Encuentros de poesía y mujeres

Los actos relacionados con la poesía y, especialmente, con la escrita por mujeres, han ido acumulándose en mi memoria y mi teléfono, con imágenes e ideas que ya, rara vez, anoto en libretas físicas. Por el camino, se cruzó la aparición de Astillas, mi nuevo libro, al que dediqué las pocas horas posibles para este blog. De nuevo, estas líneas son la escritura a destiempo, crónicas que quedaron a medias y, pasada la efervescencia de su presente, conservan el valor de la experiencia compartida para este camino de aprendizajes que es la poesía.

El primero de ellos tuvo lugar el 20 de abril, cuando la librería La Independiente, en Madrid, acogió un Vermut poético de Genialogías, asociación feminista de mujeres poetas de la que formo parte. Este tipo de encuentros, que comenzó hace años y tuvo su inevitable traspiés en la pandemia, ha vuelto con un formato nuevo en el que tres poetas abordan un tema que les concierne, en tanto escritoras y lectoras de poesía. La cita tiene algo de mesa camilla amplia donde se ponen en común más dudas que certezas. La confidencia guía un diálogo donde nos sentimos cómplices en la escucha y la palabra, con la honestidad y generosidad de seguir aprendiendo juntas.

Con el título ‘Lenguas del estado, una poética desde la periferia’, contó con María García Díaz, Berta Piñán y Begoña Chorques, de quienes apunto una breve presentación:

María García Díaz, (Pola de Siero, 1992). Escribe sus libros en asturiano o castellano. Es autora de Espacio virgen (Torremozas, 2015) con el que obtuvo el XVI Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven; Llírica astraición (Saltadera, 2016) o Suave la matriz (Saltadera, 2018).

Berta Piñan (Caño, Cangas de Onís, 1963). Es autora de una extensa obra poética, narrativa y ensayística. En cuanto a la poesía, que escribe originalmente en asturiano y traduce al castellano, cabe destacar: la antología Noches de incendio (1985-2002) (Ediciones Trea, 2005); La mancadura / El daño (Ediciones Trea, 2010) y Argayu / Derrumbe (Bartleby, 2024).

Begoña Chorques (Xàtiva, 1974). En 2016, publicó su primer poemario, Olor de manzana verde. Después, presentó el poemario Ausencia / Ausencia, en versión bilingüe (2018). Mantiene el blog personal Una cambra pròpia (Un cuarto propio). Ha publicado diferentes relatos cortos y la novela ‘Només una. Que si no, faré tard‘.

Para quien ha nacido y crecido en Madrid, para quien el castellano ha sido su lengua materna y la primera de todas las lenguas, la de cultura, la familiar y la que se estudia, fue muy interesante acercarme a la experiencia de tres mujeres que han tenido la suerte de conocer dos lenguas desde la infancia y han vivido una situación de conflicto y pregunta en la que la lengua podía ser a la vez, arraigo y desarraigo, elección o encuentro y también la constante presencia del neologismo, para inventar lo que aún no se ha dicho.

Inevitablemente, junto a esa cuestión que unía a las tres poetas, surgieron otras en las que me sigo sintiendo interpelada, como son las cuestiones políticas, el sentimiento de clase y la condición de mujer.

El encuentro nos brindó la aclaración conceptual entre lengua minoritaria, minorizada y la diferencia entre oficial y no oficial. El término periférico nos permitió salir de lo político y entrar en lo cultural. Se recordó la frase de Cioran: “no habitamos un país, sino una lengua”. Por eso, según dónde se nazca y viva, cuando se puede escoger, la poeta ha de elegir en qué lengua quiere escribir. Begoña Chorques reconoció que, al escribir en valenciano, optó por la lengua materna que había en su casa. “Aunque no la empecé a escribir hasta 4° EGB, yo escribo para recoger la lengua de mi madre y de mi abuela”. En el caso de María García Díaz, en su colegio no se estudiaba asturiano: “No fui alfabetizada en esa lengua. Fue voluntad propia estudiarlo por mi cuenta y con la poesía, la posibilidad de escribir en la lengua en la que te dan el cariño”. Por último, Berta Piñán explicó que su caso fue una elección consciente y política al llegar a la universidad: “Yo no sabía que lo que hablaba en casa era asturiano y que, por tanto, era la lengua en la que escribía desde la adolescencia. Al descubrirlo, me sumé a una corriente que existía entre algunas personas de la cultura, que vivimos la aventura de normalización de una lengua y en mi caso, hacerlo desde lo poesía”.

Después de su charla y la lectura de sus poemas, citaron los nombres y las obras de otras. Y así, pude anotar a Maria Mercè Marçal, Rosalía de Castro, Nieves Neira, Chus Pato, Maria Josep Escrivá, Teresa Pascual, Luz Pichel, Mirem Agur Meabe, Olga Novo y Leire Bilbao. En su relación y mi apresurado apunte, quedan obras pendientes por descubrir, barreras y prejuicios, la carencia de escucha dentro de un mismo territorio. Y también la determinación de buscarlas.

Seguramente, aún mecida por la música del asturiano, me fui el 7 de mayo a la presentación del último libro de Berta Piñan, Argayu / Derrumbe (Bartleby, 2024), que nos ofreció una tarde memorable en la librería La Mistral. Como dijo la periodista Lara López en sus palabras iniciales: “Un libro, un bosque, un encuentro… La posibilidad de ser o escribir como ella, aunque, no. Versos raíces que dan alas. Un libro lleno de senderos y de presente”. En aquel momento, en el que Astillas no era sino un secreto que se batía contra mis últimas dudas, las palabras de Berta Piñán fueron luz que no pude agradecer. Porque ella fue honesta al explicar cómo se había enfrentado a la edición de un libro “escrito hace varios años, para lo bueno y para lo malo, al que, al final, le quité poemas y le cambié la estructura”. Palabras como duda y herida nos hermanaban, también la escritura sobre el tiempo y estar ante un texto que nos expone, conscientes del reto de asumir ese desnudo, lo que se escribió hace tanto y ahora resuena de otro modo tanto en la autora como en los demás lectores. Las frases de Berta Piñán de aquella tarde no se deberían perder: “De la mano de las demás, es como escribimos, en un tapiz, lleno de hilos”, con una “escritura para estar en el mundo y para entenderlo y comprendemos en él”. Y al hablar de poesía, presentarla “como esa combinación de trabajo y misterio, ese lugar extraño en el que decidimos quedarnos muchas tardes, muchos días; aunque fuera haga sol y la gente se esté divirtiendo y nos llamen para tomar un café”.

En junio, solo pude compartir uno de los reencuentros que propició Genialogías, y compartir versos, mesa y mantel con ocasión de nuestra Asamblea anual. La cita sirvió para escuchar poemas e iniciativas de otras, proyectos de varias, impulsos de muchas, confidencias de todas. Tuvimos como invitada a Ana López-Navajas, quien nos explicó el proyecto europeo Women’s Legacy, que rescata el legado cultural de las mujeres silenciado en los currículos educativos, tanto de España como de otros lugares del planeta. Un proyecto que se presentó en 2022 asombrando al mundo y que, dos años después, corre el riesgo de perder su ilusionante impulso porque un cambio de gobierno ha implicado dilaciones, desinterés y palos en la rueda.

