Sillas vacías: la poesía de Liu Xia

En este Madrid libresco que tanto me tienta, con más presentaciones que tiempo y más propuestas literarias que estaciones de metro… se hace raro asistir a la presentación de una poeta que para mí era absolutamente desconocida y que, además, no estaría en el evento. Su nombre es Liu Xia y su libro ‘Sillas Vacías’. Sin embargo, acudo porque los organizadores de la cita son de total confianza: el acto se celebra en Enclave de Libros, lo presentan Miguel Casado y Esther Peñas y la obra está editada por Libros de la Resistencia.

Con esos antecedentes y a pesar de la imposibilidad del contacto personal con la autora y de la firma que habría anhelado mi mitomanía, me acerqué a descubrir a una poeta delicada cuya poesía es “una peculiar síntesis de habla sencilla y nítida con el extrañamiento que hace sensible lo no dicho, una elipsis que contrasta con momentos de corporeidad y detalle de lo cotidiano”, según la presentó Miguel Casado, traductor y autor del epílogo del libro.

¿Qué encontramos en el libro Sillas vacías? Esther Peñas insiste en “la sutileza, la conjura de los contrarios, las hipérboles sin estridencias, la exquisita elaboración de los silencios, la fuerza de las imágenes”. En el primero de los poemas recogidos en el libro, “un pájaro y luego otro”, el pájaro sirve para expresar el miedo a que la palabra pueda quebrar la belleza de lo desconocido. En los títulos de otros: “un día”, “juego” o “el abuelo materno”, vamos poco a poco descubriendo el universo poético de Liu Xia, inédita hasta ahora en nuestro país. Hojeamos las páginas y, en esta edición bilingüe en castellano y chino, se nos invita a ver un poema silente en los signos de una caligrafía incomprensible y a detenernos en las fotografías tomadas por la propia autora cuando estuvo bajo arresto domiciliario, unas imágenes inquietantes, como la que figura bajo estas líneas, que también nos permiten acercarnos al universo vital de la poeta.

Antes de responder a las preguntas de Esther Peñas, Miguel Casado nos relató que el encuentro con la poesía de Liu Xia fue completamente azaroso, tal y como se explica en el epílogo del libro. Curioseando entre títulos de autores chinos, halló dos libros de Liu Xiaobo, uno de ellos de poemas, actividad literaria de la que apenas se sabía en el exterior de China, dado que su dimensión política, que le hizo merecedor del Premio Nobel de la Paz en 2010, había opacado su escritura poética. En ese libro de Liu Xiabo, Miguel Casado descubrió una cita con cuatro versos de Liu Xia, su segunda esposa; unos versos maravillosos que sirvieron de motor de búsqueda y para acercarse a esa mujer que quiso casarse con un preso político y recurrió a la poesía para comunicarse con su marido, en un intercambio epistolar con el que ambos eludían, en parte, el control de los censores y vigilantes de esas misivas.

Es fácil imaginar que la biografía y la obra poética y plástica de Liu Xia ha quedado “aplastada”, como dijo Miguel Casado, por el activismo de Liu Xiabo y sus consecuencias en la vida de ambos algo que, Liu Xia ya apunta en el bellísimo poema “2 de junio de 1989”, escrito poco después de los sucesos de la plaza de Tiananmen. “Mi interés por sus poemas tiene que ver con su calidad poética. ‘Sillas vacías’ es un libro incardinado en su vida como todos los grandes libros de grandes poetas”, concluyó Casado, recordando la frase de Herta Müller, quien impulsó una campaña internacional para sacar a Liu Xia de China y consideró que sus poemas “giraban en torno a la autoafirmación de una vida robada».

Cuando Miguel Casado y Esther Peñas comenzaron su conversación, los asistentes ya estábamos subyugados por la historia, la biografía y las condiciones en las que Liu Xia había escrito su obra. No obstante, ante los poemas, lo imprescindible era observar y disfrutar de su anunciada calidad poética. Y no quedó ninguna duda. Duele leerla y reconocer su condición de mujer en una sociedad patriarcal; su condición de mujer de un disidente político en un régimen férreo; y su condición de dar voz y representar a quien no la tiene, a pesar de que ella no quería tener un posicionamiento ni un papel político… Y a pesar de todo, la palabra se levanta y resiste.

