La palabra escrita y el latido vital

En la librería Enclave de Libros, el lunes 14 de noviembre, fue la tarde de María Negroni, felizmente acompañada por Esther Peñas y Juan Carlos Mestre. Un par de horas magistrales sobre la escritura de poesía: el vértigo lingüístico, la palabra que detona, la falla entre significado y sentido, la indagación y el error. Llené el móvil de notas. Mientras los dedos tecleaban, la cabeza celebraba la fiesta de una poesía que se abría con la experiencia amplia de los tres implicados. Entre las muchas frases anotadas, algunas de las que, creo, dijo María Negroni: «El poema como una miniatura del mundo. Lo único que interesa es lo que no sabemos. La poesía es ese espacio donde el lenguaje nos lleva en una ceguera trabajada y trabajosa en una serie de preguntas sin respuestas. Preguntas básicas sobre la existencia, la muerte, el mundo… En la poesía, se produce una tensión máxima del lenguaje que no sé da en ningún otro género. La poesía tiene que ver con los sobresaltos, los alumbramientos y la intensidad emocional que se da en todo texto literario”.

Juan Carlos Mestre, María Negroni y Esther Peñas.

El jueves, 17 de noviembre, en la sala Ámbito Cultural, en el marco del Festival Eñe, tuve la fortuna de escuchar a Alejandro Zambra, quien conversó con Gonzalo Escarpa sobre sus libros y su escritura. Fue un encuentro chispeante en el que descubrí que Zambra no sólo es el gran escritor que me fascina, sino también un hombre lleno de inteligencia y sentido del humor, honesto, llano, buen conversador. De la poesía dijo: “La poesía está muy ligada a lo oral y a la música, por eso me enganchó, pero se enseña muy mal. Sólo se disfruta con placer si uno se topa con ella. Y un poema se lee mil veces, igual que un disco, por puro disfrute, al margen de que se entienda o no”. Sin prisa por irse, Alejandro Zambra, que comenzó como poeta y ahora es un conocido novelista al que le gusta mezclar géneros y romper los códigos establecidos, compartió generosamente los secretos de su quehacer literario y ofreció algunas claves para quienes imparten talleres literarios y quienes se acercan a ellos con el ánimo de aprender a escribir. Personalmente, después de tantos y tantos años como alumna en esos espacios mágicos para la creación literaria, entendí algunas cosas que me han ocurrido o han ocurrido a otros. “Se escribe desde la duda, siempre. Y los talleres quieren resolver las dudas. Los profes son heroicos. Asumen muchos riesgos. Pero hay muy malos talleres de escritura: aquellos en los que o bien los profesores elogian todo o bien aquellos que le dicen a alguien que no tiene talento. Personalmente, creo más en los procesos”. Y más allá de esos procesos, unas palabras de ánimo que resonaban con todo el peso de la verdad y la historia: “Todo lo que hoy es buena literatura en su momento fue raro. Por eso es tan difícil enseñar a escribir. No se trata de buscar lo que nadie ha hecho. La página no está en blanco, está en negro. Todo está escrito. La clave es borrar y quedarse con lo que uno quiere”. Al final, me acerqué a que me firmara Formas de volver a casa, y pude agradecerle personalmente que ese libro me devolviera, en un momento clave, la pasión por la lectura y la escritura de narrativa. Ojalá que se pueda ver su charla, titulada Poeta chileno, jugando con el título de su último libro, en el canal audiovisual del Eñe, porque fue verdadera medicina para los días de bloqueo ante la escritura.

Gonzalo Escarpa conversa con Alejandro Zambra.

Y el fin de semana me recompensó con una escapada gozosa a Alpedrete y Cercedilla. El otoño me regaló un paisaje que disfruté poco tiempo, pero que vibraba con toda la belleza de esta estación. En las inmediaciones del Centro de Visitantes Valle de la Fuenfría tuve una hora mágica, para detenerme en las hojas de los robles y los helechos, los pinos y el musgo, el rastro del frío y las primeras setas.

Tras ese paseo sanador, aprendí mucho en un coloquio sobre la Sierra de Guadarrama, organizado dentro del Festival Bellota Art, promovido por La Dársena. Presentado por Alberto Cubero, el acto se convirtió en un refugio de belleza y sirvió para conocer la magnífica obra del fotógrafo Javier Sánchez, así como sus trabajos en colaboración con Julio Vías, escritor; y la sensibilidad del ilustrador Bernardo Lara. Los libros de los tres fueron también un homenaje a Miguel Tébar, editor de todos ellos al frente de ediciones La Librería, que falleció hace pocas fechas en un accidente de montaña. Sus explicaciones, las fotografías y las ilustraciones compartidas a lo largo de una mañana salpicada por los primeros copos de aguanieve nos recordaron la necesidad de mirar y respetar a esa sierra maravillosa que desde Madrid es horizonte, y el deber colectivo de preservar sus usos, su memoria y su paisaje. Cuánta sabiduría y sensibilidad en sus obras, cuánto oficio, cuánto tiempo dedicado a captar ese mundo que, entre las prisas y el absurdo de hacernos malos adultos, olvidamos disfrutar a pesar de que, paradójicamente, está tan al alcance. Un árbol, una sombra en la montaña, un pájaro, una nube, un atardecer… No lo puedo decir mejor que como lo expresó Bernardo Lara: “En el arte de mirar está todo. La naturaleza ya nos está mirando. Nosotros tenemos simplemente que mirarla, sin más propósito que ese, como los niños”.

Julio Llamazares conversa con José Manuel Navia, con una foto de éste, de fondo.

Y esas palabras resonaron mientras la ventanilla del coche, que nos devolvía a Madrid, iba dejando atrás montañas y nubes vestidas de fiesta. Mi gato Fénix celebró el regreso. Dio saltos y carreritas de bienvenida y no llegó a entender del todo porque las luces volvían a apagarse en casa. Pero como cierre, y a pesar del cansancio acumulado, quería llegar al Círculo de Bellas Artes, a escuchar el diálogo titulado Huellas sobre la tierra, entre Julio Llamazares y José Manuel Navia, que, curiosamente, sirvió de feliz continuación a la charla serrana. Fue un verdadero placer que nos dejaran colarnos en la conversación cómplice de dos amigos, que han compartido proyectos, reportajes, libros y viajes, y que han reflejado desde la escritura y la fotografía muchos de los paisajes y las experiencias vitales que, desde hace décadas, relatan la larga crónica de la memoria y la nostalgia. Aunque casi todo el mundo sepa escribir y haga la lista de la compra; aunque casi todo el mundo vaya con una cámara de fotos incorporada en su teléfono móvil; ambos defendieron la misión que, como escritor y fotógrafo, respectivamente, ellos han elegido: la de ofrecer su testimonio contra el tiempo y contra la muerte. Como ambos explicaron, ahora se habla mucho de la España vacía o vaciada, y demasiados periodistas les han aburrido a preguntas sobre las causas, a pesar de que ellos, como reconocieron ayer, no pueden dar respuestas que corresponden a sociólogos, demógrafos o economistas… Julio Llamazares dio la clave: La lluvia amarilla (que se publicó y leí con devoción en 1988), ya nos ponía frente a un momento y un personaje, a su morir solo que, lamentablemente, es hoy un fenómeno tan rural como urbano.

