El viaje como reencuentro

Las vacaciones han vuelto a ser un bálsamo para los afortunados que hemos tenido unos días de descanso. Sabemos lo que significa esa palabra frente a las voces antónimas heterodoxas que no dan tregua: trabajo, horarios, obligaciones, rutina, hastío… El rumor de maletas por la calle, el trote de esas ruedas tan pequeñas como escandalosas empezaron a hacernos cosquillas antes del Viernes de Dolores.

En mi primer día libre quise escribir algo para este blog, pero no salieron las palabras. Solo era capaz de hacer inventario de los cansancios acumulados y alentar las ilusiones para los paisajes y días por venir, con todas sus horas convertidas en ofrenda personal. El texto quedó en mero esbozo. Ahora que el agotamiento se ha disipado, quizás tenga sentido evocar algo de cuanto quedó sin escribir en tantas semanas sin crónicas, con la excepción de aquel día en el que la masacre puso fin a la frágil tregua en Palestina y aquel horror, junto a la reivindicación de cuanto nos hace humanos, provocaron mis palabras, como una sacudida.

A pesar de lo no escrito, febrero, marzo y el comienzo de abril dieron para mucho, pero no tuve tiempo de compartirlo aquí. Para recordar el ocio y el disfrute de esos meses he tenido que recurrir a la memoria de mi teléfono, donde fotografías y notas languidecían, pendientes de ser rescatadas. Todas ellas han vuelto a recordarme que la vida sigue ofreciéndome motivos para la alegría y que disfrutar los pequeños regalos cotidianos es, en realidad, otra obligación que no debería perder de vista cuando las horas sean estranguladas por el despertador y los deberes. Una vez más, escribir sirve para dejar señales en el camino y guardar una dosis de vitaminas para cuando vuelvan a bajar las defensas.

La mayor parte de esas fotografías han sido tomadas en distintos viajes. No es raro. Aunque lo intentemos, al final, cuesta percatarse de alguna novedad en los recorridos y calles habituales. Si no fuera por esta lluviosa primavera que trajo una floración espectacular de especies silvestres y de los prunos y almendros de los alrededores, apenas conservaría material que muestre la belleza y la sorpresa que a veces encierra lo cotidiano. Frente a lo de siempre, Toledo, Ginebra y Burgos han sido breves escapadas a lugares que he visitado en varias ocasiones y ofrecieron la posibilidad de una pausa y el reencuentro con personas queridas y un tiempo más ancho y generoso.

Las tres ciudades han vuelto a ser espacios acogedores donde el paseo ha contribuido a la serenidad porque, cuando desaparece la urgencia descubridora del turista, se saborea y disfruta el lugar que ya forma parte de nuestra memoria. Podría parecer que no tienen nada que ver entre sí, pero en las tres subyace el abrazo que supone recorrer calles antiguas donde han coexistido diferentes culturas y lenguas, y tanto el trazado urbano como los monumentos siguen dando cuenta de esa convivencia y de la evolución.

Así, Ginebra presume de ciudad refugio desde hace siglos; mientras la huella del arte mudéjar pervive en artesonados, estructuras y decoraciones del Monasterio de Santa María La Real de Las Huelgas (Burgos), porque muchos artesanos moriscos de Toledo recibieron la llamada de Alfonso VIII para trabajar en el primer monasterio; igual que los restos de estilos y ritos diversos conviven en armonía en la maravillosa Mezquita del Cristo de la Luz (Toledo). Y por supuesto, la contemplación monumental nos permite conectar con quienes nos precedieron. Sigo celebrando el asombro que me genera ver la evolución del románico al gótico, imaginar a aquellos artesanos y primeros arquitectos que se atrevieron a aligerar las construcciones buscando el cielo. Su afán por la belleza y la transcendencia en esas bóvedas imposibles me resultan apelaciones contemporáneas. Así mismo, ante esos retablos de diversas épocas, que explican las escrituras y la historia del poder que configuraron el pensamiento durante siglos, es lógico preguntarse quienes somos ahora, en este siglo XXI que se vuelve irrespirable en la distancia mínima de un botón de nuestro móvil, en cuanto pasamos de la cámara de fotos a un periódico digital.

En la reciente visita a Burgos, me ha conmovido que persistan la clausura y la oración en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, la Cartuja de Miraflores o en el citado monasterio de Las Huelgas; y resulta inevitable que, en la proximidad de ese rumor, rodeados por tanta imagen sagrada y tanta piedra bendecida, se busque y encuentre una conexión espiritual. Quizás por eso me resonó tanto un mensaje escrito con letras modernas en las escaleras de la capilla de Santa Tecla y Santiago, en la catedral de Burgos: “Peregrinos de esperanza”.

La contemplación del arte y la compañía de las personas que queremos son formas de dejarnos atravesar por esa esperanza. Si seguimos celebrando la vida con otros; si brindamos y hasta bailamos con ellos en sus recientes cumpleaños; si ofrecemos nuestros poemas en una lectura en voz alta; si ponemos la mesa para compartir una comida sencilla y rica; si intercambiamos un beso de buenos días o buenas noches; si nos emocionamos ante el descubrimiento de nuevos libros, películas, cuadros y espectáculos escénicos es porque ni las noticias de los medios de comunicación ni las obligaciones que nos aturden cada día han logrado acabar con lo más profundo que somos.

Llevamos la cuenta de la desgracia. Sabemos que en Palestina se ha superado la cifra de 50.000 personas asesinadas. Sabemos que mientras unos rezan otros siguen conjugando con maldad y alevosía los verbos de la desolación ajena. Estuvimos de vacaciones pero no olvidamos, resistimos en esa vergüenza que no podemos detener.

Ahora que las ruedecitas de las maletas del vecindario vuelven a sonar con el mismo escándalo de la ida, aunque con cierta desgana por el regreso, es imprescindible fijar la vista en los árboles que nos rodean. En los últimos días de marzo, sus ramas estaban casi desnudas y parecían muertas. Había que detenerse muy cerca para descubrir pequeños brotes donde aguardaba la explosión de la vida. Abril ha llenado esas ramas de hojas verdes, su fortaleza y su lozanía son fruto de la lluvia cadenciosa y constante de esta una nueva primavera. Que esa imagen sea también la nuestra. Que mantengamos la esperanza. Que permanezcamos nutridos y bendecidos por los días y las horas en las que el paseo y el descanso nos reconciliaron con otras forma de mirar, caminar y enlazar las manos.

Palabras de paz y de guerra


Quizás un hombre llama a otro, al filo de nuestra media noche, y le avisa: «voy a matar». El otro no le detiene. Así pues, con su silencio cómplice o su permiso asesino, también mata. Cuando nos levantamos al día siguiente, nos despierta la brutalidad de una nueva masacre.

Desde los primeros análisis de urgencia y las cifras iniciales de seres humanos asesinados y heridos, las horas se van cargando de desesperanza… Trescientas, cuatrocientas, más de cuatrocientas personas: en su mayoría, mujeres, ancianos, niños y niñas, puesto que apenas quedaban hombres entre las ruinas previas. Las fotografías muestran sudarios de todos los tamaños, telas blancas que cubren lo que será un llanto incesante; el ajuar de las casas deshechas, colchas y mantas, son también mortajas improvisadas.

A quienes desde hace años repetimos las palabras de aquel libro y seguimos pidiendo la paz y la palabra, se nos queda un frío inconsolable en el cuerpo. Sabíamos que la tregua era frágil; que los párrafos del derecho humanitario se han convertido en quimera y lodo; y que la expresión ‘campo de refugiados’ esconde vergonzosos cementerios que nos condenan a todos por asistir a un genocidio en directo, con las manos detenidas por el espanto.

