La palabra escrita y el latido vital

En la librería Enclave de Libros, el lunes 14 de noviembre, fue la tarde de María Negroni, felizmente acompañada por Esther Peñas y Juan Carlos Mestre. Un par de horas magistrales sobre la escritura de poesía: el vértigo lingüístico, la palabra que detona, la falla entre significado y sentido, la indagación y el error. Llené el móvil de notas. Mientras los dedos tecleaban, la cabeza celebraba la fiesta de una poesía que se abría con la experiencia amplia de los tres implicados. Entre las muchas frases anotadas, algunas de las que, creo, dijo María Negroni: «El poema como una miniatura del mundo. Lo único que interesa es lo que no sabemos. La poesía es ese espacio donde el lenguaje nos lleva en una ceguera trabajada y trabajosa en una serie de preguntas sin respuestas. Preguntas básicas sobre la existencia, la muerte, el mundo… En la poesía, se produce una tensión máxima del lenguaje que no sé da en ningún otro género. La poesía tiene que ver con los sobresaltos, los alumbramientos y la intensidad emocional que se da en todo texto literario”.

Juan Carlos Mestre, María Negroni y Esther Peñas.

El jueves, 17 de noviembre, en la sala Ámbito Cultural, en el marco del Festival Eñe, tuve la fortuna de escuchar a Alejandro Zambra, quien conversó con Gonzalo Escarpa sobre sus libros y su escritura. Fue un encuentro chispeante en el que descubrí que Zambra no sólo es el gran escritor que me fascina, sino también un hombre lleno de inteligencia y sentido del humor, honesto, llano, buen conversador. De la poesía dijo: “La poesía está muy ligada a lo oral y a la música, por eso me enganchó, pero se enseña muy mal. Sólo se disfruta con placer si uno se topa con ella. Y un poema se lee mil veces, igual que un disco, por puro disfrute, al margen de que se entienda o no”. Sin prisa por irse, Alejandro Zambra, que comenzó como poeta y ahora es un conocido novelista al que le gusta mezclar géneros y romper los códigos establecidos, compartió generosamente los secretos de su quehacer literario y ofreció algunas claves para quienes imparten talleres literarios y quienes se acercan a ellos con el ánimo de aprender a escribir. Personalmente, después de tantos y tantos años como alumna en esos espacios mágicos para la creación literaria, entendí algunas cosas que me han ocurrido o han ocurrido a otros. “Se escribe desde la duda, siempre. Y los talleres quieren resolver las dudas. Los profes son heroicos. Asumen muchos riesgos. Pero hay muy malos talleres de escritura: aquellos en los que o bien los profesores elogian todo o bien aquellos que le dicen a alguien que no tiene talento. Personalmente, creo más en los procesos”. Y más allá de esos procesos, unas palabras de ánimo que resonaban con todo el peso de la verdad y la historia: “Todo lo que hoy es buena literatura en su momento fue raro. Por eso es tan difícil enseñar a escribir. No se trata de buscar lo que nadie ha hecho. La página no está en blanco, está en negro. Todo está escrito. La clave es borrar y quedarse con lo que uno quiere”. Al final, me acerqué a que me firmara Formas de volver a casa, y pude agradecerle personalmente que ese libro me devolviera, en un momento clave, la pasión por la lectura y la escritura de narrativa. Ojalá que se pueda ver su charla, titulada Poeta chileno, jugando con el título de su último libro, en el canal audiovisual del Eñe, porque fue verdadera medicina para los días de bloqueo ante la escritura.

Gonzalo Escarpa conversa con Alejandro Zambra.

Y el fin de semana me recompensó con una escapada gozosa a Alpedrete y Cercedilla. El otoño me regaló un paisaje que disfruté poco tiempo, pero que vibraba con toda la belleza de esta estación. En las inmediaciones del Centro de Visitantes Valle de la Fuenfría tuve una hora mágica, para detenerme en las hojas de los robles y los helechos, los pinos y el musgo, el rastro del frío y las primeras setas.