En el tiempo de las preguntas y las respuestas supimos que las “Sillas vacías” del título hacen alusión al cuadro de Van Gogh, un referente europeo en la obra de Liu Xia, como también lo son Franz Kafka y Marguerite Duras. El conocido cuadro de Van Gogh le inspiró la escritura de un poema en 1998. Doce años después, una silla vacía representó a su marido en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz que no pudo recoger, y la expresión “silla vacía” fue prohibida en China. El azar volvía a unir lo poético a una experiencia vital ensombrecida por las decisiones y las miradas ajenas.

La conversación siguió en torno a cuestiones que son un misterio… Resulta difícil siquiera intuir cuál fue la posible retroalimentación de dos voces poéticas separadas a la fuerza, más allá del respeto a la independencia de cada uno y la necesidad de comunicación que se desprende de esa relación epistolar poética. Igualmente, es complicado saber cómo afectó a la poeta la censura y el confinamiento que sufrió, porque es algo que cada poeta vive de una forma única, (en variaciones múltiples que pueden ir desde el silencio a la autocensura), y que, en cualquier caso, suele tener más consecuencias sobre la difusión de la obra que sobre la propia escritura.

Se leyeron varios poemas y en la escucha fui reconociendo en la escritura de Liu Xia ese malestar que he leído en otras autoras, que entran en conflicto con su escritura y su inspiración; y también con la vida que deben cumplir y el deseo de ser otras, vital y literariamente, mientras se ven relegadas en un entorno mayoritariamente masculino. A pesar de la distancia, a pesar de la caligrafía china tan incomprensible, ahí estaban los versos que se preguntan por el espacio personal que la autora ocupa, el nido, el lugar propio e insignificante. En el poema “fraude”, ¡menudo título!, se expresa la tensión que supone la inspiración frente a la locura del papel en blanco y también el desdoblamiento de quien escribe. En “un día”, se encuentran la mujer poeta y la mujer que hace la cena para otros y debe cuidar las formas y las palabras. En “un pájaro y luego otro” está el poema que la hizo conocida en los círculos literarios de Pekín, cuando tenía veintiún años, ese primer poema que puede llegar a bloquear lo que resta por escribir o bien, abrir camino.

Liu Xia se mira en Marguerite Duras, que es quien le ofrece más peso en la concepción de la escritura. De ella recibe la misión de contar lo que vive, su verdad. Liu Xia encuentra en la poesía y en el arte una forma de resistir. Y a pesar de todas las distancias, las experiencias vitales, los espacios geográficos y un idioma tan distinto al mío, sus poemas son ya parte del hilo con el que seguiré tejiendo una forma de decir.



Encuentro con Ana Blandiana: la poeta y su poesía


El viernes 8 de noviembre de 2024 tuvo lugar un encuentro con Ana Blandiana en la Librería Rafael Alberti de Madrid. La autora se mostró entusiasmada desde el minuto uno: “Esta librería me parece casi un templo, un lugar místico. Lo visito por segunda vez y quería volver, porque estuve aquí cuando no era tan conocida”.

Es lógico. La mayoría de poetas son seres desconocidos para el gran público. Su nombre solo hace efecto sobre unos pocos iniciados. Y un día, si ocurre, si cae un premio notable, su vida se da la vuelta. Las lecturas íntimas de otro tiempo se trasladan a grandes teatros; surgen por primera vez o se multiplican entrevistas y portadas impensables. Por si era poca la emoción de la autora y los congregados, Lola Larumbe, al frente de la Alberti subrayó el momento: “esta tarde vamos a saber cómo se tocan las alas de un ángel”, en alusión a un verso y un libro de Ana Blandiana.

En España, la dimensión pública de Ana Blandiana (Timișoara, 1942), tiene un antes y un después de la concesión del Premio Princesa de Asturias de las Letras (2024). Además de acudir a la ceremonia, en los últimos días ha sido invitada a leer en numerosos espacios. No obstante, en esta tarde noche de otoño tenemos el privilegio de celebrarla en una charla casi íntima, junto a su traductora Viorica Patea y Jordi Doce, editor del libro que por el que supe de ella por primera vez, “Un arcángel manchado de hollín” (Galaxia Gutenberg, 2021). Aunque es novelista, ensayista, autora de relatos y una destacada activista a favor de la libertad, esta tarde, con la complicidad y el buenhacer del Instituto de Cultura Rumano, acude en calidad de poeta.