Aún no saben algunos que el feminismo y las acciones de las mujeres no dependen de sus decisiones. Que muchas somos conscientes del fraude cultural y educativo en el que crecimos y eso nos resulta insoportable. Que necesitamos, como el aire, rescatar el tiempo y la memoria raptadas. Women’s Legacy presenta una cadena de voces femeninas, por mucho que los manuales, los libros de texto y el relato de la crítica, se empeñe aún hoy en presentar poetas y escritoras desperdigadas como si hubieran sido un verso suelto, la excepción o la cuota. No somos nada de eso y, aunque sabemos de la belleza de los márgenes y de las flores de un día, vamos a seguir trabajando por abarcar todos los caminos que se abran ante los ojos, cada una los suyos. Sin pedir permiso, simplemente, siendo. Rescatando los versos de Julia Uceda, recientemente fallecida, otra voz robada que hubiera sido faro si todo hubiera sido distinto.

La caída

Para Manuel Mantero

Hay que ir demoliendo

poco a poco la sombra

que vemos. Que nos dieron.

Que nos dijeron «eres».

Hay que apretar las sienes

entre los dedos. Hay

que asentir a ese punto

-comienzo, duda o hueco-,

que yace dentro.

Y es preciso

que en una noche todo arda

-el «eres», el «seremos»-

y el terror polvoriento

nos muestre su estructura.

Es urgente bajarse

de los dioses. Tomar

el fuego entre las manos.

Destruir esos «yo» que nos presentan

una hilera de sombras agotadas.

Y dejarse caer sobre el principio

de la vida. O del sueño.

Ser solamente vida

presente. Sin recuerdo

de ayer ni de mañana.

Julia Uceda. (Del libro Extraña juventud, 1962)

Astillas, mi nuevo libro

Con alegría, con cierta timidez, con respeto a la palabra definitiva, me emociona anunciaros que Astillas, mi nuevo libro de poemas, ha salido de imprenta para llegar directamente a la 83ª edición de la Feria del Libro de Madrid, a la caseta de Bartleby Editores (232).

Astillas, Ana Belén Martín Vázquez. (Bartleby. Madrid, 2024)

Aún me cuesta creer que Astillas son ya páginas encuadernadas y temblorosas en el Parque del Retiro donde, en cuanto pueda, iré a su encuentro. Hace algunas fechas, cuando recorrí un Retiro primaveral que estallaba en buenos deseos, había comenzado el montaje de la Feria del Libro, pero aún era pronto para anunciar nada. Se trata de mi segundo poemario y aún así se repiten el titubeo de la impostora que pide permiso, la ansiedad y la torpeza de principiante. Algo parecido a lo que experimentaba cuando hacía teatro: por muy sabido que estuviera el texto, por muy ensayada que estuviera la obra y por muchas veces que la hubiéramos representado ante públicos diversos, las mariposas del estómago me tomaban por entero al exponerme ante otros con una voz y un cuerpo mucho más desnudos de lo que decía cualquier personaje.

Astillas es un libro escrito desde un dolor desconcertante. En él, apenas cabe un personaje ajeno, aunque la expresión poética siempre deja márgenes y espacios fuera de quien de lo escribe. Su título evoca la astilla que se clavaba en nuestro dedo infantil, provocando un dolor muy intenso, a pesar de surgir de un cuerpo minúsculo, casi invisible. En esa metáfora, se sustenta la sucesión de estos poemas que tienen su origen en momentos sombríos, una tristeza difícilmente explicable.

En la contraportada, Manuel Rico, director de la colección de poesía de Bartleby Ediciones, dice así: “La herida se proyecta en espejos imaginarios y encuentra su dimensión más inquietante en la realidad de la muerte y la experiencia de un cuerpo agotado. Los días, en cada amanecer, asoman inciertos, y la vida avanza bajo la sombra de obligaciones y renuncias que la condicionan y limitan. Para la poeta, la casa deja de ser refugio. El insomnio se funde con la memoria. Cada recuerdo, como cada palabra, dejan de acompañar, de ser cómplices”.

Como todos mis libros y proyectos literarios, Astillas es la historia de un largo viaje. Sus primeros poemas surgieron en 2018, en un inicio en tromba que buscaba una inalcanzable salvación a través de la palabra, un consuelo casi imposible. Los años de elaboración y relectura han acompañado lo vivido y, afortunadamente, confluyen en esta primavera y esta novedad editorial donde me permito interpretar esas astillas como el material con el que encender un nuevo fuego. Si el primer poema, un poema prólogo que enmarca el libro, parte de una invención de lágrimas a las que no se tiene derecho, el último apunta a un tú desvanecido que empieza a construirse en otro sitio. Astillas es la memoria rota de un tiempo difícil y también su costura, su apertura a la vida y al deseo negado.

Afortunadamente, la publicación de este libro cierra un período complejo. Por eso, nada me hace más ilusión que volver a la Feria del Libro de Madrid, y firmarlo el próximo viernes 14 de junio de 2024, de 19 a 21 horas, porque compartir duelo es una forma de volver a aferrarse a la vida. La Feria del Libro de Madrid es para mí un lugar mágico, casi mítico, donde los sueños han cobrado sentido en muchas ocasiones y, al igual que las astillas, también conecta con la infancia. Porque yo fui una niña que fantaseaba con estar al otro lado de las hileras de libros, en esos nombres que repetía la megafonía, y me emocionaba al ver que algunas pocas mujeres: Carmen Martín Gaite, Gloria Fuertes, Soledad Puértolas, Josefina Aldecoa, Maruja Torres… estaban al otro lado, aunque no hubiera rastro de ellas en mis libros de texto.

Agradezco a Bartleby Editores que lo haya alojado en su catálogo, donde también apareció De paso por los días. Algunos agradecimientos tienen nombre y apellidos: a Pepo Paz, por su trabajo y su esfuerzo, para que el libro y yo pudiéramos encontramos en la caseta 232; a Manuel Rico, director de la colección de poesía de Bartleby, por su lectura y su acogida; y a Cristina Morano, por su bella y atinada portada. Como todos los libros, Astillas ha sido posible también gracias a la inspiración de otras voces. Por eso, en las citas iniciales, he rescatado unos versos de “Desmesura”, de Francisca Aguirre, y un poema del tensó Tan cerca de ningún lugar, de Alberto Cubero y José Luis de la Fuente. El libro está dedicado a mi madre y a mi padre, porque es un alegría que lo puedan coger con sus manos. Además, al margen de los nombres impresos, responde a una gratitud inmensa hacia quienes me leen y me alientan a seguir en este extraño lugar de la poesía y la escritura.

El libro estará disponible desde el martes 11 de junio en la caseta de Bartleby Editores (232), y en librerías el 24 de junio de 2024. Y mientras me enredo en palabras y deseos, me pongo a jugar con ese número capicúa íntimamente perfecto y con la noche mágica de San Juan, donde se celebra la renovación del fuego, y siento la fuerza de una fuerza inspiradora a la que aferrarme, después de todo.

