La huella de un maestro

El pasado 8 de octubre, forcé el don de la ubicuidad, porque además de acompañar a Marga Mayordomo con su Meridiano de Greenwich, quería estar en la presentación del libro de memorias de Agustín García Matilla, uno de mis mejores profesores en aquella infausta Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, entre los años 1990/95.

Llegué tarde, pero llegué a tiempo; y me alegró el llenazo de la sala, en el Ateneo de Madrid. Aunque me había perdido las primeras palabras, era fácil retomar el hilo y el sentido de aquel encuentro en torno a un libro titulado: Recuerdo del tiempo vivido. ¿Para qué mi vida? Ikigai.

A pesar de los más de treinta años transcurridos, la voz de Agustín sonaba igual que en aquellas clases suyas tan estimulantes, donde era posible soñar con un periodismo y una televisión que sirvieran de motor para la transformación social; enseñanzas que daban sentido a una vocación que, personalmente, he perdido, mientras Agustín García Matilla se aferra aún a una lúcida esperanza. No en vano, la expresión japonesa que responde al título de sus memorias, apunta a la motivación que nos impulsa a actuar y a vivir. El Ikigai permite mirar hacia el futuro con esperanza cuando estamos haciendo lo que creemos que venimos a hacer al mundo. Se vincula a la autorrealización y es algo intrínseco y espontáneo, que hace que nuestros actos nos causen satisfacción por sí mismos. Este sentido vital se relaciona también con el ámbito laboral y cómo interaccionan nuestros intereses con lo que nos rodea.

Sólo desde esa visión es posible haber sido un gran profesor durante más de cuatro décadas. En estos tiempos de docentes exhaustos y desencantados, la respuesta de García Matilla sigue siendo la que experimenté en sus clases. “Mantener la ilusión. Sentir compasión hacia uno mismo y hacia los demás y admirar a mis estudiantes. Unos ojos iluminados en el aula compensaban a quienes me lo ponían difícil, a los que también tengo que agradecer que me obligaran a esforzarme más”.

Soy consciente de que mis ojos brillaron en la mayoría de sus clases y que aquella asignatura de nombre tan imposible como ampuloso para una facultad sin recursos, “Teoría y Práctica de la Comunicación Audiovisual”, me permitió aprender sobre la televisión; amar, aún más, el cine y descubrir la magia de la fotografía.

A lo largo de la presentación, con el realizador y guionista Manuel Valdivia Santiago y la dramaturga Paloma Pedrero Díaz-Caneja como cómplices imprescindibles, se proyectaron algunas de las fotografías incluidas en el libro, dando cuenta de algunas personas y momentos que han marcado su biografía, tanto en el ámbito familiar como profesional. Así, se recordó con emoción la trayectoria profesional y el carácter de su padre, Eduardo García Maroto, uno de los pioneros del cine español; y se refirió a su hermano, el dramaturgo Luis García Matilla, como su faro, y también, como la persona que le enganchó al teatro en su juventud, lo que dio paso a varias anécdotas de aquellas primeras experiencias como “teatrero”, una palabra mágica para quienes alguna vez, aunque haya sido de forma amateur, nos hemos subido a un escenario y hemos probado su veneno. Seguramente, en aquellas lides se afianzaron las cualidades de “liderazgo de un tímido”, como él mismo lo definió, explicando esa necesidad de “tirarte a la piscina porque crees en tus ideas, y quieres defenderlas”.

La conversación resultó una fiesta para las casi cien personas vinculadas a Agustín García Matilla que, con nuestra presencia, le ofrecíamos el homenaje y el aplauso que, seguramente, le debíamos desde hace mucho. Con un alarde impresionante de memoria, iba enlazando no solo sus recuerdos sino identificando los nombres y apellidos de compañeros de trabajo, amigos y antiguos alumnos, fruto de un largo periplo formativo, profesional y académico. Desde sus estudios en el Instituto de Radio y Televisión, cuando soñaba con ser director de cine, y empezó a investigar sobre el consumo de la televisión, la manipulación de los mensajes y el potencial educativo de los medios audiovisuales…

Lector y entusiasta incansable, un proyecto le llevó a otro, de forma constante e ilusionada, rodeado de equipos que él ha sabido engrasar con generosidad y amplitud de miras, confiando en la potencia del talento colectivo, de colegas y aprendizajes que llegaban desde América Latina con la impronta de Paulo Freire, entre otros. Así, con veintiséis años, se convirtió en el director técnico de la UNED, aplicando medios audioviduales a una educación a distancia que se limitaba al envío de temarios por correspondencia. Después, vendrían más de cuarenta años de docencia y diversas responsabilidades en las Universidades Complutense, Carlos III y el Campus de Segovia de la Universidad de Valladolid, donde ha sido decano, vicerrector y responsable de un proyecto que le ha hecho enormemente feliz, el Máster de Comunicación con Fines Sociales: Estrategias y Campañas. Una carrera que le ha convertido en uno de los mayores expertos en comunicación para la educación.

