Septiembre, preludio del otoño

Quedan diez días para que acabe formalmente el verano, aunque desde que abrimos septiembre en calendarios y agendas nos hemos adentrado en un otoño mental, al margen de exactitudes científicas. Hace años, el cambio de estación era siempre el 21. No obstante, ahora que los ciclos están atómicamente calculados, el día y la hora varían mientras nosotros nos aferramos a fechas conocidas para seguir dando sentido a este andar con un pie detrás del otro, este avanzar con o sin grandes preguntas.

Septiembre es la vuelta al cole. Las manos de Cristina y Rosa forrando libros en la pequeña librería del barrio, las familias haciendo colas interminables ante las papelerías, las tiendas de uniformes y zapatos, el reencuentro con los rostros habituales algo más bronceados y sonrientes.

Sobre todo para quienes no regresamos a las aulas, septiembre son nuestros recuerdos escolares. Cuando todo estaba por hacer y las semanas y los trimestres prometían un descubrimiento constante… Por eso, sigue latiendo con toda la fuerza de un ciclo nuevo. Conocíamos a compañeros que, con el tiempo, podrían ser amigos para siempre. Pero éramos tan jóvenes que no sabíamos nada del futuro. De hecho, usábamos la palabra siempre muy a la ligera, ajenos a su dimensión real. También ignorábamos que ese tesoro de la amistad que estaba tan cerca y era tan sumamente espontáneo nos iba a permitir sobrevivir en los años venideros. Sin saber la teoría, disfrutábamos de la práctica: vivíamos la vida, la desafiábamos, nos burlábamos de su seriedad, y algunas veces, la besábamos los labios y sentíamos un escalofrío memorable.

Escribo estas líneas cuando los colegios ya están a pleno rendimiento. Los primeros días de septiembre abrieron sus puertas tímidamente. Sin el ruido y el ajetreo del alumnado, los docentes comenzaron a trazar la cuadratura del círculo: horarios, programaciones, proyectos de curso… En vez de música de fondo, sonaba una nueva ley educativa que, como siempre, ha llegado con mucho ruido y a trompicones, con desarrollos curriculares tan rezagados como un mal estudiante. Volveremos a confiarles el presente y el futuro del país mientras preparamos la cantinela de la crítica sin valorar su esfuerzo. Yo, que no me atreví a ser uno de ellos, les admiro más en cada curso escolar que comienza. No olvido que los dos últimos han sido especialmente exigentes, y no bajaron los brazos mientras tragaban sapos y lágrimas en silencio, durante un tiempo que hemos querido desterrar de nuestra memoria colectiva de mala manera. Con el paso de los días, el alumnado ha llegado también a los centros escolares, con más o menos ganas, más o menos nerviosismo. Su caudal de voces vuelve a llenar los alrededores de mi casa. El pasado 8 de septiembre incluso sonó música en el patio del instituto próximo, y me gustó que la vuelta al cole fuera algo parecido a una fiesta.

Los comercios y los bares que habían cerrado o modificado sus horarios han recuperado sus ritmos anchos y largos, de sol a sol. Las cajas registradoras están exhaustas y las televisiones, de nuevo enchufadas durante todo el día a pesar del precio de la luz, rocían el primer café con un halo negativo de catástrofe. La actualidad no está para alegrías, pero septiembre nunca fue un mes para rendirse.

En parques y avenidas, los árboles nos van anticipando la próxima estación. Se han precipitado al cubrirse de ocres, marrones y amarillos, pero este no ha sido un verano fácil para ellos. Hace mucho que no llueve como antes, y además de su estrés hídrico, saben de otros de su especie, calcinados aquí y allá por toda España, sumidos en la desolación de la ceniza. Los árboles se comunican entre sí mientras los humanos, que respiramos gracias a ellos, permanecemos con nuestros sentidos adormecidos (porque el verano fue solo un despertar pasajero), y la inteligencia ocupada en lo absurdo, mientras nos jugamos el futuro del planeta.

En voz alta o de forma íntima, todos estamos haciendo planes para el otoño y para el curso recién inaugurado. A mí, me gustaría verme el próximo otoño como esa chica de la fotografía, aprovechando la belleza de las hojas, la fuerza del sol que ya no quema, la calma de las ramas que bailan. Me gustaría disfrutar de una pausa consciente, de las que nos conectan con la raíz de la vida.

Aunque aún es pronto para saber si mis hojas, es decir, mis proyectos cambiarán de color o caerán exhaustos, me gustaría permanecer firme como el árbol. Quiero pensar que sabré abrigarlos; y así, permanecerán vivos y continuarán evolucionando. A medida que avance el otoño los veré pasar, tarde o temprano, cubiertos por gorros y bufandas para evitar el relente de cada amanecer. Resistiendo.

Volveremos a oler el humo de los puestos de castañas y bastará su memoria de infancia para caer en la cuenta de que, con nuestras manos calientes, todo será posible.

Madrid, abierta por obras

Queridos turistas, viajeros y paseantes:

Como madrileña, siento ganas de pediros perdón. Cuando reservasteis vuestras vacaciones, nadie os aviso que Madrid era una zanja.
En la Puerta del Sol, os he visto sufrir esquivando obstáculos y vallas, el suelo a pedazos, las losas partidas conviviendo con tramos levantados y cubiertos con un batiburrillo de cemento y piedra.
Me disculpo con todos vosotros, que buscabais el reloj de las campanadas y la baldosa del kilómetro cero, o intentabais alcanzar la suerte en Doña Manolita, paladear el bacalao de Casa Labra o las napolitanas de La Mallorquina.

Paseantes y turistas a la deriva, en un mar de zanjas. Puerta del Sol, Madrid, agosto de 2022.

Me consolaría si pudiera pediros que volváis en unos años, aunque no pondría mi mano en el fuego por ninguna fecha, pero tampoco es el caso. Cuando acabe la pesadilla en esa plaza que es tan simbólica para nosotros y para muchos de quienes nos visitan o se hacen madrileños con el tiempo, no intuyo demasiados alicientes.

A mi modo de ver, la Puerta del Sol será un solar de granito y fuego, inclemente con lluvia y sol, sin rastro de fuentes ni de las florecillas que resistían con el aliento de un agua débil que, al menos, invocaba la vida. Ni siquiera resistirá la salida del tren de Cercanías, que bautizamos como «Ballena o Tragabolas», un engendro feo con ínfulas modernas al que, gracias a los recuerdos, nos habíamos acostumbrado, una vez convertido en el caparazón de un paciente animal que se ha sumado a la reclamación de las causas más diversas.