La presenta Jordi Doce quien nos recuerda los motivos del encuentro, la concesión del premio ya citado y también que la obra de Ana Blandiana esté íntegramente traducida al castellano, algo que no es habitual y se ha logrado en veinte años. Jordi Doce, poeta, editor y traductor, sabe de lo que habla, del contraste que supone frente a otros autores, cuya obra está parcialmente traducida a nuestro idioma y realizada por distintas manos. Subraya que, en buena medida, la excepción ha sido posible gracias a Viorica Patea, la traductora de toda su obra tanto al español como al inglés, que además de la traducción ha aportado prólogos a cada libro. “Que haya habido una pareja de baile fija da mucha coherencia y unidad a la obra de Blandiana”, sostiene Jordi Doce, quien explica que nos encontramos ante una poesía “absolutamente reconocible desde el primer al último libro, aunque a lo largo de los diferentes títulos se hayan dado distintos periodos y estilos. Poemas, por lo general, breves donde una imagen se despliega con exuberancia en una metáfora extendida que también constituye una hipótesis sobre el mundo, y todo ello a través de un lenguaje aparentemente sencillo”.

En su presentación, Jordi Doce nos ofrece un recorrido preciso por el itinerario poético que ofrecen los libros de Ana Blandiana. Con una voz firme desde el primero de ellos, una decidida forma de decir. De la revelación inicial al repliegue del segundo título, tras abandonar Bucarest. El conocimiento poético se afianza frente al conocimiento científico y teórico; la poeta nos invita a disfrutar y a ser testigos del mundo natural sin agostarlo ni explotarlo, al tiempo que la poesía nos propone un sueño que se convierte en el propio acto creador. En once libros hay mucha poesía. En los títulos y en el recorrido se nos abre el apetito de la escucha. Dice Ana Blandiana que para escribir necesita retirarse de las rutinas cotidianas. En silencio, asiento, pensando en la insalvable distancia entre los poemas y las obligaciones. Por fin, llegamos a sus últimos libros que son los que se presentan esta tarde, aunque la coyuntura nos haya regalado una panorámica completa de su obra poética. El sueño dentro del sueño y otros poemas (Visor, 2024) es el undécimo que se publica en español, aunque fue el primer libro de la autora, hace sesenta años (las traducciones no han seguido un orden cronológico); y El ojo del grillo (Visor, 2024), el más lírico de toda su producción, según Jordi Doce.

Tras la introducción a su obra, toma la palabra Ana Blandiana. Me emociona escucharla: una voz entusiasta y alegre, por momentos, nerviosa, que me recuerda a una niña con zapatos nuevos, feliz con estos días que está viviendo, feliz al ver una librería rebosante para el encuentro. Reconoce Blandiana que, normalmente, las relaciones entre poetas no son muy buenas, y que en la presentación de Jordi Doce hay una forma de altruismo. Por eso prefiere hacer un inciso y comenzar su lectura con dos poemas incluidos en “Un arcángel manchado de hollín”.

Cuando Ana Blandiana lee sus poemas su voz se transforma. No tiembla ni titubea, no hay rastro de ese nerviosismo agitado con el que nos ha dado las gracias. Como en una especie de trance casi litúrgico, su voz suena poderosa y rotunda en una lengua que no entiendo pero me emociona, también en lo rítmico y en la musicalidad de unos versos que cantan dispuestos a conmovernos. Escuchamos cada poema en rumano y después su traducción. Los poemas me sorprenden. Hay humor y giros inesperados y preguntas transcendentales; todo junto. En algunos versos, me habla una mujer que intenta encontrar su sitio mientras se plantea dónde está el bien y dónde el mal. La oscuridad, el frío, la soledad, el viaje. El demonio, los demonios. Las dudas que vamos encontrando ante el paso tiempo y nuestra propia existencia. Y en varias ocasiones, los ángeles, que caen desde lo alto, que aparecen manchados, que son juzgados en los mercados. Los ángeles que la poeta entiende: caen desde el cielo no por la culpa y su pecado, sino por su agotamiento. Estando donde estamos no puedo evitar pensar en Sobre los ángeles de Rafael Alberti, preguntarme de dónde salen los ángeles de Blandiana.

Lee algunos poemas que ha señalado con papelitos amarillos, con los mismos post-it que usamos los poetas menores; también se salta algunas páginas, evitando otros que no quiere leer. Me resuena un verso final: “Las palabras que han vendido su alma carecen de sombra”. Y la sombra es necesaria para la poesía, nos explica.

