Escribo en este 31 de diciembre mis mejores deseos para el nuevo año, y los comparto anhelando que se cumplan. Ojalá pulsar las teclas de los números que conforman el 2021 fuera suficiente para conjurar todo lo vivido en el año que dejamos atrás. Aunque sabemos que la última campanada y los brindis no aseguran la felicidad, esta nochevieja, como nunca antes y de forma global, necesitamos pensar que es posible. Así, aferrados a lo simbólico, estamos imaginando los meses por venir con la misma ilusión de las cartas infantiles a los reyes magos. En ellas, soñar y pedir era y es posible, y a veces, además, todo o buena parte llega a cumplirse.
Escribo y lo pido: buenos momentos, abrazos reales y mucha salud. Y me gustaría hacer magia y convertir las palabras en gestos físicos y profecías cumplidas. Como todos los años, también hago balance. Reconozco la carga de lágrimas que ha dejado 2020. Cuesta buscarle el lado bueno, pero lo ha tenido, porque seguimos latiendo y nos leemos, porque a pesar de todas sus turbulencias, hemos resistido momentos difíciles en los que nos han faltado hasta el aire de los parques y las caricias. 2020 no ha sido fácil y seguramente por eso, nos ha ofrecido una ruta acelerada por nuevos aprendizajes: sobre nuestra fortaleza y nuestra fragilidad; sobre las personas que nos resultaban imprescindibles, ya fuera en lo íntimo o en lo social; sobre el sentido del tacto y las muestras de afecto; sobre el valor de las sonrisas; sobre el miedo y la incertidumbre; sobre el verdadero sentido de palabras como solidaridad y compromiso; sobre la necesidad de estar en la naturaleza y ampliar el horizonte del paisaje.
Como siempre, junto a estas líneas comparto una fotografía tomada en 2020. Este año es raro también en eso. En el mismo momento de hacerla, allá por el mes de junio, supe que sería mi tarjeta de felicitación. Desde marzo, los niños pintaron arcoíris como símbolos de esperanza. Con la lluvia incesante de algunos días, con las tormentas meteorológicas reales que se sucedían ante mis ventanas, creo que este año he visto más arcoíris que nunca. En cada uno de ellos, al término de chubascos enfurecidos que intentaban desterrar tanta tristeza, quise ver un tiempo nuevo. Este me sorprendió en un parque, rodeada de árboles, y quise creer que tendría poderes mágicos. Ojalá.
En estas horas últimas de 2020, os deseo un 2021 lleno de buenos momentos y buenas noticias; en el que seamos capaces de disfrutar con lo que nos rodea, buscando la luz y la calma que tanto reconfortan después de cada tormenta. La precaución, la confianza y la experiencia deberían hacernos más sabios para apreciar lo fundamental y afrontar así el tiempo por venir. Y todo ello, rodeados de afecto y cariño, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles. ¡Feliz 2021!
Llevo casi dos meses sin publicar nada en este blog. El tiempo se ha tornado extraño de nuevo. Mi espacio exterior se volvió a cerrar y limitar por unas semanas. Lo pienso y me pregunto si esas restricciones no afectaron también a las palabras, al fluir que persiguen. Si al decir “cierre perimetral” y enmarcar ciertas calles, no se condenaron, de forma inconsciente, otras actividades posibles. Si la prohibición no ejerció más fuerza sobre mis pensamientos que sobre mi cuerpo. Si bajé los brazos y aplacé los sueños. Otra vez. Golpeada en lo hondo. Noqueada ante un perímetro caprichoso que me negaba los árboles más altos, cansada de tanta restricción acumulada. Algunos lo han llamado “fatiga pandémica”. Yo lo llamo fatiga a secas. Fatiga. Y coincido con María Moliner, letra a letra.
“Fatiga:
Sensación que se experimenta después de un esfuerzo intenso o sostenido, físico, intelectual o moral, de falta de fuerzas para continuar con el esfuerzo o trabajo, a veces acompañada de malestar físico consistente especialmente en dificultad para respirar”.
Diccionario del uso del español. Es decir, la gran obra de María Moliner
Fuera de casa, el otoño era y es un consuelo. Ayuda a respirar con su belleza pausada. Casi en un susurro, nos ha sugerido que el cambio de las hojas, la transformación de los colores y el principio de la desnudez de los árboles promete un nuevo ciclo. Un reinicio, una renovación. Ojalá. Lo necesitamos como nunca. Necesitamos creer en un tiempo nuevo, tanto es así que confundimos esperanzas con certezas, vacunas con garantía de salud. Lo confundimos todo en nuestro deseo de aferrarnos a la magia de la bondad que estaría por venir. Un tiempo amable que nos cure.
Alcanzado diciembre, pesan los días del calendario como ningún otro año. Es cierto que siempre vamos arrastrando cansancio, que el tiempo laboral se hace arduo, pero este año es distinto. Desde marzo, nuestra vida se ha llenado de restricciones y palabras que condicionan nuestra existencia; hemos sufrido diversos embates de dolor y llanto, en una proporción mayor que ningún otro año; las calles han sido un espacio donde el miedo y la tristeza han dado protagonismo al trino de los pájaros. Un canto que rompía el silencio, sobresaltado por las sirenas de emergencia. Una melancolía generalizada ha disfrazado nuestras miradas, más resignadas, más conscientes, más dolidas.
Es difícil calcular cuando volveremos a ser los que fuimos, si será posible. Estamos aún en la grieta. Y aunque hay momentos de reencuentro y risa, aunque hemos recuperado cosas que un día fueron normales y luego no (tomar un café, ir a un cine, hojear novedades en una librería, hacer una pequeña escapada, pasear sin horarios), aún hay límites que marcan muchas diferencias con el tiempo anterior. Entre ellos, la posibilidad de abrazar y hacer planes. También su combinación, la posibilidad de planear un viaje o un encuentro para abrazar a otras personas, a las que viven en otra provincia o país, y forman parte de nuestras vidas.
La incertidumbre y el temor están ganando la partida. Nos podremos ver si no hay limitaciones de movilidad, si las normas de mi zona y tu zona son las mismas, si tú no tienes miedo, si ni tú ni yo tenemos síntomas. El condicional ha venido para quedarse y construir el presente.
Los mapas de carretera que, en otro puente de la Constitución, hubieran tejido los itinerarios de millones de personas hoy son, como en la fotografía, el escenario difuso de direcciones borradas por el agua de la lluvia, la fuerza de la tormenta y el rastro del otoño. Las indicaciones apenas son legibles, visibles, pero se intuyen tanto como nuestros deseos silenciados.
A veces una imagen lo explica todo. Se planta ante nuestros ojos y es un espejo, una afirmación, una sentencia. Somos los huéspedes de un tiempo y un espacio detenidos en un paréntesis con el que no contábamos. La vida que fluía mes tras mes, de festivo en festivo, dándonos una pausa de libertad y aire entre las obligaciones, se ha esfumado en la sucesión de los días que nacen iguales entre las mismas paredes y similares rutinas.