A partir de ahora, Astillas es vuestro. Ojalá le deis cobijo y os acompañe.

Por fin, una doble primavera

Quienes leéis los textos que voy escribiendo para este espacio personal os habréis dado cuenta de los tiempos sombríos, del cansancio, de las veces que me faltó la energía. Es cierto que no ayudaron la pandemia ni las exigencias de la vida cotidiana, demasiado gobernada por esa palabra, exigencias, que he escrito antes de la más importante, la vida, la que no debemos convertir en complemento sino valorar como núcleo, lo único que tenemos.

Por eso creo que, en cierto modo, os debo un texto de renacimiento. Un texto que, esta vez, no está ligado a los buenos deseos del cambio de año o del cumpleaños, en los que siempre me surge una esperanza y un balance que me arroja a lo bueno, aunque, en los últimos años haya sido más teoría que práctica.

Con la perspectiva del tiempo, soy consciente de la fragilidad de la salud mental, incluso teniendo todo a los ojos de los demás; del daño que nos hace una existencia de la que nos sentimos ajenos. Años de terapia y la compañía de personas y cosas buenas van dando, por fin, resultado. Y aunque da un poco de miedo decir que la tormenta ha pasado, sí que creo que, por fin, está más lejos. La siento a la distancia, tras las ventanas de mi casa. Ahora sé que es capaz de arrasarlo todo. También confío en estar mejor preparada si vuelve, y que el aprendizaje de este tiempo (y el que queda), constituya un buen refugio. De paso, este texto me servirá para recordarme que estos momentos fueron posibles y de rescatarlos, con todas mis fuerzas.

En los últimos días, me he sorprendido a mí misma tomando fotografías de las flores de los jardines, cuando hacía tiempo que la cámara de mi teléfono móvil no registraba la llegada de la primavera a Madrid. A pesar de su marco ciertamente artificial, se han multiplicado centenares de flores hermosas dispuestas a recordarnos que la belleza, a veces, ayuda a una cierta reconciliación interior. Con el mismo impulso, mis ojos insisten en detenerse en el azul del cielo, tan espléndido y diverso, con esta multitud de nubes que juegan con nosotros entre nublados y chaparrones inofensivos.

Al regresar al Retiro, donde hacía demasiado tiempo que no paseaba sin prisa, he vuelto a recuperar la sensación de plenitud que me contagian sus enormes árboles, los espacios de sombra tejidos por un verdor radiante de ramas cruzadas y la belleza de parterres de flores, diversas y espléndidas, agradecidas por las recientes lluvias y una temperatura todavía agradable y tibia. Han brotado flores incluso en los tejadillos de las instalaciones de conservación. Los niños correteaban y el césped invitaba a la charla o la siesta. Los mirlos esquivaban la foto pero regalaban un canto alegre, peculiarmente vital. La cría de una pareja de patos aprendía a nadar en el pequeño estanque donde caía un agua mansa, procedente de la cascada artificial que nace en la Montaña de los Gatos. Y cuando llegué al Paseo de Coches, descubrí los preparativos de la próxima edición de la Feria del Libro. Allí estaban las casetas ya montadas, con sus persianas arriba y un gran vacío, hambriento de papel y palabras, de ficciones, ensayo y poesía, de viajes e ilusiones donde volveré en unos días.

Mi paseo continuó por la calle de Alcalá. El bullicio era innegable en terrazas repletas que ya no provocaron mi malestar. Se ha hecho un discurso tan infame de las cañas y se ha producido una invasión tan incívica de la vida vecinal a costa del terraceo que nos han robado también, de alguna manera, alegrarnos del reencuentro que se da en cada mesa, donde los grupos de amigos comparten risas y planes, y las parejas se reencuentran en besos y confidencias, por fin, fuera de las pantallas.

En el Paseo de Recoletos me esperaba la 46ª edición de la Feria del Libro Antiguo y Ocasión, que supuso otra doble cita, tanto con mi nostalgia como con mi renovación. En mis tiempos universitarios siempre iba, sobre todo, a la de otoño, cuando buscaba, a un precio reducido, algunos de los libros que necesitaría a lo largo del curso. Sin embargo, en las últimas ediciones, dejé de acudir o lo hice mirando los libros con desgana, sintiendo que no había lugar para ninguno más, mientras las lecturas pendientes se acumulaban estérilmente en casa. En la última visita, he recordado a aquella compradora impulsiva, que al margen del listado que generaban los estudios, se lanzaba a las gangas de los grandes nombres sin reparar en nada más. La lectora que soy, con los años, sabe que no todo vale. El tamaño de letra es crucial cuando descubres que, sin las gafas que corrigen la presbicia, incluso cuesta descifrar la letra enfática y mayúscula de títulos y autores en los lomos. Me llamó la atención ver aquellos libros de Enid Blyton, que llenaron las vacaciones de verano con largas noches de lectura, a precio de saldo.

No pude resistir la nostalgia ante esas ediciones; tampoco al acariciar los libros de las editoriales que nos proporcionaron el salto a una literatura de adultos en formatos asequibles. Allí estaban las ediciones de Austral, con su guarda de papel vencido; las de Alianza, Bruguera, Cátedra o Edaf; las que cruzaron el charco gracias a Losada; las colecciones de quiosco, que hicieron accesibles algunos títulos anhelados. De todas ellas, quedan ejemplares en mi biblioteca, y cada uno de esos libros me habla de la lectora que fui. Agitada por los intereses y motivaciones actuales, por la tarde primaveral y la fuerza del azar, que siempre es decisiva en las librerías de lance, volví a descubrir decenas de libros que me interesaban y la cartera se abrió más veces de las que había previsto. Es cierto que tengo ya suficientes libros pendientes de leer, en diversos rincones de la casa que ocultan la evidente acumulación. No obstante, que el deseo volviera a ponerse en marcha era una noticia excelente. Y me dejé llevar, manteniendo, eso sí, una cierta cordura. Por eso, me detuve cuando ya cargaba siete libros nuevos que prometen el descubrimiento de la literatura que hoy me interesa y nutre.

Creo que empiezo a salir de un para qué desganado y voy llegando a un porque sí. Ya era hora. No es un sí caprichoso e irracional sino una afirmación consciente de quien se reconoce en las heridas y abre un nuevo camino. La persona y los proyectos que quiero ser y emprender. Ya era hora. También hora de compartirlo y de agradecer a quienes habéis estado al lado, del cuerpo o de los textos, que vienen a ser un todo.

La poesía de Juan Carlos Mestre y la desobediencia de las palabras

En mi crónica literaria anterior, anticipé varias fechas señaladas en par o impar, rojo y poesía para la siguiente semana. Afortunadamente, las fuerzas acompañaron y disfruté mucho de todas ellas. Aquí os dejo una parte de lo vivido y escuchado (continuará). Reescribirlas para mi blog es una forma de pensarlas, compartirlas y mantener el recuerdo, lo que supone, etimológicamente, volver a pasarlas por el corazón. Creemos que lo escrito permanece. Yo siento que sigue latiendo.