Tras la lectura, Jordi Doce y ella entablan una conversación: ¿Cómo leerse? ¿Cómo enfrentarse a su propia obra tantos años después? ¿Qué espacio ofrece a los lectores de su poesía? ¿Puede el idioma condicionar o hacer distinta una obra poética?

Ella reconoce que no suele leer sus propias páginas salvo cuando tiene que hacerlo en público. “En esos momentos, no puedo creer que yo haya escrito ese texto. Me parece que lo ha hecho otra persona. Hay un distanciamiento que me produce asombro”. También nos detenemos a pensar qué implica leer o escribir poesía en libertad o durante una dictadura. Blandiana, que fue prohibida en su país, reconoce lo que supone determinado contexto político: “Antes yo decía la mitad y el público entendía mucho más de lo que yo decía. La poesía tenía un cariz subversivo que escapaba a la censura. Se creaba un vínculo especial entre autor y lector. Sin embargo, aquí y ahora, en libertad, hay menos significados posibles y el resultado es más pobre”.

Después de esa paradoja, nos acercamos a la poesía como salvaguarda y lugar de resistencia. ¿Puede la poesía proteger de lo exterior, crear un mundo interior donde protegerse de la dictadura? “La poesía y la literatura, en general, me han ayudado”, reconocía Blandiana. “Cuando me estaba prohibido escribir, escribí una novela. Al pasar el sufrimiento a la novela, el mal se transformaba en otra cosa. Para un escritor, escribir siempre le salva. Más allá de mí, lo extraordinario es que la gente necesitaba respirar y eso era posible a través de la poesía”.

La velada se consumió en la comunión de los minutos cómplices. Entre las últimas reflexiones de Ana Blandiana me quedo con ésta: “La verdadera lucha de un poeta es expresar lo inexpresable. Una lucha continua que va hasta el final”.

Hace algunos años, Ana Blandiana visitó Madrid y protagonizó una lectura junto a Antonio Gamoneda para la que no tuve fuerzas. Acercarme a la charla del pasado viernes tuvo algo de restitución mientras la escuchaba y cuando, al acabar el acto, su sonrisa y la mía se encontraron en mis torpes indicaciones para la dedicatoria del libro, sin disponer de un idioma común. Tal y como nos habían pedido en la librería para facilitar el proceso, escribí en un papel mi nombre y mi primer apellido. Ella entendió perfectamente cuál era el “nombre familiar”, tan común en varios idiomas, pero pensó que Ana y Belén éramos dos. Sonreí agradecida ante esa dedicatoria donde también dibujó una flor sencilla suspendida en un largo tallo.

El sábado siguiente, cuando visité la sugerente y magnífica exposición “31 mujeres. Una exposición de Peggy Guggenheim”, en la Fundación Mapfre de Madrid, me encontré con este texto: “La primera sección pone de manifiesto el importante papel que cumplió la estrategia creativa de la autorrepresentación en el trabajo de las mujeres artistas del periodo (años 40). A través de sus autorretratos o de los elaborados disfraces y maquillajes extravagantes que lucían en su vida diaria y en performances improvisadas, las artistas se dotaban de personalidades inventadas, escapando así de las expectativas sociales y los roles de género prescritos por la ideología burguesa”. Y volví a entender eso de ser dos. No en vano, ese texto iba encabezado por un gran título: ‘El “yo” como arte’. En ese instante, pensé en el nombre como obligación y documento, el yo como contrato social frente a la posibilidad de tener alas, como los ángeles de Ana Blandiana.

Otro cumpleaños que celebrar

Si atendemos a las noticias de los medios de comunicación, apenas hay motivos para celebrar. Supongo que, por eso, cada quien, sin dejar de abrir los ojos y el pensamiento a cuanto nos rodea, tiene derecho aún a atrincherarse en los espacios de íntima felicidad. Un nacimiento, un tratamiento médico concluido, un nuevo proyecto o un amor… Por supuesto, también un cumpleaños.

Escribo estas líneas para compartir la celebración del mío, el pasado Día del Libro, y agradecer vuestras felicitaciones y vuestra compañía. Sé que hay personas que viven su cumpleaños como quien se topa con un accidente del documento de identidad. No es mi caso.

Siempre lo he celebrado. Y quizás, tras los dos cumpleaños limitados por la pandemia, el primero, encerrada en casa con Fénix; y el segundo, los cincuenta, con restricciones para grupos y desplazamientos, soy aún más consciente de que seguir cumpliendo años, con la certeza de ser una persona afortunada, es una fiesta. Así ha sido también este año.