En otro tiempo, nos acostumbramos a recuperar las fuerzas a base de escapadas y actividades especiales que hoy resultan imposibles, y las hojas del otoño son el bálsamo al alcance. Caen ante los ojos como las hojas del calendario, como los deseos que no pudimos o supimos cumplir. Caen y dejan la senda del nuevo brote, ese milagro de la vida en el que hay que seguir creyendo. También en días como hoy, como mañana. Escribirlo tal vez sea la forma de empezar a creer.
De un tiempo a esta parte, muchas veces me ha venido a la cabeza Francisca Aguirre, y aquel decir suyo de la escritura para conjurar la locura. La he buscado en Internet: «Escribo para no andar a gritos y para no volverme loca. La poesía tranquiliza. A mí me ayuda. El mundo es injusto pero el lenguaje es inocente», la frase aparece citada en la noticia de su muerte que ofreció el periódico Información.
En ese escribir para no enloquecer no debió ser la única ni la primera, igual que tampoco soy la primera ni la última en suscribirlo. Yo también escribo para no volverme loca. Y desde mayo, cuando pudimos volver a pasear, recuperando ese gesto tan humano tras una prohibición que duró un mes y medio, también paseo para no volverme loca. Y durante el paseo, saco fotografías, busco la imagen capaz de salvarme.
Paseo para recuperar el placer de caminar sin tener destino ni propósito concreto, para poder refugiarme bajo la sombra de los árboles. Hago fotos nuevas, para buscar otra mirada y también el pie a partir del que poder escribir otras cosas, para descubrir otra realidad en la realidad que me rodea, para encontrar resquicios de belleza en esos espacios cotidianos y próximos.
Escribo, paseo y hago fotos para no volverme loca. Y todo ello en una búsqueda, casi inconsciente, de dar un cierto sentido a este sinsentido, para hallar vida más allá de tanta muerte, tanta pesadumbre y tanta tristeza. La palabra, el camino inesperado y la imagen que salen al paso son una medicina improvisada, un placebo que no siempre funciona pero que pruebo a falta de otras opciones.
Al pasear, camino rápido, como si mis pasos quisieran romper este tiempo detenido, alejarme del presente, atravesar esa niebla fina con la que nos han cubierto los planes de futuro, los abrazos que no vamos a dar. Camino rápido como si quisiera huir de esta pesadilla.
Hago fotos. Con la ansiedad de quien no respira, mis ojos buscan el oxígeno de otro mundo en el mundo al alcance. Como si fuera una turista de mis calles, como si pudiera reconciliarme con los rincones de esta ciudad cada vez más golpeada, nuevamente golpeada, cuyo nombre vilipendiado se arrojan a la cara unos y otros, sin tener en cuenta que es mi casa, nuestra casa, la casa de tantos.
Me reconforta la luz del atardecer. Madrid sabe atardecer como pocas ciudades. Los anaranjados, los violetas y azules se mezclan y evocan la luz de Velázquez y de otros muchos. Al salir a la calle o desde la ventana tenemos postales diarias que muchos días han servido de consuelo.
Y escribo. Apenas pude escribir nada durante el primer confinamiento, aquel que marcó los meses de marzo, abril y mayo de este año. Forcé las palabras para mantener vivo este blog que echaba a andar, pero no hubo poemas ni letras dignas de mención más allá de aquellas entradas.
Sin embargo, ahora siento que las palabras se agolpan dentro de mí con las mismas ganas de salir corriendo que agitan mis pies y mis ojos. En estos días, se multiplican los renglones escritos en libretas de todo tipo porque si las palabras se me quedan dentro, me volveré del todo loca.
El otro día me sorprendió la imagen de un ovillo de tul, al que habían ido a parar varias cacas de perro en el alcorque de un árbol. No me detuve a sacar una foto de aquel bodegón feo y extraño, donde la delicadeza del tejido se amalgamaba con la desidia y la mala educación humana, con la degradación cotidiana. Iba con prisa porque me cerraban una tienda en la que tenía que recoger un encargo. Iba con esa prisa torpe que nos impide detenernos a mirar, esa prisa que pervive en la nuca de los urbanitas como si fuera el hierro con el que se marca el ganado.
Seguí caminando sin que la imagen desapareciera de la cabeza. En mi obsesión, pensaba en aquella tela tejida para otros usos y mejor fin. Absurdamente, agradecí que la tela no sintiera ni supiera, que ignorase su destino de inmundicia. Inevitablemente, pensé en cuantas cosas se hacen y acaban igual, revueltas en basura ajena, pervertidas de su sentido original, del afecto y el mimo con el que se llevaron a cabo. Cuantos trabajos, cuantas tareas vilipendiadas por el impacto de los otros, cuanto tesón revolcado hasta hacernos sentir que nada vale la pena. Y me salían ejemplos dolorosos en todos los ámbitos, desde ese plato de comida familiar que no recibe una palabra agradecida sobre la mesa a los espacios profesionales donde tantas veces el buen hacer acaba en nudo y fracaso. Aquel trozo de tul descartado iba despertando un remolino de dolor. Conectaba con cuanto se ofrece a diario para ser desmerecido, con la palabra que se malentiende y acaba siendo pesadilla nocturna.
Estaba en esas derivas de tules y derrota, cuando se me cruzó insistente, el tul rojo que llena de sentido la última película de Iciar Bollaín, titulada La boda de Rosa. Confieso que había visto el tráiler y no me acababa de convencer (un día habrá que escribir de los tráilers, que tan pronto hunden películas que merecen la pena como nos invitan a tragarnos bodrios de los que hábilmente han seleccionado lo mejor). Pero las opiniones elogiosas de ciertas personas me quitaron las reservas. Y qué alegría. ¡Gracias!
Reconozco que me gusta como dirige y las historias que elige Iciar Bollaín. La he seguido desde que en 1995 estrenara su primera película como directora, aquella Hola, ¿estás sola? que me puso, nos puso, ante un cine que hablaba de mí, de nosotras. Después he visto la mayor parte de su filmografía (Flores de otro mundo, Te doy mis ojos, Mataharis, También la lluvia, Katmandú, un espejo en el cielo, En tierra extraña, El olivo…).
Como en su primera película, con La boda de Rosa vuelve a ofrecerme un espejo personal y generacional, un espejo marcadamente femenino. No dudo que haya espectadores que se quedarán con la risa, la sonrisa de la historia, que digan, como las señoras que estaban cinco filas mas atrás, que les ha parecido «entretenida».
Pero la película es mucho más que la peripecia que presenta. La historia se construye sobre el silencio y la incomprensión familiar, lo que acabamos siendo, guiados por el mandato de no desobedecer y cumplir el plan trazado. La película son las relaciones familiares que se mantienen, gracias al peso del amor y el lazo filial, sobre lo que no se dice, lo que se teme, lo que se calla, lo que nos duele o nos avergüenza. La película es la historia de una mujer que toma una decisión, una mujer que por primera vez quiere escribir el guion de su vida y, tal vez lo más original, necesita que las personas a las que quiere la acompañen en ese viaje personal y plenamente consciente.