Las noticias del mediodía ofrecen el testimonio de quienes trabajan del lado de las víctimas. Hace semanas que, en medio de esto que desde lejos llamábamos tregua, habían cerrado el paso a los víveres, el agua potable y los medicamentos. Anoche los hospitales se vieron desbordados por decenas de personas que, en cuestión de minutos, llegaban para implorar un auxilio imposible: cómo curar cuerpos mutilados y quemados para siempre, órganos paralizados y una certeza de terror e indefensión que se encarnará en la tierra. Las cenizas permanecerán para siempre sobre una pequeña franja.

Alguien avisó que iba a matar y otro alguien le celebró la ocurrencia. Vuelvo a preguntarme por el significado y el valor de la palabra. Se dijo y se escribió: “acuerdo de paz”. Se dijo y se escribió “respeto al alto el fuego”. Pero los adjetivos han tenido razón, la frágil tregua, ¿recuerdas? Tan frágil como el cuerpo de un bebé, como el proceso de lactancia, como los primeros pasos de quien confía alcanzar la edad adulta mientras las bombas y las acciones de los malvados condenan su presente y su futuro.

A pesar de mi honda tristeza y mi falta de fe en la palabra, a la tarde decido salir. El temporal es tan serio que le han puesto nombre, pero en Madrid sólo se traduce en lluvia y frío. Aquí, no caen bombas ni metralla ni gases tóxicos ni sustancias químicas prohibidas. Busco en mi armario la kufiya que compré hace algunos meses y entiendo que ningún símbolo puede con tanta infamia. Me planteo que es posible que mi pañuelo haya sido tejido por manos yacentes que no volverán a coser estos hilos en cuyos dibujos imagino el vuelo de los pájaros, una libertad plena e inalcanzable. En señal de luto y respeto, vuelvo a guardarlo en su funda.

Atravieso la oscuridad del subsuelo del metro y llego a la librería Rafael Alberti, a la presentación del libro titulado ‘Tampoco yo soy un robot’ (Vaso Roto, 2024), de Amalia Iglesias Serna. En la calle arrecia la lluvia, pero la poesía vuelve a ser refugio. Esta tarde las palabras de la autora, acompañada por Isel Rivero y Fernando Castro Flórez servirán para reivindicar la belleza frente a la desolación y los valores humanos frente a la barbarie incivilizada que golpea el mundo donde vivimos.

En primer lugar, Isel Rivero repasa otros libros de Amalia Iglesias, las afinidades del camino previo: “el descubrimiento del lenguaje de las piedras, las cuevas del subsconsciente y la conciencia que emerge desde las tinieblas. Los ojos de piedra nos siguen mirando”. Y ahora, en el nuevo texto, la poeta observa el universo y se rebela contra una tecnología que nos anula. Dice Isel Rivero que “este libro ha de guardarse bajo la almohada y ser consultado como oráculo de bolsillo, porque además de abordar la tristeza como víspera de la esperanza, también es un libro de batalla y resistencia”.

Por su parte, Fernando Castro Flórez, ofrece su lectura erudita y apasionada del nuevo libro de Amalia Iglesias. En su voz resucitan libros leídos o pendientes, una nueva biblioteca donde guarecerse: poesía, filosofía y los sueños de nuestra especie; también se citan obras pictóricas y composiciones musicales; la reflexión y la defensa de los derechos humanos… Asistimos a una magistral charla de humanidades que reivindica la belleza del paisaje y la fuerza del horizonte, la necesidad de una esperanza y del regreso de las luciérnagas. Deseo que ese texto sea compartido para otros días oscuros que, sin duda, vendrán. Afortunadamente, el lado bueno de la tecnología lo permite en este video.

Gracias a las palabras de Isel Rivero y Fernando Castro Flórez y a los poemas de Amalia Iglesias encuentro la fuerza que me faltó cuando salí de casa. Sé que debo aferrarme a cuanto se ha dicho esta tarde porque coincido con ellos en que “la lengua siempre es un lugar de consuelo”. Me amparo en la sensibilidad de estos minutos como si fueran el salvoconducto que necesitara la humanidad… Volver a ser humanos, en su magnifica acepción racional y emocional; allá donde pervive la compasión y nadie tendría ni el plan ni el permiso para matar. Inevitablemente, me viene a la cabeza el recuerdo de los poemas de Rafeef Ziadah quien, en un inolvidable recital en Madrid, nos transmitió la petición de su pueblo: “no nos olvidéis, contad lo que ocurre”.

Me quedaría a vivir en el lugar de una lengua que abraza y anhela una verdadera justicia contra los malvados ególatras que condenan tantos amaneceres. El acto acaba y en la calle chispea. Regreso a casa con un calor pequeño que es pulverizado por las imágenes de las noticias en la televisión. Me duelen otra vez los cuerpos envueltos, la huida hacia la nada, la mirada de un niño cuya mano infantil repasa los escombros…

Abro el libro de Amalia Iglesias, miro el haz de luz de una farola reflejado en mi ventana. Quiero pensar que esta noche no caerán nuevas bombas. Tengo ganas de rezar y de llorar. Leo. El libro incluye una letanía y un réquiem, pregunta para qué y por qué. Quizás el poema sea una forma de oración.

Vivencias que serán recuerdo y energía

No todas las semanas la actividad profesional se transforma en una sonrisa espléndida; ni la poesía y el arte se suman al abrazo en compañía. Pero este enero tuvo una semana tan atípica en todo, tan agotadora y nutritiva a la vez, que ha merecido la pena escribirlo.

No todas las semanas se conoce a un Premio Nobel de la Paz…

Y yo he tenido la suerte de recibir a Shigemitsu Tanaka, en el Colegio Lourdes FUHEM, y de ser la fotógrafa ocasional de los primeros minutos; cuando en mitad del asombro, alguien le pidió que posase con la medalla que recibió en Oslo, representando a su organización, Nihon Hidankyo, el pasado diciembre.

Las horas previas fueron intensas, coordinando su encuentro con algunos medios de comunicación; y si bien es cierto que este trabajo suele ser ingrato, di por bien invertido el esfuerzo, que resulta mínimo ante el suyo, incansable a pesar de la edad, el jet-lag y las secuelas. Mi pequeña aportación ha sido contribuir a que su mensaje alcanzase a la opinión pública: “las armas nucleares pueden suponer el fin de la humanidad”, nos ha repetido. El riesgo nuclear ha impulsado a Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), y a la Alianza por el Desarme Nuclear a organizar este viaje institucional, para lograr que España firme el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN).

Tampoco todas las semanas me siento en un salón de actos escolar rebosante de alumnos y alumnas que, con su silencio y respeto, con su emoción contenida, reconocen que están siendo testigos de un día histórico en el que supervivientes y descendientes de Hiroshima y Nagasaki, los hibakusha, junto a los integrantes de diversas organizaciones contra las armas nucleares les transmiten su legado. Me impresionaron las voces cálidas y a la vez imponentes de Shigemitsu Tanaka, que tenía cuatro años cuando la bomba atómica arrasó su Nagasaki natal; y la de Carlos Umaña, copresidente de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW), y miembro de la Junta Directiva de la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), organizaciones que han recibido el Nobel de la Paz en 1985 y 2017, respectivamente.