Sin duda, después de mucho tiempo de interiores y desgana, esta semana ha sido un tiempo de celebrar la vida y la escritura que, en mi caso, van tan unidas. Espero no perder el hilo de las palabras de tanto maestro ni el empuje de estas horas y su paisaje.

Una manifestación histórica por la sanidad pública de Madrid

Tengo aún la emoción y el ánimo encendidos, tras participar esta mañana en la manifestación convocada por los “Vecinos y vecinas de los barrios y pueblos de Madrid”, contra el plan de destrucción de la atención primaria sanitaria.

No he podido acudir a otras citas y la de hoy, se preveía multitudinaria. Quise inventar excusas y pensar que no pasaba nada si faltaba; pero, al final, me recordé una promesa que hice en los meses duros de la pandemia, cuando era imposible manifestarse contra el desamparo, la mentira y la pésima gestión política sanitaria.

La mañana comenzó nublada, pero ya en el metro se percibía la energía de los días brillantes y las causas colectivas. El trasbordo hacia Ópera era multitudinario y dejé escapar un tren abarrotado en un andén casi lleno que esperaba al siguiente. Camisetas y batas blancas, corazones verdes, mascarillas diversas y personas de todas las edades. Una auxiliar de Metro guió a una pareja que empujaba la silla de ruedas de su hijo hacia el final del andén, donde iba a ser más fácil acceder a un vagón sin apreturas. El metro iba a tope, como en la hora punta de un día laborable, aunque era domingo.

Intentado salir del metro de Ópera a la superficie.

En la plaza de Ópera, desde donde debía salir la columna oeste, costaba encontrar hueco o moverse entre el gentío. Había salido el sol. Se escuchaba la batucada, pero no veía la cabecera ni parecía posible que aquella muchedumbre se moviera si la ruta tenía que atravesar la Puerta de Sol, convertida en ratonera, gracias a obras tan despilfarradoras como innecesarias.

Volví al metro. Pensé que era mejor avanzar hasta Sevilla bajo tierra. Dos estaciones y al salir, la calle Alcalá estaba aún vacía, pero a lo lejos, ya se divisaba la Plaza de Cibeles con mucha gente y me fui para allá. Allí, logré situarme muy cerca de la estatua y, gracias a los mensajes de móvil, encontrarme con amigas que hacía mucho tiempo que no veía. Desde la espalda de la diosa, veíamos la marea humana que bajaba desde la Puerta de Alcalá, y escuchábamos el rumor de la batucada que venía desde Atocha, y el mar de voces y pancartas caseras que procedía desde el norte, recorriendo el Paseo de Recoletos.

Mientras llegaban las cuatro cabeceras, distintas voces fueron tomando la palabra en el estrado. Sin partidos políticos ni banderas de ningún sindicato, reivindicando el sentir de quienes estábamos allí que, como se había pedido desde la organización, solo agitábamos pañuelos blancos.

Se recordó a la ‘Marea de Residencias’ en su lucha contra los protocolos de la vergüenza. Aquellos que, en tres días de marzo de 2020, establecieron por escrito que el deterioro cognitivo o la falta de movilidad descartaba el traslado hospitalario de centenares de mayores, que fueron condenados a morir solos y a no ser llorados.

La plaza enmudeció a pesar de estar rebosando, con un minuto de silencio dedicado a la memoria de residentes y sanitarios fallecidos durante la pandemia. Los pañuelos blancos volvieron a agitarse, en un intento imposible de enjugar las lágrimas de aquellos días.

Se ha reclamado la salud de todas las personas, al margen de su renta, su origen, su edad o situación administrativa. Debería dar igual quién acuda a un centro sanitario, la atención ha de ser pública, universal y de calidad. Y así se ha dicho una y otra vez, pensando y dando voz a las personas excluidas de tratamientos de VIH, a pacientes de enfermedades invisibilizadas, covid persistente o salud mental. También se ha defendido el trabajo de los centros sanitarios rurales, desmantelados en las últimas semanas para reabrir los centros de urgencias urbanos que se cerraron en marzo de 2020.

El personal sanitario lo ha dicho por activa y pasiva y hoy se ha vuelto a repetir: la atención primaria y de proximidad salvan vidas y son menos costosas que las urgencias hospitalarias. Y es una barbaridad mezquina y pura difamación acusar a los colectivos sanitarios de no querer trabajar cuando se dejaron la piel en la pandemia. ¿Acaso hemos podido olvidar, en tan poco tiempo, los aplausos, sus contagios y sus jornadas extenuantes, su desprotección para atender una infección desconocida sin guantes ni mascarillas suficientes?

El testimonio de los sanitarios nos sigue ofreciendo un discurso vocacional. Han pedido respeto por el dolor de sus pacientes, defendiendo una profesión que aman y no tiene sentido a través de una pantalla de plasma. Ellos y ellas, como se ha dicho, son héroes y heroínas que no llevan pulserita sino batas blancas. Algunos están siendo expedientados por denunciar la situación en la que están sus centros de salud. Son objeto de un discurso de odio que impulsa las amenazas y las agresiones físicas que reciben. Y sin duda, si se les ofrecieran condiciones dignas de trabajo, no optarían por el éxodo sanitario que está viviendo Madrid. Porque no se van: los echan, los trasladan, los despiden, los usan y los tiran como si fueran un trapo viejo.

Hoy, en el vigésimo aniversario del hundimiento del Prestige y de su marea negra, la plaza de Cibeles, la más blanca de la capital, ha sido un clamor contra la injusticia ante una situación de emergencia sanitaria y social que rompe las costuras de una sociedad teóricamente rica y sustentada en el estado de bienestar. Por mucho que los manipulen, los datos demuestran que falta presupuesto en atención primaria, en unidades médicas especializadas y en investigación. Y que el recorte sistemático y el desvío de fondos públicos hacia redes privadas o privatizadas suponen el incumplimiento de derechos constitucionales, como son el derecho a la salud y a la atención sanitaria de la ciudadanía.

Ha sido emocionante volver a entonar “El canto a la libertad” de Labordeta, devolviendo la dignidad a esa palabra que no merece ser pronunciada por quien la mancha y la ataca. Porque como bien se ha dicho hoy: “No hay libertad cuando hay enfermedad”. Parece que nos quieren enfermos y divididos, pero hoy la población de Madrid ha demostrado que está sana y unida.

A la hora de publicar estas líneas, la guerra de cifras está en marcha y el Consejero de Sanidad está quitando importancia a la manifestación de hoy. Me importa un bledo. A su desprecio, el mío. Quienes hemos participado en la convocatoria sabemos lo que hemos vivido. Hasta el sol se ha sumado a una jornada inolvidable. No se ha reforzado el sistema de transporte ni para ir ni para volver. No hemos escuchado al helicóptero que nos ha seguido otras veces. Si no nos esperaban, da igual: hemos estado presentes y vamos a seguir estando. Tenemos memoria y vamos a expandirla entre los olvidadizos, porque es una marea de ilusión y de vida. De utopía, ese seguir andando para avanzar. Ojalá la mañana de hoy sea un nuevo principio.



Noches de insomnio

Algunas noches gana el insomnio. Es tan poderoso que no solo desbarata la madrugada, también el amanecer y las horas del día por venir. Esa jornada para la que habíamos hecho planes, justo ahora, cuando el otoño acelera y se aprieta el nudo de las obligaciones; cuando los sueños de las horas libres se nos sueltan de la mano.