El pasado 16 de abril, la apertura de los actos de la XXV edición de Vallecas Calle del Libro comenzó con un magnífico y emotivo homenaje al poeta Juan Carlos Mestre. Manuel Rico, escritor y crítico, avisó a quienes le iban a escuchar por primera vez: “un poeta muy personal, profundamente comprometido en favor de la libertad, los derechos civiles y la memoria, con una voz que potencia aún más la que ya es, de por sí, una poesía dominada por un lenguaje vivo, lleno de iluminaciones, incertidumbres, quiebros imprevistos e imágenes deslumbrantes”. Estaban bien avisados los neófitos.

A continuación, tomó la palabra el poeta Antonio Crespo Massieu, encargado de la selección y el prólogo del libro titulado La desobediencia de las palabras, publicado por Bartleby Editores y entregado al final del acto a todos los asistentes. “¿Qué puede decir el poeta en estos tiempos sombríos?”, se preguntaba y respondía Crespo Massieu, desde un conocimiento profundo y afectivo de la poesía de Mestre, entretejiendo las palabras de ambos: “alentar el discurso de lo imprevisible, ser una voz más en la república de la imaginación, defender la alegría y ayudar a construir la casa de la verdad”. Todo ello desde “un compromiso cívico que mira el horror de la historia con la terca voluntad de alimentar los sueños y proclamar la necesaria verdad de la esperanza”.

Las palabras esenciales de la poesía de Mestre volvían a enunciarse, y junto a ellas, los nombres de autores que han señalado su camino: Keats, Char, Camus, Celan, Benjamin, Arendt o Ajmatova… También la referencia a los títulos publicados por el poeta berciano, a lo largo de cuatro décadas, como una forma bellamente hilvanada de presentar su poética, yendo de la desgracia a la desobediencia pasando por la Antífona, La tumba de Keats, La casa roja o La bicicleta del panadero y acabando con 200 gramos de patacas tristes, un libro escrito en gallego que rinde homenaje a quienes hablaron esa lengua casi en secreto, en un acto de amor clandestino. Cerró Antonio Crespo su intervención como cierra el maravilloso prólogo de esta antología: “Ojalá algún día las estrellas sean para quien las trabaja”. Y todos asentimos con él.

La luz azulada que inundaba el escenario podía ser el cielo para esas estrellas en un auditorio asombrado en la voz de Mestre, que nos ofreció un recital en estado de gracia. Volvió a emocionarme como la primera vez, a pesar de las numerosas ocasiones en las que he tenido la suerte de escucharle. Me sorprendí a mí misma al reconocer que me sé de memoria muchos de los versos de sus poemas más celebrados, aunque me costaría recitar alguno de los míos. Agradecí haberme concedido el tiempo y el espacio para compartir aquellas de horas de homenaje y expresarle así, desde mi butaca, mi gratitud por el aliento y la confianza que siempre me ha transmitido, haciéndome creer que tenía sentido perseverar en la escritura.

Y después de esos poemas, después de la llamada a los ebanistas y la denuncia de los sátrapas, tras la memoria de la necesidad en los antepasados y el cruce de caminos entre “Cavalo Morto y Lèdo Ivo”, cuando los aplausos nos devolvieron a la realidad, tuvo lugar un breve coloquio entre los tres poetas y amigos, que aprovecharon para hacerse nuevas preguntas y nos ofrecieron así la magia de la confidencia y la camaradería, junto al respeto y la admiración mutuas. El acto concluyó con un largo poema de Juan Carlos Mestre, el mismo que cerró el recital “Poesía por Palestina”, organizado en Madrid (y otras tantas ciudades del mundo), el 20 de enero de 2024. El quinto mandamiento, «No matarás», repetido y doliente, volvió a conmocionar a quienes lo escuchamos, quedándose en el aire de las plegarias desatendidas, los ojos llorosos y la certeza de esta infamia contemporánea.

Tantos días después, cuando por fin publico estas líneas, esa guerra genocida sigue avanzando. Tantos días después, Mestre ha copiado el poema completo en sus redes sociales.

Os dejo la primera y la última estrofa de ese poema en prosa que escuece donde dice:

No hay escuelas en los cementerios, ni pájaros de Zarover que murmuren entre los salmos. Nadie necesita ser amigo de una cruz para convertirse en otra cruz. En el corral sacrifican al cordero y sobre las mortajas despuntan las estrellas con los dientes rotos. Toda persona es un igual entre la especie humana y ninguna salvedad enmudecerá su espíritu ante la degollación de los inocentes.

(…)

Son los tanques frente a lo único verdadero, la vida, el valor absoluto, es la ruina moral de los actos de fuerza, la disimetría del conflicto, la violencia irrestricta contra la modesta condición de las víctimas. Llámalo como quieras, pero entiéndelo de una vez para siempre, no hay escuela en los cementerios, escrito está, escrito estuvo y escrito sigue en las Tablas: No matarás, no matarás, no matarás.

Juan Carlos Mestre

Quien quiera leerle, puede empezar por este regalo…

Otro cumpleaños que celebrar

Si atendemos a las noticias de los medios de comunicación, apenas hay motivos para celebrar. Supongo que, por eso, cada quien, sin dejar de abrir los ojos y el pensamiento a cuanto nos rodea, tiene derecho aún a atrincherarse en los espacios de íntima felicidad. Un nacimiento, un tratamiento médico concluido, un nuevo proyecto o un amor… Por supuesto, también un cumpleaños.

Escribo estas líneas para compartir la celebración del mío, el pasado Día del Libro, y agradecer vuestras felicitaciones y vuestra compañía. Sé que hay personas que viven su cumpleaños como quien se topa con un accidente del documento de identidad. No es mi caso.

Siempre lo he celebrado. Y quizás, tras los dos cumpleaños limitados por la pandemia, el primero, encerrada en casa con Fénix; y el segundo, los cincuenta, con restricciones para grupos y desplazamientos, soy aún más consciente de que seguir cumpliendo años, con la certeza de ser una persona afortunada, es una fiesta. Así ha sido también este año.

El primer regalo fue pedirme el día libre. Dormir algo más, levantarme y desayunar sin prisas, atender llamadas y mensajes, devolver la felicitación y el cariño con gratitud y emoción. Al subir la persiana del dormitorio, el reflejo del sol me recibió en un punto donde nunca lo había encontrado. Daba de lleno en la ventana de enfrente, me ofrecía un guiño de luz radiante para lanzarme a los 53. ¡Bienvenidos!

Cuando más tarde salí a la calle para compartir mesa y mantel, el cielo mostraba un azul limpio y espléndido, una fuerza indecible. Lo comenté con mi padre. Ese azul. Me contestó que ya Gómez de la Serna decía que la luz de abril era la mejor de los cielos madrileños y, por tanto, la más adecuada para visitar las salas del Museo del Prado. No dará tiempo en abril, pero tengo que volver al Prado y lo he anotado en los planes del nuevo año vital.