Es fácil reconocerse, reconocer a las decenas de Rosas que nos rodean. Esas mujeres con manos para todos, que olvidan sus deseos por satisfacer las demandas de los demás. Candela Peña está magnífica, como lo estuvo en Te doy mis ojos. Su mirada nos pide el abrazo y el gesto de complicidad mostrando fragilidad y fortaleza en cada secuencia. Además, está acompañada por un reparto en estado de gracia porque su drama íntimo, sus fisuras, sus contradicciones no serían tan creíbles sin la potencia dramática de Sergi López, convencido de su rol de primogénito; sin una hermana como la que encarna Nathalie Poza, en un momento vital que se va cargando de sombras; el padre amoroso, egoísta y hasta cierto punto dependiente que levanta con todos sus matices Ramón Barea; y la vulnerabilidad y la determinación de Paula Usero, la hija de Rosa, que igual que su madre, quiere ser muchas cosas y como ella se empieza a resquebrajar sin decirlo en voz alta, en un espejo de madre-hija que empieza a ser su propio abismo.
Disfruté muchísimo cada minuto de La boda de Rosa. Me emocioné con una historia ajena (o quizás no tanto), volví a escucharme una sonora carcajada después de mucho tiempo. Me sentó más que bien recuperar la luz del Mediterráneo y ese golpe de algarabía posible que entraña la felicidad.
Yo sé que La boda de Rosa es una película, seguramente la que necesitaba en estos días turbios y tristes. Pero igual que creo conocer a muchas mujeres que podrían asumir como suyos varios fotogramas, quiero lograr que esta película sea una señal para mi presente. Personalmente, me quedo con esa batalla contra el miedo, para ver si pensándolo me hago más valiente. Me quedo con ese tul rojo que redime el tul abandonado con el que empezaron estas líneas.
De mayor, es decir, a partir de ya, debería ser yo la que no tuviera miedo, la que no permitiera que nadie ensuciara mis días o el tejido que albergó algunos de mis sueños.
Agosto toca a su fin, y lo hace con el respiro de las temperaturas y con el duelo por la muerte de una de mis tías, la tita Mari. Teniendo en cuenta las restricciones y los kilómetros que había que salvar para, una vez allí, en Jerez, medir besos, abrazos y distancias, la he despedido desde Madrid, recordando los momentos compartidos, cuando agosto era el tiempo del reencuentro familiar y nosotros sumábamos en torno a una veintena de primos que disfrutábamos las playas del Puerto de Santa María o de Rota, convertidas en el mejor escenario de la felicidad.
Al duelo de hoy se suma la nostalgia, un apabullante río de recuerdos. Muchos de ellos agitaron la intranquila madrugada (la noticia era inminente), y siguen aflorando sin que nadie los convoque. También se están sucediendo los recuerdos de otras muertes… Todos los tíos que hoy no están desfilan por mi memoria: el tito Manolo, que dejó viuda a quien se nos marcha ahora; y María Fernanda y Moncho, que se fueron también en sendos días tristísimos de otros veranos; o Lorenzo y Antonia, tan presentes desde sus respectivas ausencias. Todos dejaron huella y hoy, de alguna manera más presentes, vuelven a ser velados y recordados.
Pienso en mis primos y en la piña que fuimos, en las miradas felices y confiadas frente al Atlántico, que nos desafiaba con olas que disfrutábamos a pesar de banderas amarillas y más de un revolcón con sabor a sal y arena. Recuerdo la mirada atenta de nuestros mayores, sobre todo, de ese conjunto de tías que sentíamos como una comuna de madres, que nos vigilaba y nos hacía gestos desde la orilla, mientras nosotros nos divertíamos venciendo la fuerza del mar. Ellas no sabían nadar o apenas se defendían en el agua. Nos miraban y sufrían por nuestra temeridad, pero ninguna nos reñía fuerte. Protegían, cuidaban, daban comidas y meriendas a un verdadero pelotón de críos… pero no se concedían darnos el pescozón que seguramente, en más de una ocasión, hubiéramos merecido. A su grito de «más afuera», respondíamos de puntillas, señalando nuestra cintura o nuestro pecho: «solo cubre hasta aquí». En verano, en aquellos veranos, éramos invencibles y felices. Crecíamos, soñábamos, nuestros cuerpos eran un salto de gigante respecto a los del año anterior.
Ahora sí que hemos crecido, tanto que nos hemos hecho adultos y miramos la vida con otros ojos y el peso de lo vivido. La añoranza gana la partida. Muchos han sido padres y madres, incluso ha comenzado la etapa de las bodas de los hijos de nuestros primos, niños que vimos nacer y crecer, y no consideramos más que primos, aunque sean sobrinos nietos. Ignoro si porque hemos elegido una forma de abreviar o de mantener aquel vínculo que nos dio tanto. La familia se ha multiplicado y extendido en un ramaje que ya no se limita a esa línea recta que imaginábamos entre Jerez y Madrid, el camino de la inmigración que emprendieron en los años sesenta la mitad de los hermanos Martín Romero, ese itinerario que para sus hijos fue el camino de las vacaciones. Ahora algunos viven en el extranjero y otros se mueven de ciudad en ciudad, allá donde el trabajo dicta.
A pesar de las vidas dispersas y los encuentros físicos cada vez más esporádicos, de los años transcurridos y de que cada uno ha construido su propio nido, en estos momentos, cuando nos gustaría llorar juntos y compartir el abrazo imposible de esta coyuntura, emergen la raíz común y los vínculos cimentados en la infancia y juventud… Por eso, estas horas están siendo de tristeza, y las lágrimas se cruzan con los castillos de arena que arrasaba la subida de la marea, las horas eternas de digestión que nos impedían volver al agua, la elección de varios helados con un billete de cien pesetas en el quiosco de la playa, la búsqueda de cangrejos y coquinas, la mesa repleta de gafas y las veces que bailamos y cantamos juntos y celebramos la alegría.
Pienso ahora en las despedidas de aquellos veranos. Despedidas ligeras que no tenían más consecuencia que un hasta luego, aunque iba a transcurrir un año hasta el próximo encuentro. Algunos aún recuerdan que yo me despedía del mar con una solemnidad que no concedía a la familia. En aquel entonces, las llamadas telefónicas eran costosas conferencias reservadas a momentos puntuales, pero el vínculo se mantenía. Algunos de los primos construimos una relación epistolar en la que nos contábamos los días de estudio, los grupos de música que empezábamos a descubrir y las amistades y los amores que iban construyendo nuestra educación sentimental y emocional al margen de la familia. En nuestra cabeza de niños, volver a vernos resultaba inevitable. Y aquella certeza se da de bruces con las despedidas dolorosas y definitivas que hemos vivido después, con el devenir de la vida adulta que nos ha llevado a otros veranos y otros paisajes, a una distancia mayor que, no obstante, jamás se hizo olvido.