Este tumulto de ruido y polvo que es ahora la Puerta del Sol ha sido el escenario de nuestra vida. Muchos momentos colectivos colmados de emoción se desarrollaron bajo el antiguo reloj que marca el cambio de año y la guitarra encendida de los finos de Jerez que reivindican la alegría. Es fácil recordar los días y las noches del 15-M, los gritos de silencio, su petición de palabra y utopía… Pero antes y después, Sol ha sido mucho más. Allí nos concentrábamos en la hora silenciosa de las ocho de la tarde, cada vez que la banda terrorista ETA cometía un atentado criminal. A su plaza llegaron las manos blancas, los carteles precarios, las sábanas prendidas de deseos y preguntas. Desde las calles aledañas entramos muchas veces, como un enorme río desbordado, pidiendo el fin de la guerra y la violencia (Ucrania, Irak, Palestina, Siria, Colombia…), la erradicación de la pobreza o la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. También celebramos música y festejo, y siempre fue un lugar de encuentro porque, ante la duda, el sitio para volver a abrazarnos ha sido y es junto al oso y el madroño, aunque lo muevan de sitio a capricho.

Nuestra Puerta del Sol, siempre abierta y hospitalaria, himno y promesa, pasará a ser una inmensa explanada sin alma; y al tiempo (no digáis que nadie lo vio venir), será un espacio más para alquilar. Sus baldosas áridas y desalmadas serán el escenario del lanzamiento de nuevas zapatillas deportivas, cacharros tecnológicos de última generación o la nueva temporada de alguna plataforma. Es decir, un paseo de la fama para las multinacionales que puedan pagar cifras desorbitadas que, mucho me temo, no redundará en el bienestar de las personas sino, en el mejor de los casos, en los números rojos de algún cuadro contable. Ya está ocurriendo en Plaza de España cada dos por tres, donde también se ha invertido una millonada a cambio de una reforma bastante dudosa a mis ojos de paseante.

Plaza de España, un solar convertido en espacio publicitario. La publicidad como fiesta urbana.

No me extrañó ayer, queridos visitantes, vuestro desasosiego, vuestro deseo de escapar de una trampa para quien no conozca ese racimo de calles que se abre a otras zonas de la ciudad algo más transitables… No obstante, prestad atención. Si salís hacia la calle Segovia, también está cortada al tráfico. Hay carteles medio vencidos en las marquesinas, porque les ha debido caer la lluvia furiosa de la última tormenta y mucho calor. Por eso se han arrugado y apenas son visibles, convertidos en un acordeón modesto, un papel de cigarrillo sin tabaco. Pero en Madrid, no hay que arrugarse… Seguro que dando un par de vueltas llegáis a la calle Toledo, por donde se han desviado algunas rutas de autobús. Si no eres turista y vas sin prisa es una alegría, coges el bus de la EMT y por el mismo precio parece uno turístico sin megafonía. Pero si eres un turista, entiendo que no entiendas nada… y que tampoco quieras volver a esta capital de libertad y barra libre para licencias de obras.

Visto lo visto, me permito aconsejaros que salgáis de esta zona en busca de ese Paisaje de la Luz, a ver si es cierto que queda algo luminoso entre tanta sombra abominable. Aunque he de advertiros que la última vez que me acerqué al Círculo de Bellas Artes también crecían zanjas y nuevas losas de granito por la calle Alcalá.
Para que no os falte de nada, muy cerca de allí, la Puerta que la canción coreó para ser mirada también está envuelta en andamios y lonas. Ni corto ni perezoso, alguien se inventó la visita a la obra, como se hizo en la catedral de Vitoria de la mano de Ken Follet y sus Pilares de la tierra, pero claro, lo que mal se copia, mal acaba; aunque también es cierto que las entradas volaron como el sentido común de la Plaza de la Villa. Ya sabemos que somos muchos, y como explicó aquel torero: “hay gente pá tó”.

Alguien me dirá que el mejor momento para las obras es el verano, pero aquí están abiertas todo el año… Modestamente, creo que no se puede reventar una ciudad en mil zanjas cuando se aspira a ser un referente turístico. No obstante, tampoco lo seremos ni lo deseo si a cambio de eventos y obras faraónicas se destruyen los rincones con encanto; antiguos cines y teatros se convierten en hoteles de gran lujo; y comercios tradicionales que lucían una placa conmemorativa en su fachada porque eran singulares, están cerrados y acumulan tristeza y suciedad a las puertas de un templo civil que se alquila o se traspasa.

Salazar, la papelería más antigua de Madrid, un ejemplo entre tantos comercios que se pierden.

El gran consuelo es que en el eje Prado-Recoletos, ese Paseo de la Luz reconocido ahora por la Unesco, tenéis nuestros magníficos museos (Prado, Jardín Botánico, Reina Sofía, Thyssen), y salas de exposiciones (Caixaforum, Centro-Centro, Círculo de Bellas Artes, Casa de América, Mapfre…); la cercana bendición de El Retiro, algún café con historia literaria y árboles sedientos, que proporcionan buena sombra y una dosis de sensatez urbanística. En ese espacio, espero que os podáis reconciliar con Madrid. No son lo único bueno que nos queda, pero lo encontraréis sin dificultad en vuestros planos y guías.

Como buenos visitantes, estaréis al margen de los mentideros y las noticias que se publican sobre el Ayuntamiento y las declaraciones del alcalde. Tampoco merece la pena seguir su día a día. Sólo suma más ruido al de los martillos neumáticos y las excavadoras. Entre los más recientes, lo de Carmina Burana es un chascarrillo y el encendido de aspersores, una vergonzosa falta de coordinación entre departamentos, aunque parece que lo tomamos con humor. Pero que nos arruinen el paisaje de nuestras vidas es un crimen.

Eso sí, siempre nos quedará el cielo.

El peligro de conducir la vida

No hace mucho tiempo, en uno de los cajones de la cocina, coincidieron varias cajas de medicinas que incluían el aviso de mirar el prospecto en caso de conducción; algo que, en ese papel interior que pocas veces leemos, con su letra minúscula y sus epígrafes no aptos para aprensivos e hipocondríacos, se ampliaba al uso de máquinas.

El símbolo para esta advertencia es un coche enmarcado en un triángulo rojo de peligro, aquel que aprendimos en los primeros viajes familiares, cuando reconocer señales era una forma de matar un tiempo que se nos hacía interminable desde nuestra concepción infantil. “¿Cuánto queda?”

Hasta ese momento, nunca había reparado en ese aviso, porque no conduzco. Supongo que ante el elemento gráfico del automóvil, no me daba por aludida. Sin embargo, ante la suma de cajas y triángulos rojos, caí en la cuenta del “peligro” que albergaba el cajón y la necesidad de redefinirlo para cada persona.

¿Requiere más atención conducir un coche que guiar la propia vida? ¿El peligro de la conducción incluye también al peatón, que somos todos, despistado ante un semáforo o aturdido en mitad de un paso de cebra? ¿Qué implica más riesgo y responsabilidad: guiar un automóvil, un coche de bebé o una silla de ruedas?

Evidentemente, el alcance del daño que uno puede generar con un coche es potencialmente mayor; porque en caso de accidente, no sólo el conductor y el resto de pasajeros pueden resultar gravemente afectados por ese mareo personal e inoportuno. Hay un peligro de alcance social. Pero, en todo caso, cualquier accidente con consecuencias trágicas es demoledor para la persona y su entorno. Basta una pequeña fisura, un achaque imperceptible que, de pronto, se convierte en una irreparable vía de agua.