Comida y cena sirvieron para reencuentros, confidencias, alimentar el cuerpo y el espíritu. Rasgué papel de regalo, recibí sorpresas y flores. Tampoco olvidé entrar en una librería para unir mi celebración personal con el Día del Libro. Desde que tengo memoria, nunca ha faltado un libro nuevo en cada cumpleaños. También acudí a mi cita con la lectura y el aprendizaje de la escritura, en el taller de los martes. Escribir y leer me han constituido desde la infancia. Los libros jalonaron el camino. Los borradores propios, también.

Soy quien soy por mis ancestros y mis circunstancias, celebro cumplir años y sigo aprendiendo. Me interrogo por los aspectos que no me gustan y miro con la perspectiva del tiempo en quién me he convertido. En mi caso, todo cumpleaños es un balance. No he podido evitar pensar en la niña que soñaba ser escritora, sin el referente de nombres de mujeres donde poder reconocerse; tampoco en la joven que dudó entre estudiar Políticas o Periodismo. Finalmente, me decanté por el amor a las palabras, confiando, ingenua hasta la médula, en un periodismo capaz de ayudar al cambio social y contribuir a mejorar el nivel educativo y cultural de la sociedad.

En estos días, reconozco los espejos astillados, los sueños rotos y también, el material de construcción del futuro. En política, hubiera durado un cuarto de hora. En cuanto al periodismo, me queda este espacio irrelevante desde el que escribo algunos artículos sabiendo que no voy a cambiar nada. Si acaso, ayudar a la reflexión de otra persona tan aturdida como yo misma, con parecidas preguntas sin respuestas.

Somos los espectadores de una realidad atroz donde la vida y la verdad no valen nada. Donde los muertos del genocidio de Gaza son la cifra de un informativo, una frase telegráfica que responde a la exigencia de un titular bien escrito, aunque carezca de alma y consecuencias: “las autoridades de Gaza estiman en 34.350 los muertos en la Franja por la ofensiva de Israel”.

Entre tanto, en nuestro país, un montón de noticias prefabricadas desde el odio y la mentira alimentan el mecanismo de una justicia estéril y ponen en peligro los valores democráticos. No es nuevo, ha ocurrido en Brasil y Portugal, por citar un par de ejemplos. Y quizás, como ha comentado el ensayista César Rendueles en una red social, comenzó el 11 de marzo de 2004, cuando las familias de los muertos del peor atentado de nuestra historia fueron insultadas y calumniadas por quienes no se resignaban a la derrota electoral, consecuencia de otras mentiras. Me temo que nuestra democracia heredó una carga y unos manejos que tal vez sean demasiado venenosos para su futuro, como explica de forma magistral Ignacio Escolar, en el artículo titulado ¿Merece la pena?

No obstante, en medio del ruido y nuestro cansancio, aunque cueste, hay que seguir defendiendo la esperanza. Seguir escribiendo y leyendo para no dejar que el cerebro y el corazón sean colonizados por la insidia y la maldad. Resistir desde la alegría y la celebración de la vida, que es lo único que tenemos, sin perder la memoria ni la dignidad. Para ayudarme, rescato las palabras preliminares en la antología poética de Juan Carlos Mestre, titulada La desobediencia de las palabras, recientemente editada por Bartleby. “¿Qué puede decir el poeta en estos tiempos sombríos?”, se pregunta Crespo Massieu, responsable de la selección y el prólogo, que responde partiendo de la voz de Mestre: “alentar el discurso de lo imprevisible, ser una voz más en la república de la imaginación, defender la alegría y ayudar a construir la casa de la verdad”.

Cierro estas líneas desde la resistencia que conocemos los que no hemos sido hijos ni nietos del privilegio sino del esfuerzo. Pongo un punto y seguido en mi pequeña celebración de la vida con la belleza del álamo que todos los días veo desde mi ventana. Hace algunos veranos, por la noche, alguien quemó un contenedor próximo. El fuego alcanzó su corteza y las ramas más bajas. Aún quedan huellas de esas heridas, pero cada primavera se llena de hojas nuevas y ya es el árbol más alto de la plaza.

Encuentros con la poesía

Las semanas transcurren como ráfagas, mientras las obligaciones y las averías domésticas consumen el tiempo por entero o roban las horas que había soñado para mí. Mientras tanto, no paran de nacer libros, surgir encuentros y lecturas, pero me es imposible atender tantas convocatorias. Desde estas líneas, van también mis disculpas por las ausencias.

Reconozco que el cansancio y un cuerpo que requiere horas de ejercicio y cuidados no pueden con más horas de escucha sobre una silla, aunque íntimamente anhelo el encuentro con la palabra, para seguir alimentándome. Por eso, los viernes, algunos viernes, he acudido a su cita. La promesa del fin de semana y la celebración del abrazo aplazado me han dado el empujón definitivo. Aunque no haya habido tiempo para la crónica ni la reflexión posterior. Quizás no sea tarde, sobre todo, porque si se recuerda y se escribe, permanecerá.

En el VII Ciclo Poesía y Psicoanálisis, una de las actividades enmarcadas en los ‘Diálogos con el Arte’ que organiza el Foro Psicoanalítico de Madrid, escuché la voz poética y reflexiva de Arturo Borra que conversó con el psicoanalista Gabriel Hernández el pasado 15 de marzo. Una vez más, el diálogo, coordinado por Alberto Cubero, entre un poeta y un psicoanalista propició una atmósfera de íntima confianza en la que Arturo Borra nos hizo partícipes de sus poemas y sus procesos creativos “en estos tiempos, en los que peligra la hospitalidad de la escucha”. Frente a ese contexto, Borra nos dijo: “la escritura de la poesía busca cavar un pozo o abrir grietas. Es un ejercicio incómodo al que entregamos nuestro tiempo, y no sólo el tiempo; a cambio de, nada más y nada menos, que la propia poesía”. Su voz continuó: “uno escribe desde la intemperie, arrojado a una tierra de nadie que rebasa lo sistémico. La poesía apunta a otra lengua que no es comúnmente aceptada y, sin embargo, el acto poético es un acto de comunión, porque la poesía abre lo simbólico, surge de una experiencia de asombro y conecta con lo que no es decible, ofreciendo una propuesta de diálogo entre iguales, entre autor y lector”. Se citaron muchos autores, entre ellos, los que apunto en esa lista imposible de un ocio más ancho: Eduardo Milán, Jacques Derrida, Roberto Juarroz, Julia Kristeva, Mark Fisher… Mientras los propios libros de Arturo Borra volvieron a recordarme su lugar en las estanterías de casa, en especial, el titulado Poesía como exilio (Prensas de Zaragoza, 2017).

Tras la pausa de Semana Santa, Ana Martín Puigpelat y Leandro Alonso, nos convocaron a la presentación de su último trabajo. Me reconcilié con el mundo cuando la poeta y editora Nares Montero reconoció que “la incomodidad es muy fértil”. Guardé esas palabras como amuleto presente y futuro, para luego, adentrarme en el libro que nos reunía, titulado La inversión o el reflejo, editado por Evohé. Entre montajes fotográficos profundamente inspiradores y poemas cuyo principio y proceso han olvidado sus autores, este trabajo a cuatro manos nos habla de lo impersonal y de la creación desde el nosotros, de la fuerza de un lenguaje casi telegramático y el peso de lo fragmentario, del poder evocador de la imagen y la palabra que se intercambia y crece.


