Siempre contra la guerra

El domingo 20 de febrero asistí en el Teatro Español a la representación de “La batalla de los ausentes”, el último montaje de La Zaranda, un prodigio escénico que sigo desde hace años con fervorosa admiración. Lo que hacen no es nada fácil. Como verdaderos maestros, se valen de una escenografía y unos recursos mínimos, que requieren de la complicidad y la imaginación del espectador, para compartir un lenguaje único, con el que provocan la sonrisa o el nudo en la garganta en cuestión de segundos.

Ante la palabra herida del trío protagonista, supervivientes esperpénticos de una guerra que nadie recuerda, en el patio de butacas, nos resonaban las noticias prebélicas del este de Europa y también una escaramuza más modesta en la madrileña calle de Génova. La obra teatral, que ofrece una sátira del poder, me trasladaba a ambos escenarios, convertidos “en un combate sin tregua por la conquista de un destino”, como decía el programa de mano; donde los actores escenificaban los complejos mecanismos que llevan a los seres humanos a devorarse hasta el despojo.

Siguen en Madrid hasta el 20 de marzo, no os los perdáis.

No quiero confundir a nadie. En “La batalla de los ausentes” no hay nombres ni referencias temporales o geográficas. Precisamente desde esa indefinición, todos somos interpelados ante un poder tan estéril como despreciable que, al final, muestra las propias vergüenzas y una intemperie existencial de la que no salvan ni medallas ni homenajes, ni siquiera los recuerdos de una gloria efímera o imaginaria.

A partir del lunes, la semana fue frenética a nivel informativo. Obviamente, hay un abismo entre un dirigente político metafóricamente acuchillado por quienes creyó sus fieles, y un autócrata convencido de una misión imperial y asesina. Pero, en el fondo, todo gira en torno al poder y a la ambición; y teje una historia de vencedores y vencidos y un anhelo de justicia. Cuando el 24 de febrero despertamos con el inicio de la invasión rusa sobre Ucrania, asumí una nueva derrota colectiva. Ante las bombas, ante la propia impotencia y las preguntas sin respuesta, todo se hizo distinto. Quedaron en segundo plano las batallas campales de nuestro mediocre panorama político, y también las cuitas personales.

En los primeros momentos, pensé en escribir sobre la invasión de Ucrania. Recordaba tiempos lejanos, cuando los temas de geopolítica internacional ocupaban buena parte de mi jornada laboral. Rememoré aquellas lecciones sobre la guerra, que nos ayudaban a entender que los conflictos están llenos de matices, y que la verdad suele ser la primera víctima de todos ellos: Yugoslavia, Ruanda, Colombia… Con el paso de los días, toda la teoría saltaba por los aires ante la imagen de ciudades devastadas y el recuento de fallecidos y heridos, de vidas cercenadas y familias rotas, de un éxodo tristemente conmovedor. Más que argumentos salían torpezas, y me callé para no contribuir al daño ni al ruido.

El siguiente domingo, una semana después de ver “La batalla de los ausentes”, un grupo de poetas empezaba a idear un recital colectivo contra la guerra. Agradecí una invitación que rechacé inmediatamente, porque me sentía sin fuerzas. Las redes sociales seguían llenas de batalla. Posturas a favor y en contra de todo: tan malo escribir y compartir un poema contra la guerra como quedarse callado. En el debate, salían a colación todas las guerras activas en el mundo. La pregunta de por qué actuar ante unas y no otras, qué diferencia había entre los muertos de Ucrania o de Yemen. En la refriega de palabras, no había más que una nueva derrota.

Asistí a los incendios verbales desde el silencio y la lectura. Volví a los artículos de Carlos Taibo, uno de los mayores expertos en esa zona ahora en llamas. Los poemas y la figura del poeta Carlos Álvarez, fallecido ese mismo 27 de febrero, también sirvieron de telón de fondo. Su padre, capitán de la Guardia de Asalto que mantuvo su fidelidad a la legalidad republicana, fue fusilado en Sevilla el 24 de julio de 1936; y él mismo sufrió las cárceles franquistas y el exilio. A pesar de todo ello, quienes le conocieron y le recordaban en esas horas de duelo, le definían como un hombre ajeno al odio y el poeta de la reconciliación. Por otro lado, me encontré con un excelente artículo de Arturo Borra titulado La poesía y la guerra (de nuevo), en el que el autor se preguntaba por el papel de los poetas ante estos conflictos. Me consoló ver que no era la única que se estaba atragantando en sus preguntas y contradicciones.