Ahora que el reciente debate sobre el efecto de la menstruación en la salud de tantas mujeres ha generado tanto vocerío insensato, y que la Ministra de Igualdad, Irene Montero, piensa y afirma que las mujeres no van a seguir yendo empastilladas a trabajar, mantengo serias dudas al respecto. Pero además, no olvido que España es uno de los países en los que más personas recurren a fármacos con este tipo de aviso. Salvo que el médico autorice una baja, acuden a su puesto de trabajo y se mueven por la ciudad (trenes, metros, escaleras…), sin pensar que, quizás, no están en las mejores condiciones. Eso por no hablar de todos esos cuidados inevitables, en los que manejamos cuchillos y cacerolas sobre el fuego, en los que atendemos un cuerpo frágil, que puede ser el nuestro, sobre la superficie resbaladiza de una bañera.

Volviendo al principio del texto y adaptando ese triángulo de advertencia a mi vida, me pregunté si se podría considerar el ordenador una máquina peligrosa. Es cierto que nadie mata a otro con un teclado, salvo que desde él se puedan dirigir drones y aviones de combate, algo que afortunadamente ignoro… Pero muchas veces me planteo si el sector terciario, casi siempre considerado como un espacio de privilegio, es o no saludable. Evidentemente, no requiere del esfuerzo físico del primario (agricultura y ganadería, pesca, recursos forestales y minería), ni de las exigencias y riesgos del sector industrial.

Dentro de ese sector, la oficina se ha considerado durante años un espacio ideal donde la vida laboral es más fácil. Sin embargo, basta con sumergirse en los textos de Kafka o visitar su maravilloso museo en Praga para descubrir el sueño convertido en pesadilla. El escritor, que era un genio condenado a una vida que odiaba, sufrió e intuyó lo que a estas alturas está ampliamente reconocido. Y es que dentro de los riesgos laborales contemporáneos se incluyen elementos posturales y factores psicosociales que no resultan ajenos a ningún espacio de trabajo, por mucho diseño y ambiente chill que nos presenten ciertas empresas.

La propia experiencia y la de personas conocidas me hace consciente de que muchos de los que trabajamos tras un ordenador podemos relatar momentos de fatiga, bloqueo, confusión y aturdimiento, que nos han llevado a cometer errores, vernos inmersos en conflictos con compañeros o superiores, sufrir ansiedad e indefensión hasta el punto de sentirnos el blanco de un campo de batalla… Ignoro hasta qué punto se puede generalizar esta situación pero, desde luego, confieso que a mí, me ha quitado el sueño demasiadas noches; al igual que ciertos correos, que no debí enviar o recibir, han sido el punto de partida de mucho sufrimiento. Pequeños o grandes errores que se agigantan cuando desatendemos ciertas señales de peligro que rodean la existencia cotidiana, y pueden crecer hasta devorarnos, si no sabemos detener nuestro inofensivo y ergonómico ratón de plástico.

No me gustaría que este texto se entienda como una queja. Me sobran los motivos para la gratitud y sentirme afortunada con la vida que tengo. El teclado, las palabras que surgen de él, me rescatan y alimentan. A diario y bien cerca, me topo con situaciones y escucho diálogos ajenos, como esos novelistas que buscan inspiración en la cola del súper, que me rasgan y me ubican en ese espacio de tranquilidad vital que muchas personas no alcanzan a pesar de su esfuerzo.

Pertenezco a la generación de los nietos y bisnietos de quienes trabajaron con las manos. De padres a hijos, fueron aspirando a algo mejor para su descendencia. Y en ese mundo idealizado, porque se idealiza lo que no se conoce, imaginaron trabajos sin el barro de la tierra ni la sangre de los mataderos, sin doblar la espalda para cargar cajas, remendar prendas hasta el infinito o lavar ropa ajena con el agua del río. Frente a ese relato, no me pasa inadvertida la cantidad de veces que, a quienes vivimos en los ambientes artificiales de edificios y oficinas más o menos inteligentes, se nos recomienda volver al campo, cultivar un pequeño huerto o un jardín, volver a tejer, restaurar madera, pintar mandalas, amasar harina y asistir al milagro de lo que surge a un ritmo lento, ya sea un hogaza de pan casero o una tomatera florecida.

Ningún mundo laboral es perfecto. Me vienen a la cabeza dos películas magníficas para enfrentar estos dos modelos: Smoking Room y Alcarrás. Quienes no nacimos con los apellidos y contactos que engordan las cuentas bancarias con facilidad, sabemos de las dificultades y hemos asumido sin rechistar la doctrina doméstica del esfuerzo y el trabajo bien hecho. Los que jamás accederemos a una puerta giratoria hemos experimentado que cierta medicación puede producir mareos. Y también vamos aprendiendo, a base de sustos, que los mareos existenciales pueden condicionar la conducción de la propia vida, lo único que tenemos. Por eso surge este texto. Porque creo que, en estos casos, es imprescindible hacer caso de las señales. Espero que cada lector identifique las suyas.

Renacer ante el mar

Hace unos días comencé mis vacaciones de Semana Santa con un viaje relámpago a Barcelona. Ida y vuelta en dos días. Un encuentro familiar, una excusa para el abrazo. Nos debemos tantos, que no importa hacer un viaje a lo loco. Ganarle horas a la distancia que amplió la pandemia. ¿Cuántas visitas no han sido? ¿Cuántos puentes fueron días sin posibilidad? ¿Cuántas escapadas se descartaron durante los cierres perimetrales?

Aunque acusaba la falta de sueño y el cansancio acumulado, me sentí revivir sentada en el tren, redescubriendo el paisaje por la ventanilla. He hecho muchas veces ese mismo trayecto y soy capaz de reconocerlo, a pesar de la velocidad. La ciudad se desdibuja y la tierra cambia de color. Se suceden pequeñas colinas y parcelas donde el cuerpo sigue trabajando la tierra. El paisaje estaba salpicado de almendros y otros frutales en flor. En los taludes del tren y en el campo, se asomaban florecillas y hierbas silvestres. No logré ver amapolas, pero sí, margaritas y esas flores amarillas que resultaban un auténtico manjar para aquel canario de la infancia. Tras las lluvias de los últimos días los colores vibraban, resultando casi apabullantes.

A medida que avanzaban los kilómetros, se fueron despejando mis sentidos. Mis ojos tenían ganas de volver a leer. El bolígrafo comenzaba a hacerse necesario para subrayar aquellas páginas inspiradoras. También surgían las primeras ideas para un relato. Recordé cuántos viajes he hecho, a lo largo de los años, en el límite mismo del cansancio. Y cómo han logrado reconciliarme: el viaje como aliento. Volvía a ocurrir una vez más, y yo, silenciosamente, daba las gracias.