Cuántas vueltas sobre las sábanas cada vez más remolino. Cuántas ideas para esas horas malditas y estériles. Acuden tareas pendientes, viajes deseados, conversaciones empantanadas, proyectos estancados…

El oído se agudiza. Nos molesta el rumor del motor de un coche que no arranca, la certeza de una sombra en el portal. De fondo, percibimos un ir y venir constante de sirenas. Una ciudad sobresaltada en un mundo que no descansa, tan insomne como nosotros. Se multiplican las vidas y las muertes, los accidentes y los problemas, los semilleros presentes del insomnio del futuro.

Al día siguiente, en las noticias nunca faltan las emergencias. Pudo ser la explosión y el incendio de un local en un barrio de Madrid o la reyerta y su rastro de sangre sobre la acera. Más lejos, las redadas de la noche europea, cuando la policía se pone a rastrear mafias en golpes combinados. También el eco de proyectiles y su rastro de fuego entre Ucrania y Rusia; en las provincias y ciudades que no aprendimos en ninguna clase de geografía y se han vuelto tan cotidianas que, a pesar de su distancia y su extrañeza idiomática, resultan pronunciables.

Las sirenas quedaban muy lejos de casa, pero resultaron ciertas y cercanas, nublando el amanecer como una mala resaca. Tras noches así, uno se levanta torpe, muy torpe. Con un nudo de cansancio enredado a la pesadilla previa al despertador. Con el cuerpo envuelto en la funda siniestra de una noche para olvidar.

Las soluciones al alcance son las persianas. Al otro lado, ya hay luz. La ducha y su caricia dulce. El agua tibia sobre la cabeza, derramándose sobre la piel hasta despertarla, me recuerda que habito entre los afortunados.

En la cocina, el café que iba a ser la segunda salvación acaba espolvoreado sobre la encimera, en un desayuno que no encuentra su sitio ni su paz. Cuanto se me escapa entre los dedos parece prevenirme contra un mal día. El resultado es un bodegón cuya belleza es el extraño resultado de una mañana por hacer.

Quizás no dormí porque estoy nerviosa. Quizás el café no sea la mejor solución y este volcarse sea una advertencia. Pero no es fácil salir de la rutina de los gestos aprendidos. Necesito café para despertarme, aunque haya estado media noche despierta. Necesito su olor de pócima casi sagrada para entrar en el día laborable con la fuerza que no encuentro entre lo accidental y lo fortuito.

Los gestos conocidos nos permiten reconocernos tras esa noche extraña, reconstruirnos para las horas que nos esperan. El paisaje habitual al otro lado de las ventanas, la acidez de las primeras naranjas de la temporada, el rumor del café, ahora sí, convertido en líquido alquímico cuyo perfume inunda la cocina reconciliándome con el día de hoy. La noche fue mala, pero el día no tiene por qué serlo. De pronto, pienso que la torpeza de mis manos insomnes no suponen un mal augurio.

Tal vez aprendimos a vivir bajo la sombra de los indicios equivocados. Desde hace tiempo, desaprendo las cosas que me hirieron. Replanteo las supersticiones asumidas. Cuestiono las maldiciones que me lastran, las palabras que no suman. Aunque los pensamientos cargados de automatismos siguen acudiendo, de pronto, me pregunto por qué me basta un tropiezo insignificante para echarle mal de ojo a toda la jornada. Me prometo no hacerlo más.

Mientras borbotea el café, perdono mis manos y me salvo con ellas. Reconozco que les quedan muchas horas por delante. Es injusto condenar sus actos por un puñado de café molido derramado. Han de desayunar y acariciar a un gato. Deben trabajar, encontrando en el teclado las palabras exactas y los números que cuadran. Han de hacer la comida, la lista de la compra y la limpieza del arenero. Tendrán que estirarse en la clase de pilates hasta recuperar la certeza de su elástica fuerza nuevamente, antes de regresar a casa acarreando las bolsas de la frutería. Y guardarlo todo y preparar la cena, y cepillar al gato que presume de ser inasequible a todo insomnio. Tendrán que marcar números y letras para comunicarme con otros, intercambiarán complicidad y ayuda. Conservarán la nostalgia de la caricia y habitarán el placer de ciertas horas.

Estas manos no esconden ninguna sombra. Sólo saben del trabajo, del cuidado y del amor. Además, son las herramientas de mi escritura. Se encargan de sostenerme. Desde hoy mismo, me prometo respetar sus torpezas, que son las mías. Sin duda, nos exigimos demasiado y ese no es el mejor camino. ¡Buenos días!

Septiembre, preludio del otoño

Quedan diez días para que acabe formalmente el verano, aunque desde que abrimos septiembre en calendarios y agendas nos hemos adentrado en un otoño mental, al margen de exactitudes científicas. Hace años, el cambio de estación era siempre el 21. No obstante, ahora que los ciclos están atómicamente calculados, el día y la hora varían mientras nosotros nos aferramos a fechas conocidas para seguir dando sentido a este andar con un pie detrás del otro, este avanzar con o sin grandes preguntas.

Septiembre es la vuelta al cole. Las manos de Cristina y Rosa forrando libros en la pequeña librería del barrio, las familias haciendo colas interminables ante las papelerías, las tiendas de uniformes y zapatos, el reencuentro con los rostros habituales algo más bronceados y sonrientes.

Sobre todo para quienes no regresamos a las aulas, septiembre son nuestros recuerdos escolares. Cuando todo estaba por hacer y las semanas y los trimestres prometían un descubrimiento constante… Por eso, sigue latiendo con toda la fuerza de un ciclo nuevo. Conocíamos a compañeros que, con el tiempo, podrían ser amigos para siempre. Pero éramos tan jóvenes que no sabíamos nada del futuro. De hecho, usábamos la palabra siempre muy a la ligera, ajenos a su dimensión real. También ignorábamos que ese tesoro de la amistad que estaba tan cerca y era tan sumamente espontáneo nos iba a permitir sobrevivir en los años venideros. Sin saber la teoría, disfrutábamos de la práctica: vivíamos la vida, la desafiábamos, nos burlábamos de su seriedad, y algunas veces, la besábamos los labios y sentíamos un escalofrío memorable.

Escribo estas líneas cuando los colegios ya están a pleno rendimiento. Los primeros días de septiembre abrieron sus puertas tímidamente. Sin el ruido y el ajetreo del alumnado, los docentes comenzaron a trazar la cuadratura del círculo: horarios, programaciones, proyectos de curso… En vez de música de fondo, sonaba una nueva ley educativa que, como siempre, ha llegado con mucho ruido y a trompicones, con desarrollos curriculares tan rezagados como un mal estudiante. Volveremos a confiarles el presente y el futuro del país mientras preparamos la cantinela de la crítica sin valorar su esfuerzo. Yo, que no me atreví a ser uno de ellos, les admiro más en cada curso escolar que comienza. No olvido que los dos últimos han sido especialmente exigentes, y no bajaron los brazos mientras tragaban sapos y lágrimas en silencio, durante un tiempo que hemos querido desterrar de nuestra memoria colectiva de mala manera. Con el paso de los días, el alumnado ha llegado también a los centros escolares, con más o menos ganas, más o menos nerviosismo. Su caudal de voces vuelve a llenar los alrededores de mi casa. El pasado 8 de septiembre incluso sonó música en el patio del instituto próximo, y me gustó que la vuelta al cole fuera algo parecido a una fiesta.