Cartel del recital «12 horas de poesía contra la guerra».

Al final, cambié de opinión y me sumé al listado de casi un centenar de poetas que participarán mañana en el recital titulado “12 Horas de Poesía contra la guerra”, cuyo cartel explica “Poemas abrazados para abrazar pueblos. Poemas por la Paz”. Acudo con poemas viejos y la certeza de la inutilidad del gesto, la misma certeza que me acompañó tantas veces: en aquel multitudinario “No a la Guerra” contra la invasión de Irak; en las concentraciones y las marchas a favor del pueblo palestino o del saharaui; las voces ante la embajada de Siria; las lecturas a favor de las personas en busca de refugio y papeles, y las concentraciones ante tantos hechos de violencia y represión ejercidos por unos hombres contra otros…

Nuestra palabra, nuestro poema no va a cambiar las cosas; no nos hace mejores ni peores que los poetas que no pueden o no quieren participar o no han conocido la convocatoria. Nuestro gesto, aunque algunos crean que sí, no es un acto narcisista. Después de tantas dudas, me he dado cuenta de que esta vez leería aunque no hubiera nadie escuchando, porque el poema, como la obra de teatro de la que os he hablado, pueden ser actos de resistencia y esperanza. Lo más seguro es que “12 Horas de Poesía contra la guerra” sea como esos actos en los que, antes de la pandemia, nos encontrábamos poetas escuchando a poetas, y nos sentíamos ridículos, sin lectores ni público real. Pero esta vez es distinto porque, quizás más que nunca, necesitamos el calor de otros, llorar y leer juntos, abrazarnos contra la guerra después de tanto. Y lo que importa no es cuándo ni cuánto lea cada uno, sino leer doce horas, sin pausa, igual que esas bombas y esas sirenas, igual que el sufrimiento, que tampoco cesan. Lo que importa, como en “La batalla de los ausentes”, es no perder el horizonte.

Recibir el otoño entre libros y un poema

Comenzó y acabó la Feria del Libro y se despidió el verano, dando paso al otoño. De nuevo, el calendario parece ir al revés, acostumbrados como estábamos a una feria primaveral que regalaba tormentas junto a los primeros días de un calor insoportable y agorero. En esta última edición, cuando todo sigue teniendo un punto de extrañeza, se mantuvieron las tormentas mientras todo lo demás se me hizo raro. Así viví el acelerado paseo que pude dar (apenas una hora y media de una tarde, ¡ay!), por la Feria; en un viaje entre casetas fuera de lugar, fruto de una disposición endiablada, mientras la noche se echaba encima con el relente amenazando el primer resfriado y la sensación de que también esta cita se volvía a la vez deseada y hostil, un nuevo fruto de este destiempo permanente.

Pero, al menos, fui. Voy a quedarme con lo bueno. Al menos, volví a ver libros y casetas y caras conocidas y queridas. Al menos, me llevé alguna firma deseada y alguna sobrevenida. De rebote, me topé con mi admiradísimo Manolo García, del que soy una fan devota desde la adolescencia, como prueban las cintas de casete de Los Rápidos y Los Burros, la colección completa de El último de la Fila y sus trabajos posteriores en solitario, que guardo como tesoros. No me detuve en la larga fila de admiradores que aguardaban turno. La mayoría era de mi quinta y le contaba la misma batallita que yo le hubiera ofrecido: las canciones vividas sobre la piel, los conciertos que pude presenciar y los que lloré sin entrada, las veces que le escuché en directo dando saltos entusiasmados y coreando hasta la afonía. Los guardias de seguridad ya estaban avisando de que tal vez no habría tiempo para todos. Me ganaron la pereza, la premura de los tiempos y la sorpresa del imprevisto. Me prometí volver a escucharle pronto. Robé una foto que evitaba a la admiradora que podía haber sido yo y volví a retomar el rumbo de las casetas que estaban a punto de echar el cierre.