Tampoco faltó, en el repaso a su trayectoria profesional, su etapa al frente de los programas de servicio publico de TeleMadrid, en la época más bonita de una recién nacida televisión local. Aunque recordó la extrañeza que le generó el nombre, “¿por qué programas de servicio público cuando toda la programación debía ser servicio público de forma transversal?”. Agustín García Matilla y un amplio equipo de profesionales lograron hacer una televisión distinta, con un profundo sentido social, que fue reconocida por los premios de la UNESCO y, tristemente olvidada por los modelos televisivos (y repulsivos), que han venido después.

Como ciudadanos, tenemos que lamentar que esa televisión no haya sido posible y que tampoco llegase a buen puerto su candidatura y proyecto para el Consejo de RTVE hace pocos años. Creo que tendríamos un país distinto y mejor porque, a pesar de mis decepciones profesionales, sigo creyendo en que una comunicación al servicio de la educación puede transformar la sociedad para bien. Y porque coincido plenamente con las palabras de Agustín: “se puede hacer una televisión útil a la educación y a la cultura con los propios profesionales que hay en las televisiones; frente al modelo que privilegia la productora, que busca la rentabilidad, y los intereses políticos, centrados en su rédito electoral”. “Es muy triste que, desde los medios, se haya fomentado la hostilidad en lugar de promover una ciudadanía critica y consciente”, concluyó al respecto.

Casi acabando, entre las intervenciones del público, compañeros y amigos le tiraron varios cables para que se sumase a proyectos diversos… pero Agustín no quiso perder los pies de la realidad, de la urgencia de este tiempo: “la tarea primordial es recuperar la atención y enseñar a vivir y a ser buenos ciudadanos, al margen de los intereses de empresas y políticos hooligans”.

La tarde se cerró con generosidad, recordando que el libro cita a 2.500 personas, lo que demuestra que Agustín ha sido un gran impulsor de grupos de afines y equipos de trabajo, defensor de la cooperación y de la gente modesta que genera transformaciones sociales. La misma mirada con la que siempre ha entendido la educación, “el profesor es el que da oportunidades a los demás”. Eso es lo que ha hecho en su día a día, “aunque fuera poniendo mi primera Nikon en manos de mis estudiantes de Lenguaje Audiovisual”. Una foto de aquellos momentos se proyectó en la sala y recordé aquella mañana de sábado, cuando los alumnos de su asignatura íbamos por grupos a la Plaza Mayor de Madrid, para disparar con una cámara que nunca habíamos manejado. Allí descubrimos la ayuda del fotómetro, el hallazgo del enfoque y el punto de fuga, el juego de la arquitectura y los charcos, la belleza de la luz. Hicimos fotos en blanco y negro y nos sentimos distintos.

Más que la presentación de libro, el acto fue una fiesta de la amistad, un repaso a una vida enfocada al bien común. Mientras se publican biografías falsas, edulcoradas o insulsas, Agustín ha autoeditado sus memorias para hacer balance y asamblea, donando lo que se obtenga de las ventas a la Fundación EMALAIKAT, para sus proyectos en Etiopía.

Cuánto me alegra haberle tenido como profesor y dedicarle estas líneas de gratitud y homenaje. Quizás también responden a mi propio Ikigai, esa razón de ser que no debemos olvidar. Gracias, maestro, por la penúltima lección.

Ucrania: nueve meses de guerra

Recuerdo perfectamente el día que comenzó la invasión rusa de Ucrania. En la madrugada del 24 de febrero de 2022, Vladimir Putin anunció el inicio de los bombardeos en un discurso televisado. Nocturnidad y alevosía para un escenario que, durante las semanas previas de encuentros diplomáticos y noticias confusas, jamás imaginé que llegaría a ocurrir. Y sin embargo, estaba pasando.

Cuando encendí la radio aquella mañana, la rutina informativa también había saltado por los aires. El horror de un ataque a gran escala con bombardeos sobre ciudades como Kiev, Járkov u Odesa había cambiado el anodino guion habitual: la retahíla cansina de la agenda mediática, la información meteorológica, el estado de las carreteras en hora punta y los consabidos argumentos de los contertulios habituales.

Volví a preguntarme por mi adormecido olfato periodístico. Si alguna vez lo tuve, no era el mejor día para pensar que seguía ahí. Durante semanas vi a Putin como un fanfarrón insensato jugando de farol, un ególatra encantado de ser el centro de todas las miradas. Dimos más importancia a la medida de la mesa de sus encuentros internacionales que a lo que estaba gestándose en su cabeza. La falta de buenos análisis y lecturas, junto a la necesidad de refugio, me habían llevado a creer que no habría guerra. Me había equivocado.

La jornada entera fue triste. Las noticias convertían las horas en una derrota colectiva, una más. Se me despertaron los recuerdos de otras imágenes… La guerra de la antigua Yugoslavia y el genocidio de Ruanda; las víctimas de Chechenia, Colombia, Palestina… Algunos de esos conflictos los seguí de cerca en el verano de 1995, como redactora en prácticas del Canal Internacional de Televisión Española (TVE).