Los comercios y los bares que habían cerrado o modificado sus horarios han recuperado sus ritmos anchos y largos, de sol a sol. Las cajas registradoras están exhaustas y las televisiones, de nuevo enchufadas durante todo el día a pesar del precio de la luz, rocían el primer café con un halo negativo de catástrofe. La actualidad no está para alegrías, pero septiembre nunca fue un mes para rendirse.

En parques y avenidas, los árboles nos van anticipando la próxima estación. Se han precipitado al cubrirse de ocres, marrones y amarillos, pero este no ha sido un verano fácil para ellos. Hace mucho que no llueve como antes, y además de su estrés hídrico, saben de otros de su especie, calcinados aquí y allá por toda España, sumidos en la desolación de la ceniza. Los árboles se comunican entre sí mientras los humanos, que respiramos gracias a ellos, permanecemos con nuestros sentidos adormecidos (porque el verano fue solo un despertar pasajero), y la inteligencia ocupada en lo absurdo, mientras nos jugamos el futuro del planeta.

En voz alta o de forma íntima, todos estamos haciendo planes para el otoño y para el curso recién inaugurado. A mí, me gustaría verme el próximo otoño como esa chica de la fotografía, aprovechando la belleza de las hojas, la fuerza del sol que ya no quema, la calma de las ramas que bailan. Me gustaría disfrutar de una pausa consciente, de las que nos conectan con la raíz de la vida.

Aunque aún es pronto para saber si mis hojas, es decir, mis proyectos cambiarán de color o caerán exhaustos, me gustaría permanecer firme como el árbol. Quiero pensar que sabré abrigarlos; y así, permanecerán vivos y continuarán evolucionando. A medida que avance el otoño los veré pasar, tarde o temprano, cubiertos por gorros y bufandas para evitar el relente de cada amanecer. Resistiendo.

Volveremos a oler el humo de los puestos de castañas y bastará su memoria de infancia para caer en la cuenta de que, con nuestras manos calientes, todo será posible.

Madrid, abierta por obras

Queridos turistas, viajeros y paseantes:

Como madrileña, siento ganas de pediros perdón. Cuando reservasteis vuestras vacaciones, nadie os aviso que Madrid era una zanja.
En la Puerta del Sol, os he visto sufrir esquivando obstáculos y vallas, el suelo a pedazos, las losas partidas conviviendo con tramos levantados y cubiertos con un batiburrillo de cemento y piedra.
Me disculpo con todos vosotros, que buscabais el reloj de las campanadas y la baldosa del kilómetro cero, o intentabais alcanzar la suerte en Doña Manolita, paladear el bacalao de Casa Labra o las napolitanas de La Mallorquina.

Paseantes y turistas a la deriva, en un mar de zanjas. Puerta del Sol, Madrid, agosto de 2022.

Me consolaría si pudiera pediros que volváis en unos años, aunque no pondría mi mano en el fuego por ninguna fecha, pero tampoco es el caso. Cuando acabe la pesadilla en esa plaza que es tan simbólica para nosotros y para muchos de quienes nos visitan o se hacen madrileños con el tiempo, no intuyo demasiados alicientes.

A mi modo de ver, la Puerta del Sol será un solar de granito y fuego, inclemente con lluvia y sol, sin rastro de fuentes ni de las florecillas que resistían con el aliento de un agua débil que, al menos, invocaba la vida. Ni siquiera resistirá la salida del tren de Cercanías, que bautizamos como «Ballena o Tragabolas», un engendro feo con ínfulas modernas al que, gracias a los recuerdos, nos habíamos acostumbrado, una vez convertido en el caparazón de un paciente animal que se ha sumado a la reclamación de las causas más diversas.

Este tumulto de ruido y polvo que es ahora la Puerta del Sol ha sido el escenario de nuestra vida. Muchos momentos colectivos colmados de emoción se desarrollaron bajo el antiguo reloj que marca el cambio de año y la guitarra encendida de los finos de Jerez que reivindican la alegría. Es fácil recordar los días y las noches del 15-M, los gritos de silencio, su petición de palabra y utopía… Pero antes y después, Sol ha sido mucho más. Allí nos concentrábamos en la hora silenciosa de las ocho de la tarde, cada vez que la banda terrorista ETA cometía un atentado criminal. A su plaza llegaron las manos blancas, los carteles precarios, las sábanas prendidas de deseos y preguntas. Desde las calles aledañas entramos muchas veces, como un enorme río desbordado, pidiendo el fin de la guerra y la violencia (Ucrania, Irak, Palestina, Siria, Colombia…), la erradicación de la pobreza o la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. También celebramos música y festejo, y siempre fue un lugar de encuentro porque, ante la duda, el sitio para volver a abrazarnos ha sido y es junto al oso y el madroño, aunque lo muevan de sitio a capricho.

Nuestra Puerta del Sol, siempre abierta y hospitalaria, himno y promesa, pasará a ser una inmensa explanada sin alma; y al tiempo (no digáis que nadie lo vio venir), será un espacio más para alquilar. Sus baldosas áridas y desalmadas serán el escenario del lanzamiento de nuevas zapatillas deportivas, cacharros tecnológicos de última generación o la nueva temporada de alguna plataforma. Es decir, un paseo de la fama para las multinacionales que puedan pagar cifras desorbitadas que, mucho me temo, no redundará en el bienestar de las personas sino, en el mejor de los casos, en los números rojos de algún cuadro contable. Ya está ocurriendo en Plaza de España cada dos por tres, donde también se ha invertido una millonada a cambio de una reforma bastante dudosa a mis ojos de paseante.

Plaza de España, un solar convertido en espacio publicitario. La publicidad como fiesta urbana.

No me extrañó ayer, queridos visitantes, vuestro desasosiego, vuestro deseo de escapar de una trampa para quien no conozca ese racimo de calles que se abre a otras zonas de la ciudad algo más transitables… No obstante, prestad atención. Si salís hacia la calle Segovia, también está cortada al tráfico. Hay carteles medio vencidos en las marquesinas, porque les ha debido caer la lluvia furiosa de la última tormenta y mucho calor. Por eso se han arrugado y apenas son visibles, convertidos en un acordeón modesto, un papel de cigarrillo sin tabaco. Pero en Madrid, no hay que arrugarse… Seguro que dando un par de vueltas llegáis a la calle Toledo, por donde se han desviado algunas rutas de autobús. Si no eres turista y vas sin prisa es una alegría, coges el bus de la EMT y por el mismo precio parece uno turístico sin megafonía. Pero si eres un turista, entiendo que no entiendas nada… y que tampoco quieras volver a esta capital de libertad y barra libre para licencias de obras.

Visto lo visto, me permito aconsejaros que salgáis de esta zona en busca de ese Paisaje de la Luz, a ver si es cierto que queda algo luminoso entre tanta sombra abominable. Aunque he de advertiros que la última vez que me acerqué al Círculo de Bellas Artes también crecían zanjas y nuevas losas de granito por la calle Alcalá.
Para que no os falte de nada, muy cerca de allí, la Puerta que la canción coreó para ser mirada también está envuelta en andamios y lonas. Ni corto ni perezoso, alguien se inventó la visita a la obra, como se hizo en la catedral de Vitoria de la mano de Ken Follet y sus Pilares de la tierra, pero claro, lo que mal se copia, mal acaba; aunque también es cierto que las entradas volaron como el sentido común de la Plaza de la Villa. Ya sabemos que somos muchos, y como explicó aquel torero: “hay gente pá tó”.

