La poesía de Rosa Lentini: belleza a partir del daño

En el marco de una nueva sesión del VII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, coordinado por Alberto Cubero, tuvo lugar un iluminador diálogo entre la poeta y traductora Rosa Lentini y el psicoanalista Juan del Pozo. Quienes escribimos poesía sabemos de su misterio, por eso, fue tan revelador y tan generoso el testimonio de Rosa Lentini quien, dando luz a su memoria y escritura, nos dejó pistas y preguntas, palabras y autores donde seguir indagándonos. Su lectura y la reflexión sobre su obra nos situaron ante cuestiones como la verdad; el peso del inconsciente y lo oculto; cuanto hay de sinceridad y máscara en el lenguaje poético.

Rosa Lentini se centró en los tres libros que han conformado lo que ella misma definió como su trilogía de objetos rotos o trilogía de la hostilidad: Tuvimos (2013), Hermosa nada (2019) y Fuera del día (2022), todos ellos publicados por Bartleby Editores. A través de sus poemas, regresamos a su infancia (y nuestra infancia), la niña maleable y férrea en la que me reconozco fácilmente; las relaciones familiares, los silencios y las mentiras de ese ámbito tan poco idílico en demasiadas ocasiones. Su voz acogedora y profundamente sincera nos fue llevando de la mano por territorios complejos como la culpa, el acecho, el abuso o los sueños.

Tras la lectura, el psicoanalista Juan del Pozo ofreció algunas reflexiones fruto de haberse adentrado en la obra de Rosa Lentini y de las conversaciones previas al encuentro presencial del 19 de abril, en una pequeña sala colmada nuevamente por la escucha más atenta. De su diálogo surgieron conexiones que me concernían, quizás porque, como dijo del Pozo, todas las vidas pueden ser las de cualquiera, pero cada quien tiene la suya que es única. Y lo que escrito así puede soñar a laberinto, tiene todo el sentido. Por eso la palabra poética y la literatura nos permiten conocernos leyendo a otros, igual que volver a decir y escucharnos en un tratamiento psicólogico que, por fin, nos permite comprender y perdonar(nos) y, “a partir de ahí, apartar el pasado para dejar espacio donde construir futuro desde otro lugar” de nosotros mismos. La gran revelación de la tarde fue subrayar la importancia del tiempo, radical en el poema y en el psicoanálisis. “Mientras la experiencia puede repetirse una y otra vez, el poema ofrece un presente que anuda pasado y futuro, es decir, los tres tiempos. Alcanzamos así el momento de la salud: no solo el trauma pasado, ni los castillos en el aire de un futuro irreal, y tampoco un presente sin expectativas”. Qué maravilla escuchar y sentir que “el poema nos lanza a la vida”, y entender así parte de mi propia escritura y de mis silencios también.

La conversación fue extraordinariamente rica en matices. Rosa Lentini reconoció en su poesía una huella fotográfica de la memoria, hecha de fragmentos, pero insistió en que: “por sí misma, la escritura de poesía no libera ni hace confesar. Lo que sí libera es hacer del dolor una obra de arte, cultivar la propia miseria y hacerla fértil, al ofrecérsela a los demás. Transcendiendo, gracias a la máscara que propicia que seas más capaz de contar, en el sentido de crear una ficción, esa cualidad que está en la raíz del ser humano y lo diferencia del resto de seres. Máscara y verdad están muy unidas, aunque siempre se cree lo contrario”.

El lenguaje fue otro de los ejes de la conversación, “ese código que el poeta usa con total libertad: cerca del niño, que recibe palabras que para él carecen de significación, y generando tantas interpretaciones como lectores”. En una experiencia que puede parecerse a la del psicoanálisis, donde de pronto “algo resuena y cuando ocurre, nos quitamos el corsé de lo que íbamos entendiendo hasta ahora”. Y las conexiones y los paralelismos continuaron, porque en la escritura y en la conciencia hay un mosaico, un tapiz de unos cuantos hilos de los que tiramos al escribir y al vivir. Casi cerrando el debate, dijo Alberto Cubero que “el poeta escribe desde la falta y con un lenguaje que es insuficiente”. Respondió Rosa Lentini que “las palabras son una forma de protección; el lenguaje es una cárcel pero también una liberación”. Y yo me quedé ahí, sumida en tanto… alojada en las palabras que son memoria y en las que han de venir, en los libros pendientes de leer, entre ellos, la ferviente recomendación de Lentini para que nos adentremos en Delleuze.

También, por supuesto, tengo que volver a leer los libros de Rosa Lentini cuya poesía os recomiendo. Como muestra, este poema, que leyó en esa remota tarde de abril y que sigue, al igual que todas sus palabras, resonándo(me).

TSUNAMI (1)

Espera, espacio al que nacemos,

codicia de las aguas previniéndonos,

obligados a imitar las ciudades

que erigen muros de contención

y puentes cruzando esos muros

aún después de largos años de calma.


El cálido sur hacia mí

impone esa barrera

y el sur-a-mi o la devastación

que arrastra la quietud.


Diez metros de piedras levantadas

no nos protegerán.

Rosa Lentini (Barcelona, 1957)

La poesía de Juan Carlos Mestre y la desobediencia de las palabras

En mi crónica literaria anterior, anticipé varias fechas señaladas en par o impar, rojo y poesía para la siguiente semana. Afortunadamente, las fuerzas acompañaron y disfruté mucho de todas ellas. Aquí os dejo una parte de lo vivido y escuchado (continuará). Reescribirlas para mi blog es una forma de pensarlas, compartirlas y mantener el recuerdo, lo que supone, etimológicamente, volver a pasarlas por el corazón. Creemos que lo escrito permanece. Yo siento que sigue latiendo.