Tras ese paseo sanador, aprendí mucho en un coloquio sobre la Sierra de Guadarrama, organizado dentro del Festival Bellota Art, promovido por La Dársena. Presentado por Alberto Cubero, el acto se convirtió en un refugio de belleza y sirvió para conocer la magnífica obra del fotógrafo Javier Sánchez, así como sus trabajos en colaboración con Julio Vías, escritor; y la sensibilidad del ilustrador Bernardo Lara. Los libros de los tres fueron también un homenaje a Miguel Tébar, editor de todos ellos al frente de ediciones La Librería, que falleció hace pocas fechas en un accidente de montaña. Sus explicaciones, las fotografías y las ilustraciones compartidas a lo largo de una mañana salpicada por los primeros copos de aguanieve nos recordaron la necesidad de mirar y respetar a esa sierra maravillosa que desde Madrid es horizonte, y el deber colectivo de preservar sus usos, su memoria y su paisaje. Cuánta sabiduría y sensibilidad en sus obras, cuánto oficio, cuánto tiempo dedicado a captar ese mundo que, entre las prisas y el absurdo de hacernos malos adultos, olvidamos disfrutar a pesar de que, paradójicamente, está tan al alcance. Un árbol, una sombra en la montaña, un pájaro, una nube, un atardecer… No lo puedo decir mejor que como lo expresó Bernardo Lara: “En el arte de mirar está todo. La naturaleza ya nos está mirando. Nosotros tenemos simplemente que mirarla, sin más propósito que ese, como los niños”.

Julio Llamazares conversa con José Manuel Navia, con una foto de éste, de fondo.

Y esas palabras resonaron mientras la ventanilla del coche, que nos devolvía a Madrid, iba dejando atrás montañas y nubes vestidas de fiesta. Mi gato Fénix celebró el regreso. Dio saltos y carreritas de bienvenida y no llegó a entender del todo porque las luces volvían a apagarse en casa. Pero como cierre, y a pesar del cansancio acumulado, quería llegar al Círculo de Bellas Artes, a escuchar el diálogo titulado Huellas sobre la tierra, entre Julio Llamazares y José Manuel Navia, que, curiosamente, sirvió de feliz continuación a la charla serrana. Fue un verdadero placer que nos dejaran colarnos en la conversación cómplice de dos amigos, que han compartido proyectos, reportajes, libros y viajes, y que han reflejado desde la escritura y la fotografía muchos de los paisajes y las experiencias vitales que, desde hace décadas, relatan la larga crónica de la memoria y la nostalgia. Aunque casi todo el mundo sepa escribir y haga la lista de la compra; aunque casi todo el mundo vaya con una cámara de fotos incorporada en su teléfono móvil; ambos defendieron la misión que, como escritor y fotógrafo, respectivamente, ellos han elegido: la de ofrecer su testimonio contra el tiempo y contra la muerte. Como ambos explicaron, ahora se habla mucho de la España vacía o vaciada, y demasiados periodistas les han aburrido a preguntas sobre las causas, a pesar de que ellos, como reconocieron ayer, no pueden dar respuestas que corresponden a sociólogos, demógrafos o economistas… Julio Llamazares dio la clave: La lluvia amarilla (que se publicó y leí con devoción en 1988), ya nos ponía frente a un momento y un personaje, a su morir solo que, lamentablemente, es hoy un fenómeno tan rural como urbano.

Sin duda, después de mucho tiempo de interiores y desgana, esta semana ha sido un tiempo de celebrar la vida y la escritura que, en mi caso, van tan unidas. Espero no perder el hilo de las palabras de tanto maestro ni el empuje de estas horas y su paisaje.

Recibir el otoño entre libros y un poema

Comenzó y acabó la Feria del Libro y se despidió el verano, dando paso al otoño. De nuevo, el calendario parece ir al revés, acostumbrados como estábamos a una feria primaveral que regalaba tormentas junto a los primeros días de un calor insoportable y agorero. En esta última edición, cuando todo sigue teniendo un punto de extrañeza, se mantuvieron las tormentas mientras todo lo demás se me hizo raro. Así viví el acelerado paseo que pude dar (apenas una hora y media de una tarde, ¡ay!), por la Feria; en un viaje entre casetas fuera de lugar, fruto de una disposición endiablada, mientras la noche se echaba encima con el relente amenazando el primer resfriado y la sensación de que también esta cita se volvía a la vez deseada y hostil, un nuevo fruto de este destiempo permanente.

Pero, al menos, fui. Voy a quedarme con lo bueno. Al menos, volví a ver libros y casetas y caras conocidas y queridas. Al menos, me llevé alguna firma deseada y alguna sobrevenida. De rebote, me topé con mi admiradísimo Manolo García, del que soy una fan devota desde la adolescencia, como prueban las cintas de casete de Los Rápidos y Los Burros, la colección completa de El último de la Fila y sus trabajos posteriores en solitario, que guardo como tesoros. No me detuve en la larga fila de admiradores que aguardaban turno. La mayoría era de mi quinta y le contaba la misma batallita que yo le hubiera ofrecido: las canciones vividas sobre la piel, los conciertos que pude presenciar y los que lloré sin entrada, las veces que le escuché en directo dando saltos entusiasmados y coreando hasta la afonía. Los guardias de seguridad ya estaban avisando de que tal vez no habría tiempo para todos. Me ganaron la pereza, la premura de los tiempos y la sorpresa del imprevisto. Me prometí volver a escucharle pronto. Robé una foto que evitaba a la admiradora que podía haber sido yo y volví a retomar el rumbo de las casetas que estaban a punto de echar el cierre.

