Aniversarios de tristeza


Hoy se cumple el triste 80º aniversario de la bomba atómica sobre Hiroshima y en unos días se cumplirá el de Nagasaki. Por eso, he recordado con fuerza y nitidez uno de los momentos más especiales de este año. El 29 de enero tuve la fortuna de conocer a Shigemitsu Tanaka que visitó el Colegio Lourdes FUHEM, junto a representantes de Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW) y la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), en un viaje organizado por la red española Alianza por el Desarme Nuclear.

La experiencia de aquellos días quedó escrita en una entrada de mi blog, donde daba cuenta de la enorme recompensa de aquellos momentos. Sentada ante dos personas, Shigemitsu Tanaka y Carlos Umaña, que representaban a organizaciones que en distintos años habían sido merecedoras del Premio Nobel de la Paz (un premio del que espero que no haya que renegar en unos meses, aunque ya cuenta con algún tropiezo en su trayectoria), sentía el valor de servir y contribuir a ampliar la voz de quienes han volcado sus vidas en defender a la humanidad.

En las noticias del mediodía, he vuelto a ver algunas de las fotografías que ofrecieron entonces para ayudar a difundir su mensaje en España. Al escuchar el testimonio de un hibakusha, el término japonés con el que se nombra a las personas supervivientes y descendientes de quienes sufrieron el primer impacto de las explosiones sobre Hiroshima y Nagasaki, me he levantado de la silla como un resorte, para ver si era Shigemitsu Tanaka quien hablaba y, aunque no era él, su voz ha vuelto a resonarme como cuando le escuché en persona.

Es lógico que me haya parecido la misma voz. Es la misma lengua y el mismo acento regional. Y sobre todo, son las voces de la memoria del daño, aquella injusticia que acabó con las vidas de personas inocentes. Hay que recordar que, en cuestión de segundos, fueron aniquiladas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki, y que las bombas dejaron heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que siguen causando un gran sufrimiento. Es lógico que parezca la misma voz, porque están consagradas a dar testimonio desde la primera persona, con la determinación de contar, una y otra vez, a las siguientes generaciones lo que vivieron y sufrieron, con el objetivo de que no se vuelva a repetir. Como se explica en este artículo de Agustín Rivera Hernández sobre los hibakusha que siguen vivos su tono no es de odio. Su mensaje obedece a la responsabilidad de contar su experiencia, porque los supervivientes eran niños y van muriendo, y por encima de sus años y sus enfermedades les importa que otros no vivan lo que ellos.

Cuando se produjo el viaje de estas organizaciones a España, subrayaron el peligro de vivir en un mundo en el que el desafío armamentístico y la violencia resurgían con fuerza frente a la opción del acuerdo y la negociación, en una peligrosa dinámica creciente de beligerancia que sigue en alza. En sus palabras, recordaron Gaza y Palestina, cuando nos aferrábamos a la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado que se convirtió en ceniza pocos días después; también señalaron los casos de Ucrania y Rusia, de Corea y China, de India y Pakistán…

Estoy de vacaciones y, en la medida de lo posible, intento desconectar y recuperar fuerzas. Cuando viajo, no veo la televisión ni mantengo el hábito de encender la radio y escuchar las primeras desgracias del día… Pero ahora, hay un genocidio en marcha y el peso de semejante barbarie es insoslayable. Además, desde hace meses, opté por publicar textos y fotografías sobre Gaza y Palestina en mis redes sociales, harta de que el algoritmo y los medios de comunicación silenciasen buena parte de lo que estaba ocurriendo a la vista de todos o buscando excusas ante la desproporción de la respuesta militar israelí a los atentados del 7 de octubre.

Siempre he intentado mantener un tono educado en mis escritos. No he insultado a nadie y, sin embargo, en las últimas horas, he recibido insultos. No me importa, no me van a callar. Mi gesto no es heroico como el de periodistas y reporteros que resisten en Gaza para que sepamos lo que ocurre mientras acuden a los entierros de decenas de colegas. Mi gesto es un compromiso conmigo misma, porque escribo desde la libertad que tanto ha costado conseguir, ese derecho que nos puede ser arrebatado si no sabemos defenderlo.