Llegué a Sants con la recompensa de varios relatos leídos y las notas de un texto a medias, recuperando el placer por las palabras. Eran pequeños síntomas de mejoría, la promesa de una pausa vacacional en la que reencontrarme. Bajé del tren con el doble de energía de la que tenía en Atocha, como si la lectura y la escritura hubieran sido el desayuno perfecto al que se añadía la magia de romper con la rutina y su cansancio. Ya que todo parecía posible, me detuve en la administración de lotería buscando la suerte que no tengo en Madrid. ¿Cómo no soñar con unas vacaciones perpetuas? Tampoco acerté los números de aquella noche. Me temo que los juegos de azar no son lo mío. Pero el mar estaba al alcance y me fui para allá.

Recuperé las sensaciones de ser turista, emprendiendo un camino distinto al habitual. Un plano de metro con otro dibujo, líneas de otros colores y nombres nuevos. Andenes más oscuros, anuncios con mensajes que nunca había visto y el sonido de otra lengua. El bullicio de un día laborable en el que yo estaba libre de tareas y horarios. Esa gozosa alegría.

El mar estaba cada vez más cerca. Primero, fue una línea de horizonte detrás del puerto; después, la masa azul que recogía una pequeña playa. Arena y partidos de voley, algunas toallas extendidas. El sol acariciaba el mediodía, engañando la sensación de frío. Avancé hacia el agua.

Recordé aquel viaje estival de la infancia, cuando al llegar a Jerez de la Frontera, que era nuestro destino, mi padre siguió conduciendo hasta la playa del Puerto de Santa María. Abrimos las maletas y nos cambiamos en un chiringuito de los que ya no existen. Ya lo escribió Rafael Alberti: nada mejor que ser marinero en tierra para desear el mar. Esta vez, ante el Mediterráneo, recuperaba aquellos recuerdos y volvía a vivir el mar como un premio. Pasados unos minutos también volvieron las palabras. El móvil se convertía en libreta improvisada. Podía ser el germen de un nuevo relato o de una historia más larga. Las primeras líneas fluían con la placidez del paisaje que me acunaba. Habían bastado unas horas para despertar hacia lo íntimo. El mar me ofrecía un nuevo principio: palabras en segunda persona para un yo que renacía.

Acabas de llegar a Barcelona y te has ido hasta la Ronda Litoral. Eres un náufrago de interior. Dejas atrás el Paseo Marítimo y te plantas ante el mar. Te enfrentas a su visión como quien busca curarse. El viento en la cara, el sol, el murmullo constante de las olas a tus pies.

Desde la última visita y tras las tormentas furiosas que se han sucedido, se ha formado un gran desnivel en la orilla. Nada que ver con la playa de pendiente suave que invitaba al baño como un imán. El resultado es un mirador, un trampolín donde surge un cierto vértigo. Un promontorio que te deja suspendida ante un incesante movimiento azul y verde, como si no hubiera suelo. Estás entre el agua y el horizonte. Ese espacio ideal de los veranos.

Al bajar la vista, descubres tus zapatos de todos los días. No has traído sandalias ni chanclas. No te has descalzado. La arena cede ante tu cuerpo extraño vestido aún de oficina. Se hunden tus pies y te cuesta caminar. No has podido resistirte a la fuerza de la orilla. Sabes que ese mar no te pertenece. Sólo has venido a que te bendiga y te dé esperanzas para seguir.

Siempre contra la guerra

El domingo 20 de febrero asistí en el Teatro Español a la representación de “La batalla de los ausentes”, el último montaje de La Zaranda, un prodigio escénico que sigo desde hace años con fervorosa admiración. Lo que hacen no es nada fácil. Como verdaderos maestros, se valen de una escenografía y unos recursos mínimos, que requieren de la complicidad y la imaginación del espectador, para compartir un lenguaje único, con el que provocan la sonrisa o el nudo en la garganta en cuestión de segundos.

Ante la palabra herida del trío protagonista, supervivientes esperpénticos de una guerra que nadie recuerda, en el patio de butacas, nos resonaban las noticias prebélicas del este de Europa y también una escaramuza más modesta en la madrileña calle de Génova. La obra teatral, que ofrece una sátira del poder, me trasladaba a ambos escenarios, convertidos “en un combate sin tregua por la conquista de un destino”, como decía el programa de mano; donde los actores escenificaban los complejos mecanismos que llevan a los seres humanos a devorarse hasta el despojo.

Siguen en Madrid hasta el 20 de marzo, no os los perdáis.

No quiero confundir a nadie. En “La batalla de los ausentes” no hay nombres ni referencias temporales o geográficas. Precisamente desde esa indefinición, todos somos interpelados ante un poder tan estéril como despreciable que, al final, muestra las propias vergüenzas y una intemperie existencial de la que no salvan ni medallas ni homenajes, ni siquiera los recuerdos de una gloria efímera o imaginaria.

A partir del lunes, la semana fue frenética a nivel informativo. Obviamente, hay un abismo entre un dirigente político metafóricamente acuchillado por quienes creyó sus fieles, y un autócrata convencido de una misión imperial y asesina. Pero, en el fondo, todo gira en torno al poder y a la ambición; y teje una historia de vencedores y vencidos y un anhelo de justicia. Cuando el 24 de febrero despertamos con el inicio de la invasión rusa sobre Ucrania, asumí una nueva derrota colectiva. Ante las bombas, ante la propia impotencia y las preguntas sin respuesta, todo se hizo distinto. Quedaron en segundo plano las batallas campales de nuestro mediocre panorama político, y también las cuitas personales.

En los primeros momentos, pensé en escribir sobre la invasión de Ucrania. Recordaba tiempos lejanos, cuando los temas de geopolítica internacional ocupaban buena parte de mi jornada laboral. Rememoré aquellas lecciones sobre la guerra, que nos ayudaban a entender que los conflictos están llenos de matices, y que la verdad suele ser la primera víctima de todos ellos: Yugoslavia, Ruanda, Colombia… Con el paso de los días, toda la teoría saltaba por los aires ante la imagen de ciudades devastadas y el recuento de fallecidos y heridos, de vidas cercenadas y familias rotas, de un éxodo tristemente conmovedor. Más que argumentos salían torpezas, y me callé para no contribuir al daño ni al ruido.

El siguiente domingo, una semana después de ver “La batalla de los ausentes”, un grupo de poetas empezaba a idear un recital colectivo contra la guerra. Agradecí una invitación que rechacé inmediatamente, porque me sentía sin fuerzas. Las redes sociales seguían llenas de batalla. Posturas a favor y en contra de todo: tan malo escribir y compartir un poema contra la guerra como quedarse callado. En el debate, salían a colación todas las guerras activas en el mundo. La pregunta de por qué actuar ante unas y no otras, qué diferencia había entre los muertos de Ucrania o de Yemen. En la refriega de palabras, no había más que una nueva derrota.