Atravesé la Feria como una loca sin plano, como “el loco de la calle” de aquella canción, jugando con el mal azar de quien dispuso una numeración caótica partida en cuatro hileras. Demasiados planos paralelos para una cabeza de letras al límite de las fuerzas y de la propia paciencia. No pude encontrar todo lo que buscaba. No tuve tiempo del paseo relajado de otras ediciones, cuando el calor cedía y el sol permitía el respiro de las casetas caídas en desgracia, en el extremo achicharrado.

Aunque un día después de publicar el artículo inicial, voy leyendo noticias que me hacen ver las cosas de otra manera, y retocar el texto con este nuevo párrafo. Quizás mi errático paseo no se debió al despiste y al cansancio, sino a que la Feria, este año, ha maltratado a las pequeñas editoriales que suelen ser mi objetivo, y así lo han hecho constar en una carta abierta que reclama explicaciones y dimisiones. Estaban mal situadas, aunque les cobraron lo mismo y les supone un esfuerzo mayor asumir todos los extras de quince días de Feria; han sido arrinconadas aunque, desde mi punto de vista que es el de muchos, estas pequeñas firmas son las que hacen que la Feria del Libro de Madrid merezca la pena, porque muchos lectores amamos su fondo editorial y la Feria es el mejor escaparate para que un libro nos lleve a otro, y para ojear títulos que en su momento no vimos, pero que una vez cerca de los dedos, no se nos vuelven a escapar.

Este año no tuve tiempo de procesar todos los recuerdos que mueve cada Feria del Libro, porque esta vez era tan distinta que no se producía esa llamada inconsciente de la memoria. Pero los recuerdos siguen ahí. Vinieron en tropel el día de la inauguración, cuando ante las imágenes por televisión pude evocar aquellas ferias normales, cuando la primavera y el verano se aliaban; cuando trabajaba muy cerca y El Retiro era un paseo habitual, donde me paraba un día sí y otro también, y vagaba entre casetas, mecida por el runrún del anuncio de las firmas; cuando recorría la Feria de niña, soñándome como autora al otro lado de los mostradores. Al ver la fotografía del mosaico que formaban todas las portadas en la caseta de Bartleby, también caí en la cuenta de que mi libro, De paso por los días, había cumplido cinco años, en la última primavera, cuando yo cumplí cincuenta. Abril y mayo fueron meses en los que no nos pudimos reunir para celebrar nada, y si lo hicimos fue con celebraciones íntimas y pequeñas que abrigaban un corazón castigado sin abrazos ni demasiadas alegrías.

Este tiempo pandémico y raro nos ha movido y removido tanto, que seguimos descolocados. Pero la Feria ha vuelto y aquel libro, con sus cinco años cumplidos, se ha asomado nuevamente al Paseo de Coches del Retiro, consciente de que la poesía no caduca nunca. También he recordado que muchos de los poemas del libro se escribieron en ese maravilloso parque de Madrid. Aquellos paseos habituales eran un bálsamo, en los que, contra la rutina y la barbarie diaria, yo buscaba la paz en el rumor del arbolado; escudriñando los colores y los movimientos de las hojas que daban paso a una estación tras otra; espiando la presencia de aves e insectos que buscaban agua, sombra o resguardo; topándome con otras miradas igual de melancólicas, felices o heridas que la mía.

Cuando acabé la primera versión del libro, estructurado en las cuatro estaciones, éste comenzaba por la primavera, manteniendo el orden de la escritura original. Pero luego, en las sucesivas correcciones, fui pensando que la primavera era más obvia, más habitualmente lírica y cambié el orden del libro, que empezó por el otoño.

Ahora, ante este nuevo otoño, que tiene mucho de reinicio; que, en lo personal, está siendo un tiempo de reencuentro y abrigo para conmigo misma, quiero recuperar alguno de esos poemas. Para celebrar el quinto aniversario de aquel libro que fue camino y sueño, para recuperar las fuerzas ante el futuro, para trazar un presente más transitable y consciente. Ojalá.

Porque la poesía siempre es refugio. Porque he cometido la torpeza de olvidarme de lo importante. Porque cada septiembre es un principio y soy afortunada, os dejo este “Paisaje” que se escribió hace muchos, muchísimos años; y aún me habla del valor de los sueños que se intentan. Y de no desfallecer.

