencia de Enrique Vila-Matas en el Festival Capítulo Uno o el imponente recitado de La tumba de Keats, en la voz siempre vibrante de mi querido Juan Carlos Mestre. Espectáculos de ópera como Arabella, Aquiles en Esciros, La nariz, que disfruté desde ese paraíso que sigo interpretando como un premio; maravillosos conciertos de música de cámara en la Fundación Juan March; exposiciones como “Detente, instante” (una visión panorámica de la historia de la fotografía), o “Revelación”, de Leonora Carrington (que os recomiendo, porque sigue hasta el 7 de mayo en la sede de la Fundación Mapfre de Madrid). Y varias películas que me llevaron a otras vidas y otros tantos libros que, a pesar de su pálpito de deseo y necesidad, se multiplican sin leer y son el testimonio apilado del quiero y no puedo.

Sin duda, no han faltado ocasiones para un crónica cultural… Y sin embargo, otra vez, el cansancio y el llanto se aliaron en mi contra. La muerte de un amigo me paralizó, de nuevo el dolor de las preguntas sin respuesta, al constatar que convertimos la existencia en un remolino donde relegamos lo principal. También me interrogué por el calvario absurdo de la supervivencia, concebida como arrastrar un pie detrás del otro. Reflexioné por los pensamientos saboteadores que paralizan los deseos. Volví a cobrar conciencia de mi debilidad ante el daño que ejercen otros. Y de todo ello, volvió a emerger la sombra de una fractura íntima, demasiado persistente y profunda.

Afortunadamente, marzo me regaló dos viajes que han supuesto un revulsivo: Olomouc y Ginebra. Aunque todo viaje tiene su dimensión de descubrir o redescubrir lugares nuevos, alejados de nuestro mapa habitual, el propósito de ambos viajes no era el turístico, sino, por encima de todo, el abrazo. Visitar a personas que no están en Madrid, y que al abrirnos sus vidas y compartirlas, sirven de palanca para un reencuentro personal; porque a veces, al dialogar y pasear con otros, volvemos a escuchar antiguos latidos, que fueron fundamentales.

En Olomouc, una bella ciudad monumental checa, al recorrer los edificios de la universidad, recordé aquellos cursos remotos de veranos en el extranjero. Aunque se abría un abismo entre presente y pasado, fui capaz de rescatar aquel deseo por aprender y vivir. Estoy segura de que, si pudiera darse el imposible encuentro entre la joven estudiante que fui y la mujer que ha cumplido más de veinticinco años de experiencia profesional, les costaría reconocer la correlación entre los esfuerzos y los logros. Aquella joven se sentiría decepcionada y tal vez fuera capar de echar en cara la palabra fracaso a la otra. Sin embargo, esa misma, con el peso y el paso de los años, tendría que explicarle que la vida no es tan fácil y que quizás el gran error sea apostar por lo absoluto. Hay elecciones, decisiones y azares que marcan las cartas del futuro. El balance del presente quizás no sea el que alguna vez se soñó, pero a estas alturas empezamos a entender que los sueños rara vez se cumplen. En algún momento, más que a los sueños, apostamos a la realidad y ésta, desde su prosaísmo, nos mantiene pegados a la seguridad del suelo, en un moderado equilibrio más material que emocional. En Olomouc, me encantó visitar la biblioteca universitaria, repasar los anaqueles, recordar miles de horas de estudio… La idea quedó en el aire y, quizás no sea tarde para un nuevo curso, con un cuaderno especial; formalizar una matrícula y volver a esforzarse por la mera satisfacción personal.

Ginebra, la histórica ciudad refugio a orilla del lago Lehman, me resultó acogedora nada más aterrizar, aunque habían pasado muchos años desde mis visitas anteriores. A pesar de la noche, el paisaje y las calles resultaban reconocibles. A pesar de la falta de lazos de sangre, un piso distinto era un hogar lleno de abrazos y deseos de ser hermana y tía. Y es que los años también me han enseñado que la familia enmarcada por dos apellidos se puede ampliar con personas que encontramos fuera del techo que nos dieron nuestros padres. Los primeros días fueron familiares: acompañar al colegio, ayudar a recortar o colorear, redescubrir el juego y el lenguaje, disfrutar del aire libre en un paisaje verde, compartir la inocencia de la risa… Y con todo ello, el viaje hubiera sido perfecto para devolverme a un mundo de afectos y manos, de palabras que acompañan y consuelan, de existencias que se hacen más fuertes en los aprendizajes compartidos. Pero, además, disfruté de algunas horas libres y solitarias en las que recuperé la sensación de viajera. En ellas, al volver a hacer fotos, afloró el placer de la mirada que intenta atrapar una belleza distinta y al mismo tiempo, atrapa al testigo. Curiosamente, las imágenes que iba atesorando en el móvil, me iban revelando lo inesperado. Así, en una foto donde aproveché un cristal que hacía de espejo salí desenfocada y en un selfi con un paisaje azul y repleto de edificios, el fondo salió quemado y sin contraste, mientras yo sonreía. En ese momento en el que, perpleja ante el resultado, intentaba otro enfoque, peleando con un viento fortísimo en la torre de la catedral de Saint Pierre y un brazo demasiado corto para un buen encuadre, apareció un turista que se ofreció a hacerme la foto. Aunque me gusta hacerlas a mí, su sonrisa y su disponibilidad me convencieron. Y le reconocí que era mi mejor retrato de aquel día. Enseguida junté las piezas de la jornada, y concluí que somos mejores cuando nos dejamos ayudar.