Asistí a los incendios verbales desde el silencio y la lectura. Volví a los artículos de Carlos Taibo, uno de los mayores expertos en esa zona ahora en llamas. Los poemas y la figura del poeta Carlos Álvarez, fallecido ese mismo 27 de febrero, también sirvieron de telón de fondo. Su padre, capitán de la Guardia de Asalto que mantuvo su fidelidad a la legalidad republicana, fue fusilado en Sevilla el 24 de julio de 1936; y él mismo sufrió las cárceles franquistas y el exilio. A pesar de todo ello, quienes le conocieron y le recordaban en esas horas de duelo, le definían como un hombre ajeno al odio y el poeta de la reconciliación. Por otro lado, me encontré con un excelente artículo de Arturo Borra titulado La poesía y la guerra (de nuevo), en el que el autor se preguntaba por el papel de los poetas ante estos conflictos. Me consoló ver que no era la única que se estaba atragantando en sus preguntas y contradicciones.

Cartel del recital «12 horas de poesía contra la guerra».

Al final, cambié de opinión y me sumé al listado de casi un centenar de poetas que participarán mañana en el recital titulado “12 Horas de Poesía contra la guerra”, cuyo cartel explica “Poemas abrazados para abrazar pueblos. Poemas por la Paz”. Acudo con poemas viejos y la certeza de la inutilidad del gesto, la misma certeza que me acompañó tantas veces: en aquel multitudinario “No a la Guerra” contra la invasión de Irak; en las concentraciones y las marchas a favor del pueblo palestino o del saharaui; las voces ante la embajada de Siria; las lecturas a favor de las personas en busca de refugio y papeles, y las concentraciones ante tantos hechos de violencia y represión ejercidos por unos hombres contra otros…

Nuestra palabra, nuestro poema no va a cambiar las cosas; no nos hace mejores ni peores que los poetas que no pueden o no quieren participar o no han conocido la convocatoria. Nuestro gesto, aunque algunos crean que sí, no es un acto narcisista. Después de tantas dudas, me he dado cuenta de que esta vez leería aunque no hubiera nadie escuchando, porque el poema, como la obra de teatro de la que os he hablado, pueden ser actos de resistencia y esperanza. Lo más seguro es que “12 Horas de Poesía contra la guerra” sea como esos actos en los que, antes de la pandemia, nos encontrábamos poetas escuchando a poetas, y nos sentíamos ridículos, sin lectores ni público real. Pero esta vez es distinto porque, quizás más que nunca, necesitamos el calor de otros, llorar y leer juntos, abrazarnos contra la guerra después de tanto. Y lo que importa no es cuándo ni cuánto lea cada uno, sino leer doce horas, sin pausa, igual que esas bombas y esas sirenas, igual que el sufrimiento, que tampoco cesan. Lo que importa, como en “La batalla de los ausentes”, es no perder el horizonte.

Feliz 2022. Afectos, confianza y salud

Escribo en este 31 de diciembre mis mejores deseos para el nuevo año, y los comparto anhelando que se cumplan.

Al pensar estas palabras, recuerdo bien las de hace un año. Soñábamos que el cambio de dígito, pasar del 2020 al 2021, borraría de un plumazo al bicho y sus consecuencias. Y aquí estamos, doce meses, varias olas, cepas y letras griegas después, esperando nuevamente un año mejor para todos. Soy consciente de que los deseos rara vez llueven del cielo, y aún así tecleo con pasión cada letra, leo en voz alta cada palabra escrita, por si sumando fuerza y sentido fuera más factible el hechizo, y la magia que envuelve la última noche del año irradiara todo 2022. Ojalá.

Igual que todos los años, hago balance y sopeso su carga de lágrimas y alegrías, pérdidas, sobresaltos, preocupaciones y retos… Después de 365 días, hemos resistido y estamos en pie para contarlo. Y seguimos, dispuestos a brindar y a sonreír, a dar las gracias, a compartir con generosidad y a hacer del mundo un lugar más amable y solidario hasta dónde lleguen nuestras manos y nuestro aliento.

Como siempre, acompaño estas líneas con una fotografía tomada en 2021, que resume una celebración y un encuentro largamente deseados y pospuestos. Es una muestra de que los planes, que se nos desmoronan una y otra vez, llegan a realizarse: lo que no pudo ser en abril tuvo lugar en noviembre. Las circunstancias nos han enseñado a postergar, a tener más paciencia y perseverar, a asumir los cambios. La imagen, que muestra las manos de dos generaciones, me recuerda que somos parte de una cadena interminable de afectos y vulnerabilidades, más visibles que nunca. En nuestras muñecas, lucimos una pulsera que recibimos como regalo: el obsequio de un niño, trenzado con su ilusión y su tesón, que se ha convertido en una de mis joyas más queridas, porque su valor es el de la amistad cimentada en décadas, la familia que te regala la vida y el cariño que se mantiene a pesar de la distancia y los encuentros esporádicos. Me parece un excelente equipaje para afrontar el futuro.

En estas horas últimas de 2021, os deseo un 2022 lleno de buenos momentos y buenas noticias, en el que seamos capaces de apreciar lo que, de verdad, merece la pena. Los afectos y el cuidado hacia quienes nos rodean, la confianza y la experiencia adquiridas, la generosidad para escuchar y empatizar… Todo ello debería guiarnos para encarar el tiempo por venir, rodeados de amor, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles y con mucha salud. ¡Feliz 2022!

Por una gratitud cotidiana y sincera

Tras la última entrada del blog, titulada Sin noticias de mí, recibí muchos y emocionantes mensajes de personas que se reconocían en el malestar que yo expresaba, y agradecían que mis palabras pusieran voz a su propio laberinto. Su generosa respuesta me desbordó y pensé en escribir algo para dar las gracias, un texto que podía haberse titulado “Con noticias de vosotros”.

Pero la idea inicial se fue completando con otras y, al margen de ese agradecimiento puntual que di a cada uno de mis lectores y les reitero nuevamente ahora, me propuse escribir algo más amplio sobre la gratitud. El tema me lleva rondando mucho tiempo y, tras lo visto a raíz de algunas muertes recientes, me urgía a reflexionar sobre lo que decimos y callamos, lo que ayuda o hiere, lo que resulta irrelevante o estimula en nuestra relación con los otros.

Los inesperados fallecimientos de Almudena Grandes y Verónica Forqué llenaron los medios de comunicación y las redes sociales de artículos y comentarios que elogiaban la trayectoria profesional y la calidad humana de ambas. Desde voces expertas en sus respectivos ámbitos, el literario o el interpretativo, pasando por compañeros de oficio, sus familiares y amigos hasta una inmensa multitud de admiradores, se volcaron en mensajes de duelo y reconocimiento. Palabras sordas y a destiempo que les rendían homenaje y agradecían los buenos momentos que ambas habían generado a través de sus textos y de sus horas de interpretación en la pequeña y gran pantalla.