El pasado 16 de abril, la apertura de los actos de la XXV edición de Vallecas Calle del Libro comenzó con un magnífico y emotivo homenaje al poeta Juan Carlos Mestre. Manuel Rico, escritor y crítico, avisó a quienes le iban a escuchar por primera vez: “un poeta muy personal, profundamente comprometido en favor de la libertad, los derechos civiles y la memoria, con una voz que potencia aún más la que ya es, de por sí, una poesía dominada por un lenguaje vivo, lleno de iluminaciones, incertidumbres, quiebros imprevistos e imágenes deslumbrantes”. Estaban bien avisados los neófitos.

A continuación, tomó la palabra el poeta Antonio Crespo Massieu, encargado de la selección y el prólogo del libro titulado La desobediencia de las palabras, publicado por Bartleby Editores y entregado al final del acto a todos los asistentes. “¿Qué puede decir el poeta en estos tiempos sombríos?”, se preguntaba y respondía Crespo Massieu, desde un conocimiento profundo y afectivo de la poesía de Mestre, entretejiendo las palabras de ambos: “alentar el discurso de lo imprevisible, ser una voz más en la república de la imaginación, defender la alegría y ayudar a construir la casa de la verdad”. Todo ello desde “un compromiso cívico que mira el horror de la historia con la terca voluntad de alimentar los sueños y proclamar la necesaria verdad de la esperanza”.

Las palabras esenciales de la poesía de Mestre volvían a enunciarse, y junto a ellas, los nombres de autores que han señalado su camino: Keats, Char, Camus, Celan, Benjamin, Arendt o Ajmatova… También la referencia a los títulos publicados por el poeta berciano, a lo largo de cuatro décadas, como una forma bellamente hilvanada de presentar su poética, yendo de la desgracia a la desobediencia pasando por la Antífona, La tumba de Keats, La casa roja o La bicicleta del panadero y acabando con 200 gramos de patacas tristes, un libro escrito en gallego que rinde homenaje a quienes hablaron esa lengua casi en secreto, en un acto de amor clandestino. Cerró Antonio Crespo su intervención como cierra el maravilloso prólogo de esta antología: “Ojalá algún día las estrellas sean para quien las trabaja”. Y todos asentimos con él.

La luz azulada que inundaba el escenario podía ser el cielo para esas estrellas en un auditorio asombrado en la voz de Mestre, que nos ofreció un recital en estado de gracia. Volvió a emocionarme como la primera vez, a pesar de las numerosas ocasiones en las que he tenido la suerte de escucharle. Me sorprendí a mí misma al reconocer que me sé de memoria muchos de los versos de sus poemas más celebrados, aunque me costaría recitar alguno de los míos. Agradecí haberme concedido el tiempo y el espacio para compartir aquellas de horas de homenaje y expresarle así, desde mi butaca, mi gratitud por el aliento y la confianza que siempre me ha transmitido, haciéndome creer que tenía sentido perseverar en la escritura.

Y después de esos poemas, después de la llamada a los ebanistas y la denuncia de los sátrapas, tras la memoria de la necesidad en los antepasados y el cruce de caminos entre “Cavalo Morto y Lèdo Ivo”, cuando los aplausos nos devolvieron a la realidad, tuvo lugar un breve coloquio entre los tres poetas y amigos, que aprovecharon para hacerse nuevas preguntas y nos ofrecieron así la magia de la confidencia y la camaradería, junto al respeto y la admiración mutuas. El acto concluyó con un largo poema de Juan Carlos Mestre, el mismo que cerró el recital “Poesía por Palestina”, organizado en Madrid (y otras tantas ciudades del mundo), el 20 de enero de 2024. El quinto mandamiento, «No matarás», repetido y doliente, volvió a conmocionar a quienes lo escuchamos, quedándose en el aire de las plegarias desatendidas, los ojos llorosos y la certeza de esta infamia contemporánea.

Tantos días después, cuando por fin publico estas líneas, esa guerra genocida sigue avanzando. Tantos días después, Mestre ha copiado el poema completo en sus redes sociales.

Os dejo la primera y la última estrofa de ese poema en prosa que escuece donde dice:

No hay escuelas en los cementerios, ni pájaros de Zarover que murmuren entre los salmos. Nadie necesita ser amigo de una cruz para convertirse en otra cruz. En el corral sacrifican al cordero y sobre las mortajas despuntan las estrellas con los dientes rotos. Toda persona es un igual entre la especie humana y ninguna salvedad enmudecerá su espíritu ante la degollación de los inocentes.

(…)

Son los tanques frente a lo único verdadero, la vida, el valor absoluto, es la ruina moral de los actos de fuerza, la disimetría del conflicto, la violencia irrestricta contra la modesta condición de las víctimas. Llámalo como quieras, pero entiéndelo de una vez para siempre, no hay escuela en los cementerios, escrito está, escrito estuvo y escrito sigue en las Tablas: No matarás, no matarás, no matarás.

Juan Carlos Mestre

Quien quiera leerle, puede empezar por este regalo…

Aprendizajes de un año que se agota

Mi abuela materna siempre tuvo manía a noviembre. Fechas familiares, la celebración de difuntos, alguna certeza íntima… No lo sé bien, pero me hizo heredera de un cierto escalofrío ante un mes que ella cargaba de temores con un refrán: “Noviembre, dichoso mes, empieza con los Santos y acaba en San Andrés”. No ha sido hasta este noviembre cuando he reparado en que ese “dichoso” era polisémico y también contradictorio. Dichoso, por feliz; dichoso, por molesto o fastidioso. La ambigüedad del refrán es evidente, pero el recuerdo de su tono enlutado al pronunciarlo nunca me dejó dudas. Era un tiempo del que recelar.