El primer regalo fue pedirme el día libre. Dormir algo más, levantarme y desayunar sin prisas, atender llamadas y mensajes, devolver la felicitación y el cariño con gratitud y emoción. Al subir la persiana del dormitorio, el reflejo del sol me recibió en un punto donde nunca lo había encontrado. Daba de lleno en la ventana de enfrente, me ofrecía un guiño de luz radiante para lanzarme a los 53. ¡Bienvenidos!

Cuando más tarde salí a la calle para compartir mesa y mantel, el cielo mostraba un azul limpio y espléndido, una fuerza indecible. Lo comenté con mi padre. Ese azul. Me contestó que ya Gómez de la Serna decía que la luz de abril era la mejor de los cielos madrileños y, por tanto, la más adecuada para visitar las salas del Museo del Prado. No dará tiempo en abril, pero tengo que volver al Prado y lo he anotado en los planes del nuevo año vital.

Comida y cena sirvieron para reencuentros, confidencias, alimentar el cuerpo y el espíritu. Rasgué papel de regalo, recibí sorpresas y flores. Tampoco olvidé entrar en una librería para unir mi celebración personal con el Día del Libro. Desde que tengo memoria, nunca ha faltado un libro nuevo en cada cumpleaños. También acudí a mi cita con la lectura y el aprendizaje de la escritura, en el taller de los martes. Escribir y leer me han constituido desde la infancia. Los libros jalonaron el camino. Los borradores propios, también.

Soy quien soy por mis ancestros y mis circunstancias, celebro cumplir años y sigo aprendiendo. Me interrogo por los aspectos que no me gustan y miro con la perspectiva del tiempo en quién me he convertido. En mi caso, todo cumpleaños es un balance. No he podido evitar pensar en la niña que soñaba ser escritora, sin el referente de nombres de mujeres donde poder reconocerse; tampoco en la joven que dudó entre estudiar Políticas o Periodismo. Finalmente, me decanté por el amor a las palabras, confiando, ingenua hasta la médula, en un periodismo capaz de ayudar al cambio social y contribuir a mejorar el nivel educativo y cultural de la sociedad.

En estos días, reconozco los espejos astillados, los sueños rotos y también, el material de construcción del futuro. En política, hubiera durado un cuarto de hora. En cuanto al periodismo, me queda este espacio irrelevante desde el que escribo algunos artículos sabiendo que no voy a cambiar nada. Si acaso, ayudar a la reflexión de otra persona tan aturdida como yo misma, con parecidas preguntas sin respuestas.

Somos los espectadores de una realidad atroz donde la vida y la verdad no valen nada. Donde los muertos del genocidio de Gaza son la cifra de un informativo, una frase telegráfica que responde a la exigencia de un titular bien escrito, aunque carezca de alma y consecuencias: “las autoridades de Gaza estiman en 34.350 los muertos en la Franja por la ofensiva de Israel”.

Entre tanto, en nuestro país, un montón de noticias prefabricadas desde el odio y la mentira alimentan el mecanismo de una justicia estéril y ponen en peligro los valores democráticos. No es nuevo, ha ocurrido en Brasil y Portugal, por citar un par de ejemplos. Y quizás, como ha comentado el ensayista César Rendueles en una red social, comenzó el 11 de marzo de 2004, cuando las familias de los muertos del peor atentado de nuestra historia fueron insultadas y calumniadas por quienes no se resignaban a la derrota electoral, consecuencia de otras mentiras. Me temo que nuestra democracia heredó una carga y unos manejos que tal vez sean demasiado venenosos para su futuro, como explica de forma magistral Ignacio Escolar, en el artículo titulado ¿Merece la pena?

No obstante, en medio del ruido y nuestro cansancio, aunque cueste, hay que seguir defendiendo la esperanza. Seguir escribiendo y leyendo para no dejar que el cerebro y el corazón sean colonizados por la insidia y la maldad. Resistir desde la alegría y la celebración de la vida, que es lo único que tenemos, sin perder la memoria ni la dignidad. Para ayudarme, rescato las palabras preliminares en la antología poética de Juan Carlos Mestre, titulada La desobediencia de las palabras, recientemente editada por Bartleby. “¿Qué puede decir el poeta en estos tiempos sombríos?”, se pregunta Crespo Massieu, responsable de la selección y el prólogo, que responde partiendo de la voz de Mestre: “alentar el discurso de lo imprevisible, ser una voz más en la república de la imaginación, defender la alegría y ayudar a construir la casa de la verdad”.