Atravesé la Feria como una loca sin plano, como “el loco de la calle” de aquella canción, jugando con el mal azar de quien dispuso una numeración caótica partida en cuatro hileras. Demasiados planos paralelos para una cabeza de letras al límite de las fuerzas y de la propia paciencia. No pude encontrar todo lo que buscaba. No tuve tiempo del paseo relajado de otras ediciones, cuando el calor cedía y el sol permitía el respiro de las casetas caídas en desgracia, en el extremo achicharrado.

Aunque un día después de publicar el artículo inicial, voy leyendo noticias que me hacen ver las cosas de otra manera, y retocar el texto con este nuevo párrafo. Quizás mi errático paseo no se debió al despiste y al cansancio, sino a que la Feria, este año, ha maltratado a las pequeñas editoriales que suelen ser mi objetivo, y así lo han hecho constar en una carta abierta que reclama explicaciones y dimisiones. Estaban mal situadas, aunque les cobraron lo mismo y les supone un esfuerzo mayor asumir todos los extras de quince días de Feria; han sido arrinconadas aunque, desde mi punto de vista que es el de muchos, estas pequeñas firmas son las que hacen que la Feria del Libro de Madrid merezca la pena, porque muchos lectores amamos su fondo editorial y la Feria es el mejor escaparate para que un libro nos lleve a otro, y para ojear títulos que en su momento no vimos, pero que una vez cerca de los dedos, no se nos vuelven a escapar.

Este año no tuve tiempo de procesar todos los recuerdos que mueve cada Feria del Libro, porque esta vez era tan distinta que no se producía esa llamada inconsciente de la memoria. Pero los recuerdos siguen ahí. Vinieron en tropel el día de la inauguración, cuando ante las imágenes por televisión pude evocar aquellas ferias normales, cuando la primavera y el verano se aliaban; cuando trabajaba muy cerca y El Retiro era un paseo habitual, donde me paraba un día sí y otro también, y vagaba entre casetas, mecida por el runrún del anuncio de las firmas; cuando recorría la Feria de niña, soñándome como autora al otro lado de los mostradores. Al ver la fotografía del mosaico que formaban todas las portadas en la caseta de Bartleby, también caí en la cuenta de que mi libro, De paso por los días, había cumplido cinco años, en la última primavera, cuando yo cumplí cincuenta. Abril y mayo fueron meses en los que no nos pudimos reunir para celebrar nada, y si lo hicimos fue con celebraciones íntimas y pequeñas que abrigaban un corazón castigado sin abrazos ni demasiadas alegrías.

Este tiempo pandémico y raro nos ha movido y removido tanto, que seguimos descolocados. Pero la Feria ha vuelto y aquel libro, con sus cinco años cumplidos, se ha asomado nuevamente al Paseo de Coches del Retiro, consciente de que la poesía no caduca nunca. También he recordado que muchos de los poemas del libro se escribieron en ese maravilloso parque de Madrid. Aquellos paseos habituales eran un bálsamo, en los que, contra la rutina y la barbarie diaria, yo buscaba la paz en el rumor del arbolado; escudriñando los colores y los movimientos de las hojas que daban paso a una estación tras otra; espiando la presencia de aves e insectos que buscaban agua, sombra o resguardo; topándome con otras miradas igual de melancólicas, felices o heridas que la mía.

Cuando acabé la primera versión del libro, estructurado en las cuatro estaciones, éste comenzaba por la primavera, manteniendo el orden de la escritura original. Pero luego, en las sucesivas correcciones, fui pensando que la primavera era más obvia, más habitualmente lírica y cambié el orden del libro, que empezó por el otoño.

Ahora, ante este nuevo otoño, que tiene mucho de reinicio; que, en lo personal, está siendo un tiempo de reencuentro y abrigo para conmigo misma, quiero recuperar alguno de esos poemas. Para celebrar el quinto aniversario de aquel libro que fue camino y sueño, para recuperar las fuerzas ante el futuro, para trazar un presente más transitable y consciente. Ojalá.