El último noviembre también ha sido polisémico: duro y luminoso, exigente hasta el extremo, lágrimas y abrazos. Nos ha llevado en volandas a través de las malas noticias de los periódicos y la rutina diaria hasta vislumbrar el final del año. Me ha conmocionado con una muerte inesperada que, no obstante, me brindó la oportunidad de acompañar y despedirme. Se fue la madre de unas amigas muy queridas, esas casi hermanas no de sangre que nos va regalando la vida. En los recuerdos que convocaron aquellas horas ante la enfermedad y el desenlace, rememoramos comidas y cenas, celebraciones y mudanzas, confidencias y viajes compartidos…

Mientras reflexionaba sobre la salud y fortaleza que mantienen mis padres, recordaba cómo en la infancia, las familias y las casas de las compañeras de colegio nos abrieron mundos nuevos, y su contacto constituía un primer aprendizaje de lo distinto. En aquel entonces, fallecían abuelas y abuelos, y nuestros padres parecían tótems seguros a los que aferrarse. De hecho, nos fuimos haciendo adultas a medida que les vimos quebrarse, y de un tiempo acá, en las orfandades ajenas que nos interpelan, somos más conscientes que nunca de lo efímero y la fragilidad que nos rodea.

La vida transcurre a lo largo del tiempo en varias dimensiones, que resulta pausado y vertiginoso a la vez. Las semanas, los meses, los años… se nos enredan hasta hacerse cuesta arriba entre las obligaciones y, de pronto, son parte de un pasado que se esfuma y desaparece. Reviso las fotos del último noviembre para saber si ocurrió algo además del dolor, y descubro que sí. La mirada, la placidez del sueño de Fénix y su tacto me salvaron muchas noches, igual que otras caricias y besos, igual que tantas palabras de consuelo al rescate. Dichoso mes, en su transcurso contra el tiempo, en sus urgencias contra mí misma, tan encerrada en el cansancio.

El repaso de las fotografías me devuelven un par de jornadas espléndidas en las que el arbolado de los parques fue un regalo. Lamenté no haber estado más atenta a su hermosa transformación otoñal, condenada a tanto viaje en metro y a la falta de paisaje vegetal en calles estrechas. Algunas películas maravillosas en la sala cinéfila y oscura, el único lugar donde soy capaz de disfrutar del cine, me permitieron asomarme a otras historias: Monstruo, la reposición de El espíritu de la colmena y El sur antes del estreno de Cerrar los ojos, El chico y la garza, El viejo roble, O corno, Scrapper, Vidas pasadas… En cada ocasión, pensé escribir alguna reseña, pero faltaron el tiempo y las fuerzas, de modo que la enumeración de esos títulos queda como memoria del disfrute y apresurada recomendación. Sé que no es lo mismo, pero el cine es otra forma de leer, y las atmósferas creadas por la luz y los debates que atraviesan a esos personajes me acompañaron mientras no fui capaz de iniciar la lectura de ningún libro. Sus páginas se hacían pesadas e inabarcables y, aunque he seguido comprando, mi interés por ellos se desvanecía al verlos llegar a casa. Mi conexión con la literatura se ha limitado a la lectura de unos pocos relatos y algunos poemas, y contadas charlas que han permitido mantener la ilusión de los proyectos desatendidos… Sé que siguen latiendo, que dormitan, al fondo del tiempo, esperando que yo recupere las palabras y sus ritmos.

También he visitado cuatro exposiciones de arte, una raquítica pero reconfortante conexión con el color y la materia, una forma de expresión artística donde no media el lenguaje y, sin embargo, éste es convocado gracias a la conexión que nos transciende más allá de la palabra. Sorolla y Medardo Rosso, en la Fundación Mapfre (hasta el 7 de enero en la sede de Recoletos, de Madrid); Luis Gordillo en la sala Alcalá 31, con dime quién eres Yo (gratuita y hasta el 14 de enero); y por último, ya en diciembre, Caminante son tus huellas, una muestra colectiva en Cafebrería ad Hoc (c/ Buen Suceso, 14, que concluirá en febrero de 2024).

Mientras las calles de las ciudades rebosan de luces navideñas y personas dispuestas a atender su llamada de ilusión y consumo, afronto el último mes del año sumida en la pausa que le he pedido al puente de diciembre. Sin viajes ni maletas, buscando el encuentro sosegado y la conversación, el cuidado del cuerpo y la búsqueda de cierta paz interior.

Muy pronto tocará despedirse de 2023, recordar los propósitos que hicimos al iniciarlo y recuperamos en la pausa del verano. Hacer balance. Ya sé que no he cumplido en todo. Demasiado cortisol por mis venas, lejos de aquella canción canalla de mi juventud; el insomnio convertido en el peor de los pijamas posibles; las hormonas haciendo trampas a los deseos y el malestar psíquico formulando preguntas para las que carezco de respuestas.

Me gustaría contemplar las luces navideñas con un chispazo de esperanza. Mientras aguardo ese destello, la conexión con el arte y el aliento de algunas personas me mantendrán a flote, escudriñando el calendario del mes de diciembre, cargado de tareas e iluminado por la promesa de unas vacaciones en las que buscaré la desnudez de los árboles. Para entonces, el otoño será hojarasca vencida. El cambio de solsticio conformará esa ilusión a la que aferrarnos. Nuevas agendas y almanaques albergarán espacios en blanco donde proponerse deseos. En un nuevo juramento, íntimo y silencioso, renovaremos los votos de las ilusiones pendientes, para echar a andar como manecillas de viejos relojes, tic-tac, un paso tras otro. Adelante, siempre.