Cierro estas líneas desde la resistencia que conocemos los que no hemos sido hijos ni nietos del privilegio sino del esfuerzo. Pongo un punto y seguido en mi pequeña celebración de la vida con la belleza del álamo que todos los días veo desde mi ventana. Hace algunos veranos, por la noche, alguien quemó un contenedor próximo. El fuego alcanzó su corteza y las ramas más bajas. Aún quedan huellas de esas heridas, pero cada primavera se llena de hojas nuevas y ya es el árbol más alto de la plaza.

Madrid, fase 1: entre la tormenta y la esperanza

Había ganas de pasar de fase aunque el temor de muchos era que lo hacíamos a tientas, que las urgencias económicas no cuadraban con los indicadores sanitarios, que los centros de atención primaria seguían en cuadro, tan destartalados como si por ellos hubiera pasado una guerra y también estuvieran en una incierta tarea de reconstrucción.

El primer día de la fase 1, el lunes 25 de mayo, antes de la hora del paseo, bajé a hacer unas compras y me topé con varias unidades del SAMUR y la Policía. A cierta distancia, no faltaba un grupo extenso de mirones. Debía de haber ocurrido algo muy grave porque el dispositivo ocupaba dos calles, pero pasé de largo sin atreverme a girar la cabeza, preguntándome si aquellos que observaban no habían tenido, hasta ese momento, bastante muerte a la que mirar.

Avancé con prisa. El cielo estaba cargado con la pesadez gris oscura de nubes de tormenta que finalmente rompieron con fiereza. Hechas mis compras, tuve que esperar a que escampara para volver a casa. Lo hice bajo un pasadizo al que llegaba la lluvia, que sentí con alegría sobre el rostro a pesar de la mascarilla. Mientras tanto, a lo lejos, seguía aquel despliegue de policías y sanitarios manteniendo el pulso de nuevo.

La tormenta y el accidente me resultaban avisos de alerta. Las nubes negras, la lluvia torrencial, la muerte que acecha en la esquina parecían reclamar prudencia. Pero al volver a casa pude contemplar un arco iris, el mismo que apareció en uno de los peores momentos de la pandemia sobre Madrid, y lo quise entender como un guiño de esperanza.

A pesar de los temores, la calle era otra

Uno de los alivios del cambio de fase fue acceder a los grandes parques de Madrid. Llegar hasta Madrid Río, por fin sin cintas plásticas prohibiendo el paso, y recorrer La Casa de Campo, donde los amplios espacios y el tamaño de los árboles permiten soñar con otros paisajes y una naturaleza menos domesticada.

Las terrazas estaban repletas. El ruido volvía a ser el habitual a pesar de las distancias entre las mesas, a pesar de los carteles que recordaban que era mejor no abrazarse ni estrechar las manos. El trajín de los camareros hacía sentir que la ciudad comenzaba a recuperar el pulso después de haber estado, de alguna forma, en un coma generalizado e inducido.

Cada comercio que ha levantado el cierre ha sido otro pasito hacia la alegría. Han vuelto a estar detrás del mostrador en la ferretería, la mercería, la pequeña tienda de moda…, y con su llegada, resurge la esperanza de salir adelante de nuevo, todos a una. A mí me han dado ganas de entrar a todos y cada uno de los comercios. Abrazarles, aunque no se pudiera. Así que he ido a darles la bienvenida, a comprar algo aunque no me hiciera demasiada falta.

Y saliendo del barrio, también he llegado hasta una de las librerías de las que son casa y refugio. Enclave de Libros esperaba con gel y mascarillas, y la misma complicidad de siempre. Tocaba desquitarse de los meses robados, el día del libro que no fue, el inicio de una feria del libro que se retrasa hasta octubre. Arrimar el hombro y mover la caja decaída por la ausencia de palabras vivas.

A pesar de la alegría, la tristeza sigue latiendo

Las terrazas y los grupos de personas que se reencuentran ofrecen un mensaje de ánimo que resulta imprescindible. Porque además de robarnos el mes de abril, como decía aquella canción de Joaquín Sabina, el virus nos ha robado nuestra ciudad tal y como la conocíamos.