Somos y no somos los mismos. Sabemos quienes fuimos y cómo hemos llegado hasta el presente. Cada uno de nosotros habrá adormecido o idealizado la luz de aquellos días rebosantes de azul. También somos los adioses que hemos ido coleccionando, las torpezas y los desencuentros que pudieron alejarnos, que escuecen en mitad de este duelo. Confío en sacar algo bueno de todo esto, aprender a curar y curarme. Quiero creer que la distancia de estas horas servirá para construir nuevos días en los que recuperar aquella ilusión con la que levantábamos torres de arena y buscábamos piedras de colores, derrochando imaginación y alegría.
Si este 2020 se está llevando tantas vidas y tantos planes por delante, habrá que ir tejiendo el camino de vuelta: el de los reencuentros, los abrazos aplazados, las conversaciones pendientes. En suma, recuperar a manos llenas lo que de verdad nos hace felices.
El Teatro Real levantó el telón hace algunas fechas. La traviata, que estaba prevista para abril y llegaba ahora en versión semiescenificada, nos volvió a convocar a una cita repleta de precauciones que atendí dispuesta a disfrutar de la experiencia teatral secuestrada durante meses.
Voy a la ópera desde hace unos pocos años gracias a una sucesión de carambolas que me permitieron disfrutar de un género y un espacio que consideré inaccesible durante demasiados años. No obstante, regresar al Teatro Real no fue recuperar la experiencia conocida y no sólo por la obligatoriedad de la mascarilla. Hubo que llegar con mucha antelación y nos esperaba el gel para las manos, la desinfección del calzado, la toma de temperatura… Todos los espectadores teníamos indicaciones sobre los turnos de acceso y salida, los aseos y las zonas de bar que correspondían a cada localidad. El uso de ascensores estaba restringido a personas con problemas de movilidad y los programas de mano impresos, ideales para entretener el ancho tiempo de espera, había que pedirlos al personal de sala, como quien pide un tesoro que recibíamos con la instrucción de intransferible, como si todo lo palpable fuera amenazante.
El teatro no era el mismo. El aforo estaba muy restringido. Fuimos entrando de a poquitos, sentándonos entre butacas precintadas que impedían el contacto entre espectadores. Los primeros en entrar y los últimos en salir seríamos los del paraíso, ese espacio más económico cuyo nombre siempre me ha parecido un guiño y feliz hallazgo. Los minutos previos carecían del bullicio habitual, imperaban el silencio y las ausencias creadas por aquel inusual vacío. Se respiraba cierta tristeza, pero también buena disposición de ánimo, la que nos había impulsado a estar allí, intentando la normalidad de un espectáculo que prometía ser inolvidable desde una entrada suspendida en la sexta planta, donde se divisaba un escenario difuminado por una suave neblina.
Un recibimiento con voz en off
Cuando bajó la luz de la sala, se escuchó la inconfundible voz de Iñaki Gabilondo que nos daba la bienvenida y las gracias por haber vuelto a un teatro que había sufrido noventa días de silencio. Recordó a fallecidos y enfermos, la labor de los sanitarios y de todas las personas que han mantenido la actividad y el pulso de la vida durante la pandemia y concluyó con el deseo de reconquistar la normalidad, citando de paso a Pérez Galdós y lo que él llamaba “la energía cívica de los españoles”. Ojalá, me dije. Esas palabras fueron el primer nudo en la garganta, el primer aplauso y un emocionante prólogo a la música de Verdi que empezó a sonar llenando el aire.
Una expectadora siempre debutante
La traviata arranca de forma maravillosa con una pieza musical que parece susurrar el nombre de su compositor, tan reconocible en esos acordes iniciales. Lo digo como lo siento. Yo no sé casi nada de música. En mis años escolares, tuve que sufrir aquellas partituras inanes con las que sacar aire de una flauta desafinada, y aquella experiencia podría haber generado un odio irreconciliable, pero afortunadamente no fue así. Después, han venido conciertos y programas de radio, sobre todo, la instrucción permanente de Radio Clásica y el placer autodidacta. Aunque lamento mi escasa cultura musical, a día de hoy, tras varios años yendo a la ópera, cada cita me llena de curiosidad y me garantiza el riesgo de los recién llegados. No sé lo que me espera, no he visto las óperas en varias versiones ni conozco muchas de ellas como les ocurre a los grandes aficionados, pero en su transcurso, sé lo que me gusta y lo que no.
Algunas óperas se hacen cuesta arriba en ciertos momentos, son largas, pueden suponer más de dos, tres o cuatro horas de duración; pero la mayoría son un espectáculo increíble donde la música de los instrumentos y las voces de los solistas y sobre todo del coro (¡me encantan los coros!), cuando canta completo, me hacen vibrar de una forma única. Y todo ello sumado a una gran parafernalia de luces, escenografía, vestuario y montaje, en un teatro monumental que es también una gran obra de ingeniería escénica, donde se pueden permitir todos los recursos técnicos, es una verdadera gozada para la vista y el oído. Lo que no quita que también sepa disfrutar de un teatro minimalista, de paredes negras y desnudas y actores en el cuerpo a cuerpo con el texto. En el ámbito cultural, afortunadamente, nada es excluyente.
La traviata másinolvidable
El programa de mano comentaba que el estreno de esta obra fue en su día, allá por marzo de 1853, un tremendo fracaso. Un fracaso que me interpelaba desde la belleza que yo estaba experimentando. Los años, los siglos no nos hacen iguales. Parece ser que la sociedad del XIX no soportó ciertos matices en el marco de un argumento que a día de hoy resulta inasumible en muchos aspectos, con obsoletos códigos de honor, el rol que asigna en función del sexo o la posición social y la sentencia sobre el pasado de una mujer que ha intentado reescribir su destino junto a un hombre valiente. En aquellos momentos, el propio Verdi convivía con una mujer que no era su esposa, y La traviata fue vista como una provocación.
Desde mi experiencia de los meses recientes y el contexto actual, sin embargo, La traviata parecía la premonición de la calamidad. Y a pesar del canto y el brindis hedonista del primer acto, ese brindis que hemos escuchado mil veces y podéis ver sobre estas líneas, cobraba fuerza la sombra de la enfermedad que, desde el primer acto, late entre los temores que manifiesta Violeta.