Unas vacaciones para recalcular la vida

Al regresar de un viaje, la primera en deshacerse es la maleta. Una vez vacía ha vuelto al fondo del armario, en un gesto que, sin duda, ha tranquilizado a Fénix. En estos cinco años de ser compañía y familia, nunca hasta ahora falté tantas noches seguidas y, aunque estuvo muy bien acompañado, ha debido echarme de menos y ya me lo ha comunicado. Pero yo necesitaba esta pausa más que comer, y sé hasta qué punto no se trata de recurrir a una frase hecha.

Vuelvo a habitar mi casa recuperando las rutinas domésticas suspendidas y ocupando de nuevo el espacio de la escritura. Este primer texto intenta retener los recuerdos de las recientes vacaciones, al igual que las fotografías. Otro paisaje fue posible y la fuerza de esas imágenes me aferra a la certeza del paraíso.

Los primeros días, en el Pirineo oscense, disfruté de un entorno mágico sólo con los ojos. Las piernas y el resto del cuerpo pedían recorridos cortos y se los concedimos. La montaña nos rodeaba espléndida y verde a pesar del calor, y su perfil permanente de fondo resultaba balsámico. Las callejuelas y las construcciones de pueblos bellísimos (Broto, Torla o Aínsa), nos llevaban a una vida en otra escala, seguramente más humana que la de la metrópoli. Incluso Jaca me resultaba gigante y bulliciosa en exceso, aunque su catedral y museo fueron dos descubrimientos magníficos que compensaban el gentío en calles y bares.

En consonancia con esa escala pequeña que mi mente demandaba, también el arte románico era el idóneo. Pequeñas capillas, nervaduras y cúpulas al alcance de lo artesano; la maestría de artistas cuyos nombres son un enigma pero de quienes queda su trabajo, un regalo para nuestros ojos fatigados. El Museo Diocesano de Jaca fue una maravillosa sorpresa y la guía que nos lo mostró lo convirtió en sobresaliente. En sus salas, se conservan pinturas murales y esculturas que, de otro modo, hubieran sido fruto del expolio o la desidia tras el abandono de muchos pueblos aragoneses. Cruzar el umbral de una sala y sentirse en las iglesias de Bagüés o Ruesta, entre otras, en los lugares sagrados que ya no existen, servía para hacer las paces con parte de nuestra historia del arte, la que hemos estado a punto de perder. Más allá de Jaca, la magia casi telúrica del monasterio de San Juan de la Peña y el silencio sereno de las dos iglesias de Santa Cruz de la Serós se complementaban con los paisajes que la naturaleza esculpe en la roca, ya sea en la cueva de las Güixas o en la cascada del Sorrosal, donde el rumor del agua era una forma de oración.

En ese contexto espacial y temporal donde el deseo de una primera visita impulsaba a descubrir algunos de los muchos lugares que nos habían recomendado, sentí otra necesidad: la de parar y tumbarme bajo una higuera o contemplar la montaña, la de disfrutar del contraste entre azules y verdes radiantes, dándome cuenta de que no estaba perdiendo el tiempo sino ganándolo. Entre mis recuerdos más valiosos de este verano, me nutren las horas de deleite en las que la cámara era incapaz de captar todos los matices que el ojo percibía. Cuando la mejor opción era poner el cuerpo a favor del paisaje y entregarse, para encarnar esa sensación de plenitud, la misma que días después disfruté junto al mar.

En la misma playa almeriense de los últimos veranos ha sido aún más fácil ese dejarse llevar. En mi caso, el agua del mar o de la piscina lo hace siempre posible. Flotar y mecerse. Nadar y pasear para tonificar el cuerpo oxidado en su postura sedente. Cuando ya conoces un lugar, no llegas con el apremio del turista, ese veneno que nos han inoculado para que nuestras vacaciones sigan siendo contra-reloj, también productivas. El tiempo se vuelve más básico y basta mirar la altura del sol y preguntarse si tenemos hambre para ir a comer. El cuerpo apenas necesita un bañador o un pareo. Todo es esencial y posible. Dentro y fuera del agua, se recupera la consciencia de lo que supone vivir de forma apacible, también sin noticias: al margen de la programación informativa de radio y televisión.

Igual que en la montaña, junto al mar, mis ojos descansaron gracias a una gama amplia de verdes y azules, suavizados aquí por una neblina húmeda y envolvente; la recompensa de horizontes amplios y cielos infinitos, en un estar boca arriba que no se topaba más que con el lento discurrir de algunas nubes y los rayos solares. Al atardecer, el día se apagaba de forma inapreciable y pausada. Y la noche se hacía presente en la espuma blanca y burbujeante de las olas, esas que nos esperaban al día siguiente para construir la melodía de un baño que es vaivén y cosquillas, en el cuerpo y en los oídos, como una canción muy querida.