Los bares y restaurantes que no pueden sacar mesas fuera, esas barras que siempre animó el bullicio permanecen en silencio. Desde la entrada, tutelada por banquetas o mamparas, nos avisan de que han vuelto a la cocina, que puedes pedir y recoger la comida o que te la llevan ellos. Son los bares de toda la vida, los que no recurren a abusadoras plataformas de reparto a domicilio y en un folio pegado sobre el cristal, ofrecen un número para recibir pedidos por wasap. Se les nota a la legua que están con el agua al cuello y echan de menos a cientos de trabajadores: los del café rápido a primera hora, los grupos de compañeros a media mañana, los menús de mediodía con patatas fritas o ensalada.

El metro está lleno de carteles que recuerdan el peligro y el uso obligatorio de la mascarilla. Un gesto tan habitual como adelantar a alguien en la escalera mecánica resulta imprudente porque impide mantener la distancia de seguridad. La megafonía insiste en no acercarse, usar los ascensores de uno en uno, ayudar a personas con discapacidad visual para que no se aproximen demasiado a otros. Es un metro sobrecargado de señalética que ahonda la desazón de los viajeros.

Muchas tiendas ofrecen gel hidroalcohólico en la entrada. Su ayuda para limpiarnos una y otra vez es reconocer la amenaza de gestos cotidianos: buscar la etiqueta en una blusa, mirar los ingredientes de una lata nueva para Fénix, elegir chocolate en una tienda de comercio justo… Tocar es peligroso. Pero nos cuesta asimilarlo porque el tacto nos hace más humanos y, como el resto de sentidos, nos permite conocer lo que nos rodea.

Madrid sigue a medio gas, extrañamente llena y vacía al mismo tiempo. Hay más gente en la calle, pero la mascarilla nos impide atisbar una sonrisa o un gesto amable. El miedo se ha convertido en un vecino nuevo que ha venido a quedarse, aunque no a todos nos afecta su presencia por igual.

Entre tanto, cada vez se hace más insoslayable la necesidad de muchas personas que han visto temblar sus vidas al desaparecer sus ingresos. Durante las semanas de confinamiento, desde mi ventana he visto una de las muchas colas del hambre que han surgido en Madrid: personas que, separadas por un metro, avanzaban durante toda la mañana hasta llegar a la puerta de la Asociación de Vecinos Alto de Extremadura. También me he cruzado con quienes esperaban que se abriera el local de la Red de Solidaridad Popular de Latina y Carabanchel. Y en los comercios del barrio, han proliferado los carteles que piden alimentos mientras otros acaban de colgar el anuncio de liquidación por cierre. Se suman a los que ya lo hicieron una vez pasaron las últimas navidades, aquellas en las que brindamos por un año que se antojaba redondo y se ha convertido en un interrogante lleno de aristas.

El 8 de junio, en Madrid, pasamos a la fase 2 con las mismas dudas del paso anterior. Ese día tocará también ir al centro de salud a reconocer el trabajo de los sanitarios, manteniendo la distancia y el aplauso, recordando que si no hay medios para ellos no hay medios para los ciudadanos. Seguro que vuelve a ser una concentración emocionante, como las anteriores. Donde la gente se sumaba desde la acera próxima y desde el otro lado del paseo, desde la mediana, y nuestro aplauso resonaba con el apoyo del claxon de taxis y autobuses que se sumaban al grito de “sanitarios necesarios”.

Cada uno, en función de sus circunstancias, ha sobrellevado como ha podido las consecuencias de la pandemia, la muerte o la enfermedad de personas más o menos próximas, el confinamiento, la pérdida o la sobrecarga de trabajo… Ahora nos toca lidiar con la incertidumbre de los próximos días llevando una mochila de heridas y esperanza. Ojalá no olvidemos meter una buena dosis de solidaridad y fraternidad.

Día de las librerías

Si este año las librerías están de fiesta el 8 de noviembre, me sumo encantada para celebrarlas por cuanto nos ofrecen de magia, complicidad y aventura.

Para mí, entrar en la mayoría de las librerías es una verdadera tentación, una experiencia que no se da en el resto de comercios.

A la librería voy a mirar y a tocar, a hablar con los libreros, a que me recomienden y a dejar vagar mis ojos por portadas y páginas que quieren atrapar mi atención. Muchos libros lo logran, la voz melodiosa del librero también lo hace. Si es buen profesional, habrá reconocido el brillo en mis ojos y empezará a desplegar novedades y libros preciosos que se editaron hace tiempo, de esos que alguna vez se nos escaparon sin ser vistos.