Al ver cómo iban vestidos y cómo actuaban los interpretes o la disposición del coro tampoco podía esquivar la maldita covid-19. Yo estaba en el teatro dispuesta a olvidar el afuera, pero la omnipresencia de la realidad lo hacía imposible. Los cantantes no se tocaban, las distancias interpersonales se habían calculado para que la obra no perdiera ni un ápice de verosimilitud aunque ellos no podían traspasar los límites establecidos. Por su parte, cada integrante del coro permanecía en escena dentro de una cuadrícula roja que delimitaba su espacio. Me parecía increíble que Violeta y Alfredo fueran capaces de cantar el amor y la pasión sin rozarse, que un coro pudiera interpretar al unísono, tan maravillosamente como siempre, a pesar de no tenerse ni escucharse tan cerca como suelen hacerlo. La escenografía creada por espacios estancos y permanente contribuía al aislamiento de las escenas sin que hubiera necesidad de mover el mobiliario ni de hacer entrar o salir a nadie más al escenario. Toda la sobriedad del color, tanto en la escena como en el vestuario, concebida en la gama de blanco, gris y negro, parecía remitirnos a una situación de alivio de luto, con la salvedad del vestido de fiesta de Violeta, rojo y vibrante, acorde con la cuadrícula del suelo.
Aplaudimos cuando no tocaba aplaudir, agradecimos cada aria, cada momento memorable. Nos recompusimos de la tristeza del entreacto, de los pasillos y la barra del bar semivacíos, de la desinfección constante del personal de limpieza dispuesto en los aseos, y volvimos a nuestra localidad para asistir a un final que, a pesar de esperado y conocido, me hizo romper a llorar como hacía tiempo no me ocurría en un teatro. Los amantes se reencuentran cuando Violeta ya agoniza… y ella canta, dice “muero en tus brazos”, en mitad de una cama gigante, donde es imposible que su enamorado la toque. Y en ese momento, mi cabeza se fue más allá de esa escena y no pude dejar de pensar en esas otras muertes sin el abrazo físico de sus seres queridos. Por eso, me debía ser imposible contener un llanto inconsolable que transcendía la representación.
Al acabar, fueron largos los aplausos y el reconocimiento entre público e intérpretes. Desde el escenario y los asientos agradecimos a los otros que estuvieran allí porque el teatro no puede darse en ausencia de uno de ellos. Y aunque siempre que acaba una representación de cualquier género y en cualquier local, me disgusta el gesto de los espectadores que salen escopetados y ni aplauden, el otro día no les era posible. La salida, igual que la entrada, estaba pautada siguiendo unas instrucciones que tenían mucho de orden escolar, saliendo por filas; y aunque hubo algunas excepciones de quienes creyéndose «marqueses de casa nadie» insistían en poner en un brete al ejército de jovencísimos acomodadores parapetados tras visera plástica y mascarilla, no lo lograron y salieron a su debido momento. Abandonamos el Real recorriendo escaleras y vestíbulos ya desiertos, y al llegar a la calle no había rastro de los grupos que otras veces se quedaban de charla comentando el espectáculo o decidiendo donde ir a tomar algo.
Sé que en el anterior texto publicado en este blog, titulado Fin de ciclo, dije que estaba cansada de escribir de lo mismo y dimitía del monotema, pero con estas líneas asumo mi fracaso y soy consciente de que lo ha empapado todo.
Aunque he intentado recuperar mi normalidad anterior y he regresado al teatro, al cine, a ver exposiciones y al encuentro con amigos… la realidad sigue ahí, desafiante y cabezota, condicionando ambientes y percepciones, conversaciones, gestos grandes y pequeños.
El arte, que nos hace tan esencialmente humanos, no puede aislarnos de aquello que nos está atravesando cabeza y corazón; pero creo que ayuda a vivir y por eso os animo a volver a esos espacios que nos permiten soñar sobre otros mundos o replantearnos el que tenemos ante nosotros.
Dejamos atrás una primavera apenas vista. Tras meses de encierro, hemos ido saliendo a hurtadillas. Los nísperos y los albaquicoques habían llegado a las fruterías, mientras en las tiendas de moda la ropa de abrigo evocaba un tiempo suspendido. Nos hemos perdido la floración de almendros y cerezos, y al recuperar el paisaje, los parques y los márgenes de nuestras calles eran un espectáculo de margaritas y amapolas rodeadas del desorden y la belleza de otras flores silvestres.
Semana a semana hemos ido recibiendo prórrogas del estado de alarma. Así, obedientes y endurecidos frente a palabras que a pesar de su significado se han hecho rutina, hemos comenzado el verano, que coincide con ese término de ‘la nueva normalidad’, a pesar de que también la normalidad ha sido pulverizada y asumimos vivir en un oxímoron.
Aunque durante este tiempo no hemos podido escalar más que las horas agotadoras de intensas jornadas laborales, huérfanas de afecto y válvulas de escape, pero repletas de incomprensión y sobrecarga, nos explicaron que el alivio sería progresivo recorriendo las cuatro fases de la desescalada.
La historia de Madrid es sobrada y tristemente conocida. Con miles de muertes, sus residencias a la deriva, sus UCIS colapsadas, sus sanitarios dejándose la vida y una gestión política al más puro estilo de Donald Trump, basada en la mentira y el circo mediático, a golpe de foto y de tuit, tapando hechos que deberán ser juzgados.
Como no podíamos pasar de la fase cero a la uno, nos inventaron la cero y medio. Y ahora, que no hemos recorrido el itinerario cabal de los números tres y cuatro, vamos a saltar desde la fase dos a la nueva normalidad, todavía con centros de salud cerrados o muy mermados en sus plantillas.
Madrid nos mata, pero resistimos
Allá va la Comunidad de Madrid, con un gobierno roto que ha ido de desfase en desfase y una ciudadanía dividida entre la prudencia, la vida y la necesidad. Allá va la ciudad de Madrid, que con el mismo nombre que la comunidad no es ni de lejos lo mismo. Ese topónimo común confunde. La comunidad es más grande, es rural y metropolitana, es un enjambre de ciudades y de pueblos aislados, un territorio sumamente desigual. La ciudad, a su manera, es también enorme, y está acostumbrada a la brega, a la dureza y también al disfrute que permite compensar tanta exigencia. Las horas de metro, las jornadas interminables, los horarios liberados que convierten en precariado a tantas y tantas personas, los precios desorbitados de la vivienda, la carestía frente a otras regiones en la cesta de la compra o el transporte… Sí, Madrid sigue matando; y dando vida.
Madrid es un espacio de resistencia, siempre lo ha sido. Basta recorrer su historia: guerras y algaradas comenzaron y acabaron aquí, también revoluciones y graves atentados terroristas. Y a pesar de todo, Madrid resiste, sobre todo, gracias a su gente, venida de todas partes, primero de España y luego del mundo, con ganas de prosperar. Esa energía la ha convertido en una ciudad única y portentosa, muchas veces invivible; sobre todo, cuando no existe la promesa de poder escaparse de ella cada cierto tiempo. Por eso, los que vivimos en Madrid somos gente que mira el calendario. Hasta marzo de este año, los más afortunados, aprovechando un puente, un festivo o una pausa escolar, huíamos en tropel en operaciones salida que nos prometían cambiar de aires y respirar mejor.