En sus discursos, pasado, presente y futuro se asomaban al peor de los espejos. Citaron Gaza y Palestina mientras la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado permitía cierta esperanza, aunque no podemos olvidar las más de 45.700 personas asesinadas y 108.800 heridas en la Franja, desde el inicio de la guerra. También mencionaron los nombres de Ucrania y Rusia, de Corea y China, y entonces, fuimos aún más conscientes de la amenaza nuclear que unos y otros dirigentes usan, comportándose como trileros mortíferos y bravucones, sin tener en cuenta que bastaron unos segundos para aniquilar a unas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki y dejar heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que a día de hoy siguen causando un gran sufrimiento.

Ni todas las semanas se asiste al abrazo de la nostalgia

Por supuesto, no todas las semanas presento y dinamizo un acto que reúne a la comunidad escolar de un Colegio como Begoña, que cerró sus puertas en junio de 2012. Su reencuentro me brindó la oportunidad de convertirme en testigo del amor que pervive entre quienes fueron estudiantes y docentes hace cuarenta, treinta o quince años…

Les escuché y me emocioné con ellos, porque en su relato de nostalgia y afectos reconocí algunas de las experiencias que marcaron mi etapa escolar en otro colegio de Madrid, pero en el mismo contexto socio-económico y político… Aquella España que se empezaba a reconstruir sobre bases democráticas y en las que muchas familias pensaban que sus hijos y, por primera vez, sus hijas, si estudiaban y se esforzaban lo suficiente, iban a tener las oportunidades y las vidas que les habían sido negadas a las generaciones anteriores.

Escuchamos allí que un colegio y un profe, aunque se le recuerde con un mote, pueden cambiar una vida, la vida que después puede transformar el mundo. Recordamos también la influencia de las primeras amistades y las experiencias vitales de la adolescencia y la juventud, cuando todo estaba por llegar y el futuro parecía un lugar mucho más luminoso que el que vislumbramos ahora.

Y cerrar la semana, con la poesía y al arte

No todas las semanas acudo a un acto literario en el que se presenta una editorial que acaba de echar el cierre tras veintisiete años de trabajo y unos cien títulos de un catálogo. Pero ese es el caso de Igitur, la editorial que protagonizó en la librería Enclave de Libros una nueva sesión del ciclo “¿Qué hay de la poesía hoy?”, que volvió a ser lumbre, belleza y afectos, como recordó Esther Peñas en su intervención inicial. Después, Ricardo Cano Gaviria y Rosa Lentini, editores de Igitur (y antes, de la revista Hora de Poesía), recordaron los títulos publicados, el camino de ilusiones y tropiezos junto a traductores y autores. Entre los últimos, les acompañaban Noni Benegas, Manuel Rico y Esther Ramón, que evocaron las páginas de los libros que cada uno había publicado en aquel sello remoto y audaz que, desde un Montblanc recóndito e independentista, traía aires renovados a una poesía monopolizada entonces por pocas editoriales y uniformada por estéticas que apenas dejaban margen.

De Igitur fueron las primeras traducciones al castellano de poetas que no estaban disponibles en España: Sharon Olds, Wisława Szymborska, Ungaretti, Mandelshtam, Montale, Mallarmé… y muchas mujeres poetas inéditas entonces: E. Bishop, J. Barnes, Lidia Pastan, Amelia Rosselli, Joyce Mansur, Rosa Leverolli…

Escuchándolos, y seguramente porque sus palabras coincidían con vivencias en las que la nostalgia no había dejado de interpelarme, me pregunté por mis lecturas de muchos años atrás, por mis errores y lagunas. Menos mal que Rosa Lentini insistió en que “no hay tiempo ni espacio físico ni psíquico para tanto como queremos leer”, y me perdoné un poco. Con esa indulgencia, volví a saltarme la prohibición autoimpuesta de no comprar más libros, y me dí un capricho que, en el fondo, tenía mucho de gratitud hacia sus esfuerzos de tantos años.

Por último, no todas las semanas acudo a la clausura de una exposición de mi amigo Leandro Alonso García; pero, desde que inauguró «De lo que queda», en Vamm Coffee House de Villalba, estaba pendiente el reencuentro, el abrazo y la confidencia en torno a ese misterio que es el arte.

La muestra recopilaba obra diversa a partir de la plasticidad y la potencial belleza del residuo y la imperfección que nos rodean; y cómo a través del video, la escultura, los collages, la fotografía o el fotomontaje, se despiertan nuestra mirada y nuestra capacidad de observación. Se proyectaron trabajos conjuntos de Leandro Alonso y Alberto Cubero, y al volver a ver y escuchar libros y proyectos que tienen ya más de diez años, como La textura metálica del dolor, retomamos la conversación sobre la relación entre las distintas manifestaciones artísticas y el hallazgo azaroso que, gracias al arte, nos conmociona.

Hasta aquí alcanza el relato de esa semana excepcional de un enero doloroso en muchos de sus días. Frente a los párrafos previos, lo habitual es que la cita “los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía”, crezca en mi cabeza hasta cobrar la dimensión de una valla publicitaria imaginaria, pero muy arraigada, al levantar o bajar la persiana de cada jornada. Y que, desde esa visión de pesadilla, me paralice un cansancio triste que me impide participar en espacios que disfruto. Por eso, me alegra tanto que esta semana haya sido distinta.

Las horas fueron propicias y, ojalá hubieran sido aún más anchas y largas, para poder sumarme al «Vermut poético», convocado por Genialogías, dedicado a Poesía y Ruptura, con Marga Mayordomo, Amparo Arróspide y Roxana Popelka; y al encuentro en torno a mi querido Francisco Moreno Galván, organizado por el Círculo Flamenco de Madrid. Evidentemente, ni el don de la ubicuidad ni las fuerzas dieron para tanto.

Si esos días, en el marco de los actos escolares citados, se recurrió a Rilke, “la patria es la infancia”; de pronto, entendí que de la niñez se sale cuando, de forma progresiva, la vida nos obliga a elegir entre opciones que, con los años, son cada vez más serias. El domingo, entre envases vacíos de vitaminas y analgésicos, elegí descansar porque mi cuerpo avisaba. Me tome una pequeña pausa mientras acariciaba algunas fotos y, como dicen los flamencos, me repetía aquello de “¡Que nos quiten lo bailao!”. Finalmente, el lunes… cualquier intento de baile cayó por tierra, con un trancazo monumental, y varios golpes que han resonado como un demoledor zapateado en mi cabeza. No obstante, no quiero olvidar lo bueno. Y en cuanto me recupere, confío en que esos recuerdos me permitan volver a bailar.

Abrazarnos en el adiós

Con el regusto dulce del roscón aún en los labios, el 7 de enero amaneció con la noticia de la muerte en el chat de la familia. Los malos augurios se confirmaban para mi tito Antonio, el tío de tantísimos sobrinos; el marido, padre y abuelo de los brazos más abiertos.

Desperté de golpe sin despertarme del todo. Mis movimientos y cuanto se cruzaba por mi cabeza era una suma de torpezas fruto de la conmoción. De nuevo, la muerte estaba muy lejos en kilómetros y muy cerca en los recuerdos, que comenzaban a aflorar con el paso de los minutos hasta que, por fin, rompí a llorar. No volveré a escuchar esa voz entrañable que contaba chistes malos, casi siempre repetidos; esa voz que atesoraba, mejor que yo misma, las anécdotas profundas de los veranos y las playas de la infancia donde nunca más volveremos.