Volver a ser es un camino largo y consciente, personal y acompañado. Habrá días grises, pero a falta de luz, me aferraré a otras manos y voces. Habrá que ir desterrando, de una vez por todas, esas certezas absolutas que sólo enmascaran excusas. Habrá que reconocer y buscar un equilibrio entre suelo y cielo, realidad y proyectos. Habrá que volver a ser lo mejor de aquella joven que fui, con la experiencia acumulada y la certeza de que la vida es el gran viaje que tenemos al alcance.

La traviata. Volver a la ópera

El Teatro Real levantó el telón hace algunas fechas. La traviata, que estaba prevista para abril y llegaba ahora en versión semiescenificada, nos volvió a convocar a una cita repleta de precauciones que atendí dispuesta a disfrutar de la experiencia teatral secuestrada durante meses.

Voy a la ópera desde hace unos pocos años gracias a una sucesión de carambolas que me permitieron disfrutar de un género y un espacio que consideré inaccesible durante demasiados años. No obstante, regresar al Teatro Real no fue recuperar la experiencia conocida y no sólo por la obligatoriedad de la mascarilla. Hubo que llegar con mucha antelación y nos esperaba el gel para las manos, la desinfección del calzado, la toma de temperatura… Todos los espectadores teníamos indicaciones sobre los turnos de acceso y salida, los aseos y las zonas de bar que correspondían a cada localidad. El uso de ascensores estaba restringido a personas con problemas de movilidad y los programas de mano impresos, ideales para entretener el ancho tiempo de espera, había que pedirlos al personal de sala, como quien pide un tesoro que recibíamos con la instrucción de intransferible, como si todo lo palpable fuera amenazante.

El teatro no era el mismo. El aforo estaba muy restringido. Fuimos entrando de a poquitos, sentándonos entre butacas precintadas que impedían el contacto entre espectadores. Los primeros en entrar y los últimos en salir seríamos los del paraíso, ese espacio más económico cuyo nombre siempre me ha parecido un guiño y feliz hallazgo. Los minutos previos carecían del bullicio habitual, imperaban el silencio y las ausencias creadas por aquel inusual vacío. Se respiraba cierta tristeza, pero también buena disposición de ánimo, la que nos había impulsado a estar allí, intentando la normalidad de un espectáculo que prometía ser inolvidable desde una entrada suspendida en la sexta planta, donde se divisaba un escenario difuminado por una suave neblina.

Un recibimiento con voz en off

Cuando bajó la luz de la sala, se escuchó la inconfundible voz de Iñaki Gabilondo que nos daba la bienvenida y las gracias por haber vuelto a un teatro que había sufrido noventa días de silencio. Recordó a fallecidos y enfermos, la labor de los sanitarios y de todas las personas que han mantenido la actividad y el pulso de la vida durante la pandemia y concluyó con el deseo de reconquistar la normalidad, citando de paso a Pérez Galdós y lo que él llamaba “la energía cívica de los españoles”. Ojalá, me dije. Esas palabras fueron el primer nudo en la garganta, el primer aplauso y un emocionante prólogo a la música de Verdi que empezó a sonar llenando el aire.

Una expectadora siempre debutante

La traviata arranca de forma maravillosa con una pieza musical que parece susurrar el nombre de su compositor, tan reconocible en esos acordes iniciales. Lo digo como lo siento. Yo no sé casi nada de música. En mis años escolares, tuve que sufrir aquellas partituras inanes con las que sacar aire de una flauta desafinada, y aquella experiencia podría haber generado un odio irreconciliable, pero afortunadamente no fue así. Después, han venido conciertos y programas de radio, sobre todo, la instrucción permanente de Radio Clásica y el placer autodidacta. Aunque lamento mi escasa cultura musical, a día de hoy, tras varios años yendo a la ópera, cada cita me llena de curiosidad y me garantiza el riesgo de los recién llegados. No sé lo que me espera, no he visto las óperas en varias versiones ni conozco muchas de ellas como les ocurre a los grandes aficionados, pero en su transcurso, sé lo que me gusta y lo que no.

Algunas óperas se hacen cuesta arriba en ciertos momentos, son largas, pueden suponer más de dos, tres o cuatro horas de duración; pero la mayoría son un espectáculo increíble donde la música de los instrumentos y las voces de los solistas y sobre todo del coro (¡me encantan los coros!), cuando canta completo, me hacen vibrar de una forma única. Y todo ello sumado a una gran parafernalia de luces, escenografía, vestuario y montaje, en un teatro monumental que es también una gran obra de ingeniería escénica, donde se pueden permitir todos los recursos técnicos, es una verdadera gozada para la vista y el oído. Lo que no quita que también sepa disfrutar de un teatro minimalista, de paredes negras y desnudas y actores en el cuerpo a cuerpo con el texto. En el ámbito cultural, afortunadamente, nada es excluyente.