A partir del 21 de junio, con el fin del estado de alarma, parece que aquella vieja rutina podrá ser posible de nuevo. En estas semanas de soledad y silencio, en las colas de las tiendas he hablado con muchos desconocidos. Los más mayores, añoraban poderse ir al pueblo, cultivar el pequeño huerto, sentir el pálpito de la tierra que brota y aún es su conexión con la vida. Los trabajadores en activo empezaban a sentir la falta de aire, extrañaban las pausas vacacionales, la maleta y el vivir en otro lado, donde es posible caminar y pensar más lentamente.
Ahora parece que en algunos sitios no seremos bienvenidos. Lo fuimos antes de este virus, cuando dejábamos los ahorros de un trimestre o de todo un año y parecíamos triunfadores en localidades donde llenábamos bares, terrazas, hoteles y playas. Pocos se daban cuenta de que en el fondo éramos unos pobres diablos, en ocasiones compensando la vida de demasiadas semanas laborales sumidas en la náusea.
Puede que ahora ese dinero no valga nada. Que valga más el miedo. Que no nos quieran ni ver. Aunque yo creo que ese rollo de la ‘madrileñofobia’ tiene mucho de invento mediático. Insiste en la tendencia, incrementada por esta pandemia, de seguir destruyendo el lenguaje, inventando lo que no existe para que nuestras vidas sean más raquíticas. En el fondo dará igual. Todos los de aquí, nacidos o residentes, tenemos familiares y amigos en otras provincias y países, y sabemos que sus brazos están dispuestos a acogernos. Con prudencia y respeto, por supuesto. Encontraremos el rincón que nos dé cobijo, el árbol que nos reciba y nos preste su rumor natural para compensar tanto daño. En estos momentos, además, necesito creerlo.
Aire, aire, aire
Yo aún no sé si podré irme, a dónde ni por cuánto tiempo. Los planes quedaron en un extraño limbo cuando el calendario se volvió enteramente lunes. Las novedades me han pillado con la agenda en blanco y el cuerpo fatigado.
Lo que sí he descubierto, con más fuerza en las últimas semanas, es que tengo que dejar de hablar y de escribir sobre la covid-19. Hay otras palabras demandando su espacio entre la garganta y los dedos; otros paisajes, también mentales, que me urgen al cambio de fase.
Sé que el virus está entre nosotros. Sigue contagiando y matando. Pero voy a intentar tomarme unas vacaciones de su campo semántico y de todas las derivadas que ha acarreado y a día de hoy impone.
Con esta entrada, cierro una etapa de escritura sobrevenida, porque yo no elegí el tema. Voy a intentar airearme, en todos los sentidos. Os deseo lo mismo, aire para aliviar las penas del cuerpo y del alma, aire para que esa renovación nos cure de tanto. Buen verano y buena suerte.
Había ganas de pasar de fase aunque el temor de muchos era que lo hacíamos a tientas, que las urgencias económicas no cuadraban con los indicadores sanitarios, que los centros de atención primaria seguían en cuadro, tan destartalados como si por ellos hubiera pasado una guerra y también estuvieran en una incierta tarea de reconstrucción.
El primer día de la fase 1, el lunes 25 de mayo, antes de la hora del paseo, bajé a hacer unas compras y me topé con varias unidades del SAMUR y la Policía. A cierta distancia, no faltaba un grupo extenso de mirones. Debía de haber ocurrido algo muy grave porque el dispositivo ocupaba dos calles, pero pasé de largo sin atreverme a girar la cabeza, preguntándome si aquellos que observaban no habían tenido, hasta ese momento, bastante muerte a la que mirar.
Avancé con prisa. El cielo estaba cargado con la pesadez gris oscura de nubes de tormenta que finalmente rompieron con fiereza. Hechas mis compras, tuve que esperar a que escampara para volver a casa. Lo hice bajo un pasadizo al que llegaba la lluvia, que sentí con alegría sobre el rostro a pesar de la mascarilla. Mientras tanto, a lo lejos, seguía aquel despliegue de policías y sanitarios manteniendo el pulso de nuevo.
La tormenta y el accidente me resultaban avisos de alerta. Las nubes negras, la lluvia torrencial, la muerte que acecha en la esquina parecían reclamar prudencia. Pero al volver a casa pude contemplar un arco iris, el mismo que apareció en uno de los peores momentos de la pandemia sobre Madrid, y lo quise entender como un guiño de esperanza.
A pesar de los temores, la calle era otra
Uno de los alivios del cambio de fase fue acceder a los grandes parques de Madrid. Llegar hasta Madrid Río, por fin sin cintas plásticas prohibiendo el paso, y recorrer La Casa de Campo, donde los amplios espacios y el tamaño de los árboles permiten soñar con otros paisajes y una naturaleza menos domesticada.
Las terrazas estaban repletas. El ruido volvía a ser el habitual a pesar de las distancias entre las mesas, a pesar de los carteles que recordaban que era mejor no abrazarse ni estrechar las manos. El trajín de los camareros hacía sentir que la ciudad comenzaba a recuperar el pulso después de haber estado, de alguna forma, en un coma generalizado e inducido.
Cada comercio que ha levantado el cierre ha sido otro pasito hacia la alegría. Han vuelto a estar detrás del mostrador en la ferretería, la mercería, la pequeña tienda de moda…, y con su llegada, resurge la esperanza de salir adelante de nuevo, todos a una. A mí me han dado ganas de entrar a todos y cada uno de los comercios. Abrazarles, aunque no se pudiera. Así que he ido a darles la bienvenida, a comprar algo aunque no me hiciera demasiada falta.
Y saliendo del barrio, también he llegado hasta una de las librerías de las que son casa y refugio. Enclave de Libros esperaba con gel y mascarillas, y la misma complicidad de siempre. Tocaba desquitarse de los meses robados, el día del libro que no fue, el inicio de una feria del libro que se retrasa hasta octubre. Arrimar el hombro y mover la caja decaída por la ausencia de palabras vivas.
A pesar de la alegría, la tristeza sigue latiendo
Las terrazas y los grupos de personas que se reencuentran ofrecen un mensaje de ánimo que resulta imprescindible. Porque además de robarnos el mes de abril, como decía aquella canción de Joaquín Sabina, el virus nos ha robado nuestra ciudad tal y como la conocíamos.
Los bares y restaurantes que no pueden sacar mesas fuera, esas barras que siempre animó el bullicio permanecen en silencio. Desde la entrada, tutelada por banquetas o mamparas, nos avisan de que han vuelto a la cocina, que puedes pedir y recoger la comida o que te la llevan ellos. Son los bares de toda la vida, los que no recurren a abusadoras plataformas de reparto a domicilio y en un folio pegado sobre el cristal, ofrecen un número para recibir pedidos por wasap. Se les nota a la legua que están con el agua al cuello y echan de menos a cientos de trabajadores: los del café rápido a primera hora, los grupos de compañeros a media mañana, los menús de mediodía con patatas fritas o ensalada.