Porque la poesía siempre es refugio. Porque he cometido la torpeza de olvidarme de lo importante. Porque cada septiembre es un principio y soy afortunada, os dejo este “Paisaje” que se escribió hace muchos, muchísimos años; y aún me habla del valor de los sueños que se intentan. Y de no desfallecer.

PAISAJE

Sorprende a los ojos

viajeros del trópico

la caducidad de castaños

y plátanos dormidos,

asumir el rojizo

de la vida que se extingue.

En el recuerdo

se borran las palmeras,

las sombrillas de pobre.

El árbol caduco

es rescoldo de fuego,

remoto vuelo naranja

del ave del paraíso.

(De paso por los días, Bartleby, 2016)

Celebrar la primavera y la poesía a pesar del coronavirus

Miro el calendario y me recuerda que hoy es 21 de marzo. Estos días de desconcierto tengo que recurrir más de lo habitual a esa cuadricula organizada. El confinamiento forzoso al que nos ha obligado la lucha contra el Covid-19 ha triturado nuestra rutina. Los lunes tienen la misma dimensión del jueves o del resto de días laborables. ¿Qué día es hoy?

Se mantienen y, en mi caso, se amplían las horas de trabajo, convertidas en tiempo a destajo sin café compartido ni charla banal frente al microondas de la oficina. Sin embargo, ha desaparecido todo lo demás: la rutina de caminar, los abrazos de las personas queridas, poder tocar y ver a otros, aplazar ir a algún sitio por cansancio, acudir a mis queridos cines de la calle Martín de los Heros, compartir una caña con el bullicio del bar de fondo, tocar nuevos títulos en las librería que son segunda casa…

Hoy que es sábado podía haber dormido algo más, pero a las 7 de la mañana he abierto los ojos que también se han debido despistar con tantos días de encierro. El calendario me pide que celebre la poesía, ya que ayer pasé de largo ante el inicio de la primavera. Os confieso que estoy abatida y que me cuesta. Que me he puesto a escribir estas líneas como quien afronta un desafío con el que conjurar las lágrimas, la incertidumbre de este tiempo difícil y dolorosamente prorrogable.

Madrid ha amanecido muy gris. Por mis ventanas, que se han hecho cuerpo para acompañar este tiempo de contacto humano restringido, cuesta también encontrar la alegría. El silencio sigue marcando el tono de las calles y quienes pasean a sus perros o hacen cola en la puerta de la farmacia o caminan con las bolsas de la compra, llevan el peso de la lluvia como una carga adicional. Nos hace mucha falta la lluvia, pero hoy da la impresión de que Madrid llora con nosotros. No es la primera vez. Recuerdo aquella manifestación tremenda después de los atentados del 11-M. Acabamos calados hasta los huesos, por dentro y por fuera, manojos de llanto y lluvia.

Igual que entonces, tarde o temprano, esta ciudad que me vio nacer, que amo tanto y a veces odio, renacerá de nuevo, junto a la mayoría de nosotros, con el recuerdo de las pérdidas que conoceremos más o menos cercanas. En medio de este silencio que solo rompen los pájaros también ponemos el miedo en cuarentena. Nos quedamos en casa porque es nuestro deber y porque la calle es un lugar inhóspito donde deambulan seres con mascarilla y ojos asustados que hacen de espejo.

Quería escribir algo más alegre pero no me sale. Quizás porque es el Día de la Poesía y hoy, más que nunca, ella tiene todo el derecho a dictarme las palabras. La poesía es así: sale sola o no sale, te obliga, se impone. Si es de verdad, no se deja llevar por la alegría que no tienes. Pero como es compasiva y siempre fue consuelo, también permite versos abiertos a la esperanza, tan necesaria.

Como os decía, hoy no surgen versos nuevos con los que pueda alentaros, pero puedo volver a mi libro De paso por los días, y buscar un poema de su primavera, donde aleteen los impulsos de la savia que se abre camino incluso en esta horas castigadas. Confío en que tendremos oportunidad de volver a celebrar la caricia y el beso, de compartir poesía en lecturas con público cómplice, de disfrutar la vitalidad de nuestras calles. ¡Salud y poesía, más que nunca!

SORPRESA

La ciudad se sacudió

el frío y la lluvia.

Desterró el gris.

Palabras y brazos

tomaron las acercas.

