Recordar el abrazo de Santiago de Compostela


Inicié mis vacaciones tras un día agitado, intenso. No faltó el imprevisto que dejó cuestiones para la vuelta, el suspense de lo inacabado. También tuve que ir al dentista contra reloj. De nuevo en casa, los últimos preparativos, las caricias a Fénix, los consejos ansiosos para quien se haría cargo de él, la gratitud y la angustia.

Llegando a la estación, pegatinas pegadas en farolas y marquesinas. Una pequeña acción de guerrilla y resistencia frente al asesinato y la barbarie. Los días de vacaciones tendrán lugar en el contexto histórico de un genocidio. Sé que no voy a olvidarlo. Ni podré ni quiero hacerlo.

Cuando el autobús sale del túnel, me brinda el atardecer, ese momento de última luz, de pausa. A falta de nubes, la luna en cuarto creciente es una promesa de abundancia. Tiempo de nuevos paisajes y lecturas, de compartir sosiego, mi mayor deseo. Eso me prometo mientras llego a la sierra de Madrid para pasar la primera noche, más cerca del norte que espera tras el amanecer.

Atravesamos Castilla. Mi mirada se ensancha. Es un paisaje árido, puro amarillo, pero disfruto viendo los campos donde ya se ha cosechado el cereal y se apilan pacas rectangulares de paja, como almohadas olvidadas, esperando su traslado. Dan testimonio de que aquí hubo espiga crecida, tallo y mano de hombre.

El viaje sigue, el paisaje cambia, se renueva. Cerca de La Bañeza se ven casas cueva desde la carretera; y la arena gana color, desde el anaranjado a un granate ferroso. Las tierras leonesas están espléndidas de vegetación. Los árboles erguidos presumen de vida bajo un cielo azul.

El trayecto va salpicado de topónimos nuevos, que remiten a una historia y una etimología, esa ciencia que mira hacia el principio, memoria de la lengua y de la especie: Aldealengua, Aldeanueva… Descubro nombres con música y abrazo: Toral, Brañuelas, Brazuelo, Villabrázaro… Y la riqueza que concedió el agua… porque hay lugares que se vinculan al río Cega o al Eresma, mientras otros unen su nombre a la ribera, la fuente, la vega… en un homenaje agradecido, puesto que sin agua no hubiera sido posible la vida en comunidad.

La primera parada es Villafranca del Bierzo, una visita pendiente desde hacía muchos años por diversos motivos. Vemos y olemos el humo de un incendio cercano. Escuchamos los motores de los medios aéreos que descargan agua. Viajes de ida y vuelta. No llegamos a ver el fuego, pero semanas después sabemos que parte de nuestras fotos son ceniza.

Entramos en la Colegiata y en algunas iglesias. Quizás no recé lo suficiente. Me detengo en la belleza sencilla de la piedra, en la luz de velas y vidrieras. Recorremos la calle del Agua donde los edificios en ruina o en venta cohabitan con espacios vivos. Me fijo en las cosas pequeñas que hacen que un lugar sea aún habitable, como las esquelas pegadas en los sitios de paso… Y los detalles del nombre, el parentesco («viuda que fue…»), la descendencia, el nombre y los dos apellidos junto al apodo que, entre paréntesis, enmarca y acerca el vínculo con la persona que todos conocían.

A la hora del desayuno, la conversación gira en torno al fuego. Los lugareños hablan con quien acaba de llegar y le cuentan la presión por levantar un parque eólico, la amenaza sobre castaños centenarios, la vida de los abuelos, que se alimentaron gracias a esos bosques que hoy resisten más abandonados y vulnerables, como hemos visto después.

Nos acercamos al Monasterio de Santa María de Carracedo, donde el esplendor de la piedra y los siglos de historia resuenan entre los muros y las bóvedas en pie, y también en las zonas que no se conservan pero dan cuenta de la grandeza perdida. Hospital y refugio de peregrinos, huertas y palomares, dinero y política, el ingenio del agua, fe y cultura… Nos reencontramos con el silencio en un lugar turístico (aunque minoritario), y recibimos la amabilidad de quienes lo cuidan y lo atienden, que nos conceden la alegría del huésped bienvenido.

La última visita antes de reiniciar el viaje es a la iglesia románica de Santiago, en Villafranca del Bierzo. En su interior, está prohibido sacar fotografías y hago un esfuerzo enorme para conservar en mi memoria la llama de las velas en hilera que han dejado los fieles. Ese temblor. Esa luz. Ese subrayado mudo de oración ante la imagen del apóstol. Necesitamos creer.

Cruzamos el puente romano, nos despedimos del río Burbia… El paisaje hacia Santiago de Compostela es verde y frondoso, magnífico: los Ancares Leoneses. Prometemos volver cuando haga falta llenar los ojos de vida. En ese momento, pienso que sus árboles me van a esperar con la misma altura y la misma belleza. A ratos, mi mirada vuelve al móvil, pero no para activar la cámara sino para atender el aviso del hotel cuya recepción cierra dos horas antes de nuestra hora prevista de llegada. Afortunadamente, la tecnología y la amabilidad de los desconocidos soluciona cada paso. Es su negocio y lo cuidan, pero también cuidan al viajero. Vivo en Madrid, una ciudad que no soporta ni cuida a nadie, y noto esa caricia distinta, el contraste.

En los primeros y temerosos pasos nocturnos, Santiago me resulta oscuro e incluso un tanto inhóspito. La primera escena es una pelea o un robo. Como en casi todos los sitios, se cruzan los destinos de maleantes y aprovechados con personas sin hogar o sin rumbo, en un babel de lenguas. También creo distinguir la figura perdida de peregrinos que quizás no recuerdan cuando llegaron. De día, la ciudad es bien distinta. Bulliciosa, vital, excesivamente repleta de visitantes y, no obstante, disfrutable. En la oficina de turismo, se exhibe una campaña que dice que Santiago es frágil y permite descargarse una guía para un turismo sostenible. Me temo que la guía llega tarde. Santiago ha expulsado ya a la mayoría de sus habitantes. No hay tiendas para ellos, como si fuera posible alimentarse solo de souvenirs, tartas de almendra y cremas de orujo. No obstante, en pocas horas, Santiago de Compostela me ha conquistado para siempre.

Callejear permite conocer una iglesia detrás de otra y descubrir plazas llenas de vida. Es posible escuchar un concierto festivo en la plaza de Quintana y, a continuación, una misa cantada en la iglesia de San Paio de Antealtares, donde las monjas benedictinas abren la verja de la clausura y un órgano algo afónico compite con el jolgorio exterior. Apenas cuatrocientos metros separan elecciones vitales que están en las antípodas, pero la ciudad parece ofrecer espiritualidad y fiesta, gastronomía y piedra, canción y flores.

Santiago es una ciudad completamente abierta. Sorprende la accesibilidad casi permanente a sus numerosísimas iglesias (Santa María del Camino, la Capilla de las Ánimas, San Bietio, San Agustín, San Fiz de Solovio, San Martín de Pinario, Santa María del Sar…), quizás inevitable por el discurrir constante de peregrinos. El acceso sin barrera a los templos contrasta con otros viajes donde el intento de conocer el patrimonio, cerrado a cal y canto en demasiadas ocasiones, resulta fallido.