En ambos casos, como tantas otras veces, mi pregunta fue la misma. ¿Por qué esperamos a la muerte para elogiar y reconocer? ¿Por qué somos tan rácanos con quienes aun nos pueden escuchar? ¿Por qué racionamos las caricias que pueden ser felizmente recibidas y salvar un día sin aliento?

Evidentemente, mis líneas no quieren animar a una alocada persecución de admiradores que asalten la tranquilidad de nadie. Cuando compramos un disco, un libro, la entrada del cine, un concierto o una obra de teatro ya estamos reconociendo… Si reseñamos, si recomendamos esa obra, estamos agradeciendo, igual que hacemos con los aplausos de los espectáculos en directo. En lo cotidiano, cuando volvemos a un comercio, cuando recomendamos el pan y las magdalenas de la tahona del barrio, cuando planeamos la cena de Navidad con el charcutero o intercambiamos recetas con los carniceros y pescaderos, les estamos haciendo partícipes de un bienestar al que ellos contribuyen y nuestra charla desenfadada, de algún modo, les incluye y reconoce.

Aunque algunos lo hayan olvidado, no hace tanto salíamos a los balcones y ventanas a agradecer el trabajo del personal sanitario que estaba dejándose la vida frente a un virus desconocido. Por aquel entonces, empezamos a valorar y agradecimos, de forma expresa y distinta, a quienes mantenían abastecidas las baldas del supermercado, a dependientes y cajeros de comercios de primera necesidad, al personal de limpieza que, provisto de desinfectante y guantes, se convertía en la sombra de nuestros pasos y borraba nuestras huellas con una mezcla de agua y lejía.

Pero al margen de los espacios de reconocimiento público tan obvios y de algunos aprendizajes que nos dejó la pandemia, dando valor a tareas tradicionalmente invisibilizadas, lo que me apesadumbra es la gratitud raquítica que ejercemos en el descuido del día a día. Y ante la desaparición de personas cercanas, me duele que se hayan ido sin que les hayamos dicho lo importantes que fueron en determinados momentos de nuestras vidas.

Unos días antes del fallecimiento del Almudena Grandes, discretamente y tan desapercibido que tardé días en encontrar algún obituario en la prensa, me enteré de que había fallecido Antonio Prieto, catedrático de Literatura de la Universidad Complutense, cuyas clases disfruté en la Facultad de Filología. Este verano, regresando de Salamanca y tras posar con la estatua de Fray Luis de León, relataba a mis compañeros de viaje cómo había conocido la obra de Fray Luis gracias a las clases magistrales de Antonio Prieto y cómo los nervios de aquellos exámenes orales que resultaban un raro desafío en aquellos tiempos, estuvieron a punto de llevarme con una oda de Fray Luis a la convocatoria de septiembre, aunque finalmente Boscán me lanzó un salvavidas. El curso que yo fui alumna de Prieto era, según se comentaba por los pasillos, su último como docente, al menos en los cursos de licenciatura y, sin embargo, en su última clase, tan magistral como las anteriores, no fuimos capaces de cerrar aquella hora con la ovación que año tras año le habían dedicado clases enteras de estudiantes. Aquella torpeza colectiva, aquel no atrevernos a romper el silencio emocionante del aula con un sonoro aplauso ha vuelto a mi memoria, mordiendo los recuerdos de aquellas lecciones extraordinarias sobre Petrarca, Cervantes y tantos autores de los Siglos de Oro. Ni él ni yo hablamos nunca de nuestro amor por la poesía, y esa falta de espacio para la confidencia me privó de decirle que gracias a sus clases encontró sentido y título mi primer poemario, que permanece inédito como un peldaño de aprendizaje necesario. Nunca le reconocí lo que me aportó en aquellas horas lectivas de los jueves y viernes que se convertían en un placer estético e intelectual.

En este tiempo de dificultades y demasiadas palabras dichas en vano, me he preguntado muchas veces hasta qué punto soy agradecida con quien me cuida, quien me ayuda, quien me quiere y me da soporte. También me he cuestionado si le doy más lugar en mi cabeza y en las noches insomnes a quien hiere y ofende, a quien desprecia y ningunea. Nunca fue mi fuerte hacer ecuaciones, pero me gustaría vivir el tiempo por venir desde la gratitud más que desde el enojo o el odio.

Si tiro del hilo, además del mencionado Antonio Prieto, hubo muchos profesores (en el colegio, en la universidad y en los estudios de postgrado), que me hicieron quien soy, tan amante de la palabra y el razonamiento crítico. En el ámbito laboral, me he encontrado con personas maravillosas que, desde una posición igual o superior, han sabido guiarme y sacar lo mejor de mí, jefes, jefas y compañeros, que se ganaban ese puesto desde el ejemplo y el estímulo, en lugar del ordeno y mando. Qué decir de la familia y los amigos, de las personas que han alentado mi escritura, arraigándome en el sentido profundo de mi propia vida; qué decir de quienes nos aman tanto que nos perdonan y acompañan en los momentos de más dolor y torpeza, ofreciéndonos empatía y afecto, de forma incondicional.

No puedo acabar estas líneas sin recordar a todos los sanitarios que me atendieron hace unos días, primero, en la atribulada atención primaria madrileña, y después en urgencias del Hospital Clínico. En esas horas, a pesar de mi facilidad con la palabra, me sentí incapaz de encontrar las que estaban a la altura de su dedicación, su conocimiento y su atención. Afortunadamente, todo quedó en un susto, pero la experiencia me hizo recobrar fuerzas y proclamar un gracias a la vida más fuerte que nunca, espero que inolvidable.

Podría intentar una lista exhaustiva, pero citar aquí una sucesión de nombres resultaría un texto tedioso. Yo sé quiénes fueron y son, y estas líneas habrán de llegarles como una acción reparadora (con los que todavía estoy a tiempo), por las veces que no lo hice como debía. Y de ahora en adelante, las gracias las daré de corazón sin esperar grandes ocasiones ni muertes; pronunciaré sus seis letras como quien regala alegría y reconocimiento, como quien otorga un don. Según el Diccionario de María Moliner, gracias significa, en su segunda acepción: “ayuda sobrenatural concedida por Dios al hombre para el ejercicio del bien y el logro de la bienaventuranza”. Muy lejos de querer ser dios, creo que si entre hombres y mujeres nos vamos ayudando en el bien para un mejor futuro colectivo, estaremos mejor encaminados. En este tiempo de nuevos propósitos de cara al cambio de año, ya tengo el primero: agradecer.

Muchas gracias por haber leído hasta aquí, por pertenecer a mi vida y hacerla mucho más feliz y gratificante. Gracias por ser el sol que templa el alma después del frío.

Sin noticias de mí

Ni octubre ni noviembre tuvieron su texto. Han sido meses exigentes de trabajo, pequeños contratiempos de salud, desánimo y falta de fuerzas… Pero también momentos de pausa, reencuentros felices, celebraciones pendientes, un par de viajes relámpago y un seguir replanteándome.