PAISAJE

Sorprende a los ojos

viajeros del trópico

la caducidad de castaños

y plátanos dormidos,

asumir el rojizo

de la vida que se extingue.

En el recuerdo

se borran las palmeras,

las sombrillas de pobre.

El árbol caduco

es rescoldo de fuego,

remoto vuelo naranja

del ave del paraíso.

(De paso por los días, Bartleby, 2016)

Un atasco de barcos y palabras

Tras seis días de trabajos, dieron fruto las maniobras para desencallar el Ever Given y el Canal de Suez volvió a estar operativo. De nuevo grandes cargueros lo atraviesan, mientras varios puertos se preparan para sortear un nuevo atasco de mercancías. El primero, lo provocó el accidente; a continuación, se intuye un tráfico a toda máquina para cumplir plazos y entregas antes de que se pudra lo que viaja en millones de contenedores, ajenos a nuestros ojos, y peor aún, al margen de una normativa sujeta a la moral y a la ética. Ya lo sé, soy una antigua.

He seguido el tema de forma lateral, porque estoy aburrida de este periodismo espectacular que apenas aporta algo. Quizás por eso no he escuchado a nadie subrayar que, aunque los medios hablan del Ever Given, el nombre más visible en la eslora del buque es Evergreen; y que en la popa, bajo esas mismas letras, figura escrito Panamá, el pabellón bajo el que, supongo, opera ese carguero. Es decir, que se trata de un barco que seguramente haya cambiando de naviera y/o nombre, y que usa una bandera de conveniencia. ¿Para librarse de multas e inspecciones? ¿Cómo en su día hicieron el Prestige y el Exxon Valdez? Ya lo sé, soy una aguafiestas, con lo bonito que ha resultado que el barco vuelva a navegar.

Afortunadamente, lo que transporta el Ever Given no deja una visible marea negra, sino las consecuencias de la globalización y del sistema económico que marca nuestra época, este capitalismo desquiciado que solo aspira a maximizar el beneficio económico. Algunos medios, aunque pocos, hablaron de las condiciones en las que suelen ser contratadas y trabajan las tripulaciones de esas moles fantasmas llenas de mercancías que hicieron cerrar las fábricas donde quizás trabajaron nuestros abuelos. Qué más da. Lo que importa es recibir los pedidos de Amazon y AliExpress. Que se entreguen las piezas de eso que aún fabricamos de milagro a partir del trabajo de empresas auxiliares. Lo que importa es que el comercio mundial vuelva a latir aunque sea dejando su reguero de daños colaterales. ¿Huella ecológica? ¿Cambio climático? ¿Deslocalización? ¿Quién dijo miedo?

De pronto, en una conexión inconsciente, la imagen del colapso del Canal de Suez me llevó hasta el mundo editorial más próximo. Imaginé los centenares de libros que detuvo la pandemia. Durante meses, no hubo librerías, ni ferias, ni presentaciones ni lecturas… Luego se fueron recuperando algunos de esos espacios donde solíamos acudir al encuentro del libro y el amigo, de la conversación más o menos literaria, pero no todo ha vuelto. Los meses de castigo dejaron huella en la salud, en el ánimo, en el bolsillo o en los tres sitios a la vez. Ya no somos los mismos.

Desde que reabrieron, visito las librerías como quien acude a un centro de rehabilitación, sin saber muy bien quién está más enfermo: las editoriales y los libros que esperan una mano, los libreros exhaustos o yo misma. Compro ejemplares que no leo, como si eso fuera parte del tratamiento que tengo al alcance. Apenas encuentro sosiego y tiempo para la lectura. Pero sigo comprando, por si alguna vez mis ojos y mi cabeza quieren perderse en esas páginas, por si recupero las fuerzas para ello. Por si me recupero yo.

En el rincón de mi estudio, miro también los cuadernos y los proyectos interrumpidos, los libros acabados y atascados en un proceso de tedio y avería, mucho más pequeño e íntimo que el del Canal de Suez, pero doloroso y extraño. Paralizante.

Pienso que quizás sea el momento de no escribir ni publicar más. No es una idea que venga desde Egipto y tampoco es fruto de la pandemia, puesto que lleva rondándome años. Lo que ha cambiado es que ahora la siento como una opción más cercana. Al decírmela en voz alta, reconozco que me duele y que seguramente no pueda evitar escribir, porque no me reconocería si lo dejara; pero tal vez tenga todo el sentido quitar importancia al hecho de publicar. Asumir que tal vez no vuelva a ser posible.