El desenlace ha sido rápido e inesperado. A ti, que te gustaba ir de prisa y llegar siempre el primero, has vuelto a elegir el carril de vehículos rápidos. Y te has ido llevándote tus ansias de vivir, tus andares apresurados, tu abrazo hospitalario y tu palabra desatada. Eras un torbellino generoso y bonachón, eras la historia de nuestra alegría porque, hasta que te atrapó la tristeza de los últimos tiempos, siempre nos recordabas lo bueno que habíamos compartido. Los días de Feria y aquellas tapas con el pequeño pellizco de la lotería; la aventura de ir a la playa en tu furgoneta, que desafiaba la normativa pero era el viaje más seguro del mundo; las largas partidas de dominó con los pies en la arena; el dulzor de la copa insistente de vino acompañada por unos picos y un trocito de queso o chacina; el sabor ancestral de la manteca colorá con chicharrones y el aire de poniente que se enredaba en mi pelo, en la última tarde posible junto al Atlántico.

De ti aprendí la expresión «ir a contramano», y así han sido todos mis pasos en esta mañana fatídica. Contra mano y contra la razón, con la necesidad de poner rumbo al sur, a pesar de las dudas y las gestiones torcidas, en un intento de abrazar que no cesaba de escurrirse.

Al final, lo he logrado. En Atocha, me volvía a derrotar la tristeza. Cómo abordar un tren con esa pena, entre tanto turista y su entusiasmo. Cómo llegar tan tarde para lo que era prioritario desde el amanecer. Mirando por la ventanilla, esquivé el reflejo de mis ojos en el cristal: un cielo repleto de nubes veloces y muy grises, anegadas de lágrimas.

Horas después, las palabras de reencuentro vibraban en la sala del tanatorio entre una multitud de familiares y amistades. Ojalá nos hayas visto por una rendija. Los besos y abrazos de quienes te quisimos, los mensajes de quienes no podían llegar. Ese es el recuerdo que dejas y nuestro mejor homenaje: una huella imborrable de cariño que hoy nos hace mejores.

La noche transcurrió con la inquietud de la duermevela. Vimos amanecer un cielo rojizo y azul, ese cielo que en la oración compartida, te celebraba. Y después, te acompañamos en un último paseo, el más lento que hemos hecho a tu lado. Por primera vez, he entrado al cementerio de Jerez, donde reposan los restos de mis abuelos paternos, perdidos en mi primera memoria, la de la niña que no alcanzaba a entender el significado de la palabra muerte y no pudo llorarlos.

He agradecido ese andar pausado y compartido, esa congregación de afectos tras el coche fúnebre, mientras me consolaba la serenidad de un paisaje detenido entre el espléndido azul del cielo, el rumor de las flores y la certeza de la piedra. Un rumor de pasos silenciosos hasta alcanzar el lugar último, donde experimentar la fraternidad, en el dolor de la despedida.

De nuevo en el tren, en mi viaje de vuelta, no he buscado brumas ni nubes al otro lado de la ventanilla. Me he detenido en los hermosos ojos de una preciosa bebé que no me perdía de vista, sorprendida por la forma o el color de mis gafas. Con su sonrisa tímida y su belleza intacta me traía de vuelta al lado de la esperanza y el brillo de la vida.

Ahí debemos seguir, en tu memoria del disfrute y en nuestro presente de resistencia, gracias a las cosas buenas y sencillas del día a día. Ese es tu legado y no deberíamos olvidarlo nunca.

Feliz 2025: agradecer la luz

Queridos amigos, queridas amigas:

Un año más escribo y comparto palabras e imágenes con las que cerrar un año y abrir otro. Es tradición, es impulso. De algún modo, es un rito colectivo, más o menos consciente. En mi caso, resulta ya una inevitable costumbre incorporada a las últimas horas del año, cuando busco el silencio necesario para detenerme a mirar hacia dentro y hacia fuera, en las fotografías que recuerdan lo vivido y las imágenes ausentes, para hacer balance y también, invocar la esperanza.

2024 deja el recuerdo de presentaciones de libros y exposiciones plásticas disfrutadas, siempre en compañía, una forma de ampliar la existencia; escapadas que permitieron cambiar el paisaje y renovar la perspectiva del horizonte desde nuevas ventanas; momentos para la ternura y los afectos, y la silenciosa caricia sobre la piel de Fénix. 2024 deja también abrazos que acompañaron la ausencia y el duelo, momentos duros en los que saberse afortunada en el lado de la vida, a pesar de un mundo roto en jirones de injusticia, esa espiral de abismo alimentada por el odio y la codicia que también convocó a la poesía, en un intento de decir no a la barbarie.

“Astilla” se ha convertido en mi palabra del año, en un plural luminoso que me ha permitido cerrar una etapa oscura y comenzar otra, impulsada por la gratitud y el deseo, algo que percibí íntimamente cuando llegó la primavera. Al elegirla para el título de mi libro, pensé en aquella brizna de madera incómoda y dolorosa clavada en un dedo infantil, aunque María Moliner en su magnífico diccionario la define como: “trozo de madera partido toscamente, de los que se gastan para leña” y así se presentó en la portada. Astillas y las palabras que lectores y lectoras me han ofrecido se han convertido en energía, el principio de un nuevo fuego.

Con esta idea de renacer concluyo estas líneas y elijo las fotografías para despedir 2024 y dar la bienvenida a 2025. Fotos tomadas en el silencio de un paseo por la naturaleza mientras los rayos del sol, siendo ocaso, podían confundirse con los de un amanecer. Os deseo un nuevo año en el que podáis mirar la oscuridad como un paréntesis hacia la luz, en el que cada despertar sea un regalo que agradecer a la vida.

Sillas vacías: la poesía de Liu Xia

En este Madrid libresco que tanto me tienta, con más presentaciones que tiempo y más propuestas literarias que estaciones de metro… se hace raro asistir a la presentación de una poeta que para mí era absolutamente desconocida y que, además, no estaría en el evento. Su nombre es Liu Xia y su libro ‘Sillas Vacías’. Sin embargo, acudo porque los organizadores de la cita son de total confianza: el acto se celebra en Enclave de Libros, lo presentan Miguel Casado y Esther Peñas y la obra está editada por Libros de la Resistencia.

Con esos antecedentes y a pesar de la imposibilidad del contacto personal con la autora y de la firma que habría anhelado mi mitomanía, me acerqué a descubrir a una poeta delicada cuya poesía es “una peculiar síntesis de habla sencilla y nítida con el extrañamiento que hace sensible lo no dicho, una elipsis que contrasta con momentos de corporeidad y detalle de lo cotidiano”, según la presentó Miguel Casado, traductor y autor del epílogo del libro.

¿Qué encontramos en el libro Sillas vacías? Esther Peñas insiste en “la sutileza, la conjura de los contrarios, las hipérboles sin estridencias, la exquisita elaboración de los silencios, la fuerza de las imágenes”. En el primero de los poemas recogidos en el libro, “un pájaro y luego otro”, el pájaro sirve para expresar el miedo a que la palabra pueda quebrar la belleza de lo desconocido. En los títulos de otros: “un día”, “juego” o “el abuelo materno”, vamos poco a poco descubriendo el universo poético de Liu Xia, inédita hasta ahora en nuestro país. Hojeamos las páginas y, en esta edición bilingüe en castellano y chino, se nos invita a ver un poema silente en los signos de una caligrafía incomprensible y a detenernos en las fotografías tomadas por la propia autora cuando estuvo bajo arresto domiciliario, unas imágenes inquietantes, como la que figura bajo estas líneas, que también nos permiten acercarnos al universo vital de la poeta.