Al inicio de este texto escribí que, al final de las vacaciones, la primera en deshacerse es la maleta. Ahora cruzo los dedos para que estos recuerdos no se deshagan, para que el día a día no los pulverice. Quiero atesorarlos porque significan salud y descanso, el valor de la pausa y la serenidad. Sé que no es ni será fácil. He vuelto al metro y me he visto sacudida por el cansancio de sus viajeros, que no han disfrutado de vacaciones. La voz de hombres y mujeres que pedían ayuda para mantener a sus familias a cambio de pañuelos de papel, caramelos o botellas frescas de agua. Madrid y su asfalto me han recibido en plena ola de calor, y abrir las ventanas es casi peor que mantenerlas cerradas. He vuelto a escuchar noticias y a leer los diarios electrónicos habituales, y constato que mientras la naturaleza sanaba mi cuerpo y tres libros maravillosos resultaban la única palabra necesaria, el mundo seguía ahí, con su saldo de muertos y desastres, la podredumbre del poder y el negocio a toda costa, la mentira y el periodismo sumiso o sensacionalista.

Antes de despedirme del mar, con un (pen)último baño, que es casi un ritual aprendido en la infancia, me di las gracias y me supe afortunada por estas vacaciones tan necesarias, deseando que el equilibrio alcanzado se mantenga, junto a la prioridad del cuidado. Somos tan frágiles que intentamos olvidarlo, y eso demuestra nuestra torpeza. Sólo tenemos un cuerpo y nuestra vida depende de su equilibrio. Este nuevo curso toca mimarlo y protegerlo; defenderlo como si fuera una fortaleza, conscientes de todos los flancos vulnerables.

Viajar para volver a ser

Si no fuera porque ya la escribí, esta entrada podría titularse “Sin noticias de mí”. He dado un respingo al verme en abril y ser consciente de que no escribo en este blog desde que os hice llegar mis mejores deseos para 2023, en un remoto 31 de diciembre.

Abril… La primavera, mi cumpleaños, el día del libro y “el mes más cruel” del calendario, según aquel poema de T. S. Eliot que, en su libro La tierra baldía, lo condenó a la tristeza. Sonrío al poeta desde el propósito de contradecirle. Porque nada me gustaría más que un abril luminoso y esperanzado, un abril que traiga lluvia a raudales y también la energía y la vida del agua buena.

Echo la vista atrás… Reviso lo que no os he contado y anoté en líneas dispersas que no llegaron a conformar un texto cabal. Algunos libros que descubrí en sus respectivas presentaciones: La mujer imposible, de Ana Pérez Cañamares; Bellas damas sin piedad, de Lourdes Martínez; Sinfonía en rojo, de Elisabeth Mulder; Poesía, de Karin Boye; Anna (Capital Semilla), de Gsús Bonilla; Toma de tierra, de Yayo Herrero… La reflexión sobre la palabra y la experiencia poética de Federico Ocaña y Sonia Bueno, quienes en el VI Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, lograron conmoverme y reconectarme con ciertos proyectos; al igual que la ironía y la inteligencia de Enrique Vila-Matas en el Festival Capítulo Uno o el imponente recitado de La tumba de Keats, en la voz siempre vibrante de mi querido Juan Carlos Mestre. Espectáculos de ópera como Arabella, Aquiles en Esciros, La nariz, que disfruté desde ese paraíso que sigo interpretando como un premio; maravillosos conciertos de música de cámara en la Fundación Juan March; exposiciones como “Detente, instante” (una visión panorámica de la historia de la fotografía), o “Revelación”, de Leonora Carrington (que os recomiendo, porque sigue hasta el 7 de mayo en la sede de la Fundación Mapfre de Madrid). Y varias películas que me llevaron a otras vidas y otros tantos libros que, a pesar de su pálpito de deseo y necesidad, se multiplican sin leer y son el testimonio apilado del quiero y no puedo.

Sin duda, no han faltado ocasiones para un crónica cultural… Y sin embargo, otra vez, el cansancio y el llanto se aliaron en mi contra. La muerte de un amigo me paralizó, de nuevo el dolor de las preguntas sin respuesta, al constatar que convertimos la existencia en un remolino donde relegamos lo principal. También me interrogué por el calvario absurdo de la supervivencia, concebida como arrastrar un pie detrás del otro. Reflexioné por los pensamientos saboteadores que paralizan los deseos. Volví a cobrar conciencia de mi debilidad ante el daño que ejercen otros. Y de todo ello, volvió a emerger la sombra de una fractura íntima, demasiado persistente y profunda.

Afortunadamente, marzo me regaló dos viajes que han supuesto un revulsivo: Olomouc y Ginebra. Aunque todo viaje tiene su dimensión de descubrir o redescubrir lugares nuevos, alejados de nuestro mapa habitual, el propósito de ambos viajes no era el turístico, sino, por encima de todo, el abrazo. Visitar a personas que no están en Madrid, y que al abrirnos sus vidas y compartirlas, sirven de palanca para un reencuentro personal; porque a veces, al dialogar y pasear con otros, volvemos a escuchar antiguos latidos, que fueron fundamentales.

En Olomouc, una bella ciudad monumental checa, al recorrer los edificios de la universidad, recordé aquellos cursos remotos de veranos en el extranjero. Aunque se abría un abismo entre presente y pasado, fui capaz de rescatar aquel deseo por aprender y vivir. Estoy segura de que, si pudiera darse el imposible encuentro entre la joven estudiante que fui y la mujer que ha cumplido más de veinticinco años de experiencia profesional, les costaría reconocer la correlación entre los esfuerzos y los logros. Aquella joven se sentiría decepcionada y tal vez fuera capar de echar en cara la palabra fracaso a la otra. Sin embargo, esa misma, con el peso y el paso de los años, tendría que explicarle que la vida no es tan fácil y que quizás el gran error sea apostar por lo absoluto. Hay elecciones, decisiones y azares que marcan las cartas del futuro. El balance del presente quizás no sea el que alguna vez se soñó, pero a estas alturas empezamos a entender que los sueños rara vez se cumplen. En algún momento, más que a los sueños, apostamos a la realidad y ésta, desde su prosaísmo, nos mantiene pegados a la seguridad del suelo, en un moderado equilibrio más material que emocional. En Olomouc, me encantó visitar la biblioteca universitaria, repasar los anaqueles, recordar miles de horas de estudio… La idea quedó en el aire y, quizás no sea tarde para un nuevo curso, con un cuaderno especial; formalizar una matrícula y volver a esforzarse por la mera satisfacción personal.