Muchas editoriales explican en sus páginas web que no están en disposición de leer ni recibir más originales. Me temo que hay tantas personas con libros acabados y sin salida que entre todos hacemos un atasco de palabras que tapona las siguientes; y lo que es peor, a veces, me da la sensación de que obstruyen la propia vida. Se obstruye el día a día en la pregunta del para qué. No es una pregunta nueva pero cobra más fuerza y cada vez me hace más daño no encontrarle respuesta.

Quizás sea mejor seguir escribiendo sin expectativas. Escribir como siempre hice, como quien respira. Escribir como cuando, desde muy pequeña, empecé a aprovechar las páginas no utilizadas de los cuadernos escolares. Escribir para mí y disfrutarlo. Sin esperar nada ni a nadie. Mucho menos una reseña, mucho menos un premio. Mucho menos la mentira de que hay lectores al otro lado. Al otro lado, solo hay amigos. Un pequeño grupo de personas fieles y queridas que me han dado aire durante años. Les agradezco mucho su paciencia y su ánimo. La mayoría estuvieron conmigo, de una manera u otra, aquella tarde mágica en la que presenté mi primer libro De paso por los días, allá en la primavera de 2016.

Transcurridos casi cinco años, puedo decir que aquello tuvo lugar, que me hizo feliz. Que el sueño fue realidad. Y asumir también que luego la realidad se ha transformado. Y nos deja ante este nuevo mundo empantanado donde todo está a la espera, aunque cada vez más se parece a aquella pieza teatral de Samuel Beckett, Esperando a Godot.

No sé si tiene sentido esperar, si llegarán los remolcadores para los viejos sueños, si merece la pena seguir corrigiendo páginas estériles en lugar de acariciar a Fénix, llamar a los amigos que están lejos o ver a los que viven dentro de los límites de esta vida perimetrada. El futuro lo dirá mientras trazo nuevos planes y reflexiono sobre mis propósitos vitales.

Celebrar la primavera y la poesía a pesar del coronavirus

Miro el calendario y me recuerda que hoy es 21 de marzo. Estos días de desconcierto tengo que recurrir más de lo habitual a esa cuadricula organizada. El confinamiento forzoso al que nos ha obligado la lucha contra el Covid-19 ha triturado nuestra rutina. Los lunes tienen la misma dimensión del jueves o del resto de días laborables. ¿Qué día es hoy?

Se mantienen y, en mi caso, se amplían las horas de trabajo, convertidas en tiempo a destajo sin café compartido ni charla banal frente al microondas de la oficina. Sin embargo, ha desaparecido todo lo demás: la rutina de caminar, los abrazos de las personas queridas, poder tocar y ver a otros, aplazar ir a algún sitio por cansancio, acudir a mis queridos cines de la calle Martín de los Heros, compartir una caña con el bullicio del bar de fondo, tocar nuevos títulos en las librería que son segunda casa…

Hoy que es sábado podía haber dormido algo más, pero a las 7 de la mañana he abierto los ojos que también se han debido despistar con tantos días de encierro. El calendario me pide que celebre la poesía, ya que ayer pasé de largo ante el inicio de la primavera. Os confieso que estoy abatida y que me cuesta. Que me he puesto a escribir estas líneas como quien afronta un desafío con el que conjurar las lágrimas, la incertidumbre de este tiempo difícil y dolorosamente prorrogable.

Madrid ha amanecido muy gris. Por mis ventanas, que se han hecho cuerpo para acompañar este tiempo de contacto humano restringido, cuesta también encontrar la alegría. El silencio sigue marcando el tono de las calles y quienes pasean a sus perros o hacen cola en la puerta de la farmacia o caminan con las bolsas de la compra, llevan el peso de la lluvia como una carga adicional. Nos hace mucha falta la lluvia, pero hoy da la impresión de que Madrid llora con nosotros. No es la primera vez. Recuerdo aquella manifestación tremenda después de los atentados del 11-M. Acabamos calados hasta los huesos, por dentro y por fuera, manojos de llanto y lluvia.

Igual que entonces, tarde o temprano, esta ciudad que me vio nacer, que amo tanto y a veces odio, renacerá de nuevo, junto a la mayoría de nosotros, con el recuerdo de las pérdidas que conoceremos más o menos cercanas. En medio de este silencio que solo rompen los pájaros también ponemos el miedo en cuarentena. Nos quedamos en casa porque es nuestro deber y porque la calle es un lugar inhóspito donde deambulan seres con mascarilla y ojos asustados que hacen de espejo.

Quería escribir algo más alegre pero no me sale. Quizás porque es el Día de la Poesía y hoy, más que nunca, ella tiene todo el derecho a dictarme las palabras. La poesía es así: sale sola o no sale, te obliga, se impone. Si es de verdad, no se deja llevar por la alegría que no tienes. Pero como es compasiva y siempre fue consuelo, también permite versos abiertos a la esperanza, tan necesaria.