Los edificios civiles también están abiertos. Desde claustros y patios, la belleza que esconden antiguos conventos, casas palaciegas y sedes universitarias atraen al visitante, que se deja seducir y, al acceder, se siente nuevamente bienvenido y puede observar la belleza del tiempo desde ventanas y escaleras. Al levantar la vista, las torres de la catedral salen al encuentro casi siempre, mientras que, solo de vez en cuando, se descubre la vida cotidiana de un vecindario escaso: una olla al fuego, la ropa de la colada o el busto asomado de quien contempla el constante trajín de otros que están de paso. Las campanas nos acompañan a lo largo del día. Marcan las horas, recuerdan el por qué del camino y del destino, las preguntas íntimas que quizás nos trajeron hasta esta ciudad.

Interrogantes, peticiones y rezos permanecen en la atmósfera de cada templo, en las velas prendidas a pesar del humo y su impacto. En Santiago, salvo en puntuales excepciones, esas pequeñas llamas son reales y no simulaciones eléctricas. La mirada establece una comunicación con ese fuego. Se siente la necesidad de permanecer en el silencio del templo, junto a la piedra y el cirio prendido, en el secreto orante de la plegaria, en la belleza del arte y su compañía de siglos, en esa búsqueda de sentido y transcendencia.

En el día de la partida, Santiago de Compostela ha dejado una huella que acompañará el camino de vuelta y, seguramente, el resto de la vida. Nada más arrancar ya se nota la nostalgia, cierta morriña, mientras desde la carretera divisamos paisajes verdes y fértiles. Pinares, maizales y viñedos nos conducen a Castilla donde el amarillo intenso de sus campos y sus atardeceres se impone como paisaje y como termómetro otra vez sofocante.

Tras un par de días en el calor inclemente de Madrid, un nuevo viaje me lleva a una playa del sur, en Almería. Un año más, el primer despertar no lo genera ningún sonido artificial sino el sol, que inaugura el día y se cuela a raudales por las ventanas que dejamos abiertas invitando a la brisa nocturna. Despierto porque amanece. No porque hayan empezado a trabajar las máquinas que asfaltan el barrio. Despierto sin cansancio, aunque son las siete y media de la mañana, porque los pájaros se han puesto a cantar.

Tras el desayuno, el paisaje y el ambiente son la memoria y la certeza de los veranos de mi infancia. Sombrillas, neveras, sillas de playa, flotadores y pareos con colores vibrantes y exagerados por la luz; los cuerpos bronceados y tendidos sobre la arena; los baños en el mar y la mirada fija en las mareas; las conversaciones triviales de los reencuentros en el chiringuito… Hay ganas de disfrutar y relajarse, hay una decisión colectiva de flotar.

Algunas noches, en mis sueños, aun se cuelan iglesias románicas, góticas y barrocas; me veo rodeada por la piedra y el paisaje del viaje anterior. Como si algo de mí siguiera allí, recordando un camino pendiente y el deseo de regresar.

Aniversarios de tristeza


Hoy se cumple el triste 80º aniversario de la bomba atómica sobre Hiroshima y en unos días se cumplirá el de Nagasaki. Por eso, he recordado con fuerza y nitidez uno de los momentos más especiales de este año. El 29 de enero tuve la fortuna de conocer a Shigemitsu Tanaka que visitó el Colegio Lourdes FUHEM, junto a representantes de Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW) y la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), en un viaje organizado por la red española Alianza por el Desarme Nuclear.

La experiencia de aquellos días quedó escrita en una entrada de mi blog, donde daba cuenta de la enorme recompensa de aquellos momentos. Sentada ante dos personas, Shigemitsu Tanaka y Carlos Umaña, que representaban a organizaciones que en distintos años habían sido merecedoras del Premio Nobel de la Paz (un premio del que espero que no haya que renegar en unos meses, aunque ya cuenta con algún tropiezo en su trayectoria), sentía el valor de servir y contribuir a ampliar la voz de quienes han volcado sus vidas en defender a la humanidad.

En las noticias del mediodía, he vuelto a ver algunas de las fotografías que ofrecieron entonces para ayudar a difundir su mensaje en España. Al escuchar el testimonio de un hibakusha, el término japonés con el que se nombra a las personas supervivientes y descendientes de quienes sufrieron el primer impacto de las explosiones sobre Hiroshima y Nagasaki, me he levantado de la silla como un resorte, para ver si era Shigemitsu Tanaka quien hablaba y, aunque no era él, su voz ha vuelto a resonarme como cuando le escuché en persona.

Es lógico que me haya parecido la misma voz. Es la misma lengua y el mismo acento regional. Y sobre todo, son las voces de la memoria del daño, aquella injusticia que acabó con las vidas de personas inocentes. Hay que recordar que, en cuestión de segundos, fueron aniquiladas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki, y que las bombas dejaron heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que siguen causando un gran sufrimiento. Es lógico que parezca la misma voz, porque están consagradas a dar testimonio desde la primera persona, con la determinación de contar, una y otra vez, a las siguientes generaciones lo que vivieron y sufrieron, con el objetivo de que no se vuelva a repetir. Como se explica en este artículo de Agustín Rivera Hernández sobre los hibakusha que siguen vivos su tono no es de odio. Su mensaje obedece a la responsabilidad de contar su experiencia, porque los supervivientes eran niños y van muriendo, y por encima de sus años y sus enfermedades les importa que otros no vivan lo que ellos.

Cuando se produjo el viaje de estas organizaciones a España, subrayaron el peligro de vivir en un mundo en el que el desafío armamentístico y la violencia resurgían con fuerza frente a la opción del acuerdo y la negociación, en una peligrosa dinámica creciente de beligerancia que sigue en alza. En sus palabras, recordaron Gaza y Palestina, cuando nos aferrábamos a la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado que se convirtió en ceniza pocos días después; también señalaron los casos de Ucrania y Rusia, de Corea y China, de India y Pakistán…

Estoy de vacaciones y, en la medida de lo posible, intento desconectar y recuperar fuerzas. Cuando viajo, no veo la televisión ni mantengo el hábito de encender la radio y escuchar las primeras desgracias del día… Pero ahora, hay un genocidio en marcha y el peso de semejante barbarie es insoslayable. Además, desde hace meses, opté por publicar textos y fotografías sobre Gaza y Palestina en mis redes sociales, harta de que el algoritmo y los medios de comunicación silenciasen buena parte de lo que estaba ocurriendo a la vista de todos o buscando excusas ante la desproporción de la respuesta militar israelí a los atentados del 7 de octubre.

Siempre he intentado mantener un tono educado en mis escritos. No he insultado a nadie y, sin embargo, en las últimas horas, he recibido insultos. No me importa, no me van a callar. Mi gesto no es heroico como el de periodistas y reporteros que resisten en Gaza para que sepamos lo que ocurre mientras acuden a los entierros de decenas de colegas. Mi gesto es un compromiso conmigo misma, porque escribo desde la libertad que tanto ha costado conseguir, ese derecho que nos puede ser arrebatado si no sabemos defenderlo.