Ginebra, la histórica ciudad refugio a orilla del lago Lehman, me resultó acogedora nada más aterrizar, aunque habían pasado muchos años desde mis visitas anteriores. A pesar de la noche, el paisaje y las calles resultaban reconocibles. A pesar de la falta de lazos de sangre, un piso distinto era un hogar lleno de abrazos y deseos de ser hermana y tía. Y es que los años también me han enseñado que la familia enmarcada por dos apellidos se puede ampliar con personas que encontramos fuera del techo que nos dieron nuestros padres. Los primeros días fueron familiares: acompañar al colegio, ayudar a recortar o colorear, redescubrir el juego y el lenguaje, disfrutar del aire libre en un paisaje verde, compartir la inocencia de la risa… Y con todo ello, el viaje hubiera sido perfecto para devolverme a un mundo de afectos y manos, de palabras que acompañan y consuelan, de existencias que se hacen más fuertes en los aprendizajes compartidos. Pero, además, disfruté de algunas horas libres y solitarias en las que recuperé la sensación de viajera. En ellas, al volver a hacer fotos, afloró el placer de la mirada que intenta atrapar una belleza distinta y al mismo tiempo, atrapa al testigo. Curiosamente, las imágenes que iba atesorando en el móvil, me iban revelando lo inesperado. Así, en una foto donde aproveché un cristal que hacía de espejo salí desenfocada y en un selfi con un paisaje azul y repleto de edificios, el fondo salió quemado y sin contraste, mientras yo sonreía. En ese momento en el que, perpleja ante el resultado, intentaba otro enfoque, peleando con un viento fortísimo en la torre de la catedral de Saint Pierre y un brazo demasiado corto para un buen encuadre, apareció un turista que se ofreció a hacerme la foto. Aunque me gusta hacerlas a mí, su sonrisa y su disponibilidad me convencieron. Y le reconocí que era mi mejor retrato de aquel día. Enseguida junté las piezas de la jornada, y concluí que somos mejores cuando nos dejamos ayudar.

Volver a ser es un camino largo y consciente, personal y acompañado. Habrá días grises, pero a falta de luz, me aferraré a otras manos y voces. Habrá que ir desterrando, de una vez por todas, esas certezas absolutas que sólo enmascaran excusas. Habrá que reconocer y buscar un equilibrio entre suelo y cielo, realidad y proyectos. Habrá que volver a ser lo mejor de aquella joven que fui, con la experiencia acumulada y la certeza de que la vida es el gran viaje que tenemos al alcance.

La palabra escrita y el latido vital

En la librería Enclave de Libros, el lunes 14 de noviembre, fue la tarde de María Negroni, felizmente acompañada por Esther Peñas y Juan Carlos Mestre. Un par de horas magistrales sobre la escritura de poesía: el vértigo lingüístico, la palabra que detona, la falla entre significado y sentido, la indagación y el error. Llené el móvil de notas. Mientras los dedos tecleaban, la cabeza celebraba la fiesta de una poesía que se abría con la experiencia amplia de los tres implicados. Entre las muchas frases anotadas, algunas de las que, creo, dijo María Negroni: «El poema como una miniatura del mundo. Lo único que interesa es lo que no sabemos. La poesía es ese espacio donde el lenguaje nos lleva en una ceguera trabajada y trabajosa en una serie de preguntas sin respuestas. Preguntas básicas sobre la existencia, la muerte, el mundo… En la poesía, se produce una tensión máxima del lenguaje que no sé da en ningún otro género. La poesía tiene que ver con los sobresaltos, los alumbramientos y la intensidad emocional que se da en todo texto literario”.

Juan Carlos Mestre, María Negroni y Esther Peñas.

El jueves, 17 de noviembre, en la sala Ámbito Cultural, en el marco del Festival Eñe, tuve la fortuna de escuchar a Alejandro Zambra, quien conversó con Gonzalo Escarpa sobre sus libros y su escritura. Fue un encuentro chispeante en el que descubrí que Zambra no sólo es el gran escritor que me fascina, sino también un hombre lleno de inteligencia y sentido del humor, honesto, llano, buen conversador. De la poesía dijo: “La poesía está muy ligada a lo oral y a la música, por eso me enganchó, pero se enseña muy mal. Sólo se disfruta con placer si uno se topa con ella. Y un poema se lee mil veces, igual que un disco, por puro disfrute, al margen de que se entienda o no”. Sin prisa por irse, Alejandro Zambra, que comenzó como poeta y ahora es un conocido novelista al que le gusta mezclar géneros y romper los códigos establecidos, compartió generosamente los secretos de su quehacer literario y ofreció algunas claves para quienes imparten talleres literarios y quienes se acercan a ellos con el ánimo de aprender a escribir. Personalmente, después de tantos y tantos años como alumna en esos espacios mágicos para la creación literaria, entendí algunas cosas que me han ocurrido o han ocurrido a otros. “Se escribe desde la duda, siempre. Y los talleres quieren resolver las dudas. Los profes son heroicos. Asumen muchos riesgos. Pero hay muy malos talleres de escritura: aquellos en los que o bien los profesores elogian todo o bien aquellos que le dicen a alguien que no tiene talento. Personalmente, creo más en los procesos”. Y más allá de esos procesos, unas palabras de ánimo que resonaban con todo el peso de la verdad y la historia: “Todo lo que hoy es buena literatura en su momento fue raro. Por eso es tan difícil enseñar a escribir. No se trata de buscar lo que nadie ha hecho. La página no está en blanco, está en negro. Todo está escrito. La clave es borrar y quedarse con lo que uno quiere”. Al final, me acerqué a que me firmara Formas de volver a casa, y pude agradecerle personalmente que ese libro me devolviera, en un momento clave, la pasión por la lectura y la escritura de narrativa. Ojalá que se pueda ver su charla, titulada Poeta chileno, jugando con el título de su último libro, en el canal audiovisual del Eñe, porque fue verdadera medicina para los días de bloqueo ante la escritura.