Como os decía, hoy no surgen versos nuevos con los que pueda alentaros, pero puedo volver a mi libro De paso por los días, y buscar un poema de su primavera, donde aleteen los impulsos de la savia que se abre camino incluso en esta horas castigadas. Confío en que tendremos oportunidad de volver a celebrar la caricia y el beso, de compartir poesía en lecturas con público cómplice, de disfrutar la vitalidad de nuestras calles. ¡Salud y poesía, más que nunca!

SORPRESA

La ciudad se sacudió

el frío y la lluvia.

Desterró el gris.

Palabras y brazos

tomaron las acercas.

La ciudad despertó.

De paso por los días. (Bartleby Editores, 2016)

La navidad de cada quien. Celebra la tuya

Rituales

Tras el cristal,

almendras como rocas.

Tras el cristal,

guijarros dulces

para las felices fiestas.

Tras el cristal,

heridas abiertas

en la mirada del hambre.

Tras el cristal,

almíbar entre adornos,

ajonjolí y canela.

Tras el cristal,

promesas

del mejor mañana

roto a mordiscos,

al alba

del año nuevo.

Antecedentes e inspiración

Este poema, que se encuentra en mi libro De paso por los días (Bartleby, 2016), ofrece el ritual correspondiente a la parte dedicada al invierno.

He dudado mucho si subirlo hoy al blog, porque estoy leyendo muchas felicitaciones de navidad, muchos buenos deseos y no quería ser aguafiestas.

Finalmente, he decido publicarlo porque me apetece dar continuidad a la serie de los poemas titulados ‘Rituales’, de la que ya pudisteis leer la versión correspondiente al otoño, y también porque tampoco voy a ser la primera en señalar que estas fechas tienen una tremenda carga de ambivalencia. Gustan y duelen por igual, generan niveles máximos de filias y fobias. Con toda la energía de las luces festivas y los villancicos, nos ofrecen el contraste brutal de la pobreza que nos rodea, que tal vez se hace más evidente o nos golpea más entre los escaparates deslumbrantes y las bolsas que sabemos reconocer cargadas con lo innecesario.

Es cierto que nunca llueve a gusto de todos, pero en cualquier otra fecha uno puede sentirse afortunado o triste sin sentirse interpelado por una marea general que casi obliga a compartir con otros, a sonreír y a brindar. A medida que la navidad se ha hecho más consumo frente a su carga de celebración familiar y rito religioso, los mensajes de falsa alegría disfrazados de espumillón ficticio lo inundan todo y es difícil discrepar o resistirse. Por eso, paseando por la calle el otro día, me detuve a hacer la foto que ilustra estas líneas, porque el espejo roto reflejando un adorno luminoso me pareció una metáfora, una síntesis perfecta de estas fechas.

No obstante, ante el panorama impuesto de felicidad, lo ideal sería que cada uno encontrase el punto de equilibrio personal para disfrutar de estas fechas. Sin olvidar que el mundo sigue hecho un desastre, sin renunciar a que deberíamos contribuir a mejorarlo, sin provocar disgustos ni avivar conflictos familiares, sin contribuir al derroche energético o de materiales, sin darle prioridad a lo superfluo o a lo que nos hace daño. Ser capaces de disfrutar desde lo pequeño y lo íntimo, desde ese espacio que nos permite estar en paz con nosotros mismos y con lo que nos rodea. 

Día de las librerías

Si este año las librerías están de fiesta el 8 de noviembre, me sumo encantada para celebrarlas por cuanto nos ofrecen de magia, complicidad y aventura.

Para mí, entrar en la mayoría de las librerías es una verdadera tentación, una experiencia que no se da en el resto de comercios.

A la librería voy a mirar y a tocar, a hablar con los libreros, a que me recomienden y a dejar vagar mis ojos por portadas y páginas que quieren atrapar mi atención. Muchos libros lo logran, la voz melodiosa del librero también lo hace. Si es buen profesional, habrá reconocido el brillo en mis ojos y empezará a desplegar novedades y libros preciosos que se editaron hace tiempo, de esos que alguna vez se nos escaparon sin ser vistos.

Es entonces cuando me bajo precipitadamente del mundo de las letras y de su motor de utopía, y busco un punto de apoyo en el rincón oscuro de la contabilidad y el sentido común, para fijarme un presupuesto del que no desviarme demasiado. Afortunadamente, casi siempre hay un roto para un descosido. Y así surge un libro al paso, que acaba por venirse con nosotros… Si el presupuesto es menguante, la segunda mano y los libros de bolsillo son una fiesta, igual que los saldos que muchas veces me han dado alegrías inesperadas.