Vivimos tiempos sombríos y el presente es tan sumamente brutal que nos está cerrando el horizonte. Los discursos de odio campan a sus anchas y el fascismo se justifica como opinión respetable. Buena parte de la política ha dejado de preocuparse por el bienestar de los pueblos, y la justicia internacional es tan lenta como exasperante. Nadie resucitará a las miles de personas que están siendo asesinadas en Gaza. Nadie podrá devolverles su salud ni sus hogares. Pero, en unos años, un tribunal internacional juzgará a los culpables. La justicia llegará tarde una vez más. Como ocurrió en Núremberg para millones de personas. Como ocurrió en genocidios y crímenes contra la humanidad que se produjeron cuando yo estudiaba periodismo y pensaba, de forma ilusa, que esta profesión podía mejorar el mundo. Los casos de Ruanda (1994) o Srebrenica (1995) se colaron en mis trabajos de carrera o mis primeras prácticas en una redacción de verdad, por eso los recuerdo ahora. Para la mayoría, fueron imágenes brutales que les impactaron y han desaparecido. Volverán a las noticias cuando se cumpla algún triste aniversario o haya una nueva película sobre ellas. Si alguien más joven nos preguntase cómo lo vivimos, al margen de circunstancias como las que he descrito, tendremos que reconocer que no nos enteramos mucho de lo que ocurría.

Escribo estas líneas sabiendo parte de lo que ocurre en Gaza. Leo, escucho y lo confronto con años de trabajo en cuestiones relacionadas con la paz, el derecho internacional humanitario y los conflictos internacionales. Tecleo y lloro, mientras espero a los jueces del futuro. Hoy, en un triste aniversario, recuerdo y rememoro el testimonio de quienes han dedicado su vida a construir paz, mientras intento acallar el espanto de las secuelas de este tiempo. Cuando viajo, a veces, fotografío ventanas y bellos horizontes para invocar la esperanza.

Un cumpleaños para celebrar la vida

No escondo los años. Hoy han caído cincuenta y cuatro. Desde que tengo memoria, cada 23 de abril celebro mi cumpleaños y el Día del Libro. Festejo a esos seres de papel que transformaron mi infancia y después mi vida.

Brindo por ese maravilloso azar que provocó el regalo inevitable en tantos aniversarios. Después de dudas y tropiezos, celebro escribir y leer, dos actividades que se dan la mano en este día en el que, por encima de todo, tengo motivos para celebrar y agradecer la vida.

Tras tiempos sombríos, doy las gracias a la vocación que encontró el camino y a las personas que me rodean y hoy han estado tan cerca, ya sea en persona o a través de cientos de mensajes cariñosos, es decir, tiempo y palabras, ese doble tesoro con el que se pueden escribir libros nuevos.


Gracias al despertar y al primer café en buena compañía, al mantel compartido de la comida y la infusión imprevista a media tarde. Gracias al paseo del atardecer y su paisaje, a la belleza y la fragancia de las lilas silvestres. Gracias a los cumpleaños celebrados en los parques y terrazas, donde grupos de desconocidos cantaron un ‘Cumpleaños feliz’ que sentí mío. Gracias a los regalos y las llamadas. Gracias a las carantoñas de Fénix y a la mariposa y los pájaros que rodearon nuestra mesa tras el postre. Gracias a las librerías del barrio, donde libros para todos los públicos han tomado por un día parte de la acera, llamando la atención de peques y mayores, sembrando ficciones y versos.


Gracias a la vida: por fin, abierta, ancha, pendiente de nuevos planes y nuevas osadías. Cincuenta y cuatro no son veinticinco, pero «hoy es siempre todavía», como dijo el poeta. Y es posible soñar y atreverse, dar pasos nuevos con los zapatos azul celeste que compré para la primavera de hace un año y no llegué a estrenar, por si me hacían heridas.

El viaje como reencuentro

Las vacaciones han vuelto a ser un bálsamo para los afortunados que hemos tenido unos días de descanso. Sabemos lo que significa esa palabra frente a las voces antónimas heterodoxas que no dan tregua: trabajo, horarios, obligaciones, rutina, hastío… El rumor de maletas por la calle, el trote de esas ruedas tan pequeñas como escandalosas empezaron a hacernos cosquillas antes del Viernes de Dolores.

En mi primer día libre quise escribir algo para este blog, pero no salieron las palabras. Solo era capaz de hacer inventario de los cansancios acumulados y alentar las ilusiones para los paisajes y días por venir, con todas sus horas convertidas en ofrenda personal. El texto quedó en mero esbozo. Ahora que el agotamiento se ha disipado, quizás tenga sentido evocar algo de cuanto quedó sin escribir en tantas semanas sin crónicas, con la excepción de aquel día en el que la masacre puso fin a la frágil tregua en Palestina y aquel horror, junto a la reivindicación de cuanto nos hace humanos, provocaron mis palabras, como una sacudida.

A pesar de lo no escrito, febrero, marzo y el comienzo de abril dieron para mucho, pero no tuve tiempo de compartirlo aquí. Para recordar el ocio y el disfrute de esos meses he tenido que recurrir a la memoria de mi teléfono, donde fotografías y notas languidecían, pendientes de ser rescatadas. Todas ellas han vuelto a recordarme que la vida sigue ofreciéndome motivos para la alegría y que disfrutar los pequeños regalos cotidianos es, en realidad, otra obligación que no debería perder de vista cuando las horas sean estranguladas por el despertador y los deberes. Una vez más, escribir sirve para dejar señales en el camino y guardar una dosis de vitaminas para cuando vuelvan a bajar las defensas.

La mayor parte de esas fotografías han sido tomadas en distintos viajes. No es raro. Aunque lo intentemos, al final, cuesta percatarse de alguna novedad en los recorridos y calles habituales. Si no fuera por esta lluviosa primavera que trajo una floración espectacular de especies silvestres y de los prunos y almendros de los alrededores, apenas conservaría material que muestre la belleza y la sorpresa que a veces encierra lo cotidiano. Frente a lo de siempre, Toledo, Ginebra y Burgos han sido breves escapadas a lugares que he visitado en varias ocasiones y ofrecieron la posibilidad de una pausa y el reencuentro con personas queridas y un tiempo más ancho y generoso.

Las tres ciudades han vuelto a ser espacios acogedores donde el paseo ha contribuido a la serenidad porque, cuando desaparece la urgencia descubridora del turista, se saborea y disfruta el lugar que ya forma parte de nuestra memoria. Podría parecer que no tienen nada que ver entre sí, pero en las tres subyace el abrazo que supone recorrer calles antiguas donde han coexistido diferentes culturas y lenguas, y tanto el trazado urbano como los monumentos siguen dando cuenta de esa convivencia y de la evolución.

Así, Ginebra presume de ciudad refugio desde hace siglos; mientras la huella del arte mudéjar pervive en artesonados, estructuras y decoraciones del Monasterio de Santa María La Real de Las Huelgas (Burgos), porque muchos artesanos moriscos de Toledo recibieron la llamada de Alfonso VIII para trabajar en el primer monasterio; igual que los restos de estilos y ritos diversos conviven en armonía en la maravillosa Mezquita del Cristo de la Luz (Toledo). Y por supuesto, la contemplación monumental nos permite conectar con quienes nos precedieron. Sigo celebrando el asombro que me genera ver la evolución del románico al gótico, imaginar a aquellos artesanos y primeros arquitectos que se atrevieron a aligerar las construcciones buscando el cielo. Su afán por la belleza y la transcendencia en esas bóvedas imposibles me resultan apelaciones contemporáneas. Así mismo, ante esos retablos de diversas épocas, que explican las escrituras y la historia del poder que configuraron el pensamiento durante siglos, es lógico preguntarse quienes somos ahora, en este siglo XXI que se vuelve irrespirable en la distancia mínima de un botón de nuestro móvil, en cuanto pasamos de la cámara de fotos a un periódico digital.