La ciudad despertó.

De paso por los días. (Bartleby Editores, 2016)

La navidad de cada quien. Celebra la tuya

Rituales

Tras el cristal,

almendras como rocas.

Tras el cristal,

guijarros dulces

para las felices fiestas.

Tras el cristal,

heridas abiertas

en la mirada del hambre.

Tras el cristal,

almíbar entre adornos,

ajonjolí y canela.

Tras el cristal,

promesas

del mejor mañana

roto a mordiscos,

al alba

del año nuevo.

Antecedentes e inspiración

Este poema, que se encuentra en mi libro De paso por los días (Bartleby, 2016), ofrece el ritual correspondiente a la parte dedicada al invierno.

He dudado mucho si subirlo hoy al blog, porque estoy leyendo muchas felicitaciones de navidad, muchos buenos deseos y no quería ser aguafiestas.

Finalmente, he decido publicarlo porque me apetece dar continuidad a la serie de los poemas titulados ‘Rituales’, de la que ya pudisteis leer la versión correspondiente al otoño, y también porque tampoco voy a ser la primera en señalar que estas fechas tienen una tremenda carga de ambivalencia. Gustan y duelen por igual, generan niveles máximos de filias y fobias. Con toda la energía de las luces festivas y los villancicos, nos ofrecen el contraste brutal de la pobreza que nos rodea, que tal vez se hace más evidente o nos golpea más entre los escaparates deslumbrantes y las bolsas que sabemos reconocer cargadas con lo innecesario.

Es cierto que nunca llueve a gusto de todos, pero en cualquier otra fecha uno puede sentirse afortunado o triste sin sentirse interpelado por una marea general que casi obliga a compartir con otros, a sonreír y a brindar. A medida que la navidad se ha hecho más consumo frente a su carga de celebración familiar y rito religioso, los mensajes de falsa alegría disfrazados de espumillón ficticio lo inundan todo y es difícil discrepar o resistirse. Por eso, paseando por la calle el otro día, me detuve a hacer la foto que ilustra estas líneas, porque el espejo roto reflejando un adorno luminoso me pareció una metáfora, una síntesis perfecta de estas fechas.

No obstante, ante el panorama impuesto de felicidad, lo ideal sería que cada uno encontrase el punto de equilibrio personal para disfrutar de estas fechas. Sin olvidar que el mundo sigue hecho un desastre, sin renunciar a que deberíamos contribuir a mejorarlo, sin provocar disgustos ni avivar conflictos familiares, sin contribuir al derroche energético o de materiales, sin darle prioridad a lo superfluo o a lo que nos hace daño. Ser capaces de disfrutar desde lo pequeño y lo íntimo, desde ese espacio que nos permite estar en paz con nosotros mismos y con lo que nos rodea. 

Poemas para cerrar octubre (2)

RUTINA

Una
tras otra
nacen
con el peso oscuro
de antiguas derrotas

las mañanas de octubre.

(De paso por los días, Bartleby, 2016)

Antecedentes

La semana pasada, en sus Lecturas poético-pictóricas, mi querido Francisco Javier Solé Ribas seleccionó el poema que he publicado sobre estas líneas.

Me sorprendió reconocer que podía haberlo escrito ese mismo día, que podría escribirlo hoy mismo a pesar del tiempo transcurrido desde la aparición de ese libro o aún más si pienso en su momento de escritura. Octubre, con sus tardes cortas y sus hojas mortecinas por las aceras, tiene algo de derrota o, al menos, este año ha vuelto a tener esa impronta.

Tal vez sea mero contraste, porque septiembre es tiempo de esperanza. Para muchos, el año comienza con el inicio del curso escolar. Tras las vacaciones estivales, los propósitos, como los libros recién comprados, resultan nuevos. Según avanzan las hojas del calendario podemos saber cómo llevamos la cuenta de proyectos en curso o alcanzados.

Octubre dejó derrotas, claro, pero también vio nacer este blog, de forma absolutamente azarosa. Así que, a pesar del poema o mejor dicho por él, yo quiero brindar por el otoño. Porque a veces su melancolía es creadora y puede empujarnos en la buena dirección.