El día del libro y el día de las librerías

Para alguien que nació un 23 de abril, el día del libro no se olvida. Es más, ese azar maravilloso ha funcionado como imán. Desde el año 1988, cuando se instituyó como tal, ¿qué me iban a regalar los más perezosos o los amantes de los descuentos o los menos imaginativos? Tal vez al principio fuera así, pero lo cierto es que siempre he pedido y agradecido libros para celebrar la vida. Y casi siempre, aunque lluevan libros, yo misma entro de hurtadillas en alguna librería y me hago mi regalo. Ese capricho secreto que tiene el olor de la tinta y el papel, aunque para mí es el sabor de un chocolate o una galleta deliciosamente escondidos al fondo de la caja.

El día de las librerías no cuenta con tanta tradición. Este año estamos ante la novena edición, convocada por CEGAL, la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, que reúne a 1.600 librerías en toda España. Parece que la fecha cambia cada año, que se busca un viernes próximo al inicio de la campaña de navidad para recordarnos que las librerías están ahí.

En la misma batalla que afronta todo el comercio de proximidad de nuestras ciudades, las librerías ven caer sus ventas año a año y algunas bajan sus cierres de forma definitiva en silencio, dejando un barrio más huérfano o una calle más desamparada.

Cegal subraya en su convocatoria de este año que las librerías “no sólo actúan como centros de dinamización cultural sino que son espacios imprescindibles para la creación de comunidad”. Y reivindican “el trato familiar, cercano y afectuoso que ofrecen las librerías frente a la frialdad y la impersonalidad que imponen las multinacionales de venta online, poniendo en valor los vínculos que florecen entre los libreros y libreras y sus lectores”.

Estoy completamente de acuerdo. En las librerías intercambio euros por libros, pero también conversación, besos y abrazos. En muchas de ellas, cruzar su umbral es sentirte en casa de un conocido, un pariente queridísimo al que, por las circunstancias de la vida, no vemos tanto como nos gustaría. A veces voy a comprar y otras a saludar, a la presentación del libro de alguien a quien conozco y admiro, ya sea porque forme parte del ámbito de personas próximas o bien, de ese elenco de autores a los que me sigo acercando con torpeza y timidez como mera aprendiz. En los últimos años, he tenido el placer de ir también a leer mis propios textos y ver mi libro en los estantes que siempre me parecieron destinados a la obra de los demás. Son pequeños pasos que me demuestran que a veces, se cumplen los sueños, aunque sean de papel.

Algunas de mis librerías favoritas

En el día de las librerías, se me hace raro no citar algunas de mis favoritas… pero sé que corro el riesgo de olvidarme de algún nombre fundamental. Llevo desde ayer anotándolas, en un intento de que el cansancio no me lleve al desliz, y ante la lista que tengo ante los ojos, también me pregunto por cómo ordenarlas. Podría optar por un orden cronológico, citando las librerías de la infancia y la juventud, en su mayoría cerradas. Podría recorrer las que visité en viajes por España y por el extranjero, que fueron dejando huellas y recuerdos. Podría concluir con aquellas que me abrieron sus puertas como autora, que apilaron varios ejemplares de mi libro junto a la caja o, aún más valientes, aquellas donde leí cuando era una poeta inédita. Podría citar las que regentan esos libreros que al llegar me saludan por mi nombre o las que en los últimos  tiempos acogieron los actos que me hicieron salir de casa y disfrutar escuchando a otros. También podrían venir a cuento las librerías de los barrios donde he vivido y se convirtieron en un escaparate cómplice y amable cercano a casa. Por último, también tengo anotadas las librerías donde he debatido proyectos colectivos o he hecho talleres literarios que han alimentado y siguen alimentando libros futuros.

Son tantas, y es tan tarde para seguir escribiendo… que creo que no voy a hacer distinción porque hoy es el día de todas. Esas pequeñas historias que me han venido a la cabeza son buenas ideas para otros días.

Ahora toca publicar este texto, compartirlo con quien lo quiera leer y salir a la calle a por un libro, porque en la librería del barrio nos están esperando con los brazos abiertos.

Poemas para cerrar octubre (3)

RITUALES

Se intuye noviembre
en los colores redondos
de crisantemos
y cinerarias.

Un cortejo florido
ha tomado las plazas.
Los puestos callejeros
ya celebran la muerte.

Antecedentes

Este poema, que se encuentra en mi libro “De paso por los días”, (Bartleby, 2016), ofrece el ritual correspondiente al otoño.