En la reciente visita a Burgos, me ha conmovido que persistan la clausura y la oración en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, la Cartuja de Miraflores o en el citado monasterio de Las Huelgas; y resulta inevitable que, en la proximidad de ese rumor, rodeados por tanta imagen sagrada y tanta piedra bendecida, se busque y encuentre una conexión espiritual. Quizás por eso me resonó tanto un mensaje escrito con letras modernas en las escaleras de la capilla de Santa Tecla y Santiago, en la catedral de Burgos: “Peregrinos de esperanza”.

La contemplación del arte y la compañía de las personas que queremos son formas de dejarnos atravesar por esa esperanza. Si seguimos celebrando la vida con otros; si brindamos y hasta bailamos con ellos en sus recientes cumpleaños; si ofrecemos nuestros poemas en una lectura en voz alta; si ponemos la mesa para compartir una comida sencilla y rica; si intercambiamos un beso de buenos días o buenas noches; si nos emocionamos ante el descubrimiento de nuevos libros, películas, cuadros y espectáculos escénicos es porque ni las noticias de los medios de comunicación ni las obligaciones que nos aturden cada día han logrado acabar con lo más profundo que somos.

Llevamos la cuenta de la desgracia. Sabemos que en Palestina se ha superado la cifra de 50.000 personas asesinadas. Sabemos que mientras unos rezan otros siguen conjugando con maldad y alevosía los verbos de la desolación ajena. Estuvimos de vacaciones pero no olvidamos, resistimos en esa vergüenza que no podemos detener.

Ahora que las ruedecitas de las maletas del vecindario vuelven a sonar con el mismo escándalo de la ida, aunque con cierta desgana por el regreso, es imprescindible fijar la vista en los árboles que nos rodean. En los últimos días de marzo, sus ramas estaban casi desnudas y parecían muertas. Había que detenerse muy cerca para descubrir pequeños brotes donde aguardaba la explosión de la vida. Abril ha llenado esas ramas de hojas verdes, su fortaleza y su lozanía son fruto de la lluvia cadenciosa y constante de esta una nueva primavera. Que esa imagen sea también la nuestra. Que mantengamos la esperanza. Que permanezcamos nutridos y bendecidos por los días y las horas en las que el paseo y el descanso nos reconciliaron con otras forma de mirar, caminar y enlazar las manos.

Vivencias que serán recuerdo y energía

No todas las semanas la actividad profesional se transforma en una sonrisa espléndida; ni la poesía y el arte se suman al abrazo en compañía. Pero este enero tuvo una semana tan atípica en todo, tan agotadora y nutritiva a la vez, que ha merecido la pena escribirlo.

No todas las semanas se conoce a un Premio Nobel de la Paz…

Y yo he tenido la suerte de recibir a Shigemitsu Tanaka, en el Colegio Lourdes FUHEM, y de ser la fotógrafa ocasional de los primeros minutos; cuando en mitad del asombro, alguien le pidió que posase con la medalla que recibió en Oslo, representando a su organización, Nihon Hidankyo, el pasado diciembre.

Las horas previas fueron intensas, coordinando su encuentro con algunos medios de comunicación; y si bien es cierto que este trabajo suele ser ingrato, di por bien invertido el esfuerzo, que resulta mínimo ante el suyo, incansable a pesar de la edad, el jet-lag y las secuelas. Mi pequeña aportación ha sido contribuir a que su mensaje alcanzase a la opinión pública: “las armas nucleares pueden suponer el fin de la humanidad”, nos ha repetido. El riesgo nuclear ha impulsado a Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), y a la Alianza por el Desarme Nuclear a organizar este viaje institucional, para lograr que España firme el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN).

Tampoco todas las semanas me siento en un salón de actos escolar rebosante de alumnos y alumnas que, con su silencio y respeto, con su emoción contenida, reconocen que están siendo testigos de un día histórico en el que supervivientes y descendientes de Hiroshima y Nagasaki, los hibakusha, junto a los integrantes de diversas organizaciones contra las armas nucleares les transmiten su legado. Me impresionaron las voces cálidas y a la vez imponentes de Shigemitsu Tanaka, que tenía cuatro años cuando la bomba atómica arrasó su Nagasaki natal; y la de Carlos Umaña, copresidente de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW), y miembro de la Junta Directiva de la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), organizaciones que han recibido el Nobel de la Paz en 1985 y 2017, respectivamente.

En sus discursos, pasado, presente y futuro se asomaban al peor de los espejos. Citaron Gaza y Palestina mientras la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado permitía cierta esperanza, aunque no podemos olvidar las más de 45.700 personas asesinadas y 108.800 heridas en la Franja, desde el inicio de la guerra. También mencionaron los nombres de Ucrania y Rusia, de Corea y China, y entonces, fuimos aún más conscientes de la amenaza nuclear que unos y otros dirigentes usan, comportándose como trileros mortíferos y bravucones, sin tener en cuenta que bastaron unos segundos para aniquilar a unas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki y dejar heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que a día de hoy siguen causando un gran sufrimiento.

Ni todas las semanas se asiste al abrazo de la nostalgia

Por supuesto, no todas las semanas presento y dinamizo un acto que reúne a la comunidad escolar de un Colegio como Begoña, que cerró sus puertas en junio de 2012. Su reencuentro me brindó la oportunidad de convertirme en testigo del amor que pervive entre quienes fueron estudiantes y docentes hace cuarenta, treinta o quince años…

Les escuché y me emocioné con ellos, porque en su relato de nostalgia y afectos reconocí algunas de las experiencias que marcaron mi etapa escolar en otro colegio de Madrid, pero en el mismo contexto socio-económico y político… Aquella España que se empezaba a reconstruir sobre bases democráticas y en las que muchas familias pensaban que sus hijos y, por primera vez, sus hijas, si estudiaban y se esforzaban lo suficiente, iban a tener las oportunidades y las vidas que les habían sido negadas a las generaciones anteriores.

Escuchamos allí que un colegio y un profe, aunque se le recuerde con un mote, pueden cambiar una vida, la vida que después puede transformar el mundo. Recordamos también la influencia de las primeras amistades y las experiencias vitales de la adolescencia y la juventud, cuando todo estaba por llegar y el futuro parecía un lugar mucho más luminoso que el que vislumbramos ahora.

Y cerrar la semana, con la poesía y al arte

No todas las semanas acudo a un acto literario en el que se presenta una editorial que acaba de echar el cierre tras veintisiete años de trabajo y unos cien títulos de un catálogo. Pero ese es el caso de Igitur, la editorial que protagonizó en la librería Enclave de Libros una nueva sesión del ciclo “¿Qué hay de la poesía hoy?”, que volvió a ser lumbre, belleza y afectos, como recordó Esther Peñas en su intervención inicial. Después, Ricardo Cano Gaviria y Rosa Lentini, editores de Igitur (y antes, de la revista Hora de Poesía), recordaron los títulos publicados, el camino de ilusiones y tropiezos junto a traductores y autores. Entre los últimos, les acompañaban Noni Benegas, Manuel Rico y Esther Ramón, que evocaron las páginas de los libros que cada uno había publicado en aquel sello remoto y audaz que, desde un Montblanc recóndito e independentista, traía aires renovados a una poesía monopolizada entonces por pocas editoriales y uniformada por estéticas que apenas dejaban margen.