Antes de responder a las preguntas de Esther Peñas, Miguel Casado nos relató que el encuentro con la poesía de Liu Xia fue completamente azaroso, tal y como se explica en el epílogo del libro. Curioseando entre títulos de autores chinos, halló dos libros de Liu Xiaobo, uno de ellos de poemas, actividad literaria de la que apenas se sabía en el exterior de China, dado que su dimensión política, que le hizo merecedor del Premio Nobel de la Paz en 2010, había opacado su escritura poética. En ese libro de Liu Xiabo, Miguel Casado descubrió una cita con cuatro versos de Liu Xia, su segunda esposa; unos versos maravillosos que sirvieron de motor de búsqueda y para acercarse a esa mujer que quiso casarse con un preso político y recurrió a la poesía para comunicarse con su marido, en un intercambio epistolar con el que ambos eludían, en parte, el control de los censores y vigilantes de esas misivas.

Es fácil imaginar que la biografía y la obra poética y plástica de Liu Xia ha quedado “aplastada”, como dijo Miguel Casado, por el activismo de Liu Xiabo y sus consecuencias en la vida de ambos algo que, Liu Xia ya apunta en el bellísimo poema “2 de junio de 1989”, escrito poco después de los sucesos de la plaza de Tiananmen. “Mi interés por sus poemas tiene que ver con su calidad poética. ‘Sillas vacías’ es un libro incardinado en su vida como todos los grandes libros de grandes poetas”, concluyó Casado, recordando la frase de Herta Müller, quien impulsó una campaña internacional para sacar a Liu Xia de China y consideró que sus poemas “giraban en torno a la autoafirmación de una vida robada».

Cuando Miguel Casado y Esther Peñas comenzaron su conversación, los asistentes ya estábamos subyugados por la historia, la biografía y las condiciones en las que Liu Xia había escrito su obra. No obstante, ante los poemas, lo imprescindible era observar y disfrutar de su anunciada calidad poética. Y no quedó ninguna duda. Duele leerla y reconocer su condición de mujer en una sociedad patriarcal; su condición de mujer de un disidente político en un régimen férreo; y su condición de dar voz y representar a quien no la tiene, a pesar de que ella no quería tener un posicionamiento ni un papel político… Y a pesar de todo, la palabra se levanta y resiste.

En el tiempo de las preguntas y las respuestas supimos que las “Sillas vacías” del título hacen alusión al cuadro de Van Gogh, un referente europeo en la obra de Liu Xia, como también lo son Franz Kafka y Marguerite Duras. El conocido cuadro de Van Gogh le inspiró la escritura de un poema en 1998. Doce años después, una silla vacía representó a su marido en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz que no pudo recoger, y la expresión “silla vacía” fue prohibida en China. El azar volvía a unir lo poético a una experiencia vital ensombrecida por las decisiones y las miradas ajenas.

La conversación siguió en torno a cuestiones que son un misterio… Resulta difícil siquiera intuir cuál fue la posible retroalimentación de dos voces poéticas separadas a la fuerza, más allá del respeto a la independencia de cada uno y la necesidad de comunicación que se desprende de esa relación epistolar poética. Igualmente, es complicado saber cómo afectó a la poeta la censura y el confinamiento que sufrió, porque es algo que cada poeta vive de una forma única, (en variaciones múltiples que pueden ir desde el silencio a la autocensura), y que, en cualquier caso, suele tener más consecuencias sobre la difusión de la obra que sobre la propia escritura.

Se leyeron varios poemas y en la escucha fui reconociendo en la escritura de Liu Xia ese malestar que he leído en otras autoras, que entran en conflicto con su escritura y su inspiración; y también con la vida que deben cumplir y el deseo de ser otras, vital y literariamente, mientras se ven relegadas en un entorno mayoritariamente masculino. A pesar de la distancia, a pesar de la caligrafía china tan incomprensible, ahí estaban los versos que se preguntan por el espacio personal que la autora ocupa, el nido, el lugar propio e insignificante. En el poema “fraude”, ¡menudo título!, se expresa la tensión que supone la inspiración frente a la locura del papel en blanco y también el desdoblamiento de quien escribe. En “un día”, se encuentran la mujer poeta y la mujer que hace la cena para otros y debe cuidar las formas y las palabras. En “un pájaro y luego otro” está el poema que la hizo conocida en los círculos literarios de Pekín, cuando tenía veintiún años, ese primer poema que puede llegar a bloquear lo que resta por escribir o bien, abrir camino.

Liu Xia se mira en Marguerite Duras, que es quien le ofrece más peso en la concepción de la escritura. De ella recibe la misión de contar lo que vive, su verdad. Liu Xia encuentra en la poesía y en el arte una forma de resistir. Y a pesar de todas las distancias, las experiencias vitales, los espacios geográficos y un idioma tan distinto al mío, sus poemas son ya parte del hilo con el que seguiré tejiendo una forma de decir.



Encuentro con Ana Blandiana: la poeta y su poesía


El viernes 8 de noviembre de 2024 tuvo lugar un encuentro con Ana Blandiana en la Librería Rafael Alberti de Madrid. La autora se mostró entusiasmada desde el minuto uno: “Esta librería me parece casi un templo, un lugar místico. Lo visito por segunda vez y quería volver, porque estuve aquí cuando no era tan conocida”.

Es lógico. La mayoría de poetas son seres desconocidos para el gran público. Su nombre solo hace efecto sobre unos pocos iniciados. Y un día, si ocurre, si cae un premio notable, su vida se da la vuelta. Las lecturas íntimas de otro tiempo se trasladan a grandes teatros; surgen por primera vez o se multiplican entrevistas y portadas impensables. Por si era poca la emoción de la autora y los congregados, Lola Larumbe, al frente de la Alberti subrayó el momento: “esta tarde vamos a saber cómo se tocan las alas de un ángel”, en alusión a un verso y un libro de Ana Blandiana.

En España, la dimensión pública de Ana Blandiana (Timișoara, 1942), tiene un antes y un después de la concesión del Premio Princesa de Asturias de las Letras (2024). Además de acudir a la ceremonia, en los últimos días ha sido invitada a leer en numerosos espacios. No obstante, en esta tarde noche de otoño tenemos el privilegio de celebrarla en una charla casi íntima, junto a su traductora Viorica Patea y Jordi Doce, editor del libro que por el que supe de ella por primera vez, “Un arcángel manchado de hollín” (Galaxia Gutenberg, 2021). Aunque es novelista, ensayista, autora de relatos y una destacada activista a favor de la libertad, esta tarde, con la complicidad y el buenhacer del Instituto de Cultura Rumano, acude en calidad de poeta.

La presenta Jordi Doce quien nos recuerda los motivos del encuentro, la concesión del premio ya citado y también que la obra de Ana Blandiana esté íntegramente traducida al castellano, algo que no es habitual y se ha logrado en veinte años. Jordi Doce, poeta, editor y traductor, sabe de lo que habla, del contraste que supone frente a otros autores, cuya obra está parcialmente traducida a nuestro idioma y realizada por distintas manos. Subraya que, en buena medida, la excepción ha sido posible gracias a Viorica Patea, la traductora de toda su obra tanto al español como al inglés, que además de la traducción ha aportado prólogos a cada libro. “Que haya habido una pareja de baile fija da mucha coherencia y unidad a la obra de Blandiana”, sostiene Jordi Doce, quien explica que nos encontramos ante una poesía “absolutamente reconocible desde el primer al último libro, aunque a lo largo de los diferentes títulos se hayan dado distintos periodos y estilos. Poemas, por lo general, breves donde una imagen se despliega con exuberancia en una metáfora extendida que también constituye una hipótesis sobre el mundo, y todo ello a través de un lenguaje aparentemente sencillo”.