Sin cerrar nada, cierra esta crónica de urgencia contra la amnesia, el acto organizado por la Asociación Brocal y celebrado el pasado el pasado viernes en Alcobendas, en torno al libro titulado Extravíos (Kaótica Libros, 2023), de Esther Peñas quien dice “escribir sin pensar” y reconoce este texto como un “libro a caballo entre lo reflexivo y lo poético, donde el amor, como territorio no conquistado por el capitalismo nos acoge». La conversación entre Esther Peñas y Alberto Cubero fue de nuevo inspiradora. Benditas sean las personas que aún sostienen que: “la mejor forma de vivir es hacerlo con gratuidad, y cuanto implica de cuidado, escucha, detalle y acoger al otro… Al margen de la recompensa”. Reconocía Esther Peñas que recibimos muchos impactos que nos distraen de lo que verdaderamente nos importa. Por eso, insistió en la importancia de recordarnos qué queremos y de ser honestos con nuestro deseo. Algunas de las palabras clave de la velada fueron belleza, bondad, esperanza y verdad, también la importancia de lo pequeño y los márgenes. Ojalá se cumpla su bella proclama, “distraídos venceremos”, y cada una de las “bienaventuranzas futuras” con las que se cierra este libro. Así, por ejemplo: “Bienaventurados los que no saben, porque serán colmados de flores. (…) Bienaventurados los astrónomos, pues ellos trazarán el camino”.

En una de las sillas, reposaba antes de llegar a manos de Esther Peñas, un ramo de lilas silvestres. Un regalo, un recuerdo y un guiño al tiempo, que me hizo recordar mi poema ‘Rituales’. Aquí lo dejo también, porque en estas fechas es inevitable.

Rituales

Los lilos ofrecen sus flores

en ramas cercanas.

Su generosidad sorprende.

Su entrega los desnuda.

Un golpe de nostalgia

sacude sus hojas firmes,

las astillas del tronco,

el perfume en los pétalos.

Son las lilas de la abuela.

Las vimos llegar

al jarrón verde de barro

en los años de la infancia.

De paso por los días, (Bartleby Editores, 2016. Madrid).

Esta nueva semana arranca con varios días marcados en par e impar, rojo y poesía:

– 16 de abril. Homenaje a Juan Carlos Mestre, dentro de los actos de la XXV edición de Vallecas Calle del Libro.

– 19 de abril. Nueva sesión del VII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, con Rosa Lentini.

– 20 de abril. Vermut poético de Genialogías: ‘Lenguas del estado, una poética desde la periferia’, con María García Díaz, Berta Piñán y Begoña Chorques.

Ojalá las fuerzas den para todos ellos. Ha llegado la primavera, estoy a punto de celebrar otro Día del Libro, es decir, de inaugurar otro año vital y renovar mis deseos. A pesar de cansancios y silencios, toca ser quien soy y amar cuanto me constituye. Si podéis y queréis, nos vemos por el camino.

Un viaje a Baeza y Úbeda

Deshago la maleta y vuelvo la mirada a las últimas fotografías, cubiertas de lluvia y niebla. Hacía siete años que no viajaba en Semana Santa y ha sido fácil comprender por qué he tardado tanto en aprovechar estos días festivos para salir de la rutina. En efecto, todo lleno, a pesar de los pronósticos meteorológicos; todo más caro e incómodo, siguiendo las dinámicas del turismo de nuestros días; y una autovía ampliamente colapsada, a la ida y a la vuelta, entre accidentes y cortes, entre la precaución y el peligro de tantos planes y su urgencia.

Y, sin embargo, los cuatro días de sur han sido un bálsamo y un descubrimiento. No conocía Baeza ni Úbeda, y aún me pregunto cómo es posible haber tardado tanto en acercarme a dos ciudades que fueron reconocidas como Patrimonio de la Humanidad en 2003. Mi despiste se ha compensado con el flechazo que me han producido ambas en este primer viaje, motivo suficiente para prometerme volver.

Baeza ha sido tan acogedora y hospitalaria por su tamaño y sus gentes, como bella en sus monumentos y rincones. Una ciudad que mantiene una escala acorde con lo humano, donde es fácil guiarse y perderse y volverse a encontrar. Su zona monumental está compuesta por edificios religiosos, con una magnífica catedral y varias iglesias; y edificios civiles que dan cuenta de un magnífico renacimiento en tierras andaluzas. La elocuencia de la historia resulta omnipresente. Las puertas de acceso a la ciudad, los restos de muralla, los soportales, las plazas y los antiguos comercios que entretejen su callejero constituyen un mapa que invita a dejarse llevar. El recuerdo a la presencia de Antonio Machado permanece en el instituto y el aula donde impartió sus clases, el mirador de la Muralla, la estatua próxima al Casino y las placas que recuerdan su vivienda, en el primer piso de la calle Gaspar Becerra…

Tanto las zonas de paseo en el límite de la ciudad como la torre de la catedral debían de haber sido espacios ideales para divisar un mar de olivos y un entramado de callejuelas y tejados. Sin embargo, una blancura densa, húmeda y fría rodeaba el campanario y nos dejó sin la panorámica que habitualmente ofrece el punto más alto de la catedral, en una imagen insólita que no se borrará fácilmente de mi memoria. A falta de vistas, el campanario brindaba un paisaje para el alma. Por su parte, las nubes bajas y persistentes restaban visibilidad a los olivares y las sierras próximas, Cazorla, Mágina, Las Villas. El campo agradecía la lluvia y a los pies de olivos los charcos formaban grandes espejos marrones y turbios, entre la tierra y el cielo.

Los lugareños no recordaban tantos días de borrascas, tan seguidas y abundantes. Hermandades y cofradías han mirado las predicciones meteorológicas más que nunca. Y de vez en cuando, algunas horas de la tarde y en la madrugada del Jueves al Viernes Santo, al menos en Baeza, las procesiones fueron posibles. Las disfruté con ojos nuevos, porque resultaban cómodas y sin aglomeraciones; y diferentes, con otras formas de carga y salida del templo, otros atuendos y una belleza distinta a la que reconozco en la Semana Santa de Jerez, a la que me han vinculado la infancia y la juventud, la tradición familiar y un hilo invisible de afectos simbólicos que se han ido tejiendo entre la presencia o la distancia. No hubo saetas. El viento apagó muchos cirios. Las bajas temperaturas no permitieron la fuerza fragante del azahar, pero el incienso tomó las calles con la misma magia de otras semanas santas inolvidables, y un eco de tambores e instrumentos de viento acompañó los pasos y cuanto representan. Al margen de la creencia religiosa de cada quien, es fácil temblar en las lágrimas y la soledad de una madre que vela la muerte de su hijo y estremecerse con la representación de tanto castigo como el hombre es capaz contra su propia especie.