De Igitur fueron las primeras traducciones al castellano de poetas que no estaban disponibles en España: Sharon Olds, Wisława Szymborska, Ungaretti, Mandelshtam, Montale, Mallarmé… y muchas mujeres poetas inéditas entonces: E. Bishop, J. Barnes, Lidia Pastan, Amelia Rosselli, Joyce Mansur, Rosa Leverolli…

Escuchándolos, y seguramente porque sus palabras coincidían con vivencias en las que la nostalgia no había dejado de interpelarme, me pregunté por mis lecturas de muchos años atrás, por mis errores y lagunas. Menos mal que Rosa Lentini insistió en que “no hay tiempo ni espacio físico ni psíquico para tanto como queremos leer”, y me perdoné un poco. Con esa indulgencia, volví a saltarme la prohibición autoimpuesta de no comprar más libros, y me dí un capricho que, en el fondo, tenía mucho de gratitud hacia sus esfuerzos de tantos años.

Por último, no todas las semanas acudo a la clausura de una exposición de mi amigo Leandro Alonso García; pero, desde que inauguró «De lo que queda», en Vamm Coffee House de Villalba, estaba pendiente el reencuentro, el abrazo y la confidencia en torno a ese misterio que es el arte.

La muestra recopilaba obra diversa a partir de la plasticidad y la potencial belleza del residuo y la imperfección que nos rodean; y cómo a través del video, la escultura, los collages, la fotografía o el fotomontaje, se despiertan nuestra mirada y nuestra capacidad de observación. Se proyectaron trabajos conjuntos de Leandro Alonso y Alberto Cubero, y al volver a ver y escuchar libros y proyectos que tienen ya más de diez años, como La textura metálica del dolor, retomamos la conversación sobre la relación entre las distintas manifestaciones artísticas y el hallazgo azaroso que, gracias al arte, nos conmociona.

Hasta aquí alcanza el relato de esa semana excepcional de un enero doloroso en muchos de sus días. Frente a los párrafos previos, lo habitual es que la cita “los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía”, crezca en mi cabeza hasta cobrar la dimensión de una valla publicitaria imaginaria, pero muy arraigada, al levantar o bajar la persiana de cada jornada. Y que, desde esa visión de pesadilla, me paralice un cansancio triste que me impide participar en espacios que disfruto. Por eso, me alegra tanto que esta semana haya sido distinta.

Las horas fueron propicias y, ojalá hubieran sido aún más anchas y largas, para poder sumarme al «Vermut poético», convocado por Genialogías, dedicado a Poesía y Ruptura, con Marga Mayordomo, Amparo Arróspide y Roxana Popelka; y al encuentro en torno a mi querido Francisco Moreno Galván, organizado por el Círculo Flamenco de Madrid. Evidentemente, ni el don de la ubicuidad ni las fuerzas dieron para tanto.

Si esos días, en el marco de los actos escolares citados, se recurrió a Rilke, “la patria es la infancia”; de pronto, entendí que de la niñez se sale cuando, de forma progresiva, la vida nos obliga a elegir entre opciones que, con los años, son cada vez más serias. El domingo, entre envases vacíos de vitaminas y analgésicos, elegí descansar porque mi cuerpo avisaba. Me tome una pequeña pausa mientras acariciaba algunas fotos y, como dicen los flamencos, me repetía aquello de “¡Que nos quiten lo bailao!”. Finalmente, el lunes… cualquier intento de baile cayó por tierra, con un trancazo monumental, y varios golpes que han resonado como un demoledor zapateado en mi cabeza. No obstante, no quiero olvidar lo bueno. Y en cuanto me recupere, confío en que esos recuerdos me permitan volver a bailar.

Abrazarnos en el adiós

Con el regusto dulce del roscón aún en los labios, el 7 de enero amaneció con la noticia de la muerte en el chat de la familia. Los malos augurios se confirmaban para mi tito Antonio, el tío de tantísimos sobrinos; el marido, padre y abuelo de los brazos más abiertos.

Desperté de golpe sin despertarme del todo. Mis movimientos y cuanto se cruzaba por mi cabeza era una suma de torpezas fruto de la conmoción. De nuevo, la muerte estaba muy lejos en kilómetros y muy cerca en los recuerdos, que comenzaban a aflorar con el paso de los minutos hasta que, por fin, rompí a llorar. No volveré a escuchar esa voz entrañable que contaba chistes malos, casi siempre repetidos; esa voz que atesoraba, mejor que yo misma, las anécdotas profundas de los veranos y las playas de la infancia donde nunca más volveremos.

El desenlace ha sido rápido e inesperado. A ti, que te gustaba ir de prisa y llegar siempre el primero, has vuelto a elegir el carril de vehículos rápidos. Y te has ido llevándote tus ansias de vivir, tus andares apresurados, tu abrazo hospitalario y tu palabra desatada. Eras un torbellino generoso y bonachón, eras la historia de nuestra alegría porque, hasta que te atrapó la tristeza de los últimos tiempos, siempre nos recordabas lo bueno que habíamos compartido. Los días de Feria y aquellas tapas con el pequeño pellizco de la lotería; la aventura de ir a la playa en tu furgoneta, que desafiaba la normativa pero era el viaje más seguro del mundo; las largas partidas de dominó con los pies en la arena; el dulzor de la copa insistente de vino acompañada por unos picos y un trocito de queso o chacina; el sabor ancestral de la manteca colorá con chicharrones y el aire de poniente que se enredaba en mi pelo, en la última tarde posible junto al Atlántico.

De ti aprendí la expresión «ir a contramano», y así han sido todos mis pasos en esta mañana fatídica. Contra mano y contra la razón, con la necesidad de poner rumbo al sur, a pesar de las dudas y las gestiones torcidas, en un intento de abrazar que no cesaba de escurrirse.

Al final, lo he logrado. En Atocha, me volvía a derrotar la tristeza. Cómo abordar un tren con esa pena, entre tanto turista y su entusiasmo. Cómo llegar tan tarde para lo que era prioritario desde el amanecer. Mirando por la ventanilla, esquivé el reflejo de mis ojos en el cristal: un cielo repleto de nubes veloces y muy grises, anegadas de lágrimas.

Horas después, las palabras de reencuentro vibraban en la sala del tanatorio entre una multitud de familiares y amistades. Ojalá nos hayas visto por una rendija. Los besos y abrazos de quienes te quisimos, los mensajes de quienes no podían llegar. Ese es el recuerdo que dejas y nuestro mejor homenaje: una huella imborrable de cariño que hoy nos hace mejores.

La noche transcurrió con la inquietud de la duermevela. Vimos amanecer un cielo rojizo y azul, ese cielo que en la oración compartida, te celebraba. Y después, te acompañamos en un último paseo, el más lento que hemos hecho a tu lado. Por primera vez, he entrado al cementerio de Jerez, donde reposan los restos de mis abuelos paternos, perdidos en mi primera memoria, la de la niña que no alcanzaba a entender el significado de la palabra muerte y no pudo llorarlos.

He agradecido ese andar pausado y compartido, esa congregación de afectos tras el coche fúnebre, mientras me consolaba la serenidad de un paisaje detenido entre el espléndido azul del cielo, el rumor de las flores y la certeza de la piedra. Un rumor de pasos silenciosos hasta alcanzar el lugar último, donde experimentar la fraternidad, en el dolor de la despedida.

De nuevo en el tren, en mi viaje de vuelta, no he buscado brumas ni nubes al otro lado de la ventanilla. Me he detenido en los hermosos ojos de una preciosa bebé que no me perdía de vista, sorprendida por la forma o el color de mis gafas. Con su sonrisa tímida y su belleza intacta me traía de vuelta al lado de la esperanza y el brillo de la vida.