Poemas para cerrar octubre (1)

Efecto invernadero

Hemisferio norte. Final de octubre. 

El mercurio se detiene a veinte grados 
y el olor a buñuelos de viento. 

Entre paños de lana y alpaca, 
los maniquíes sudan, se desmayan
con miradas repletas de preguntas. 

Los científicos explican 
movimientos ascendentes
de moléculas en los gases. 

Los sentidos constatan 
las ruinas de este tiempo.

Antecedentes

Con este poema abría mi contribución poética en el libro colectivo titulado La Escombrera, que Legados Ediciones publicó en 2011.

Lo leí en varias presentaciones y puede leerse hoy, cuando seguimos atónitos ante los ciclos alterados de la naturaleza. Parece que tienden a repetirse, formulándonos preguntas que incomodan…

Este octubre que acabará pronto está siendo sorprendentemente cálido y por días, ha resultado desconcertante y frío como la noticia de la muerte inesperada. 

Por cierto, la fotografía es mía y el marco lo puso Calber para una lectura que hicimos en La Casa Encendida. Han pasado muchos años desde entonces, y aquí seguimos, entre abanico y constipado, dando sentido al otoño, que resulta ser una estación que me inspira.

Espero que os guste el poema, y no será el último antes de cerrar el mes.

A la feria

Vuelve a Madrid una de las Ferias más bonitas del mundo… y yo tengo la suerte de poder volver al otro lado del mostrador, en la soleada caseta de Bartleby Editores.

No temáis al calor ni al fuego del ángel caído, que no estará muy lejos. Por mi parte, firmo el mismo libro de hace tres años, cuyo influjo y presencia sigo celebrando. 

Tal vez estoy a punto de ser una autora de esas que se quedan ahí, suspendida de un primer libro quizás prometedor; medio maldita en el río de la vida que quita tiempo a la poesía toda. 

Es posible que sea vuestra última oportunidad y si no, tal vez se os ocurra el nombre de alguien a quien pueda gustarle. La tercera opción, la más segura, apunta a que en la caseta 266 habrá novedades interesantes y muchas sonrisas para quienes vengáis a vernos. ¡El 5 de junio os espero/esperamos!

Los recuerdos

Estas breves líneas son para traer al presente un recuerdo de hace tres años. Cuando las primeras cajas del libro ‘De paso por los días’ llegaron para el acto público de presentación.

Desde entonces, ha habido dos mudanzas. Ya no son las mismas las paredes de mi casa ni de la oficina, pero la poesía sigue siendo mi espacio. Y hoy ha sido por varios motivos un día de recuerdo y nuevos sueños.

La poesía es mi casa junto a la gente que me quiere y me cuida, junto a la que se fue tal día como hoy y sigue en el corazón.

Adiós a Paca Aguirre

La primera vez que hablé con Francisca Aguirre fue en 2011, en los jardines de la Residencia de Estudiantes, mientras ambas hacíamos tiempo para una lectura de Ledo Ivo. Su hija nos presentó y nos dejó conversando como si fuéramos cómplices aunque nos acabábamos de conocer. 

Gracias a ese momento de confidencias en solitario pude vencer mis miedos y decirla que la admiraba y era un ejemplo para mí. Su etiqueta como poeta «tardía», (había publicado su primer libro con 42 años), me hacía albergar esperanzas. En aquel momento yo andaba a vueltas con un libro, confiando acabarlo pronto en una especie de sortilegio mágico en el que ella era inspiración y guía. Recuerdo que me dijo que no tuviera prisa. Que a ella le había dado tiempo a todo. 

Desde ayer, cuando el telediario me dejó estremecida con la noticia de su muerte, he rememorado aquella conversación y los encuentros que vinieron después: los literarios y los informales en los que además de la poeta pude descubrir a una mujer valiente y generosa, testigo y memoria, lucidez y calor.

Agradezco al tiempo que los 88 años vividos la hayan permitido disfrutar de merecidos homenajes y reconocimientos en los que siempre se mostraba feliz como la niña feliz que no pudo ser. Esa mirada emocionada y emocionante tan llena de brillo y matices se ha apagado, pero nos quedan algunos recuerdos memorables y toda su obra para mantenerla cerca.

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