Alguien me dirá que el mejor momento para las obras es el verano, pero aquí están abiertas todo el año… Modestamente, creo que no se puede reventar una ciudad en mil zanjas cuando se aspira a ser un referente turístico. No obstante, tampoco lo seremos ni lo deseo si a cambio de eventos y obras faraónicas se destruyen los rincones con encanto; antiguos cines y teatros se convierten en hoteles de gran lujo; y comercios tradicionales que lucían una placa conmemorativa en su fachada porque eran singulares, están cerrados y acumulan tristeza y suciedad a las puertas de un templo civil que se alquila o se traspasa.

Salazar, la papelería más antigua de Madrid, un ejemplo entre tantos comercios que se pierden.

El gran consuelo es que en el eje Prado-Recoletos, ese Paseo de la Luz reconocido ahora por la Unesco, tenéis nuestros magníficos museos (Prado, Jardín Botánico, Reina Sofía, Thyssen), y salas de exposiciones (Caixaforum, Centro-Centro, Círculo de Bellas Artes, Casa de América, Mapfre…); la cercana bendición de El Retiro, algún café con historia literaria y árboles sedientos, que proporcionan buena sombra y una dosis de sensatez urbanística. En ese espacio, espero que os podáis reconciliar con Madrid. No son lo único bueno que nos queda, pero lo encontraréis sin dificultad en vuestros planos y guías.

Como buenos visitantes, estaréis al margen de los mentideros y las noticias que se publican sobre el Ayuntamiento y las declaraciones del alcalde. Tampoco merece la pena seguir su día a día. Sólo suma más ruido al de los martillos neumáticos y las excavadoras. Entre los más recientes, lo de Carmina Burana es un chascarrillo y el encendido de aspersores, una vergonzosa falta de coordinación entre departamentos, aunque parece que lo tomamos con humor. Pero que nos arruinen el paisaje de nuestras vidas es un crimen.

Eso sí, siempre nos quedará el cielo.

El mar como punto de inflexión

Si este fuera un verano normal, estaría apurando los últimos días antes de incorporarme al trabajo. Afortunadamente, mis vacaciones extraordinarias se alargarán un mes más.

En este verano distinto, pensé que iba a escribir más en el blog, pero lo cierto es que me he centrado en otros proyectos, así que se han ido acumulando exposiciones, experiencias, películas, reencuentros, libros y viajes sin que haya dado cuenta de ellos por aquí. También, tal y como esperaba, ha habido demandas de salud y reparaciones domésticas que han requerido dedicación, y por supuesto, unas temperaturas excesivas que han limitado mucho los planes previos.

Durante este tiempo ancho, el viaje a la playa ha supuesto un punto de inflexión. En cierto modo, era el paréntesis reconocible para unas vacaciones diferentes. Llegar al apartamento de los últimos veranos, al mar, a la piscina, al cuerpo tumbado sobre el césped, al ritmo distinto que configuran el ambiente vacacional colectivo y vivir al nivel de mar. Dormir mejor, acunada por una brisa que habíamos olvidado en Madrid a lo largo de tantas madrugadas sofocantes. Nadar mucho, recuperando el placer del pez que llevo dentro.

Antes del viaje, Madrid me brindó la oportunidad del disfrute del arte. Exposiciones y salas de cine, junto a la memoria sentimental de haber nacido y crecido en sus calles, son fuertes motivos para perdonarla su dureza e inclemencia, de las que raras veces puedo responsabilizar a la propia ciudad. De un tiempo a esta parte, está abierta en mil zanjas. Me pregunto si nos gastaremos todo el presupuesto de los fondos de recuperación en aceras que solo servirán para reclamar la limosna del futuro sobre los mejores pavimentos de toda Europa, aunque este texto no quería ir en esa dirección.

Volviendo al arte y a su asidero de salvación, disfruté del último trabajo conjunto del escultor Leandro Alonso y la poeta Ana Martín Puigpelat, titulado Anverso Re-Verso. En el marco de PhotoEspaña, visité la exposición Sculpting Reality, una muestra colectiva que se puede ver hasta el 28 de agosto en el Círculo de Bellas Artes y Casa de América. Precisamente en Casa de América se ofrece, con buen criterio y amplitud, la serie Double Elephant Portfolio, un trabajo excelente de algunos de los mejores fotógrafos que han construido la memoria gráfica de Estados Unidos. A PhotoEspaña le resta poco tiempo, así que al margen de nuevas averías, buscaré hueco para las exposiciones aún al alcance de Pérez Siquier y Paolo Gasparini, en Fundación Mapfre; Sebastiao Salgado, en el Palacio Real, y Catalá-Roca en la sala de El Águila, junto a la Biblioteca Regional.

Fuera de Madrid, en Segovia, amistad y admiración me brindaron la oportunidad de asistir a la inauguración de la exposición de Evaristo Bellotti, Esculturas por escrito. Casi una década de trabajo mostrada con un gusto exquisito en el Palacio de Quintanar, un universo de materiales y miradas al que ojalá pueda volver antes de su clausura en octubre y del que da buena cuenta esta entrevista.

Esculturas por escrito. Exposición de Evaristo Bellotti. Palacio de Quintanar, Segovia.

Y ya que estaba en Segovia, cómo no regresar a la Casa de Antonio Machado en esa ciudad. La que fue su pensión durante años, el espacio que es testimonio de memoria, la huella de un poeta admirado y de un tiempo que no pudo ser. Apreciar cada rincón reflexionando sobre cómo languidece y acabará perdiéndose la Casa de Vicente Aleixandre, Velintonia 3, en Madrid. Establecer, nuevamente, paralelismos entre cómo se cuida el patrimonio y se ofrecen espacios para el arte en ciudades más amables que la mía… Aunque este texto no quería ir por el camino del enojo, la decepción es tan obvia que no puedo soslayar mi tristeza.

Los viajes me han permitido visitar espacios mágicos, las obras de arte de nuestros antepasados. Regresé a La Alhambra y a localidades de Soria y Segovia: San Esteban de Gormaz, Berlanga de Duero, Ayllón, Riaza… Arte nazarí, arte mozárabe, arte románico, arte gótico y renacentista… La piedra trabajada desde la modestia del yeso o la cantería para desafiar el tiempo y ofrecernos, siglos después, la sensibilidad de quienes nos precedieron y agradecer los trabajos de conservación que nos garantizan esos refugios de esperanza.

Si fuimos capaces de tanta belleza, ¿no habremos de ser capaces de mejorar lo que nos rodea? Sólo por fantasear, me pregunto qué pasaría si esos señores que disfrutan creando guerras y amasando millones que empujan a otros a la miseria se sentaran ante un fuentecilla de la Alhambra, en el atrio de Santa María del Rivero o en el interior de la ermita de San Baudelio de Berlanga. ¿Cambiaría su mirada sobre las cosas? Supongo que no, pero a mí me consuelan el rumor del agua, la sabiduría de los jardineros, el arte que resiste el paso del tiempo, la pintura rescatada en un fresco milenario, el trabajo de personas que intentan salvar la casa en ruinas, la aldea abandonada y el paisaje que nos constituye.