Úbeda fue una visita más fugaz, bajo un aguacero que apenas dio tregua. Pero, ¡qué maravillas arquitectónicas y escultóricas la Sacra Capilla del Salvador y Santa María de los Reales Alcázares! En las naves laterales de la basílica, se podía disfrutar de numerosos pasos procesionales de la Semana Santa ubetense: sus flores y su candelería casi intactas, tras recorridos que la lluvia había impedido. La misma lluvia que caía a cántaros por los canalones de los claustros y generaba una música laica rebosante de vida o la que provocaba un constante salpicar en los platos de las plantas que ya no daban abasto. Cuánta historia escondida en la Sinagoga del Agua o en las calles de una ciudad antiquísima y cruce de culturas. Cuánto esplendor en los palacios renacentistas que embellecen con sus fachadas y patios la zona monumental o en sus iglesias y conventos. Recorrer murallas y puertas, recuerdo de su condición fronteriza, mientras un manto de neblina y lluvia evitaba que la mirada llegase demasiado lejos, allá donde los olivares y las sierras cierran el paisaje de días soleados. Los folletos de la oficina de turismo brindaban un cielo azul imposible mientras una sucesión de grises nos brindaba un chaparrón tras otro y un hombre bromeaba diciendo que estaban cayendo billetes de cincuenta euros desde el cielo.

Ojalá estas lluvias hayan resuelto la larga sed de los cultivos y embalses sin hacer demasiado daño, porque bien dice el refrán que “nunca llueve a gusto de todos”, y esta Semana Santa de 2024 lo ha dejado bien claro. En mi caso, bendigo el cambio de paisaje y de rutinas, la belleza recién descubierta y esta primavera extraña que no ha impedido la hospitalidad del sur.

Despedidas

Al volver del tanatorio, se me ha roto el reloj y solo tengo ganas de beber vino y comer palitos de anís para darle una patada a la muerte en la cara, decirle que no ha vencido.

Algunas flores que me regalaron el día que te fuiste al hospital, la última vez por tu propio pie según me han contado, siguen extrañamente vivas, desafiantes, en un jarrón azul que te recuerda. Dicen que te has ido buscando la flor más azul del mundo. Ahora, yo le pido a los dioses que queden en este mundo roto, les suplico… que no vuelvan a permitir que un amigo se vaya al otro lado de un portazo, dejándome tan sin aire y sin asideros, con tantas preguntas inhóspitas. Porque ya son muchos. Y en mi dolor se hacen los múltiplos de lo indecible.

¿Qué existencia es ésta que no permite abrazar a quien quieres, despedir de forma consciente? ¿Qué tipo de vida nos impide anticipar el adiós de alguien que estuvo tan cerca del alma, quizás sin saberlo?

Ayer alguien blasfemó al conocer la noticia, y le comprendo. Yo, que aun no blasfemo, me pregunto por el sentido del dolor, por esta desolación de las razones, por este sinsentido de las vidas con finales abruptos.

Puedo decir los nombres… Lupe, Juan Pedro, Eugenio… Por no decir Dagmar o Marta, cuya marcha intuimos sin poder rezarlas, porque no había oración. O desde la mirada de otros, decir Paco, Rodrigo, Leticia, Enrique, Jesús o Ana… personas que han retumbado porque su eco conmovió mi piel sin haber tejido más que un contacto efímero, más digital que presencial, que, no obstante, dejó la herida honda al contagiarme con el dolor de la pérdida profunda de otros.

Maldigo la muerte con todas sus letras. Aunque fuera anunciada tuvo lugar a deshoras. Había planes, había besos pendientes. Si como ayer, no tuvo indicios, dejó una desolada intemperie, un no creer.

Es lógico que tanto dolor acumulado clame contra un cielo que ayer se rompió a granizo. El cielo sabría por qué, iniciando marzo, con los cerezos en flor y la primavera en ciernes. El granizo sabía de su furia.

Justo ayer, celebramos y compartimos poesía al mediodía. Sin saberlo, recordamos voces que estaban a minutos de extinguirse o de encontrarse en un abrazo enlutado.

Escribo estas líneas mientras el sol se pone sobre Madrid. Hoy las nubes están más altas y el sol se cuela entre sus resquicios. Aun no llueve, aunque el pronóstico lo anuncia.

Desde mi cocina, diviso la mole imponente del Hospital Gómez Ulla. Un rayo de sol impacta sobre una ventana que parece un cuadrado de plata encendido. Me pregunto por quién duerme en esa habitación y le deseo una prórroga entre sus seres queridos, una oportunidad para llamar a quienes aún no saben que es grave.

Yo no blasfemo. Mi remota educación religiosa, el respeto a mis mayores me impide la palabra contra Dios… Pero rezo, cada tanto, aquel poema de César Vallejo.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

César Vallejo. Los heraldos negros. (1919)

Me quedan muchas cosas, y en estos días, más que en otros, soy plenamente consciente. Salud y amor me sostienen. Y la poesía permanece, por si pierdo pie. Abracemos en vida todo cuando sea posible.

Un clamor no tan inútil

Ayer, 20 de enero de 2024, se convocaron más de un centenar de manifestaciones por toda España, para pedir la paz en Palestina y señalar el genocidio que está cometiendo el gobierno de Israel, contra un pueblo reiteradamente masacrado y ninguneado. También se desarrollaron 28 recitales poéticos con la misma causa. El de Madrid fue el primero en organizarse. A mediados de diciembre ya estaban buscando personas para coordinarlo y poetas que quisieran sumarse. Cuando se convocó la manifestación, estaba casi todo listo. Por eso se mantuvo, porque se podía ir a los dos sitios, antes o después, ninguna convocatoria sobraba. Todas las fuerzas, los pies, las gargantas hacían falta. En paralelo, se había prendido la chispa: poetas de otras ciudades fueron organizando otros, primero, en España; después, en ciudades de Bélgica, Suiza, Argentina, Colombia, Chile, México, Perú, Uruguay y Venezuela. Un total de 44 recitales y más de mil poetas.

Casi siempre, al amanecer de los sábados, el día llega con la huella del cansancio de la semana laboral previa. Me apetecía remolonear en la cama, bajo los rayos de sol que se colaban por la persiana… Pero sabía que era más importante levantarse por Palestina, ese gesto imperceptible de vencer el cansancio acumulado y vencer también la inercia de dejarse arrastrar por el para qué.

¿Para qué iba a servir volver a las calles? ¿Para qué recitar versos propios o ajenos invocando una paz que no parece importar a nadie? Pues, para estar de acuerdo conmigo misma, para no dejarme llevar. Me servía para plantar cara a la censura, al silencio, a la capa de secreto que había cubierto las convocatorias y su trabajo previo. Todas las convocatorias se habían transmitido más entre las personas y los medios de los márgenes que en los grandes altavoces. Las descubría zafiamente ocultadas por las principales redes sociales que quedaban en evidencia, mostrando sin tapujos por dónde va la verdad y por dónde sus intereses, y me dejaron ante otra pregunta inesperada. ¿Para qué seguir publicando en ellas, regalando mi trabajo (fotos, textos, poemas…), en el marco de una presunta libertad de expresión que está al servicio de intereses que no comparto? Esa pregunta sigue pendiente, mientras las otras se resolvieron. Ya veremos.