Gonzalo Escarpa conversa con Alejandro Zambra.

Y el fin de semana me recompensó con una escapada gozosa a Alpedrete y Cercedilla. El otoño me regaló un paisaje que disfruté poco tiempo, pero que vibraba con toda la belleza de esta estación. En las inmediaciones del Centro de Visitantes Valle de la Fuenfría tuve una hora mágica, para detenerme en las hojas de los robles y los helechos, los pinos y el musgo, el rastro del frío y las primeras setas.

Tras ese paseo sanador, aprendí mucho en un coloquio sobre la Sierra de Guadarrama, organizado dentro del Festival Bellota Art, promovido por La Dársena. Presentado por Alberto Cubero, el acto se convirtió en un refugio de belleza y sirvió para conocer la magnífica obra del fotógrafo Javier Sánchez, así como sus trabajos en colaboración con Julio Vías, escritor; y la sensibilidad del ilustrador Bernardo Lara. Los libros de los tres fueron también un homenaje a Miguel Tébar, editor de todos ellos al frente de ediciones La Librería, que falleció hace pocas fechas en un accidente de montaña. Sus explicaciones, las fotografías y las ilustraciones compartidas a lo largo de una mañana salpicada por los primeros copos de aguanieve nos recordaron la necesidad de mirar y respetar a esa sierra maravillosa que desde Madrid es horizonte, y el deber colectivo de preservar sus usos, su memoria y su paisaje. Cuánta sabiduría y sensibilidad en sus obras, cuánto oficio, cuánto tiempo dedicado a captar ese mundo que, entre las prisas y el absurdo de hacernos malos adultos, olvidamos disfrutar a pesar de que, paradójicamente, está tan al alcance. Un árbol, una sombra en la montaña, un pájaro, una nube, un atardecer… No lo puedo decir mejor que como lo expresó Bernardo Lara: “En el arte de mirar está todo. La naturaleza ya nos está mirando. Nosotros tenemos simplemente que mirarla, sin más propósito que ese, como los niños”.

Julio Llamazares conversa con José Manuel Navia, con una foto de éste, de fondo.

Y esas palabras resonaron mientras la ventanilla del coche, que nos devolvía a Madrid, iba dejando atrás montañas y nubes vestidas de fiesta. Mi gato Fénix celebró el regreso. Dio saltos y carreritas de bienvenida y no llegó a entender del todo porque las luces volvían a apagarse en casa. Pero como cierre, y a pesar del cansancio acumulado, quería llegar al Círculo de Bellas Artes, a escuchar el diálogo titulado Huellas sobre la tierra, entre Julio Llamazares y José Manuel Navia, que, curiosamente, sirvió de feliz continuación a la charla serrana. Fue un verdadero placer que nos dejaran colarnos en la conversación cómplice de dos amigos, que han compartido proyectos, reportajes, libros y viajes, y que han reflejado desde la escritura y la fotografía muchos de los paisajes y las experiencias vitales que, desde hace décadas, relatan la larga crónica de la memoria y la nostalgia. Aunque casi todo el mundo sepa escribir y haga la lista de la compra; aunque casi todo el mundo vaya con una cámara de fotos incorporada en su teléfono móvil; ambos defendieron la misión que, como escritor y fotógrafo, respectivamente, ellos han elegido: la de ofrecer su testimonio contra el tiempo y contra la muerte. Como ambos explicaron, ahora se habla mucho de la España vacía o vaciada, y demasiados periodistas les han aburrido a preguntas sobre las causas, a pesar de que ellos, como reconocieron ayer, no pueden dar respuestas que corresponden a sociólogos, demógrafos o economistas… Julio Llamazares dio la clave: La lluvia amarilla (que se publicó y leí con devoción en 1988), ya nos ponía frente a un momento y un personaje, a su morir solo que, lamentablemente, es hoy un fenómeno tan rural como urbano.

Sin duda, después de mucho tiempo de interiores y desgana, esta semana ha sido un tiempo de celebrar la vida y la escritura que, en mi caso, van tan unidas. Espero no perder el hilo de las palabras de tanto maestro ni el empuje de estas horas y su paisaje.

El mar como punto de inflexión

Si este fuera un verano normal, estaría apurando los últimos días antes de incorporarme al trabajo. Afortunadamente, mis vacaciones extraordinarias se alargarán un mes más.

En este verano distinto, pensé que iba a escribir más en el blog, pero lo cierto es que me he centrado en otros proyectos, así que se han ido acumulando exposiciones, experiencias, películas, reencuentros, libros y viajes sin que haya dado cuenta de ellos por aquí. También, tal y como esperaba, ha habido demandas de salud y reparaciones domésticas que han requerido dedicación, y por supuesto, unas temperaturas excesivas que han limitado mucho los planes previos.