Ahí debemos seguir, en tu memoria del disfrute y en nuestro presente de resistencia, gracias a las cosas buenas y sencillas del día a día. Ese es tu legado y no deberíamos olvidarlo nunca.

Feliz 2025: agradecer la luz

Queridos amigos, queridas amigas:

Un año más escribo y comparto palabras e imágenes con las que cerrar un año y abrir otro. Es tradición, es impulso. De algún modo, es un rito colectivo, más o menos consciente. En mi caso, resulta ya una inevitable costumbre incorporada a las últimas horas del año, cuando busco el silencio necesario para detenerme a mirar hacia dentro y hacia fuera, en las fotografías que recuerdan lo vivido y las imágenes ausentes, para hacer balance y también, invocar la esperanza.

2024 deja el recuerdo de presentaciones de libros y exposiciones plásticas disfrutadas, siempre en compañía, una forma de ampliar la existencia; escapadas que permitieron cambiar el paisaje y renovar la perspectiva del horizonte desde nuevas ventanas; momentos para la ternura y los afectos, y la silenciosa caricia sobre la piel de Fénix. 2024 deja también abrazos que acompañaron la ausencia y el duelo, momentos duros en los que saberse afortunada en el lado de la vida, a pesar de un mundo roto en jirones de injusticia, esa espiral de abismo alimentada por el odio y la codicia que también convocó a la poesía, en un intento de decir no a la barbarie.

“Astilla” se ha convertido en mi palabra del año, en un plural luminoso que me ha permitido cerrar una etapa oscura y comenzar otra, impulsada por la gratitud y el deseo, algo que percibí íntimamente cuando llegó la primavera. Al elegirla para el título de mi libro, pensé en aquella brizna de madera incómoda y dolorosa clavada en un dedo infantil, aunque María Moliner en su magnífico diccionario la define como: “trozo de madera partido toscamente, de los que se gastan para leña” y así se presentó en la portada. Astillas y las palabras que lectores y lectoras me han ofrecido se han convertido en energía, el principio de un nuevo fuego.

Con esta idea de renacer concluyo estas líneas y elijo las fotografías para despedir 2024 y dar la bienvenida a 2025. Fotos tomadas en el silencio de un paseo por la naturaleza mientras los rayos del sol, siendo ocaso, podían confundirse con los de un amanecer. Os deseo un nuevo año en el que podáis mirar la oscuridad como un paréntesis hacia la luz, en el que cada despertar sea un regalo que agradecer a la vida.

Gratitud y horizonte

Repaso septiembre y le agradezco que haya sido un mes amable, con su significado de reinicio, con el aliento de una nueva resistencia. Sin duda, el verano fue bueno y ha servido de equipaje. Desde mi casa, empecé a sentir el rumor de la juventud que se dirige cada mañana al instituto próximo; con sus llegadas y salidas, sus pasos marcan mi tiempo. El transporte público volvió a llenarse, literalmente; a pesar de la presión y el vapuleo de sentirme sardina en conserva de tercera, los ojos adormilados de los más pequeños fueron un soplo de ternura y misericordia.

Presenté Astillas en su primera lectura pública (habrá más, habrá tantas como surjan), y fui feliz. El dolor de sus páginas se ha convertido en motor de afectos, otra vez fortaleza y esperanza. Recibo mensajes de lectores que encuentran cierto alivio en sus poemas. Me sorprenden, al tiempo que sus palabras resultan sanadoras. Al principio, lo he ido regalando casi pidiendo perdón por su dureza, pero tiene razón quien me dice que no lo haga. Es el resultado de abrazar el dolor y cuanto supe escribir. Es el relato poético de una grieta de la que ha sido posible emerger.

En la víspera de la presentación fui a la peluquería. Quería estar guapa, igual que en cualquier fiesta que se precie. Justo cuando iba a salir de casa, se quedó parado mi reloj de pulsera. En el primer instante, intuí un mal presagio (la cabra tira al monte, la tristeza es pegajosa); acto seguido lo reinterpreté como el inicio de un tiempo nuevo. Se trata de celebrar, ¿recuerdas? Es cierto que la pila del reloj había durado menos que nunca. La última se paró a las puertas del tanatorio. Esta vez quise convertir la obsolescencia vertiginosa en un guiño feliz. Horas después regresaba a casa con el cabello renovado y, al menos, una pila puesta.

El día de la presentación elegí una camisa especial que apenas he estrenado y me puse una pulsera delicada que no suelo usar, por miedo a perderla. Por si refrescaba, me llevé sobre los hombros una prenda que era el homenaje y recuerdo a una mujer que, en vida y en su despedida, me animó a seguir escribiendo. También estrené zapatos. Podían hacerme daño y quise arriesgarme. La tarde se alargó hasta la noche y volví a casa sin una rozadura. Para mí era importante refutar un par de poemas del libro que escribí con la vista fija en el suelo. Uno comienza con el verso “Te vas de paseo al cansancio”. El otro (página 94), lo leí en voz alta para los asistentes al acto como quien pronuncia una oración nueva contra lo que fue:

Ya no lustras tus zapatos
ni en la noche de reyes.

Calzas pasos cansados
y tropiezos.

El abandono delata
tu pelea con la piedra,
su propio chocarse
hasta hacerte caer.

Mentiría si dijera o escribiera que, en este septiembre, no ha habido cansancio ni días en los que sentir el peso insomne de la noche o las horas de la jornada laboral como una carga, pero no tiene nada que ver con los años y meses previos. Ahora, en lugar de dejar que ocupen todo el espacio, he arrinconado esos pensamientos en lo posible y, al igual que hice en verano, me he dejado atrapar por la luz exterior, pacífica y acogedora. Mis ojos han optado por mirar a las ventanas, que ofrecían atardeceres y ocasos matizados por la calma.

Al otro lado del cristal, el castaño se ha vuelto más y más marrón. El cielo se ha puesto de todos los colores. Alguna mañana madrugar tuvo su recompensa de luz mágica al levantar las persianas. En ese descubrimiento cotidiano recordé al protagonista de Perfect days, esa película tan evocadora y profunda de Wim Wenders.

Mientras se hacía el café, esa placidez pequeña ha estallado al escuchar el relato radiofónico de la matanza constante de los inocentes, la suma diaria que arrojará un genocidio para la posteridad. Las primeras crónicas ofrecen su recuento rutinario de víctimas bajo las bombas en Gaza y Cisjordania o de cadáveres en nuevos naufragios a pocos kilómetros de las costas españolas. Me costaba imaginar cómo es despertar en esos lugares con los que compartimos el mismo cielo. Desde mi ventaba podía disfrutar de una mañana clara, sin rastro de la humareda que dejan los proyectiles, sin el olor a gasolina de cayucos a la deriva. El relato de los enviados especiales incluía el término “campo de refugiados” para situar el punto del mapa donde la esperanza se había roto antes del amanecer.

Una luz suave me rodeaba mientras las palabras se teñían de mentiras. ¿Por qué decimos campo? ¿Cómo podemos seguir apelando al refugio donde se asesina a mujeres y niños? Septiembre ha sido un regalo y escribirlo es atesorarlo, a pesar de que el lenguaje y los tiempos vuelvan a enfrentarse; algo que también ocurre en Astillas, un poemario, en parte, en guerra con las palabras. La pregunta es cómo defender una cierta placidez cuando se cumple un año del inicio de un genocidio. Aquella remota estudiante de periodismo que fui nunca pudo imaginarse que el derecho a la información pudiera estar reñido con el derecho a la salud, pero muchos días necesito apagar las noticias y mirar por la ventana y pensar que este cielo es el de todos.