Es tan importante como necesario apreciar la naturaleza y resucitar los sentidos adormecidos… Es cierto que las vacaciones de verano son un momento propicio. Ante unas horas más amplias, es posible detenerse sin prisa ante florecillas y árboles desconocidos, agradecer el frescor de la piedra y recrearse en el vaivén de las olas que procuran un paisaje especial en cada atardecer.

Al regreso del mar, la tarea es no perder la huella de esa luz que llenó cada jornada viajera. Que el paisaje cotidiano no secuestre la posibilidad del disfrute. Continúa amaneciendo y atardeciendo. El sol y las nubes siguen reinventando la belleza. Los árboles comienzan a intuir el otoño que la sequía adelanta en aceras salpicadas de hojas mortecinas. Nos quedan libros, películas y exposiciones que descubrir. Y en la agenda, tenemos la opción de reencontrarnos con personas cuya palabra abraza. No veamos el regreso como un castigo, sino como una nueva búsqueda hacia el equilibrio.

Unas vacaciones extraordinarias

Ha terminado el curso escolar y después de muchos años, vuelvo a sentirme como en los remotos tiempos estudiantiles, con un largo verano por delante. Llevo meses escribiendo del cansancio, la necesidad de buscarme y encontrarme, el desánimo que se ha hecho huésped, los sueños aplazados y la salud quebrada. Y de pronto, alguien me brindó la palabra necesaria, excedencia, y me dejó sin excusas ante el espejo vital de las obligaciones al que me acostumbré desde niña.

¿Excedencia? La voz mágica fue haciéndose grande e inaplazable a pesar de todo y contra todo pronóstico. No ha habido tiempo suficiente para ahorrar y emprender aventuras, tampoco mi cuerpo estaba preparado. Esta vez no hubiera sido capaz de llenar una maleta con los pliegues del cansancio. De momento, disfruto de la pausa y el sueño. Así pues, julio ha comenzado de forma extraña, desobedeciendo al despertador programado y perpleja ante un tiempo nuevo. Aún estoy desubicada frente al calendario, procesando los consejos que me llegan y los deseos propios, cuadrando la anchura de los días con las expectativas.

Mi extrañeza está rodeada de un silencio que recuerda el tiempo de la pandemia. El bar de abajo ha cambiado sus horarios y durante la mañana reina el silencio. El instituto próximo ha bajado las persianas de las aulas y ha desaparecido el bullicio que enmarcaba mi jornada laboral de teletrabajo, entre el paseo adormilado y numeroso de primera hora y la ruidosa estampida del mediodía. Pero este tiempo no es el del confinamiento y la pandemia, aunque el bicho siga suelto, vivito y coleando. En mi caso, confío en que sea el tiempo de la salud y el disfrute, también para los proyectos de escritura que requerían las horas seguidas que no existían.

Tras los primeros días, empieza a asustarme que todo este tiempo pueda evaporarse como en una magnífica tribuna de Juan José Millas, que recuerdo al inicio de cada periodo vacacional. En aquel texto, que no logro encontrar en Internet, el gran columnista que es Millás atinaba al comparar las vacaciones con la bebida que siendo un niño reclamaba en la verbena estival; y avisaba del peligro de que estos días tan anhelados se disipen como aquella gaseosa, consumida con un ansia que impedía saborearla.

Supongo que el recuerdo de ese texto y la obstinada huella de la productividad me llevó a buscar una larga lista de tareas (personales y domésticas), que hace tiempo escribí y después abandoné por falta de fuerzas. Nada más dar con ella, Fénix se tumbó encima. Lo interpreté como un alegato a favor de la pereza. Sólo él, capaz de dormir durante horas, podía imponerme el mandato del descanso y detener el tiempo. Cuando, por fin, levantó su tripa blanca del papel, descubrí que era una vieja versión. Un nuevo hallazgo a destiempo que me enfrentaba con lo que fijamos como tarea ineludible cuando tal vez no lo sea.

¿Sustituir un rodapié arañado? ¿Comprar disolvente para quitar el adhesivo de una puerta? ¿Abrir las cajas convertidas en mesilla tras una mudanza que cumple cuatro años? ¿Ordenar las fotos que se han vuelto hambrientos seres digitales que devoran el disco duro? ¿Revisar los contratos de suministros abusivos? Por supuesto, retomar el dentista y pagarlo religiosamente; volver a revisar mis ojos y atender nuevos achaques. Guardar la ropa de invierno y buscar el bañador del año pasado porque el agua será posible tarde o temprano, y hay que ver si falla el material elástico o mi cadera. La lista era y es demasiado larga. Estoy dispuesta a tener en cuenta ese consejo felino.

Recordaré que he llegado a este punto casi por prescripción médica. Pero también me apremia que esta pausa sea una cita con el deseo de completar los cuadernos abandonados y retomar el placer de la lectura, un reencuentro feliz y productivo con las palabras. Hay varios proyectos en curso y una pila de libros que han llegado a casa sin alcanzar el hueco alfabético de la estantería. ¡Me hacían tanta falta el día de su compra impulsiva! Pero luego, más que el impulso, faltó el aliento para dar sentido a su promesa de placer y aprendizaje, porque es imposible escribir sin leer, y desde hace demasiado no encuentro el estado mental que requieren los libros que necesito.

Junto a las exposiciones pendientes y las salas de cine, libros y cuadernos han de recrear un verano como el de mi infancia, cuando el calor sofocante me impedía dormir y la madrugada sin horarios se convertía en una interminable noche bajo el flexo, hasta que un mosquito más grande de lo habitual me sacaba de algún mundo imaginario.

Para este tiempo de excedencia sin excesos, he de conectar con el largo verano que existió antes de las obligaciones, sus tardes anchas de calor y siesta, sus mañanas de pereza y tiempo por hacer. Recuerdo que, en aquellos meses de julio y agosto, rescataba las páginas sin escribir de los cuadernos escolares e intentaba historias más ambiciosas que mis recursos de narradora. También pasaba a limpio los poemas que habían ido surgiendo durante el curso. Sólo quería escribir y leer porque sabía que en las palabras existía un refugio contra cualquier inclemencia. Y ese era el mejor de los propósitos.

Hoy necesito reencontrarme con los sueños de la infancia. Quizás este verano similar y extenso sea propicio para sintonizar con quien fui y reconciliarme con quien no soy, hacer las paces con quien se perdió por recorridos vitales que no le eran propios y atendió urgencias que carecían de sentido.

¿Cómo he llegado hasta aquí? Serán los cincuenta. Será haber llegado al límite de mis fuerzas y mis preguntas. Será el deseo de alimentar la vida con nutrientes reales y saludables. Será la palabra de otros que se ha hecho estímulo y motor. Será la necesidad de respeto para conmigo… Sin duda, deben ser muchas cosas. Tantas que, por fin, me he concedido el regalo del tiempo.

El peligro de conducir la vida

No hace mucho tiempo, en uno de los cajones de la cocina, coincidieron varias cajas de medicinas que incluían el aviso de mirar el prospecto en caso de conducción; algo que, en ese papel interior que pocas veces leemos, con su letra minúscula y sus epígrafes no aptos para aprensivos e hipocondríacos, se ampliaba al uso de máquinas.