En su presentación, Jordi Doce nos ofrece un recorrido preciso por el itinerario poético que ofrecen los libros de Ana Blandiana. Con una voz firme desde el primero de ellos, una decidida forma de decir. De la revelación inicial al repliegue del segundo título, tras abandonar Bucarest. El conocimiento poético se afianza frente al conocimiento científico y teórico; la poeta nos invita a disfrutar y a ser testigos del mundo natural sin agostarlo ni explotarlo, al tiempo que la poesía nos propone un sueño que se convierte en el propio acto creador. En once libros hay mucha poesía. En los títulos y en el recorrido se nos abre el apetito de la escucha. Dice Ana Blandiana que para escribir necesita retirarse de las rutinas cotidianas. En silencio, asiento, pensando en la insalvable distancia entre los poemas y las obligaciones. Por fin, llegamos a sus últimos libros que son los que se presentan esta tarde, aunque la coyuntura nos haya regalado una panorámica completa de su obra poética. El sueño dentro del sueño y otros poemas (Visor, 2024) es el undécimo que se publica en español, aunque fue el primer libro de la autora, hace sesenta años (las traducciones no han seguido un orden cronológico); y El ojo del grillo (Visor, 2024), el más lírico de toda su producción, según Jordi Doce.

Tras la introducción a su obra, toma la palabra Ana Blandiana. Me emociona escucharla: una voz entusiasta y alegre, por momentos, nerviosa, que me recuerda a una niña con zapatos nuevos, feliz con estos días que está viviendo, feliz al ver una librería rebosante para el encuentro. Reconoce Blandiana que, normalmente, las relaciones entre poetas no son muy buenas, y que en la presentación de Jordi Doce hay una forma de altruismo. Por eso prefiere hacer un inciso y comenzar su lectura con dos poemas incluidos en “Un arcángel manchado de hollín”.

Cuando Ana Blandiana lee sus poemas su voz se transforma. No tiembla ni titubea, no hay rastro de ese nerviosismo agitado con el que nos ha dado las gracias. Como en una especie de trance casi litúrgico, su voz suena poderosa y rotunda en una lengua que no entiendo pero me emociona, también en lo rítmico y en la musicalidad de unos versos que cantan dispuestos a conmovernos. Escuchamos cada poema en rumano y después su traducción. Los poemas me sorprenden. Hay humor y giros inesperados y preguntas transcendentales; todo junto. En algunos versos, me habla una mujer que intenta encontrar su sitio mientras se plantea dónde está el bien y dónde el mal. La oscuridad, el frío, la soledad, el viaje. El demonio, los demonios. Las dudas que vamos encontrando ante el paso tiempo y nuestra propia existencia. Y en varias ocasiones, los ángeles, que caen desde lo alto, que aparecen manchados, que son juzgados en los mercados. Los ángeles que la poeta entiende: caen desde el cielo no por la culpa y su pecado, sino por su agotamiento. Estando donde estamos no puedo evitar pensar en Sobre los ángeles de Rafael Alberti, preguntarme de dónde salen los ángeles de Blandiana.

Lee algunos poemas que ha señalado con papelitos amarillos, con los mismos post-it que usamos los poetas menores; también se salta algunas páginas, evitando otros que no quiere leer. Me resuena un verso final: “Las palabras que han vendido su alma carecen de sombra”. Y la sombra es necesaria para la poesía, nos explica.

Tras la lectura, Jordi Doce y ella entablan una conversación: ¿Cómo leerse? ¿Cómo enfrentarse a su propia obra tantos años después? ¿Qué espacio ofrece a los lectores de su poesía? ¿Puede el idioma condicionar o hacer distinta una obra poética?

Ella reconoce que no suele leer sus propias páginas salvo cuando tiene que hacerlo en público. “En esos momentos, no puedo creer que yo haya escrito ese texto. Me parece que lo ha hecho otra persona. Hay un distanciamiento que me produce asombro”. También nos detenemos a pensar qué implica leer o escribir poesía en libertad o durante una dictadura. Blandiana, que fue prohibida en su país, reconoce lo que supone determinado contexto político: “Antes yo decía la mitad y el público entendía mucho más de lo que yo decía. La poesía tenía un cariz subversivo que escapaba a la censura. Se creaba un vínculo especial entre autor y lector. Sin embargo, aquí y ahora, en libertad, hay menos significados posibles y el resultado es más pobre”.

Después de esa paradoja, nos acercamos a la poesía como salvaguarda y lugar de resistencia. ¿Puede la poesía proteger de lo exterior, crear un mundo interior donde protegerse de la dictadura? “La poesía y la literatura, en general, me han ayudado”, reconocía Blandiana. “Cuando me estaba prohibido escribir, escribí una novela. Al pasar el sufrimiento a la novela, el mal se transformaba en otra cosa. Para un escritor, escribir siempre le salva. Más allá de mí, lo extraordinario es que la gente necesitaba respirar y eso era posible a través de la poesía”.

La velada se consumió en la comunión de los minutos cómplices. Entre las últimas reflexiones de Ana Blandiana me quedo con ésta: “La verdadera lucha de un poeta es expresar lo inexpresable. Una lucha continua que va hasta el final”.

Hace algunos años, Ana Blandiana visitó Madrid y protagonizó una lectura junto a Antonio Gamoneda para la que no tuve fuerzas. Acercarme a la charla del pasado viernes tuvo algo de restitución mientras la escuchaba y cuando, al acabar el acto, su sonrisa y la mía se encontraron en mis torpes indicaciones para la dedicatoria del libro, sin disponer de un idioma común. Tal y como nos habían pedido en la librería para facilitar el proceso, escribí en un papel mi nombre y mi primer apellido. Ella entendió perfectamente cuál era el “nombre familiar”, tan común en varios idiomas, pero pensó que Ana y Belén éramos dos. Sonreí agradecida ante esa dedicatoria donde también dibujó una flor sencilla suspendida en un largo tallo.

El sábado siguiente, cuando visité la sugerente y magnífica exposición “31 mujeres. Una exposición de Peggy Guggenheim”, en la Fundación Mapfre de Madrid, me encontré con este texto: “La primera sección pone de manifiesto el importante papel que cumplió la estrategia creativa de la autorrepresentación en el trabajo de las mujeres artistas del periodo (años 40). A través de sus autorretratos o de los elaborados disfraces y maquillajes extravagantes que lucían en su vida diaria y en performances improvisadas, las artistas se dotaban de personalidades inventadas, escapando así de las expectativas sociales y los roles de género prescritos por la ideología burguesa”. Y volví a entender eso de ser dos. No en vano, ese texto iba encabezado por un gran título: ‘El “yo” como arte’. En ese instante, pensé en el nombre como obligación y documento, el yo como contrato social frente a la posibilidad de tener alas, como los ángeles de Ana Blandiana.

Mª Ángeles Maeso: un abrazo poético ante la adversidad

El pasado martes 29 de octubre se celebró en Madrid un homenaje a María Ángeles Maeso, un acto que sus organizadores convocaron a modo de “Abrazo poético” y llenó a rebosar el Espacio Huerga & Fierro.