En lo peor del malestar físico, busqué el sosiego y la fortaleza de los árboles en paseos cercanos. El otoño parecía invitarme a soltar: dejar atrás lo que duele y no aporta, lo que no sirve para construir sino para hacerme más débil.

En el transcurso de estos meses de silencio, la presencia amorosa y cuidadora de los otros ha sido el refugio, junto al disfrute de la naturaleza y el arte: algunos libros y poemas sueltos, algunos espectáculos de música y teatro, y sesiones de cine que me ofrecieron, como los árboles, el camino de la renovación y la salida del laberinto.

Frente a la búsqueda de esperanza, escuchar las noticias diarias ha seguido siendo desalentador. Tanto dolor y tanta miseria atravesando con su daño el agua de la ducha, el placer del primer café, el plato de verduras de la cena… Tanto odio para restar energía en un país donde la luz sigue matando a través de malas combustiones e incendios evitables, donde las facturas niegan la dignidad. Así que, cada día apago antes la radio y la televisión, en defensa propia. Yo, que estudié periodismo y fantaseé con su poder de transformación social, les soltaría una monserga sobre ética periodística por minuto, pero no van a escucharme. Así que doy al botón en cuanto hurgan en la herida sin ánimo de contribuir a curarla o dan voz a quien no la merece.

Muchos días he sentido que las palabras no pueden con tanto o han sido secuestradas; que decir no va a aportar nada. Supongo que, en parte por eso, me he quedado suspendida en la pausa del para qué. Los libros a medias, las ganas ausentes, los proyectos alimentando un moho de desidia. Pero ese desaliento tampoco es sano y lo voy aprendiendo a fuerza del oírlo. Oírmelo.

Podemos permitirnos la tristeza, pero es imprescindible salir de ella tan pronto como nos sea posible porque tiene una alta capacidad para enredarnos. Tengo una amiga en Siria que me manda fotos de ciudades y personas dispuestas a salir adelante entre las ruinas. Conozco a personas suspendidas en la pausa de un tratamiento médico que viven la incertidumbre, a los que envío los ánimos que no me prodigo. Mi abuela decía que es muy fácil recetar a otros. Y hoy, recordándola en esta frase, creo que ha llegado el momento de la automedicación hasta ver la botella llena.

Por eso he vuelto al teclado, a los proyectos, a las palabras. Este texto es un tanteo; una forma de ver si hay eco y resuena, si una palabra lleva a otra, si el golpe de las yemas de los dedos sobre las letras abre el camino. Porque la escritura siempre estuvo ahí para rescatarme y no puedo olvidarlo. Porque, aunque sea para mí, las palabras siguen siendo aliadas. Teclear para preguntar y responderme, para dotar de sentido a los días por venir, para que los proyectos que arrancaron alguna vez con ilusión recuperen el pulso.

Volver a teclear como quien reaprende a caminar, a respirar, a recuperar sus órganos adormecidos. Por mí y por ellos. Porque necesitamos mucha fuerza para salir de tanto. Porque necesitamos la alegría, como la invocó tantas veces Almudena Grandes, a quien debo el deslumbramiento de Las edades de Lulú que me aportó otra mirada y otra forma de contar; la misma alegría que rimó Benedetti igualándola a la trinchera con la que defenderse de la miseria y los miserables. Es verdad que hubo y hay escapadas, afectos, paisajes, complicidades y brazos que están al alcance, en la ruta de los momentos alegres posibles. Así pues, parece que toca recalcular la ruta y que el GPS vuelva a orientarse hacia la esperanza.

Recibir el otoño entre libros y un poema

Comenzó y acabó la Feria del Libro y se despidió el verano, dando paso al otoño. De nuevo, el calendario parece ir al revés, acostumbrados como estábamos a una feria primaveral que regalaba tormentas junto a los primeros días de un calor insoportable y agorero. En esta última edición, cuando todo sigue teniendo un punto de extrañeza, se mantuvieron las tormentas mientras todo lo demás se me hizo raro. Así viví el acelerado paseo que pude dar (apenas una hora y media de una tarde, ¡ay!), por la Feria; en un viaje entre casetas fuera de lugar, fruto de una disposición endiablada, mientras la noche se echaba encima con el relente amenazando el primer resfriado y la sensación de que también esta cita se volvía a la vez deseada y hostil, un nuevo fruto de este destiempo permanente.

Pero, al menos, fui. Voy a quedarme con lo bueno. Al menos, volví a ver libros y casetas y caras conocidas y queridas. Al menos, me llevé alguna firma deseada y alguna sobrevenida. De rebote, me topé con mi admiradísimo Manolo García, del que soy una fan devota desde la adolescencia, como prueban las cintas de casete de Los Rápidos y Los Burros, la colección completa de El último de la Fila y sus trabajos posteriores en solitario, que guardo como tesoros. No me detuve en la larga fila de admiradores que aguardaban turno. La mayoría era de mi quinta y le contaba la misma batallita que yo le hubiera ofrecido: las canciones vividas sobre la piel, los conciertos que pude presenciar y los que lloré sin entrada, las veces que le escuché en directo dando saltos entusiasmados y coreando hasta la afonía. Los guardias de seguridad ya estaban avisando de que tal vez no habría tiempo para todos. Me ganaron la pereza, la premura de los tiempos y la sorpresa del imprevisto. Me prometí volver a escucharle pronto. Robé una foto que evitaba a la admiradora que podía haber sido yo y volví a retomar el rumbo de las casetas que estaban a punto de echar el cierre.

Atravesé la Feria como una loca sin plano, como “el loco de la calle” de aquella canción, jugando con el mal azar de quien dispuso una numeración caótica partida en cuatro hileras. Demasiados planos paralelos para una cabeza de letras al límite de las fuerzas y de la propia paciencia. No pude encontrar todo lo que buscaba. No tuve tiempo del paseo relajado de otras ediciones, cuando el calor cedía y el sol permitía el respiro de las casetas caídas en desgracia, en el extremo achicharrado.

Aunque un día después de publicar el artículo inicial, voy leyendo noticias que me hacen ver las cosas de otra manera, y retocar el texto con este nuevo párrafo. Quizás mi errático paseo no se debió al despiste y al cansancio, sino a que la Feria, este año, ha maltratado a las pequeñas editoriales que suelen ser mi objetivo, y así lo han hecho constar en una carta abierta que reclama explicaciones y dimisiones. Estaban mal situadas, aunque les cobraron lo mismo y les supone un esfuerzo mayor asumir todos los extras de quince días de Feria; han sido arrinconadas aunque, desde mi punto de vista que es el de muchos, estas pequeñas firmas son las que hacen que la Feria del Libro de Madrid merezca la pena, porque muchos lectores amamos su fondo editorial y la Feria es el mejor escaparate para que un libro nos lleve a otro, y para ojear títulos que en su momento no vimos, pero que una vez cerca de los dedos, no se nos vuelven a escapar.