¿Para qué ir a la manifestación? Alcancé Cibeles cuando ya se intuía la llegada de la cabecera de la marcha. Me colé entre sus participantes y caminé en sentido contrario para hacerme una idea de su número y densidad. Coincidí con alguien que conozco (y eso pasa cuando somos pocos), pero no vi a otros muchos que estaban allí (así que, no éramos tan pocos). Se me llenaron los ojos de lágrimas al ver los pañuelos y las banderas palestinas que son el reciente sudario de más de 25.000 personas, la cifra de palestinos asesinados desde el 7 de octubre de 2023. Al escuchar el grito de Intifada, recordé cuantas veces he marchado por Palestina. Me emocionaron las banderas de Sudáfrica, y agradecí profundamente a ese país haber dado el paso ante la justicia internacional, en un proceso que será largo y se antoja extraordinariamente complejo, pero que al menos, llama al gobierno israelí genocida y asesino, lo mismo que deja entrever el Secretario General de Naciones Unidas o que piensa buena parte de la población, según las encuestas que confirman que aun nos duele tanta barbarie, ya sea en España o incluso entre los jóvenes de Estados Unidos. Me conmoví ante un grupo de mujeres jóvenes, cubiertas por el hiyab, que cantaban y danzaban en una reclamación de justicia que encarnaba la resistencia de un pueblo entero. Les agradecí su ejemplo, su energía y resistencia, su alegría frente a la adversidad. Pensé que sólo verlas me había dado la respuesta de para qué acudir a la manifestación. También sé que a la próxima, el día 27 de enero, volveré a ir por ellas.

Como la hora de mi turno de lectura se acercaba, dejé atrás a quienes seguían llegando a Cibeles, y me fui al recital. Se celebraba en el CSOA La Ferroviaria, donde ya, en marzo de 2022, fuimos convocados para leer contra la guerra de Ucrania, cuando se cumplía un mes de una invasión que el mes que viene tendrá ya dos años. Era fácil preguntarse para qué los versos, si estos iban a tener el mismo efecto sobre Netanyahu que el que hicieron sobre Putin. Ninguno. Pero, inmediatamente, pensé en las jóvenes de la manifestación previa y desterré de mi cabeza los nombres de los asesinos.

El grupo que leyó en Madrid, en el turno de 14 a 15 horas.

¿Para qué reunirnos en torno a la poesía? Para pronunciar nuestra palabra junto a la de poetas palestinos, vivos o muertos, residentes en Gaza, Cisjordania o en su amplio exilio, y darles voz en una asamblea de afectos y reencuentros, como si los suyos fueran posibles. Para escuchar el español y el árabe, con sus múltiples acentos, y pronunciar sustantivos y verbos con los que convocar la esperanza: pájaro, amor, cielo, hermana, amanecer, flores… Para ejercer una cierta resistencia, frente a la muerte y su barbarie, y construir un abrazo colectivo que nos mantuvo doce horas de escucha, como en una modesta y nutrida vigilia a favor de la paz. Para recaudar fondos destinados a UNRWA, la agencia de Naciones Unidas que trabaja con los refugiados palestinos desde hace décadas, a través de la donación de nuestros libros y la compra de otros. Para recordar a Refaat Alareer, un escritor y activista gazatí que fue asesinado junto a su familia por las tropas del ejército israelí en el norte de la Franja Gaza, el pasado 6 de diciembre de 2023. Su poema, escrito el 1 de noviembre y titulado “Si he de morir”, está dedicado al que era su hijo y hoy es otro de los miles de menores muertos en esta maldita guerra. Sus apenas veinte versos siguieron vivos, convertidos en un bello díptico, ligado a una hucha de resistencia, también para UNWRA. En mi memoria queda para siempre y resuena el poema entero, pero quizás estábamos allí por lo que dejó escrito en sus últimos versos:


Si debo morir,
que traiga esperanza,
que sea un relato.

Eso es lo que hicimos ayer, en las calles y en los recitales, al decir y al escuchar, al reconfortarnos en el reencuentro con tantas personas queridas que vemos tan de tarde en tarde. En memoria de quienes no pueden hacerlo, seguimos tejiendo el relato contra el genocidio y la muerte de miles de inocentes; el relato de la esperanza posible entre quienes se aferran al abrazo y rechazan que todo sea inútil.

Feliz 2024: paz, salud y un continuo renacer

Un año más, comparto con vosotros un texto que hace balance, recupera sensaciones y os desea lo mejor para los 366 días por venir…

Al hacer memoria de 2023, a través de fotografías, palabras y momentos, encuentro cierto latido que mantiene un compás de alegrías y tristezas marcando los días, igual que en los años precedentes. No obstante, vuelvo a escribir estas líneas desde la gratitud, sabiéndome afortunada; y también, desde la certeza de la propia fragilidad. Este año me sostuve gracias al amor y los afectos, tan diversos como necesarios; al disfrute del arte, que me rescata cuando la barbarie humana me duele y desengaña; y a los viajes, llevaran cerca o lejos, ampliando siempre el aire, el horizonte y la mirada.

Entre las diferencias con los años previos, la más importante ha sido acompañar una despedida, entendiendo cuánto amor había en cada gesto. Sin duda, es uno de los grandes aprendizajes que me deja 2023. Y junto al duelo, el imperativo de atender, abrazar, escuchar y decir mientras podamos. Porque ese legado nos acompañará siempre, dándonos aliento para seguir avanzando.

Estas líneas y la fotografía que acompaña el texto comparten, al igual que el cambio de año, ese momento del ocaso que conduce a un nuevo amanecer. Lo ideal sería soltar lo que no nos aporta, lo que nos daña o fatiga. Y hacerlo cada día, no sólo hoy, cuando antes de inaugurar el nuevo calendario convocamos la ilusión de un reinicio mágico. Aunque le demos a la última noche del año cierto cariz maravilloso, no olvidemos que todas las noches pueden serlo. Y aún más, recordemos que los nuevos comienzos nos esperan a cualquier hora y en cualquier lugar. Del mismo modo que, a veces, el paisaje más bello nos sale al encuentro cerca de casa, como en la foto. Para descubrirlo, sólo hay que tener los ojos abiertos, el tiempo necesario para apreciarlo y la serenidad para celebrarlo como un pequeño regalo, accesible, colectivo y esperanzador.

Ojalá que 2024 sea un año en el que la paz llegue a las zonas en guerra y sea también verdad dentro de cada persona. Ojalá nos acompañen la salud y los abrazos, las sonrisas y las palabras cómplices. Ojalá seamos capaces de encontrar la fortaleza necesaria para mantener la esperanza y renacer, cada día, con nuevos propósitos, partiendo de lo que tenemos al alcance, como en ese paseo sencillo que nos propone renacer siempre, en cada nueva mañana.

Abrazos para el camino.

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