El metro está lleno de carteles que recuerdan el peligro y el uso obligatorio de la mascarilla. Un gesto tan habitual como adelantar a alguien en la escalera mecánica resulta imprudente porque impide mantener la distancia de seguridad. La megafonía insiste en no acercarse, usar los ascensores de uno en uno, ayudar a personas con discapacidad visual para que no se aproximen demasiado a otros. Es un metro sobrecargado de señalética que ahonda la desazón de los viajeros.
Muchas tiendas ofrecen gel hidroalcohólico en la entrada. Su ayuda para limpiarnos una y otra vez es reconocer la amenaza de gestos cotidianos: buscar la etiqueta en una blusa, mirar los ingredientes de una lata nueva para Fénix, elegir chocolate en una tienda de comercio justo… Tocar es peligroso. Pero nos cuesta asimilarlo porque el tacto nos hace más humanos y, como el resto de sentidos, nos permite conocer lo que nos rodea.
Madrid sigue a medio gas, extrañamente llena y vacía al mismo tiempo. Hay más gente en la calle, pero la mascarilla nos impide atisbar una sonrisa o un gesto amable. El miedo se ha convertido en un vecino nuevo que ha venido a quedarse, aunque no a todos nos afecta su presencia por igual.
Entre tanto, cada vez se hace más insoslayable la necesidad de muchas personas que han visto temblar sus vidas al desaparecer sus ingresos. Durante las semanas de confinamiento, desde mi ventana he visto una de las muchas colas del hambre que han surgido en Madrid: personas que, separadas por un metro, avanzaban durante toda la mañana hasta llegar a la puerta de la Asociación de Vecinos Alto de Extremadura. También me he cruzado con quienes esperaban que se abriera el local de la Red de Solidaridad Popular de Latina y Carabanchel. Y en los comercios del barrio, han proliferado los carteles que piden alimentos mientras otros acaban de colgar el anuncio de liquidación por cierre. Se suman a los que ya lo hicieron una vez pasaron las últimas navidades, aquellas en las que brindamos por un año que se antojaba redondo y se ha convertido en un interrogante lleno de aristas.
El 8 de junio, en Madrid, pasamos a la fase 2 con las mismas dudas del paso anterior. Ese día tocará también ir al centro de salud a reconocer el trabajo de los sanitarios, manteniendo la distancia y el aplauso, recordando que si no hay medios para ellos no hay medios para los ciudadanos. Seguro que vuelve a ser una concentración emocionante, como las anteriores. Donde la gente se sumaba desde la acera próxima y desde el otro lado del paseo, desde la mediana, y nuestro aplauso resonaba con el apoyo del claxon de taxis y autobuses que se sumaban al grito de “sanitarios necesarios”.
Cada uno, en función de sus circunstancias, ha sobrellevado como ha podido las consecuencias de la pandemia, la muerte o la enfermedad de personas más o menos próximas, el confinamiento, la pérdida o la sobrecarga de trabajo… Ahora nos toca lidiar con la incertidumbre de los próximos días llevando una mochila de heridas y esperanza. Ojalá no olvidemos meter una buena dosis de solidaridad y fraternidad.
Cuando comencé este blog, quería, en parte, rescatar esa columna de opinión con la que soñaba cuando escribía en la revista del colegio y aspiraba a ser escritora o columnista y todo era posible. Abrir el blog, ya lo dije en su día, era un forma de reencontrar mis deseos y quizás de volver a pelear alguna batalla que había dado por perdida. Pero cuando apenas había trazado un plan de escritura, llegó el coronavirus y tomó nuestras vidas por asalto. Convertido en monotema, lo invadió todo y colonizó nuestras mentes. Y ha habido muchos días de estar cansada para pensar y escribir más de lo mismo.
La pandemia de la Covid-19 nos obligó a meternos en casa, hizo de nuestro hogar nuestro lugar de trabajo, confundiendo nuestras paredes diarias; nuestra ventana para imaginar y contemplar atardeceres fue la de los aplausos y la búsqueda de un consuelo imposible; las calles se llenaron de silencio y las palabras quedaron condenadas a vivir entre dispositivos electrónicos donde les faltaba toda la piel de la caricia y el abrazo que tanto necesitábamos.
A medida que avanzaron las semanas, las cifras y el miedo se fueron adueñando del día a día. Esperábamos los datos oficiales como quien espera noticias en una sala desolada junto al pasillo de paliativos. Conociendo o no el nombre o el rostro de las personas que estaban en las UCIS, conociendo más o menos de cerca los casos y la evolución de personas infectadas, conociendo el mayúsculo reto de los hospitales… todos estábamos en esa espera que vivimos durante semanas en un abatimiento comunitario. Fueron días de lágrimas privadas e íntimas. Llorábamos por la impotencia y el agotamiento de los sanitarios, por sus muertes; llorábamos por los tanatorios desbordados y las morgues improvisadas, por la prohibición de unas despedidas humanas y fraternas; llorábamos por el abandono de los ancianos que morían solos y sin cuidados; llorábamos por la necesidad y las colas del hambre que empezaban a recorrer los barrios de forma tan sigilosa y callada como surgían las redes de ayuda mutua.
Quizás haya que recordarlo ahora, cuando las cifras de fallecidos se sitúan en torno al medio centenar, hubo días en los que rozamos el millar. Y también llegó ese día en el que el recuento a la baja comenzó a ser tendencia y se hizo real aquella frase horrenda de “doblegar la curva”.
“Menos que ayer, menos que ayer”: repetíamos en un rezo secreto.
Lo malo es que a medida que las cifras nos empezaban a dar esperanza y se abrían algunas grietas de un confinamiento estricto, con los paseos infantiles y las pequeñas caminatas sin bolsa de la compra, comenzó a romperse el silencio. Y lo hizo de la peor manera posible: con insultos o malos modos, con acusaciones falsas e irresponsables, con el juego sucio político llevado al extremo del bochorno y la vergüenza ajena, con la dimisión de personal técnico que no estaba dispuesto a firmar contra su conciencia. Si durante los días más duros en la evolución de la pandemia en España, algunos dudamos de los mensajes esperanzados que apelaban a que esta crisis nos haría mejores, la confirmación de nuestros temores era atronadora a través de los medios de comunicación.
El calendario avanza y cada día veo menos la televisión y mantengo menos tiempo la radio encendida, no soporto ese repugnante juego dialéctico sin un ápice de ética; leo algunos titulares de prensa por mantener un pie en el mundo, pero me tomo muy en serio la distancia necesaria para protegerme del daño. Y en las redes sociales, constato también la división y el odio. Por eso, las pocas veces que he querido dejar un comentario medido y moderado o he compartido alguna iniciativa que me parecía adecuada, me ha pasado lo que no me había ocurrido hasta ahora, que he recibido un comentario que se parecía mucho más a un escupitajo que a un argumento.
Deberíamos recordar que escupir está muy feo.