Este año no tuve tiempo de procesar todos los recuerdos que mueve cada Feria del Libro, porque esta vez era tan distinta que no se producía esa llamada inconsciente de la memoria. Pero los recuerdos siguen ahí. Vinieron en tropel el día de la inauguración, cuando ante las imágenes por televisión pude evocar aquellas ferias normales, cuando la primavera y el verano se aliaban; cuando trabajaba muy cerca y El Retiro era un paseo habitual, donde me paraba un día sí y otro también, y vagaba entre casetas, mecida por el runrún del anuncio de las firmas; cuando recorría la Feria de niña, soñándome como autora al otro lado de los mostradores. Al ver la fotografía del mosaico que formaban todas las portadas en la caseta de Bartleby, también caí en la cuenta de que mi libro, De paso por los días, había cumplido cinco años, en la última primavera, cuando yo cumplí cincuenta. Abril y mayo fueron meses en los que no nos pudimos reunir para celebrar nada, y si lo hicimos fue con celebraciones íntimas y pequeñas que abrigaban un corazón castigado sin abrazos ni demasiadas alegrías.

Este tiempo pandémico y raro nos ha movido y removido tanto, que seguimos descolocados. Pero la Feria ha vuelto y aquel libro, con sus cinco años cumplidos, se ha asomado nuevamente al Paseo de Coches del Retiro, consciente de que la poesía no caduca nunca. También he recordado que muchos de los poemas del libro se escribieron en ese maravilloso parque de Madrid. Aquellos paseos habituales eran un bálsamo, en los que, contra la rutina y la barbarie diaria, yo buscaba la paz en el rumor del arbolado; escudriñando los colores y los movimientos de las hojas que daban paso a una estación tras otra; espiando la presencia de aves e insectos que buscaban agua, sombra o resguardo; topándome con otras miradas igual de melancólicas, felices o heridas que la mía.

Cuando acabé la primera versión del libro, estructurado en las cuatro estaciones, éste comenzaba por la primavera, manteniendo el orden de la escritura original. Pero luego, en las sucesivas correcciones, fui pensando que la primavera era más obvia, más habitualmente lírica y cambié el orden del libro, que empezó por el otoño.

Ahora, ante este nuevo otoño, que tiene mucho de reinicio; que, en lo personal, está siendo un tiempo de reencuentro y abrigo para conmigo misma, quiero recuperar alguno de esos poemas. Para celebrar el quinto aniversario de aquel libro que fue camino y sueño, para recuperar las fuerzas ante el futuro, para trazar un presente más transitable y consciente. Ojalá.

Porque la poesía siempre es refugio. Porque he cometido la torpeza de olvidarme de lo importante. Porque cada septiembre es un principio y soy afortunada, os dejo este “Paisaje” que se escribió hace muchos, muchísimos años; y aún me habla del valor de los sueños que se intentan. Y de no desfallecer.

PAISAJE

Sorprende a los ojos

viajeros del trópico

la caducidad de castaños

y plátanos dormidos,

asumir el rojizo

de la vida que se extingue.

En el recuerdo

se borran las palmeras,

las sombrillas de pobre.

El árbol caduco

es rescoldo de fuego,

remoto vuelo naranja

del ave del paraíso.

(De paso por los días, Bartleby, 2016)

Septiembre: tiempo de promesa

Septiembre tiene mucho de promesa. Eso fue tantas veces nuestro inicio de curso. Soñar lo que nos esperaba, no dormir en la víspera del primer día de colegio; desear buenos docentes y asignaturas motivadoras en los años universitarios, tan decepcionantes en tantos casos.

Ya no vuelvo al cole, pero mi año empieza dos veces. Y en ambos, estreno agenda de papel: la laboral, en septiembre; la personal, en enero. Por eso, todos los días que paso ante la fachada de las papelerías y librerías del barrio donde estos días hacen cola niños y mayores, me identifico con ellos. Y recuerdo con nostalgia la compra de material escolar nuevo, escaso pero ilusionante; y aquellos plásticos tediosos que nunca quedaban bien, con los que aprendíamos a cuidar incluso los libros que acabaríamos odiando.

Septiembre tiene también un poso de recuerdo y renovación que se conjugan bien. Volvemos de las vacaciones, de un tiempo distinto. Retomamos las tareas que nos agotaron antes de la pausa estival y tal vez, en este tiempo de reencuentro personal, hemos asumido cambios que tendrán que ensayarse y plasmarse ahora. Nos hemos prometido cuidarnos más, exigirnos menos, más descanso y más abrazos, más tiempo de calidad para nosotros y para la gente buena que nos rodea e importa.

Miro hacia atrás. A lo lejos, en días como estos recupero el recuerdo de las fiestas de otros septiembres. Fiestas de vendimia y vírgenes, bailes de verbena y coches de choque, los conciertos juveniles, las procesiones religiosas y su ritual de bendiciones. Ahora España es un país sin fiestas ni alegrías oficiales y tal vez por eso, la fiesta no es compartida. La pandemia nos ha roto; y mientras unos han asumido que no es tiempo de masas, otros las reivindican con furia y urgencia, como si no pudieran esperar más.

En los recuerdos más próximos, vuelvo a mirar las últimas fotos guardadas en el móvil. Sé que fueron verdad, que estuve en esos lugares. Ahora parece imposible que agosto se haya esfumado. Que no haya mar ni bosque, que no llevemos encima el plano mal doblado de una ciudad por descubrir, que preveamos cada calle y cada itinerario, y que aún no haya ninguna escapada en el horizonte.

Estos días vuelvo a escuchar las voces y los tiempos de la calle que me faltaban desde junio: el trasiego, las risas y los gritos de los jóvenes que acuden al instituto cercano, los timbres y músicas que estuvieron apagados y marcan otra vez el ritmo de sus horas y las mías. Discreta y simultáneamente, los árboles se están vistiendo de marrón a toda velocidad. Era más imperceptible a mitad del verano, pero ahora, las hojas han llenado las aceras de forma más temprana, quizás por esa ola de calor que pulverizó Madrid con fuego. Esos árboles insisten en reclamar nuestra mirada. “Me apago, me desnudo, no daré sombra por mucho tiempo”, me dice el castaño de la plaza. El mismo que ha sido, sin nombre, mi compañero en tantas horas de teletrabajo, horas de ventana cuando soñé otros paisajes.

No hay que desesperar ante la inminencia del otoño. Los teatros vuelven a levantar el telón, la cartelera podría salir de su letargo y en El Retiro, la Feria del Libro de Madrid vuelve a citarnos, después de tanto y después de todo, para que sigamos soñando con la primavera. Podría ser que tras esas hojas, que caducan en los árboles, se escondan otras de papel y tinta dispuestas a acompañarnos de por vida.

Es todo tan incierto… Y a pesar de ese temblor, tenemos que seguir soñando. Nos lo hemos prometido. Para eso hemos resistido estos meses tan duros y tan amargos. Eso nos juramos ante el mar y bajo los pinares del verano. Septiembre es recuerdo, pero también promesa de un tiempo nuevo. Por fuera y por dentro. Vamos a ello.

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