Ante el televisor que me ofrece la crónica feroz de un año de barbarie, me asalta la duda de si tenemos derecho a sentirnos bien dentro de nuestra pequeña existencia en orden. Quiero creer que sí, que me toca dar gracias a la vida, y seguir buscando la belleza cotidiana a través de las ventanas. Ese gesto no es incompatible con recordar, con toda su fuerza etimológica, a quienes sobreviven sin horizonte.

Miradas y ventanas del verano

Era aún julio cuando escribí la última crónica de este blog. Por entonces, el castaño que mide las estaciones frente a mi ventana, ya vestía otoño. También era una tarde asfixiante de julio cuando, antes de salir del metro, vi las escaleras y la rejilla del desagüe salpicadas de hojas exhaustas. Agostadas, pensé entonces, y jugué con esa ese intermedia. Madrid y yo misma estábamos agotadas. Por la temperatura y los meses transcurridos sin pausa, siguiendo el ritmo exigente de esta ciudad y las rutinas que nos atan a ella. Hojas muertas y personas al límite. Por eso, salimos en estampida. Por eso, buscamos refugios. Por eso, en agosto, se nos ve por todos lados e incluso, se pone de moda detestarnos, ese triste desatino.

Yo también me he escapado y confío en haberlo hecho sin molestar a nadie. Mis pasos cansados buscaban otros paisajes. Mis ojos sedientos necesitaban llenarse de agua. He regresado a lugares ya conocidos, lo que evita la ansiedad de ser turista. En Ginebra y en la playa almeriense de los últimos veranos, la hospitalidad de amigos y familiares me permitían sentirme como en casa, pero en otras casas. Habitaciones en las que, al levantar la persiana y celebrar un nuevo día para el ocio, no importaba desvelarse ni ver amanecer, desafiando la pereza que se iba instalando en todo el cuerpo.

A pesar de las elevadas temperaturas, disfruté mucho del verano ginebrino: la música y la animación en sus parques; la belleza del lago Lehman; las calles y monumentos de la ciudad vieja; la atmósfera del Café Literario junto al renovado Museo Rousseau; el cementerio de Plain-Palais, donde distintos bolígrafos reposaban sobre la tumba de Borges; el ambiente bohemio de Carouge; la escapada a Montreaux y al castillo de Chillon, tan distinto de como lo recordaba.

Ante el Mediterráneo, como siempre, un azul incesante me invitaba al baño, a flotar y nadar, a jugar con las olas, a contemplar durante horas un infinito de reflejos brillantes y también de sombras. Me resulta imposible no pensar en sus ahogados anónimos. A pesar de todo, el mar sigue siendo un bálsamo. Sus aguas, cada vez más preocupantemente cálidas, no tienen culpa ni responsabilidad. Son un bello escenario que las decisiones o la inacción política han convertido en inmensa sepultura. Igual que esos árboles que se caen sobre viandantes inocentes, heridos de desidia y condenados a venirse abajo.

Las vacaciones han sido propicias también para la lectura y la escritura. En la maleta, metí muchos más libros de los que pude leer, pero aún así, he disfrutado con tres títulos muy distintos que han dejado huella: Las fuentes, de Marie-Hélène Lafon; Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé y Punto de cruz, de Jazmina Barrera. En cuanto a la escritura, mis dedos han volado ágiles sobre el teclado del móvil donde crece un nuevo proyecto, mientras los libros publicados me hacían guiños, a través de reseñas y comentarios de nuevos lectores. De paso por los días (Bartleby, 2016), era incluido en el artículo “Cuatro refrescantes libros para el verano con la naturaleza como protagonista” firmado por Javier Morales en El Asombrario, demostrando que los libros no caducan. Siempre que regreso a la playa almeriense, me vienen a la memoria un par de poemas que surgieron en sus aguas y me repetí hasta que los pude memorizar, para escribirlos nada más alcanzar una libreta bajo la sombrilla.

Por su parte, Astillas (Bartleby, 2024), ha sido una fuente de alegrías y sorpresas inesperadas que comenzaron mucho antes de salir de Madrid. En la víspera de Santa Ana, mi madre me quiso hacer un regalo y me citó en Libro Ideas, la nueva librería que ha abierto en Príncipe Pío. Por supuesto, no hay mejor representante que una madre… Ni corta ni perezosa, preguntó por mi libro y cuando se lo entregaron, me presentó a los libreros, que no dudaron en ofrecerme firmar el ejemplar y dejarlo dedicado para su lector o lectora desconocido. Después, las redes sociales me han brindado la posibilidad de leer comentarios entusiastas para un libro que, a pesar de su tristeza, está encontrando su camino. De esta forma, Astillas cobra el mejor de sus sentidos: una forma recíproca de sanación. Los poemas que dolieron tanto son ahora espejo y refugio, es decir, reflejo; un temblor compartido que acompaña a otras personas.

Antes de hacer la maleta y regresar a casa, me detuve para mirar las fotos del verano y agradecer el disfrute de tantos días sin sobresaltos ni disgustos. Curiosamente, además de monumentos y paisajes, había hecho numerosas fotos de muy diversas ventanas y terrazas. En el azar de la recopilación, descubría la clave de este verano de 2024: mirar, por fin, hacia fuera después de tanto tiempo hacia dentro. Me llevo los colores de cielos cambiantes y espléndidos que se abren a nuevos horizontes. Sin buscarla, recordé la frase atribuida a Santa Teresa, que propone las ventanas como alternativa a las puertas cerradas. Seguramente, he deshecho la maleta mientras se van aflojando otros nudos.

En la rutina que nos espera, necesitaremos de una mirada amplia que nos permita soñar, ser y disfrutar en un espacio conocido donde no debemos permitir que el tiempo sea una condena. Feliz septiembre. Ya sabemos que ahora no comienza el año natural, pero para muchos, comienza el año.


Encuentros de poesía y mujeres

Los actos relacionados con la poesía y, especialmente, con la escrita por mujeres, han ido acumulándose en mi memoria y mi teléfono, con imágenes e ideas que ya, rara vez, anoto en libretas físicas. Por el camino, se cruzó la aparición de Astillas, mi nuevo libro, al que dediqué las pocas horas posibles para este blog. De nuevo, estas líneas son la escritura a destiempo, crónicas que quedaron a medias y, pasada la efervescencia de su presente, conservan el valor de la experiencia compartida para este camino de aprendizajes que es la poesía.

El primero de ellos tuvo lugar el 20 de abril, cuando la librería La Independiente, en Madrid, acogió un Vermut poético de Genialogías, asociación feminista de mujeres poetas de la que formo parte. Este tipo de encuentros, que comenzó hace años y tuvo su inevitable traspiés en la pandemia, ha vuelto con un formato nuevo en el que tres poetas abordan un tema que les concierne, en tanto escritoras y lectoras de poesía. La cita tiene algo de mesa camilla amplia donde se ponen en común más dudas que certezas. La confidencia guía un diálogo donde nos sentimos cómplices en la escucha y la palabra, con la honestidad y generosidad de seguir aprendiendo juntas.

Con el título ‘Lenguas del estado, una poética desde la periferia’, contó con María García Díaz, Berta Piñán y Begoña Chorques, de quienes apunto una breve presentación:

– María García Díaz, (Pola de Siero, 1992). Escribe sus libros en asturiano o castellano. Es autora de Espacio virgen (Torremozas, 2015) con el que obtuvo el XVI Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven; Llírica astraición (Saltadera, 2016) o Suave la matriz (Saltadera, 2018).