Es entonces cuando me bajo precipitadamente del mundo de las letras y de su motor de utopía, y busco un punto de apoyo en el rincón oscuro de la contabilidad y el sentido común, para fijarme un presupuesto del que no desviarme demasiado. Afortunadamente, casi siempre hay un roto para un descosido. Y así surge un libro al paso, que acaba por venirse con nosotros… Si el presupuesto es menguante, la segunda mano y los libros de bolsillo son una fiesta, igual que los saldos que muchas veces me han dado alegrías inesperadas.

El día del libro y el día de las librerías

Para alguien que nació un 23 de abril, el día del libro no se olvida. Es más, ese azar maravilloso ha funcionado como imán. Desde el año 1988, cuando se instituyó como tal, ¿qué me iban a regalar los más perezosos o los amantes de los descuentos o los menos imaginativos? Tal vez al principio fuera así, pero lo cierto es que siempre he pedido y agradecido libros para celebrar la vida. Y casi siempre, aunque lluevan libros, yo misma entro de hurtadillas en alguna librería y me hago mi regalo. Ese capricho secreto que tiene el olor de la tinta y el papel, aunque para mí es el sabor de un chocolate o una galleta deliciosamente escondidos al fondo de la caja.

El día de las librerías no cuenta con tanta tradición. Este año estamos ante la novena edición, convocada por CEGAL, la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, que reúne a 1.600 librerías en toda España. Parece que la fecha cambia cada año, que se busca un viernes próximo al inicio de la campaña de navidad para recordarnos que las librerías están ahí.

En la misma batalla que afronta todo el comercio de proximidad de nuestras ciudades, las librerías ven caer sus ventas año a año y algunas bajan sus cierres de forma definitiva en silencio, dejando un barrio más huérfano o una calle más desamparada.

Cegal subraya en su convocatoria de este año que las librerías “no sólo actúan como centros de dinamización cultural sino que son espacios imprescindibles para la creación de comunidad”. Y reivindican “el trato familiar, cercano y afectuoso que ofrecen las librerías frente a la frialdad y la impersonalidad que imponen las multinacionales de venta online, poniendo en valor los vínculos que florecen entre los libreros y libreras y sus lectores”.

Estoy completamente de acuerdo. En las librerías intercambio euros por libros, pero también conversación, besos y abrazos. En muchas de ellas, cruzar su umbral es sentirte en casa de un conocido, un pariente queridísimo al que, por las circunstancias de la vida, no vemos tanto como nos gustaría. A veces voy a comprar y otras a saludar, a la presentación del libro de alguien a quien conozco y admiro, ya sea porque forme parte del ámbito de personas próximas o bien, de ese elenco de autores a los que me sigo acercando con torpeza y timidez como mera aprendiz. En los últimos años, he tenido el placer de ir también a leer mis propios textos y ver mi libro en los estantes que siempre me parecieron destinados a la obra de los demás. Son pequeños pasos que me demuestran que a veces, se cumplen los sueños, aunque sean de papel.

Algunas de mis librerías favoritas

En el día de las librerías, se me hace raro no citar algunas de mis favoritas… pero sé que corro el riesgo de olvidarme de algún nombre fundamental. Llevo desde ayer anotándolas, en un intento de que el cansancio no me lleve al desliz, y ante la lista que tengo ante los ojos, también me pregunto por cómo ordenarlas. Podría optar por un orden cronológico, citando las librerías de la infancia y la juventud, en su mayoría cerradas. Podría recorrer las que visité en viajes por España y por el extranjero, que fueron dejando huellas y recuerdos. Podría concluir con aquellas que me abrieron sus puertas como autora, que apilaron varios ejemplares de mi libro junto a la caja o, aún más valientes, aquellas donde leí cuando era una poeta inédita. Podría citar las que regentan esos libreros que al llegar me saludan por mi nombre o las que en los últimos  tiempos acogieron los actos que me hicieron salir de casa y disfrutar escuchando a otros. También podrían venir a cuento las librerías de los barrios donde he vivido y se convirtieron en un escaparate cómplice y amable cercano a casa. Por último, también tengo anotadas las librerías donde he debatido proyectos colectivos o he hecho talleres literarios que han alimentado y siguen alimentando libros futuros.

Son tantas, y es tan tarde para seguir escribiendo… que creo que no voy a hacer distinción porque hoy es el día de todas. Esas pequeñas historias que me han venido a la cabeza son buenas ideas para otros días.

Ahora toca publicar este texto, compartirlo con quien lo quiera leer y salir a la calle a por un libro, porque en la librería del barrio nos están esperando con los brazos abiertos.

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