El símbolo para esta advertencia es un coche enmarcado en un triángulo rojo de peligro, aquel que aprendimos en los primeros viajes familiares, cuando reconocer señales era una forma de matar un tiempo que se nos hacía interminable desde nuestra concepción infantil. “¿Cuánto queda?”

Hasta ese momento, nunca había reparado en ese aviso, porque no conduzco. Supongo que ante el elemento gráfico del automóvil, no me daba por aludida. Sin embargo, ante la suma de cajas y triángulos rojos, caí en la cuenta del “peligro” que albergaba el cajón y la necesidad de redefinirlo para cada persona.

¿Requiere más atención conducir un coche que guiar la propia vida? ¿El peligro de la conducción incluye también al peatón, que somos todos, despistado ante un semáforo o aturdido en mitad de un paso de cebra? ¿Qué implica más riesgo y responsabilidad: guiar un automóvil, un coche de bebé o una silla de ruedas?

Evidentemente, el alcance del daño que uno puede generar con un coche es potencialmente mayor; porque en caso de accidente, no sólo el conductor y el resto de pasajeros pueden resultar gravemente afectados por ese mareo personal e inoportuno. Hay un peligro de alcance social. Pero, en todo caso, cualquier accidente con consecuencias trágicas es demoledor para la persona y su entorno. Basta una pequeña fisura, un achaque imperceptible que, de pronto, se convierte en una irreparable vía de agua.

Ahora que el reciente debate sobre el efecto de la menstruación en la salud de tantas mujeres ha generado tanto vocerío insensato, y que la Ministra de Igualdad, Irene Montero, piensa y afirma que las mujeres no van a seguir yendo empastilladas a trabajar, mantengo serias dudas al respecto. Pero además, no olvido que España es uno de los países en los que más personas recurren a fármacos con este tipo de aviso. Salvo que el médico autorice una baja, acuden a su puesto de trabajo y se mueven por la ciudad (trenes, metros, escaleras…), sin pensar que, quizás, no están en las mejores condiciones. Eso por no hablar de todos esos cuidados inevitables, en los que manejamos cuchillos y cacerolas sobre el fuego, en los que atendemos un cuerpo frágil, que puede ser el nuestro, sobre la superficie resbaladiza de una bañera.

Volviendo al principio del texto y adaptando ese triángulo de advertencia a mi vida, me pregunté si se podría considerar el ordenador una máquina peligrosa. Es cierto que nadie mata a otro con un teclado, salvo que desde él se puedan dirigir drones y aviones de combate, algo que afortunadamente ignoro… Pero muchas veces me planteo si el sector terciario, casi siempre considerado como un espacio de privilegio, es o no saludable. Evidentemente, no requiere del esfuerzo físico del primario (agricultura y ganadería, pesca, recursos forestales y minería), ni de las exigencias y riesgos del sector industrial.

Dentro de ese sector, la oficina se ha considerado durante años un espacio ideal donde la vida laboral es más fácil. Sin embargo, basta con sumergirse en los textos de Kafka o visitar su maravilloso museo en Praga para descubrir el sueño convertido en pesadilla. El escritor, que era un genio condenado a una vida que odiaba, sufrió e intuyó lo que a estas alturas está ampliamente reconocido. Y es que dentro de los riesgos laborales contemporáneos se incluyen elementos posturales y factores psicosociales que no resultan ajenos a ningún espacio de trabajo, por mucho diseño y ambiente chill que nos presenten ciertas empresas.

La propia experiencia y la de personas conocidas me hace consciente de que muchos de los que trabajamos tras un ordenador podemos relatar momentos de fatiga, bloqueo, confusión y aturdimiento, que nos han llevado a cometer errores, vernos inmersos en conflictos con compañeros o superiores, sufrir ansiedad e indefensión hasta el punto de sentirnos el blanco de un campo de batalla… Ignoro hasta qué punto se puede generalizar esta situación pero, desde luego, confieso que a mí, me ha quitado el sueño demasiadas noches; al igual que ciertos correos, que no debí enviar o recibir, han sido el punto de partida de mucho sufrimiento. Pequeños o grandes errores que se agigantan cuando desatendemos ciertas señales de peligro que rodean la existencia cotidiana, y pueden crecer hasta devorarnos, si no sabemos detener nuestro inofensivo y ergonómico ratón de plástico.

No me gustaría que este texto se entienda como una queja. Me sobran los motivos para la gratitud y sentirme afortunada con la vida que tengo. El teclado, las palabras que surgen de él, me rescatan y alimentan. A diario y bien cerca, me topo con situaciones y escucho diálogos ajenos, como esos novelistas que buscan inspiración en la cola del súper, que me rasgan y me ubican en ese espacio de tranquilidad vital que muchas personas no alcanzan a pesar de su esfuerzo.

Pertenezco a la generación de los nietos y bisnietos de quienes trabajaron con las manos. De padres a hijos, fueron aspirando a algo mejor para su descendencia. Y en ese mundo idealizado, porque se idealiza lo que no se conoce, imaginaron trabajos sin el barro de la tierra ni la sangre de los mataderos, sin doblar la espalda para cargar cajas, remendar prendas hasta el infinito o lavar ropa ajena con el agua del río. Frente a ese relato, no me pasa inadvertida la cantidad de veces que, a quienes vivimos en los ambientes artificiales de edificios y oficinas más o menos inteligentes, se nos recomienda volver al campo, cultivar un pequeño huerto o un jardín, volver a tejer, restaurar madera, pintar mandalas, amasar harina y asistir al milagro de lo que surge a un ritmo lento, ya sea un hogaza de pan casero o una tomatera florecida.

Ningún mundo laboral es perfecto. Me vienen a la cabeza dos películas magníficas para enfrentar estos dos modelos: Smoking Room y Alcarrás. Quienes no nacimos con los apellidos y contactos que engordan las cuentas bancarias con facilidad, sabemos de las dificultades y hemos asumido sin rechistar la doctrina doméstica del esfuerzo y el trabajo bien hecho. Los que jamás accederemos a una puerta giratoria hemos experimentado que cierta medicación puede producir mareos. Y también vamos aprendiendo, a base de sustos, que los mareos existenciales pueden condicionar la conducción de la propia vida, lo único que tenemos. Por eso surge este texto. Porque creo que, en estos casos, es imprescindible hacer caso de las señales. Espero que cada lector identifique las suyas.

Días y horas a medio morder

Quedaron en suspenso los últimos mordiscos; y el corazón, aún rodeado de carne, fue abandonado a la intemperie, a la espera del pico del pájaro o la succión del insecto.

Me pregunté quién perdió el hambre en ese instante, quién se hartó de morder. Me pregunté por el motivo de ese bodegón callejero y precario.

A veces nos falta el pulso así, entre bocado y bocado. Lo que tenía sentido en las dentelladas previas lo pierde en un parpadeo; y de pronto, faltan las fuerzas para todo, ya sea significativo o irrelevante.

¿Es lo mismo morder la vida que morder una manzana? ¿Qué podemos hacer con las pipas o los días que se atraviesan en la garganta como una terrible premonición? Frente a la certeza de un mundo que se rompe en una espiral interesada de odio, ¿cómo recuperar el apetito por cuanto nos pareció gozoso y extraordinario?