El resultado fueron unas horas en las que, en efecto, la poesía se convirtió en un gran abrazo colectivo donde distintas personas iban sentándose al lado de Mª Ángeles, en el pequeño escenario, y explicaban qué poema habían elegido y por qué, antes de compartir su lectura en un silencio cómplice.

Uno tras otro, alcanzando casi la treintena, los poemas fueron dejando constancia de la obra poética de la autora soriana, sin más orden que el afecto y la emoción de cada persona que leía, un eco que se ampliaba en quienes escuchaban.

La palabra se enunció una y otra vez para hacernos llegar el recuerdo de la aldea, la importancia de los pronombres (¿Quién es se?, ¿Quién crees que eres yo?), el compromiso con la memoria y la justicia (Puentes de mimbre, Trazado de la periferia). Volvimos a recordar a la niña de la trilla cuyo padre fue asesinado en el inicio de la guerra (in)civil española y a los que mueren en los accidentes laborales de cada día, amarrados a la precariedad que, finalmente, supone un yugo mortal. Nos estremeció volver a escuchar el mismo dolor de ahora, veinte años atrás, en un recital que denunció otra matanza palestina en un poema de Mahmud Darwish leído entonces ante el Duero.

Los corderos, el pan, el arado, el desván, la resistencia de los cestos de mimbre, las condiciones del amor en tiempos del despido libre, los cuerpos heridos de mujeres y hombres. El desperdicio (Basura mundi), donde husmean los gatos y los desheredados. En suma, el poema que, en contra de la injusticia ejercida desde el poder, no se pronuncia a gritos, sino desde un decir firme, sereno, convencido y, sobre todo, profundamente poético.

Una vez concluyó la lectura de todas las personas voluntarias, M.ª Ángeles Maeso se mostraba profundamente agradecida. Dio las gracias con las manos nerviosas y el brillo en los ojos; también con las palabras. En ellas, supo devolvernos la voz y expresar la gratitud de todos porque la tarde había sido un gran regalo colectivo. Un regalo concebido para ella y repartido entre las personas allí congregadas, que habíamos tenido la gran suerte de compartir su abrazo poético, un gran acto de amor.

Al regresar a casa, pensaba en qué bueno es haber sembrado tanto y poder recoger esa cosecha en una noche perfumada de afectos. Me aferraba a los últimos versos del poema que elegí para mi lectura, que dice: “Y no olvides que lo urgente, es pintar el alba”. E imaginando esa esperanza, llegaba al barrio, mientras los truenos y los relámpagos anunciaban una larga noche de lluvia. Envuelta en el rumor de unas horas fraternas, pensé que incluso el temporal quedaba suspendido sobre los tejados, dejándome margen para entrar en el portal sin mojarme. Mientras subí dos tramos de escalera, comenzó un aguacero furioso sobre los ventanales, y no podía ni imaginar lo que llevaba horas ocurriendo en Valencia y otros puntos de Castilla La Mancha y Andalucía. Me acosté con la esperanza de un alba que, sin embargo, al día siguiente era puro estremecimiento; un ir y venir de mensajes a las personas conocidas y amigas que residen o tienen familia en las zonas afectadas para enviarles nuevos abrazos.

Desde entonces, los últimos días han sido conmoción y dolor. Nos han faltado algunas palabras y nos han sobrado muchas otras. La tristeza y la impotencia se imponen y reabren la herida de otros golpes colectivos. Las preguntas insoslayables plantean hasta qué punto las dimensiones de la tragedia que estamos viendo podían haber sido otras.

Y, en mitad de esta emergencia sin precedentes, en mitad del fango físico y del lodazal político y mediático, recupero la crónica de una tarde que fue homenaje y abrazo poético porque es “urgente pintar el alba”, como dice M.ª Ángeles Maeso en ese poema que da título a una maravillosa antología de su obra que, seguramente, nos podría ofrecer luz y consuelo ante las horas oscuras de estos momentos. Y porque la humanidad y el afecto compartidos son nuestros mejores aliados ante la tristeza individual y la catástrofe.

Gratitud y horizonte

Repaso septiembre y le agradezco que haya sido un mes amable, con su significado de reinicio, con el aliento de una nueva resistencia. Sin duda, el verano fue bueno y ha servido de equipaje. Desde mi casa, empecé a sentir el rumor de la juventud que se dirige cada mañana al instituto próximo; con sus llegadas y salidas, sus pasos marcan mi tiempo. El transporte público volvió a llenarse, literalmente; a pesar de la presión y el vapuleo de sentirme sardina en conserva de tercera, los ojos adormilados de los más pequeños fueron un soplo de ternura y misericordia.

Presenté Astillas en su primera lectura pública (habrá más, habrá tantas como surjan), y fui feliz. El dolor de sus páginas se ha convertido en motor de afectos, otra vez fortaleza y esperanza. Recibo mensajes de lectores que encuentran cierto alivio en sus poemas. Me sorprenden, al tiempo que sus palabras resultan sanadoras. Al principio, lo he ido regalando casi pidiendo perdón por su dureza, pero tiene razón quien me dice que no lo haga. Es el resultado de abrazar el dolor y cuanto supe escribir. Es el relato poético de una grieta de la que ha sido posible emerger.

En la víspera de la presentación fui a la peluquería. Quería estar guapa, igual que en cualquier fiesta que se precie. Justo cuando iba a salir de casa, se quedó parado mi reloj de pulsera. En el primer instante, intuí un mal presagio (la cabra tira al monte, la tristeza es pegajosa); acto seguido lo reinterpreté como el inicio de un tiempo nuevo. Se trata de celebrar, ¿recuerdas? Es cierto que la pila del reloj había durado menos que nunca. La última se paró a las puertas del tanatorio. Esta vez quise convertir la obsolescencia vertiginosa en un guiño feliz. Horas después regresaba a casa con el cabello renovado y, al menos, una pila puesta.

El día de la presentación elegí una camisa especial que apenas he estrenado y me puse una pulsera delicada que no suelo usar, por miedo a perderla. Por si refrescaba, me llevé sobre los hombros una prenda que era el homenaje y recuerdo a una mujer que, en vida y en su despedida, me animó a seguir escribiendo. También estrené zapatos. Podían hacerme daño y quise arriesgarme. La tarde se alargó hasta la noche y volví a casa sin una rozadura. Para mí era importante refutar un par de poemas del libro que escribí con la vista fija en el suelo. Uno comienza con el verso “Te vas de paseo al cansancio”. El otro (página 94), lo leí en voz alta para los asistentes al acto como quien pronuncia una oración nueva contra lo que fue:

Ya no lustras tus zapatos
ni en la noche de reyes.

Calzas pasos cansados
y tropiezos.

El abandono delata
tu pelea con la piedra,
su propio chocarse
hasta hacerte caer.

Mentiría si dijera o escribiera que, en este septiembre, no ha habido cansancio ni días en los que sentir el peso insomne de la noche o las horas de la jornada laboral como una carga, pero no tiene nada que ver con los años y meses previos. Ahora, en lugar de dejar que ocupen todo el espacio, he arrinconado esos pensamientos en lo posible y, al igual que hice en verano, me he dejado atrapar por la luz exterior, pacífica y acogedora. Mis ojos han optado por mirar a las ventanas, que ofrecían atardeceres y ocasos matizados por la calma.

Al otro lado del cristal, el castaño se ha vuelto más y más marrón. El cielo se ha puesto de todos los colores. Alguna mañana madrugar tuvo su recompensa de luz mágica al levantar las persianas. En ese descubrimiento cotidiano recordé al protagonista de Perfect days, esa película tan evocadora y profunda de Wim Wenders.