La traviata más inolvidable

El programa de mano comentaba que el estreno de esta obra fue en su día, allá por marzo de 1853, un tremendo fracaso. Un fracaso que me interpelaba desde la belleza que yo estaba experimentando. Los años, los siglos no nos hacen iguales. Parece ser que la sociedad del XIX no soportó ciertos matices en el marco de un argumento que a día de hoy resulta inasumible en muchos aspectos, con obsoletos códigos de honor, el rol que asigna en función del sexo o la posición social y la sentencia sobre el pasado de una mujer que ha intentado reescribir su destino junto a un hombre valiente. En aquellos momentos, el propio Verdi convivía con una mujer que no era su esposa, y La traviata fue vista como una provocación.

Desde mi experiencia de los meses recientes y el contexto actual, sin embargo, La traviata parecía la premonición de la calamidad. Y a pesar del canto y el brindis hedonista del primer acto, ese brindis que hemos escuchado mil veces y podéis ver sobre estas líneas, cobraba fuerza la sombra de la enfermedad que, desde el primer acto, late entre los temores que manifiesta Violeta.

Al ver cómo iban vestidos y cómo actuaban los interpretes o la disposición del coro tampoco podía esquivar la maldita covid-19. Yo estaba en el teatro dispuesta a olvidar el afuera, pero la omnipresencia de la realidad lo hacía imposible. Los cantantes no se tocaban, las distancias interpersonales se habían calculado para que la obra no perdiera ni un ápice de verosimilitud aunque ellos no podían traspasar los límites establecidos. Por su parte, cada integrante del coro permanecía en escena dentro de una cuadrícula roja que delimitaba su espacio. Me parecía increíble que Violeta y Alfredo fueran capaces de cantar el amor y la pasión sin rozarse, que un coro pudiera interpretar al unísono, tan maravillosamente como siempre, a pesar de no tenerse ni escucharse tan cerca como suelen hacerlo. La escenografía creada por espacios estancos y permanente contribuía al aislamiento de las escenas sin que hubiera necesidad de mover el mobiliario ni de hacer entrar o salir a nadie más al escenario. Toda la sobriedad del color, tanto en la escena como en el vestuario, concebida en la gama de blanco, gris y negro, parecía remitirnos a una situación de alivio de luto, con la salvedad del vestido de fiesta de Violeta, rojo y vibrante, acorde con la cuadrícula del suelo.

Aplaudimos cuando no tocaba aplaudir, agradecimos cada aria, cada momento memorable. Nos recompusimos de la tristeza del entreacto, de los pasillos y la barra del bar semivacíos, de la desinfección constante del personal de limpieza dispuesto en los aseos, y volvimos a nuestra localidad para asistir a un final que, a pesar de esperado y conocido, me hizo romper a llorar como hacía tiempo no me ocurría en un teatro. Los amantes se reencuentran cuando Violeta ya agoniza… y ella canta, dice “muero en tus brazos”, en mitad de una cama gigante, donde es imposible que su enamorado la toque. Y en ese momento, mi cabeza se fue más allá de esa escena y no pude dejar de pensar en esas otras muertes sin el abrazo físico de sus seres queridos. Por eso, me debía ser imposible contener un llanto inconsolable que transcendía la representación.

Al acabar, fueron largos los aplausos y el reconocimiento entre público e intérpretes. Desde el escenario y los asientos agradecimos a los otros que estuvieran allí porque el teatro no puede darse en ausencia de uno de ellos. Y aunque siempre que acaba una representación de cualquier género y en cualquier local, me disgusta el gesto de los espectadores que salen escopetados y ni aplauden, el otro día no les era posible. La salida, igual que la entrada, estaba pautada siguiendo unas instrucciones que tenían mucho de orden escolar, saliendo por filas; y aunque hubo algunas excepciones de quienes creyéndose «marqueses de casa nadie» insistían en poner en un brete al ejército de jovencísimos acomodadores parapetados tras visera plástica y mascarilla, no lo lograron y salieron a su debido momento. Abandonamos el Real recorriendo escaleras y vestíbulos ya desiertos, y al llegar a la calle no había rastro de los grupos que otras veces se quedaban de charla comentando el espectáculo o decidiendo donde ir a tomar algo.

Sé que en el anterior texto publicado en este blog, titulado Fin de ciclo, dije que estaba cansada de escribir de lo mismo y dimitía del monotema, pero con estas líneas asumo mi fracaso y soy consciente de que lo ha empapado todo.

Aunque he intentado recuperar mi normalidad anterior y he regresado al teatro, al cine, a ver exposiciones y al encuentro con amigos… la realidad sigue ahí, desafiante y cabezota, condicionando ambientes y percepciones, conversaciones, gestos grandes y pequeños.

El arte, que nos hace tan esencialmente humanos, no puede aislarnos de aquello que nos está atravesando cabeza y corazón; pero creo que ayuda a vivir y por eso os animo a volver a esos espacios que nos permiten soñar sobre otros mundos o replantearnos el que tenemos ante nosotros.

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