Aquel resto de manzana se había manifestado como un cuerpo extraño, al borde del abismo entre la posibilidad de una acera limpia y una papelera ninguneada.

Presentí que, en cuestión de horas, un golpe de gracia convertiría la fruta en mancha, justo cuando la lluvia desaparecía del pronóstico meteorológico. A partir de ahí, imaginé un mapa de azúcar sobre la acera, una hilera de hormigas, un principio de podredumbre al sol, el riesgo para una pisada incauta…

Llamaba la atención, entre las mascarillas aún presentes al aire libre y la sombra de la pandemia, ese rastro de saliva expuesta ante los ojos. El resto de manzana tenía algo de intocable. ¿Quién se atrevería a dar un manotazo sin guantes? Quizás por eso había aguantado ahí un par de idas y venidas con un margen ancho de horas. Hemos aprendido a no tocar y a temer el tacto como un nuevo mandato, aunque eso implique renunciar a abrazos y caricias tan imprescindibles como el aire.

No obstante, a pesar de las distancias tan bien aprendidas, la vida nos araña. Nunca estamos del todo a salvo, aunque a veces se nos olvide. Como se nos olvida un cierto bienestar anodino e insuficiente que sólo cobra valor ante las malas noticias que nos zarandean y nos comparan. Seguramente, llevo demasiado tiempo preguntándome por el derecho a las lágrimas. Sé que no soy la única. Nos hemos acostumbrado a un estar medio bien, sin entrar en detalles. Estar y resistir. Sobreponernos a los tropiezos y a los mordiscos que dejan nuevas cicatrices y heridas; marcas que, a pesar de su pequeñez, se vuelven tremendas bocas de insomnio y tristeza en ciertas madrugadas.

Quizás por eso, la manzana a medio morder se presentó como una metáfora, donde sólo hubo un gesto de mala educación o desidia. Una provocación ante los deseos que dejamos en la estocada. Un interrogante al inicio de un paso de cebra que no garantiza la vida del peatón. Un espejismo de equilibrio natural ante todo lo artificial que nos consume en el día a día, y nos deja desganados.

Y de nuevo, ¿qué? Reaprender a morder, como el cachorro que dejamos de ser.

Renacer ante el mar

Hace unos días comencé mis vacaciones de Semana Santa con un viaje relámpago a Barcelona. Ida y vuelta en dos días. Un encuentro familiar, una excusa para el abrazo. Nos debemos tantos, que no importa hacer un viaje a lo loco. Ganarle horas a la distancia que amplió la pandemia. ¿Cuántas visitas no han sido? ¿Cuántos puentes fueron días sin posibilidad? ¿Cuántas escapadas se descartaron durante los cierres perimetrales?

Aunque acusaba la falta de sueño y el cansancio acumulado, me sentí revivir sentada en el tren, redescubriendo el paisaje por la ventanilla. He hecho muchas veces ese mismo trayecto y soy capaz de reconocerlo, a pesar de la velocidad. La ciudad se desdibuja y la tierra cambia de color. Se suceden pequeñas colinas y parcelas donde el cuerpo sigue trabajando la tierra. El paisaje estaba salpicado de almendros y otros frutales en flor. En los taludes del tren y en el campo, se asomaban florecillas y hierbas silvestres. No logré ver amapolas, pero sí, margaritas y esas flores amarillas que resultaban un auténtico manjar para aquel canario de la infancia. Tras las lluvias de los últimos días los colores vibraban, resultando casi apabullantes.

A medida que avanzaban los kilómetros, se fueron despejando mis sentidos. Mis ojos tenían ganas de volver a leer. El bolígrafo comenzaba a hacerse necesario para subrayar aquellas páginas inspiradoras. También surgían las primeras ideas para un relato. Recordé cuántos viajes he hecho, a lo largo de los años, en el límite mismo del cansancio. Y cómo han logrado reconciliarme: el viaje como aliento. Volvía a ocurrir una vez más, y yo, silenciosamente, daba las gracias.

Llegué a Sants con la recompensa de varios relatos leídos y las notas de un texto a medias, recuperando el placer por las palabras. Eran pequeños síntomas de mejoría, la promesa de una pausa vacacional en la que reencontrarme. Bajé del tren con el doble de energía de la que tenía en Atocha, como si la lectura y la escritura hubieran sido el desayuno perfecto al que se añadía la magia de romper con la rutina y su cansancio. Ya que todo parecía posible, me detuve en la administración de lotería buscando la suerte que no tengo en Madrid. ¿Cómo no soñar con unas vacaciones perpetuas? Tampoco acerté los números de aquella noche. Me temo que los juegos de azar no son lo mío. Pero el mar estaba al alcance y me fui para allá.

Recuperé las sensaciones de ser turista, emprendiendo un camino distinto al habitual. Un plano de metro con otro dibujo, líneas de otros colores y nombres nuevos. Andenes más oscuros, anuncios con mensajes que nunca había visto y el sonido de otra lengua. El bullicio de un día laborable en el que yo estaba libre de tareas y horarios. Esa gozosa alegría.

El mar estaba cada vez más cerca. Primero, fue una línea de horizonte detrás del puerto; después, la masa azul que recogía una pequeña playa. Arena y partidos de voley, algunas toallas extendidas. El sol acariciaba el mediodía, engañando la sensación de frío. Avancé hacia el agua.

Recordé aquel viaje estival de la infancia, cuando al llegar a Jerez de la Frontera, que era nuestro destino, mi padre siguió conduciendo hasta la playa del Puerto de Santa María. Abrimos las maletas y nos cambiamos en un chiringuito de los que ya no existen. Ya lo escribió Rafael Alberti: nada mejor que ser marinero en tierra para desear el mar. Esta vez, ante el Mediterráneo, recuperaba aquellos recuerdos y volvía a vivir el mar como un premio. Pasados unos minutos también volvieron las palabras. El móvil se convertía en libreta improvisada. Podía ser el germen de un nuevo relato o de una historia más larga. Las primeras líneas fluían con la placidez del paisaje que me acunaba. Habían bastado unas horas para despertar hacia lo íntimo. El mar me ofrecía un nuevo principio: palabras en segunda persona para un yo que renacía.

Acabas de llegar a Barcelona y te has ido hasta la Ronda Litoral. Eres un náufrago de interior. Dejas atrás el Paseo Marítimo y te plantas ante el mar. Te enfrentas a su visión como quien busca curarse. El viento en la cara, el sol, el murmullo constante de las olas a tus pies.

Desde la última visita y tras las tormentas furiosas que se han sucedido, se ha formado un gran desnivel en la orilla. Nada que ver con la playa de pendiente suave que invitaba al baño como un imán. El resultado es un mirador, un trampolín donde surge un cierto vértigo. Un promontorio que te deja suspendida ante un incesante movimiento azul y verde, como si no hubiera suelo. Estás entre el agua y el horizonte. Ese espacio ideal de los veranos.

Al bajar la vista, descubres tus zapatos de todos los días. No has traído sandalias ni chanclas. No te has descalzado. La arena cede ante tu cuerpo extraño vestido aún de oficina. Se hunden tus pies y te cuesta caminar. No has podido resistirte a la fuerza de la orilla. Sabes que ese mar no te pertenece. Sólo has venido a que te bendiga y te dé esperanzas para seguir.

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