Los que tenemos cierta edad vimos carteles que prohibían escupir en los remotos autobuses que iban a la periferia. Mis ojos infantiles los miraban sorprendidos, porque yo no entendía por qué había que escupir en un autobús ni en ningún sitio. Ahora que sabemos tanto de la carga vírica de gotas y microgotas de saliva deberíamos restringir al máximo la palabra convertida en esputo que se extiende en ámbitos políticos ante el estupor de buena parte de los ciudadanos.
Por un momento, he llegado a agradecer que los bares estuvieran cerrados y que se hayan evitado broncas de barra que podían haber acabado mucho peor que las de aquellos lunes, ¿os acordáis?, tras un partido de fútbol de rivalidad máxima y polémica absurda.
La diferencia entre aquellos rifirrafes y los de hoy es que ahora, sí, nos va la vida en ello. La vida de todos. Y que no podremos salir de esta crisis sanitaria, con sus derivadas sociales, económicas, educativas y políticas, desde el enfrentamiento, la mala gestión y la mala baba. Necesitamos profesionales y buen criterio, anteponer el interés colectivo al individual y en ese sentido, me gustaría expresar toda mi admiración por Fernando Simón, que me parece la persona que desde el principio y al límite de sus fuerzas, ha mantenido el pulso de esta crisis echándose a sus espaldas mucho más de lo que se le podía exigir. A diferencia de otros, Simón se ha dado cuenta de que tenía que dar lo mejor de sí, y lo ha hecho. Ha trabajado, ha pasado la enfermedad, ha seguido coordinando a su equipo del que no ha dado nombres para proteger su independencia. Lo que me pareció mal al principio, un gesto oscurantista, ahora me parece un acto de extrema generosidad. Por eso confío en que esas querellas que le están presentado acaben en el cubo de la basura.
Llevamos mucho tiempo en casa y mucho dolor acumulado. Hemos consumido muchas horas de información que incluían tanto mensajes de odio como de esperanza, momentos de justicia y solidaridad junto a insidias y malas prácticas, todo ello sumado a grandes dosis de propaganda política, de muy diversa índole, que a todas luces sobraba en el menú del confinamiento.
Como ciudadanos, estamos haciendo una digestión más que pesada.
Personalmente, sé que aún no toca salir a la calle en masa. Sé que, si no se puede garantizar la distancia de dos metros, toca usar mascarilla aunque la odie y su uso solo me permita una respiración de aire limitado y turbio. Sé que debo ser corresponsable con el esfuerzo sanitario, con los fallecidos y los vulnerables. Acato las leyes y no por eso dejo de pensar. Leo, reflexiono y hablo con la gente que distingue entre palabra y escupitajo.
Sé que volveremos a las calles bajo una gran sábana blanca, en señal de paz y en defensa de la sanidad pública, y que me tendrán enfrente todos los que han hecho dejación de funciones y han actuado de mala fe para sacar un puñado de votos a costa del odio y otros instintos primarios. No habrá olvido para los fallecidos ni perdón para los irresponsables.
El pasado jueves se celebraba el día del libro y yo cumplía un año más. Por ambos motivos, para mí siempre ha sido y es una fecha marcada con un círculo rojo sobre el calendario, día festivo aunque no sea domingo. A pesar de que desde hace más de cuatro semanas todos los días nos resultan similares en lo personal y colectivo, a medida que se acercaba la fecha, no obstante el confinamiento o precisamente por él, yo no quería pasar de largo por este cumple que empezaba a hacerse nudo en la garganta.
Unos días antes, al bajar a la compra, me había permitido algunos caprichos casi infantiles: patatas fritas y aceitunas, almendras y una porción individual de una tarta de queso. Olvidé las velas para pedir deseos, pero encontré los números de otros cumpleaños celebrados en casa: un 4 y un 6 que, si se daba la vuelta a costa de no encenderse, se convertía en 9.
En la tarde previa, un grupo de amigos reunido para otro propósito me cantaba el cumpleaños feliz por video llamada y en los primeros minutos del 23 de abril empezaron a llegar mensajes. Apagué la luz de la mesilla con una sonrisa. Al despertar no había rastro del dinosaurio, pero las felicitaciones se habían ido multiplicando y a medida que avanzaron las horas, su goteo se volvía un chaparrón de amor y cariño.
Con todas las palabras, las voces y los iconos fui construyendo un dique contra las sombras. Era un cumpleaños muy distinto, confinado y raro, sin más presencia real que la de Fénix ni otra caricia posible que su suave pelaje, pero repleto de emoción y con la certeza de saberme querida. ¿Qué mejor regalo?
Y aún así llegaron dos timbrazos al telefonillo, dos llamadas a destiempo cuando ya creía que mis sospechas o ciertas insinuaciones habían sido fruto de mi imaginación… Fénix estaba más excitado e intrigado que yo. Demasiados días sin visitas ni buzoneo publicitario, demasiado tiempo sin husmear zapatos que traigan el rumor de la calle. Fue una batalla lograr que se quedara dentro de casa. Seguí las instrucciones: salí al descansillo de la escalera y abrí la puerta del ascensor, donde en solitario viajaba una preciosa orquídea cuyas flores mira curioso sin atreverse a rozarlas. ¡Menos mal!
Me acosté agotada y feliz, con llamadas y mensajes pendientes de respuesta, confiando en poder atenderlos aprovechando el fin de semana. Antes de cerrar los ojos echaba cuentas… no recordaba cuál había sido el cumpleaños en el que no había estrenado libro, y me consolé pensando en todos los que aún aguardan su momento de lectura, y también en la lista secreta que voy haciendo para cuando reabran mis queridas librerías y pueda romper la hucha que he ido haciendo para ese día de reencuentro feliz con libros nuevos.
El viernes, contra pronóstico, volvió a sonar el timbre. Al otro lado del telefonillo mi nombre y apellidos, y la petición de que bajara a la calle a recoger un envío. Esta vez no hizo falta ascensor. Volé escaleras abajo y me encontré dos ojos muy oscuros, una boca tapada con mascarilla que me pedía el número de mi carnet de identidad y unos guantes azules que entregaban un paquete. Ahí estaba el libro de este cumpleaños anómalo que latía entre dos capas de cartón. Entré en casa con la sonrisa de quien ha encontrado el cofre del tesoro. Entre Fénix y yo rasgamos el envoltorio y encontramos no sólo una novela con una pinta estupenda sino también un doble disco de Aute, su «Entre amigos», que resonaba como un título mágico y perfecto para este aniversario tan bellamente acompañado a pesar de las circunstancias.
Soy afortunada. Los 49 han caído en estos días nubosos donde están confinados los afectos y los abrazos, pero me tomaré revancha en cuanto sea posible y pondré piel a todas las felicitaciones que hicieron de este cumpleaños uno de los inolvidables. A todos los que me leéis y me escribisteis, a quienes me llamasteis y dejasteis mensaje, a todos los que me habéis acompañado… os quiero dar unas gracias infinitas y profundamente sentidas, porque sé que no sólo estáis cuando el día está señalado en rojo sino también en la grisura de los otros, y que gracias a ese cariño se puede resistir no sólo en los días felices sino en los otros.