– Berta Piñan (Caño, Cangas de Onís, 1963). Es autora de una extensa obra poética, narrativa y ensayística. En cuanto a la poesía, que escribe originalmente en asturiano y traduce al castellano, cabe destacar: la antología Noches de incendio (1985-2002) (Ediciones Trea, 2005); La mancadura / El daño (Ediciones Trea, 2010) y Argayu / Derrumbe (Bartleby, 2024).

– Begoña Chorques (Xàtiva, 1974). En 2016, publicó su primer poemario, Olor de manzana verde. Después, presentó el poemario Ausencia / Ausencia, en versión bilingüe (2018). Mantiene el blog personal Una cambra pròpia (Un cuarto propio). Ha publicado diferentes relatos cortos y la novela ‘Només una. Que si no, faré tard‘.

Para quien ha nacido y crecido en Madrid, para quien el castellano ha sido su lengua materna y la primera de todas las lenguas, la de cultura, la familiar y la que se estudia, fue muy interesante acercarme a la experiencia de tres mujeres que han tenido la suerte de conocer dos lenguas desde la infancia y han vivido una situación de conflicto y pregunta en la que la lengua podía ser a la vez, arraigo y desarraigo, elección o encuentro y también la constante presencia del neologismo, para inventar lo que aún no se ha dicho.

Inevitablemente, junto a esa cuestión que unía a las tres poetas, surgieron otras en las que me sigo sintiendo interpelada, como son las cuestiones políticas, el sentimiento de clase y la condición de mujer.

El encuentro nos brindó la aclaración conceptual entre lengua minoritaria, minorizada y la diferencia entre oficial y no oficial. El término periférico nos permitió salir de lo político y entrar en lo cultural. Se recordó la frase de Cioran: “no habitamos un país, sino una lengua”. Por eso, según dónde se nazca y viva, cuando se puede escoger, la poeta ha de elegir en qué lengua quiere escribir. Begoña Chorques reconoció que, al escribir en valenciano, optó por la lengua materna que había en su casa. “Aunque no la empecé a escribir hasta 4° EGB, yo escribo para recoger la lengua de mi madre y de mi abuela”. En el caso de María García Díaz, en su colegio no se estudiaba asturiano: “No fui alfabetizada en esa lengua. Fue voluntad propia estudiarlo por mi cuenta y con la poesía, la posibilidad de escribir en la lengua en la que te dan el cariño”. Por último, Berta Piñán explicó que su caso fue una elección consciente y política al llegar a la universidad: “Yo no sabía que lo que hablaba en casa era asturiano y que, por tanto, era la lengua en la que escribía desde la adolescencia. Al descubrirlo, me sumé a una corriente que existía entre algunas personas de la cultura, que vivimos la aventura de normalización de una lengua y en mi caso, hacerlo desde lo poesía”.

Después de su charla y la lectura de sus poemas, citaron los nombres y las obras de otras. Y así, pude anotar a Maria Mercè Marçal, Rosalía de Castro, Nieves Neira, Chus Pato, Maria Josep Escrivá, Teresa Pascual, Luz Pichel, Mirem Agur Meabe, Olga Novo y Leire Bilbao. En su relación y mi apresurado apunte, quedan obras pendientes por descubrir, barreras y prejuicios, la carencia de escucha dentro de un mismo territorio. Y también la determinación de buscarlas.

Seguramente, aún mecida por la música del asturiano, me fui el 7 de mayo a la presentación del último libro de Berta Piñan, Argayu / Derrumbe (Bartleby, 2024), que nos ofreció una tarde memorable en la librería La Mistral. Como dijo la periodista Lara López en sus palabras iniciales: “Un libro, un bosque, un encuentro… La posibilidad de ser o escribir como ella, aunque, no. Versos raíces que dan alas. Un libro lleno de senderos y de presente”. En aquel momento, en el que Astillas no era sino un secreto que se batía contra mis últimas dudas, las palabras de Berta Piñán fueron luz que no pude agradecer. Porque ella fue honesta al explicar cómo se había enfrentado a la edición de un libro “escrito hace varios años, para lo bueno y para lo malo, al que, al final, le quité poemas y le cambié la estructura”. Palabras como duda y herida nos hermanaban, también la escritura sobre el tiempo y estar ante un texto que nos expone, conscientes del reto de asumir ese desnudo, lo que se escribió hace tanto y ahora resuena de otro modo tanto en la autora como en los demás lectores. Las frases de Berta Piñán de aquella tarde no se deberían perder: “De la mano de las demás, es como escribimos, en un tapiz, lleno de hilos”, con una “escritura para estar en el mundo y para entenderlo y comprendemos en él”. Y al hablar de poesía, presentarla “como esa combinación de trabajo y misterio, ese lugar extraño en el que decidimos quedarnos muchas tardes, muchos días; aunque fuera haga sol y la gente se esté divirtiendo y nos llamen para tomar un café”.

En junio, solo pude compartir uno de los reencuentros que propició Genialogías, y compartir versos, mesa y mantel con ocasión de nuestra Asamblea anual. La cita sirvió para escuchar poemas e iniciativas de otras, proyectos de varias, impulsos de muchas, confidencias de todas. Tuvimos como invitada a Ana López-Navajas, quien nos explicó el proyecto europeo Women’s Legacy, que rescata el legado cultural de las mujeres silenciado en los currículos educativos, tanto de España como de otros lugares del planeta. Un proyecto que se presentó en 2022 asombrando al mundo y que, dos años después, corre el riesgo de perder su ilusionante impulso porque un cambio de gobierno ha implicado dilaciones, desinterés y palos en la rueda.

Aún no saben algunos que el feminismo y las acciones de las mujeres no dependen de sus decisiones. Que muchas somos conscientes del fraude cultural y educativo en el que crecimos y eso nos resulta insoportable. Que necesitamos, como el aire, rescatar el tiempo y la memoria raptadas. Women’s Legacy presenta una cadena de voces femeninas, por mucho que los manuales, los libros de texto y el relato de la crítica, se empeñe aún hoy en presentar poetas y escritoras desperdigadas como si hubieran sido un verso suelto, la excepción o la cuota. No somos nada de eso y, aunque sabemos de la belleza de los márgenes y de las flores de un día, vamos a seguir trabajando por abarcar todos los caminos que se abran ante los ojos, cada una los suyos. Sin pedir permiso, simplemente, siendo. Rescatando los versos de Julia Uceda, recientemente fallecida, otra voz robada que hubiera sido faro si todo hubiera sido distinto.

La caída

Para Manuel Mantero

Hay que ir demoliendo

poco a poco la sombra

que vemos. Que nos dieron.

Que nos dijeron «eres».

Hay que apretar las sienes

entre los dedos. Hay

que asentir a ese punto

-comienzo, duda o hueco-,

que yace dentro.

Y es preciso

que en una noche todo arda

-el «eres», el «seremos»-

y el terror polvoriento

nos muestre su estructura.

Es urgente bajarse

de los dioses. Tomar

el fuego entre las manos.

Destruir esos «yo» que nos presentan

una hilera de sombras agotadas.

Y dejarse caer sobre el principio

de la vida. O del sueño.

Ser solamente vida

presente. Sin recuerdo

de ayer ni de mañana.

Julia Uceda. (Del libro Extraña juventud, 1962)

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