Mientras se hacía el café, esa placidez pequeña ha estallado al escuchar el relato radiofónico de la matanza constante de los inocentes, la suma diaria que arrojará un genocidio para la posteridad. Las primeras crónicas ofrecen su recuento rutinario de víctimas bajo las bombas en Gaza y Cisjordania o de cadáveres en nuevos naufragios a pocos kilómetros de las costas españolas. Me costaba imaginar cómo es despertar en esos lugares con los que compartimos el mismo cielo. Desde mi ventaba podía disfrutar de una mañana clara, sin rastro de la humareda que dejan los proyectiles, sin el olor a gasolina de cayucos a la deriva. El relato de los enviados especiales incluía el término “campo de refugiados” para situar el punto del mapa donde la esperanza se había roto antes del amanecer.

Una luz suave me rodeaba mientras las palabras se teñían de mentiras. ¿Por qué decimos campo? ¿Cómo podemos seguir apelando al refugio donde se asesina a mujeres y niños? Septiembre ha sido un regalo y escribirlo es atesorarlo, a pesar de que el lenguaje y los tiempos vuelvan a enfrentarse; algo que también ocurre en Astillas, un poemario, en parte, en guerra con las palabras. La pregunta es cómo defender una cierta placidez cuando se cumple un año del inicio de un genocidio. Aquella remota estudiante de periodismo que fui nunca pudo imaginarse que el derecho a la información pudiera estar reñido con el derecho a la salud, pero muchos días necesito apagar las noticias y mirar por la ventana y pensar que este cielo es el de todos.

Ante el televisor que me ofrece la crónica feroz de un año de barbarie, me asalta la duda de si tenemos derecho a sentirnos bien dentro de nuestra pequeña existencia en orden. Quiero creer que sí, que me toca dar gracias a la vida, y seguir buscando la belleza cotidiana a través de las ventanas. Ese gesto no es incompatible con recordar, con toda su fuerza etimológica, a quienes sobreviven sin horizonte.

Miradas y ventanas del verano

Era aún julio cuando escribí la última crónica de este blog. Por entonces, el castaño que mide las estaciones frente a mi ventana, ya vestía otoño. También era una tarde asfixiante de julio cuando, antes de salir del metro, vi las escaleras y la rejilla del desagüe salpicadas de hojas exhaustas. Agostadas, pensé entonces, y jugué con esa ese intermedia. Madrid y yo misma estábamos agotadas. Por la temperatura y los meses transcurridos sin pausa, siguiendo el ritmo exigente de esta ciudad y las rutinas que nos atan a ella. Hojas muertas y personas al límite. Por eso, salimos en estampida. Por eso, buscamos refugios. Por eso, en agosto, se nos ve por todos lados e incluso, se pone de moda detestarnos, ese triste desatino.

Yo también me he escapado y confío en haberlo hecho sin molestar a nadie. Mis pasos cansados buscaban otros paisajes. Mis ojos sedientos necesitaban llenarse de agua. He regresado a lugares ya conocidos, lo que evita la ansiedad de ser turista. En Ginebra y en la playa almeriense de los últimos veranos, la hospitalidad de amigos y familiares me permitían sentirme como en casa, pero en otras casas. Habitaciones en las que, al levantar la persiana y celebrar un nuevo día para el ocio, no importaba desvelarse ni ver amanecer, desafiando la pereza que se iba instalando en todo el cuerpo.

A pesar de las elevadas temperaturas, disfruté mucho del verano ginebrino: la música y la animación en sus parques; la belleza del lago Lehman; las calles y monumentos de la ciudad vieja; la atmósfera del Café Literario junto al renovado Museo Rousseau; el cementerio de Plain-Palais, donde distintos bolígrafos reposaban sobre la tumba de Borges; el ambiente bohemio de Carouge; la escapada a Montreaux y al castillo de Chillon, tan distinto de como lo recordaba.

Ante el Mediterráneo, como siempre, un azul incesante me invitaba al baño, a flotar y nadar, a jugar con las olas, a contemplar durante horas un infinito de reflejos brillantes y también de sombras. Me resulta imposible no pensar en sus ahogados anónimos. A pesar de todo, el mar sigue siendo un bálsamo. Sus aguas, cada vez más preocupantemente cálidas, no tienen culpa ni responsabilidad. Son un bello escenario que las decisiones o la inacción política han convertido en inmensa sepultura. Igual que esos árboles que se caen sobre viandantes inocentes, heridos de desidia y condenados a venirse abajo.

Las vacaciones han sido propicias también para la lectura y la escritura. En la maleta, metí muchos más libros de los que pude leer, pero aún así, he disfrutado con tres títulos muy distintos que han dejado huella: Las fuentes, de Marie-Hélène Lafon; Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé y Punto de cruz, de Jazmina Barrera. En cuanto a la escritura, mis dedos han volado ágiles sobre el teclado del móvil donde crece un nuevo proyecto, mientras los libros publicados me hacían guiños, a través de reseñas y comentarios de nuevos lectores. De paso por los días (Bartleby, 2016), era incluido en el artículo “Cuatro refrescantes libros para el verano con la naturaleza como protagonista” firmado por Javier Morales en El Asombrario, demostrando que los libros no caducan. Siempre que regreso a la playa almeriense, me vienen a la memoria un par de poemas que surgieron en sus aguas y me repetí hasta que los pude memorizar, para escribirlos nada más alcanzar una libreta bajo la sombrilla.

Por su parte, Astillas (Bartleby, 2024), ha sido una fuente de alegrías y sorpresas inesperadas que comenzaron mucho antes de salir de Madrid. En la víspera de Santa Ana, mi madre me quiso hacer un regalo y me citó en Libro Ideas, la nueva librería que ha abierto en Príncipe Pío. Por supuesto, no hay mejor representante que una madre… Ni corta ni perezosa, preguntó por mi libro y cuando se lo entregaron, me presentó a los libreros, que no dudaron en ofrecerme firmar el ejemplar y dejarlo dedicado para su lector o lectora desconocido. Después, las redes sociales me han brindado la posibilidad de leer comentarios entusiastas para un libro que, a pesar de su tristeza, está encontrando su camino. De esta forma, Astillas cobra el mejor de sus sentidos: una forma recíproca de sanación. Los poemas que dolieron tanto son ahora espejo y refugio, es decir, reflejo; un temblor compartido que acompaña a otras personas.

Antes de hacer la maleta y regresar a casa, me detuve para mirar las fotos del verano y agradecer el disfrute de tantos días sin sobresaltos ni disgustos. Curiosamente, además de monumentos y paisajes, había hecho numerosas fotos de muy diversas ventanas y terrazas. En el azar de la recopilación, descubría la clave de este verano de 2024: mirar, por fin, hacia fuera después de tanto tiempo hacia dentro. Me llevo los colores de cielos cambiantes y espléndidos que se abren a nuevos horizontes. Sin buscarla, recordé la frase atribuida a Santa Teresa, que propone las ventanas como alternativa a las puertas cerradas. Seguramente, he deshecho la maleta mientras se van aflojando otros nudos.

En la rutina que nos espera, necesitaremos de una mirada amplia que nos permita soñar, ser y disfrutar en un espacio conocido donde no debemos permitir que el tiempo sea una condena. Feliz septiembre. Ya sabemos que ahora no comienza el año natural, pero para muchos, comienza el año.


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