Imaginé la efervescencia de las redacciones, las pantallas encendidas con la señal de televisiones de todo el mundo, los sucesivos envíos de agencia y los preparativos apresurados para el viaje de los primeros enviados especiales. Pero me sentía muy lejos de todo aquello. Incluso me indignaba cierto sabor a adrenalina, una extraña euforia ante las narraciones envanecidas de quienes se creían protagonistas de la historia del siglo XXI, que estaba cambiando ante nuestros ojos. Nunca sintonicé con un periodismo espectáculo y sigo soñando con una misión de servicio público, concebida como herramienta para lograr una población mejor informada y más culta.

No fue un día fácil. Fracasaban la humanidad y su relato. Los intereses de diversa índole ocupaban el tablero de juego y comenzaban a extenderse como el aceite, igual que las mentiras. Las mejores intenciones se convertían en atropelladas iniciativas solidarias mientras los propios ciudadanos de Kiev derribaban los puentes de su ciudad. Aquella imagen sí era clave y comprensible, estaban dispuestos a luchar y eso implicaría una guerra larga. La población se dividía, entre la huida o prepararse para resistir. Los de siempre se frotaban las manos. También los de siempre enterraban los primeros muertos.

Aquella tarde me detuve mucho tiempo ante un parque infantil. Era jueves, pero el calendario escolar de Madrid lo había convertido en viernes de carnaval. El día siguiente no era lectivo y la jornada había sido especial, sobre todo, para los más pequeños. En los columpios, niños y niñas jugaban luciendo aún sus disfraces. Miré a quienes iban vestidos de superhéroes, hadas y otros seres mágicos; y no pude evitar pensar que necesitábamos héroes, heroínas y espíritus benefactores para salir de este tiempo sombrío. Frente a su bullicio y su alegría, imaginé los parques de las ciudades ucranianas, cargados de silencio y miedo. En los bancos cercanos, había mujeres embarazadas y parejas que acunaban el coche de un bebé mientras seguían con los ojos las idas y venidas de otro u otros críos; las charlas de algunos abuelos se mezclaban con las de algunas empleadas de hogar… la vida seguía a pesar de todo, y constituía un pequeño alegato a favor de la esperanza.

Entre tanto, mi cabeza viajaba a las escenas pequeñas que, a buen seguro, debían de seguir ocurriendo en las ciudades ucranianas. Me era fácil imaginar a alguna mujer que, en el baño de su casa, acabaría de enterarse de que estaba embarazada; alguna persona que habría recibido un mal diagnóstico en la cita médica posterior a unas pruebas; y alguna familia que estaría regresando del cementerio, tras enterrar a alguno de sus mayores tras una enfermedad de meses o semanas. Todas aquellas noticias íntimas se estaban sumando a la grandilocuencia de aquel 24 de febrero de 2022.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Y yo, muchas tardes, he regresado al mismo parque sobre la misma hora. En los días de lluvia y del calor intenso del verano, los columpios estuvieron vacíos y su imagen desolada me trasladó a las ciudades sin vida de la guerra. ¿Dónde están los superhéroes que podrían salvarnos de la debacle? He seguido pensando en aquellas personas que imaginé el primer día de bombardeos. Ahora que se cumplen nueve meses de invasión, estarán naciendo los bebés cuya gestación se ha producido durante la barbarie. Me pregunto cómo habrá sido escuchar su llanto tras el parto.

Con el tiempo, Ucrania se ha convertido en una guerra larga, como ocurrió en Siria, con muchos elementos en común. Salvo hitos significativos para el relato global (un salto cualitativo en el número de víctimas, en el objetivo alcanzado, en la atrocidad perpetrada o el cambio de bandera de algunas ciudades), ha dejado de abrir los informativos. Ahora Ucrania es una guerra más, como tantas, aunque más cercana en lo geográfico y con implicaciones económicas que tampoco se quisieron abordar desde el principio. Y mientras tanto, la población afectada ha intentado seguir con sus vidas. Sus duelos y su enfermedad, sus problemas laborales, su horizonte agrietado por decisiones ajenas.

Los columpios desiertos al caer la noche me interpelan. Recientemente, hemos alcanzado la cifra de población récord: somos ya 8.000 millones de personas. También en fechas recientes se ha celebrado una nueva cumbre climática cuyas conclusiones y acuerdos distan mucho de ser los ideales. Me pregunto qué mundo estamos dejando a quienes vienen detrás, a quienes rompen a llorar en su primer contacto con el aire que nos hemos acostumbrado a respirar.

Quizás todos, en los actos diarios, deberíamos pensar en algún niño, visualizarlo, y comprometernos con su inocencia y su futuro. Recuperar sus preguntas y sus respuestas. Abrazar sus tiempos y sus pausas. Simplificar el día a día, porque quizás la felicidad de todos pueda ser mucho más básica: alimento, afecto y abrigo.

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