Es cierto que hoy Madrid estaba lleno de puestos de flores y que se han reforzado los servicios de transporte público a los cementerios, pero es Halloween el fenómeno que ha ganado la partida cultural.

Los buñuelos de viento y los huesos de santo han aprendido a competir con dulces en forma de calabaza; mientras Don Juan Tenorio, aunque en algún escenario estará cumpliendo con la tradición, ha sido desplazado por toda una pléyade de monstruos y brujas.

Lo cierto es que no lo siento por Don Juan, un mito-personaje que nunca me ha despertado simpatía ni interés. A pesar de entender el contexto socio-cultural e histórico de la obra de Zorrilla y todos sus antecedentes, siempre me ha costado soportar a ese caradura aprovechado que seducía a una joven pánfila e ingenua.

No obstante, me cuesta disfrutar y entender Halloween porque no puedo disociarlo de cuanto tiene de tradición impostada, de colonialismo cultural, de máquina que hace caja con el disfraz y la sangre al margen de toda lectura ancestral y, por tanto, mágica.

Perdonad que sea una antigua. Me quedo con los puestos de flores. Me detengo y suspiro ante el temblor de luto de noviembre. Caigo en la cuenta de que hoy empieza la campaña electoral y prefiero no entrar en valorar ciertas caretas y ciertos disfraces. Quizás sea mejor pensar en quienes nos precedieron aprovechando estos días de recuerdo y toque de difuntos. Y confiar en que noviembre, contra todo pronóstico, depare buenas noticias.

Poemas para cerrar octubre (2)

RUTINA

Una
tras otra
nacen
con el peso oscuro
de antiguas derrotas

las mañanas de octubre.

(De paso por los días, Bartleby, 2016)

Antecedentes

La semana pasada, en sus Lecturas poético-pictóricas, mi querido Francisco Javier Solé Ribas seleccionó el poema que he publicado sobre estas líneas.

Me sorprendió reconocer que podía haberlo escrito ese mismo día, que podría escribirlo hoy mismo a pesar del tiempo transcurrido desde la aparición de ese libro o aún más si pienso en su momento de escritura. Octubre, con sus tardes cortas y sus hojas mortecinas por las aceras, tiene algo de derrota o, al menos, este año ha vuelto a tener esa impronta.

Tal vez sea mero contraste, porque septiembre es tiempo de esperanza. Para muchos, el año comienza con el inicio del curso escolar. Tras las vacaciones estivales, los propósitos, como los libros recién comprados, resultan nuevos. Según avanzan las hojas del calendario podemos saber cómo llevamos la cuenta de proyectos en curso o alcanzados.

Octubre dejó derrotas, claro, pero también vio nacer este blog, de forma absolutamente azarosa. Así que, a pesar del poema o mejor dicho por él, yo quiero brindar por el otoño. Porque a veces su melancolía es creadora y puede empujarnos en la buena dirección.

Poemas para cerrar octubre (1)

Efecto invernadero

Hemisferio norte. Final de octubre. 

El mercurio se detiene a veinte grados 
y el olor a buñuelos de viento. 

Entre paños de lana y alpaca, 
los maniquíes sudan, se desmayan
con miradas repletas de preguntas. 

Los científicos explican 
movimientos ascendentes
de moléculas en los gases. 

Los sentidos constatan 
las ruinas de este tiempo.

Antecedentes

Con este poema abría mi contribución poética en el libro colectivo titulado La Escombrera, que Legados Ediciones publicó en 2011.

Lo leí en varias presentaciones y puede leerse hoy, cuando seguimos atónitos ante los ciclos alterados de la naturaleza. Parece que tienden a repetirse, formulándonos preguntas que incomodan…

Este octubre que acabará pronto está siendo sorprendentemente cálido y por días, ha resultado desconcertante y frío como la noticia de la muerte inesperada. 

Por cierto, la fotografía es mía y el marco lo puso Calber para una lectura que hicimos en La Casa Encendida. Han pasado muchos años desde entonces, y aquí seguimos, entre abanico y constipado, dando sentido al otoño, que resulta ser una estación que me inspira.

Espero que os guste el poema, y no será el último antes de cerrar el mes.

Los recuerdos

Estas breves líneas son para traer al presente un recuerdo de hace tres años. Cuando las primeras cajas del libro ‘De paso por los días’ llegaron para el acto público de presentación.

Desde entonces, ha habido dos mudanzas. Ya no son las mismas las paredes de mi casa ni de la oficina, pero la poesía sigue siendo mi espacio. Y hoy ha sido por varios motivos un día de recuerdo y nuevos sueños.

La poesía es mi casa junto a la gente que me quiere y me cuida, junto a la que se fue tal día como hoy y sigue en el corazón.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