Durante este tiempo ancho, el viaje a la playa ha supuesto un punto de inflexión. En cierto modo, era el paréntesis reconocible para unas vacaciones diferentes. Llegar al apartamento de los últimos veranos, al mar, a la piscina, al cuerpo tumbado sobre el césped, al ritmo distinto que configuran el ambiente vacacional colectivo y vivir al nivel de mar. Dormir mejor, acunada por una brisa que habíamos olvidado en Madrid a lo largo de tantas madrugadas sofocantes. Nadar mucho, recuperando el placer del pez que llevo dentro.

Antes del viaje, Madrid me brindó la oportunidad del disfrute del arte. Exposiciones y salas de cine, junto a la memoria sentimental de haber nacido y crecido en sus calles, son fuertes motivos para perdonarla su dureza e inclemencia, de las que raras veces puedo responsabilizar a la propia ciudad. De un tiempo a esta parte, está abierta en mil zanjas. Me pregunto si nos gastaremos todo el presupuesto de los fondos de recuperación en aceras que solo servirán para reclamar la limosna del futuro sobre los mejores pavimentos de toda Europa, aunque este texto no quería ir en esa dirección.

Volviendo al arte y a su asidero de salvación, disfruté del último trabajo conjunto del escultor Leandro Alonso y la poeta Ana Martín Puigpelat, titulado Anverso Re-Verso. En el marco de PhotoEspaña, visité la exposición Sculpting Reality, una muestra colectiva que se puede ver hasta el 28 de agosto en el Círculo de Bellas Artes y Casa de América. Precisamente en Casa de América se ofrece, con buen criterio y amplitud, la serie Double Elephant Portfolio, un trabajo excelente de algunos de los mejores fotógrafos que han construido la memoria gráfica de Estados Unidos. A PhotoEspaña le resta poco tiempo, así que al margen de nuevas averías, buscaré hueco para las exposiciones aún al alcance de Pérez Siquier y Paolo Gasparini, en Fundación Mapfre; Sebastiao Salgado, en el Palacio Real, y Catalá-Roca en la sala de El Águila, junto a la Biblioteca Regional.

Fuera de Madrid, en Segovia, amistad y admiración me brindaron la oportunidad de asistir a la inauguración de la exposición de Evaristo Bellotti, Esculturas por escrito. Casi una década de trabajo mostrada con un gusto exquisito en el Palacio de Quintanar, un universo de materiales y miradas al que ojalá pueda volver antes de su clausura en octubre y del que da buena cuenta esta entrevista.

Esculturas por escrito. Exposición de Evaristo Bellotti. Palacio de Quintanar, Segovia.

Y ya que estaba en Segovia, cómo no regresar a la Casa de Antonio Machado en esa ciudad. La que fue su pensión durante años, el espacio que es testimonio de memoria, la huella de un poeta admirado y de un tiempo que no pudo ser. Apreciar cada rincón reflexionando sobre cómo languidece y acabará perdiéndose la Casa de Vicente Aleixandre, Velintonia 3, en Madrid. Establecer, nuevamente, paralelismos entre cómo se cuida el patrimonio y se ofrecen espacios para el arte en ciudades más amables que la mía… Aunque este texto no quería ir por el camino del enojo, la decepción es tan obvia que no puedo soslayar mi tristeza.

Los viajes me han permitido visitar espacios mágicos, las obras de arte de nuestros antepasados. Regresé a La Alhambra y a localidades de Soria y Segovia: San Esteban de Gormaz, Berlanga de Duero, Ayllón, Riaza… Arte nazarí, arte mozárabe, arte románico, arte gótico y renacentista… La piedra trabajada desde la modestia del yeso o la cantería para desafiar el tiempo y ofrecernos, siglos después, la sensibilidad de quienes nos precedieron y agradecer los trabajos de conservación que nos garantizan esos refugios de esperanza.

Si fuimos capaces de tanta belleza, ¿no habremos de ser capaces de mejorar lo que nos rodea? Sólo por fantasear, me pregunto qué pasaría si esos señores que disfrutan creando guerras y amasando millones que empujan a otros a la miseria se sentaran ante un fuentecilla de la Alhambra, en el atrio de Santa María del Rivero o en el interior de la ermita de San Baudelio de Berlanga. ¿Cambiaría su mirada sobre las cosas? Supongo que no, pero a mí me consuelan el rumor del agua, la sabiduría de los jardineros, el arte que resiste el paso del tiempo, la pintura rescatada en un fresco milenario, el trabajo de personas que intentan salvar la casa en ruinas, la aldea abandonada y el paisaje que nos constituye.

Es tan importante como necesario apreciar la naturaleza y resucitar los sentidos adormecidos… Es cierto que las vacaciones de verano son un momento propicio. Ante unas horas más amplias, es posible detenerse sin prisa ante florecillas y árboles desconocidos, agradecer el frescor de la piedra y recrearse en el vaivén de las olas que procuran un paisaje especial en cada atardecer.

Al regreso del mar, la tarea es no perder la huella de esa luz que llenó cada jornada viajera. Que el paisaje cotidiano no secuestre la posibilidad del disfrute. Continúa amaneciendo y atardeciendo. El sol y las nubes siguen reinventando la belleza. Los árboles comienzan a intuir el otoño que la sequía adelanta en aceras salpicadas de hojas mortecinas. Nos quedan libros, películas y exposiciones que descubrir. Y en la agenda, tenemos la opción de reencontrarnos con personas cuya palabra abraza. No veamos el regreso como un castigo, sino como una nueva búsqueda hacia el equilibrio.

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