Vivimos tiempos sombríos y el presente es tan sumamente brutal que nos está cerrando el horizonte. Los discursos de odio campan a sus anchas y el fascismo se justifica como opinión respetable. Buena parte de la política ha dejado de preocuparse por el bienestar de los pueblos, y la justicia internacional es tan lenta como exasperante. Nadie resucitará a las miles de personas que están siendo asesinadas en Gaza. Nadie podrá devolverles su salud ni sus hogares. Pero, en unos años, un tribunal internacional juzgará a los culpables. La justicia llegará tarde una vez más. Como ocurrió en Núremberg para millones de personas. Como ocurrió en genocidios y crímenes contra la humanidad que se produjeron cuando yo estudiaba periodismo y pensaba, de forma ilusa, que esta profesión podía mejorar el mundo. Los casos de Ruanda (1994) o Srebrenica (1995) se colaron en mis trabajos de carrera o mis primeras prácticas en una redacción de verdad, por eso los recuerdo ahora. Para la mayoría, fueron imágenes brutales que les impactaron y han desaparecido. Volverán a las noticias cuando se cumpla algún triste aniversario o haya una nueva película sobre ellas. Si alguien más joven nos preguntase cómo lo vivimos, al margen de circunstancias como las que he descrito, tendremos que reconocer que no nos enteramos mucho de lo que ocurría.

Escribo estas líneas sabiendo parte de lo que ocurre en Gaza. Leo, escucho y lo confronto con años de trabajo en cuestiones relacionadas con la paz, el derecho internacional humanitario y los conflictos internacionales. Tecleo y lloro, mientras espero a los jueces del futuro. Hoy, en un triste aniversario, recuerdo y rememoro el testimonio de quienes han dedicado su vida a construir paz, mientras intento acallar el espanto de las secuelas de este tiempo. Cuando viajo, a veces, fotografío ventanas y bellos horizontes para invocar la esperanza.

Un año de ‘Astillas’, un año de vida

En 2024, tras varias tormentas, que afectaron descargas y aperturas de la Feria del Libro de Madrid, ‘Astillas’ llegó a la la caseta de Bartleby Editores el 11 de junio, y yo fui a firmarlo y a tocarlo por primera vez, feliz por tantísimo, el viernes 14. Diez días después, comenzaba su distribución en librerías.

Hace algunas fechas, al volver a la útima edición de la Feria del Libro de Madrid, de alguna forma, regresaba para celebrar este feliz aniversario. Para mi sorpresa, hubo más ventas de las esperadas y amigos que volvieron a la caseta de Bartleby y se llevaron Astillas o De paso por los días o ambos. Yo firmaba menos cansada que hace un año y menos nerviosa también. La palabra y el pulso de las dedicatorias fluían templadas, gracias a una etapa larga de aprendizajes sobre mí misma que me va reconciliando con quien soy y he sido.

A pesar de los años en los que las exigencias laborales y las peripecias vitales me despistaron de su condición de eje vital, la escritura siempre fue raíz. Jamás me olvidé de aquella niña que se puso a escribir un poema en un pupitre y, desde entonces, sintió la escritura como necesidad y llamada, como tarea y meta. En los primeros años de formación, faltaron referentes y lecturas: apenas mujeres en los libros de texto, apenas mujeres que pudieran dedicarse a la escritura. Quizás, por eso, el periodismo fue el camino. Pero llegué a una profesión que nada tenía que ver con lo que yo había imaginado tras las crónicas de Maruja Torres y Carmen Sarmiento o las entrevistas de Rosa Montero; y seguramente, tampoco tuve su determinación ni su arrojo. En la facultad de Ciencias de la Información (UCM) éramos legión y el mundo laboral nos condenaba a una precariedad de la que ningún medio hablaba, porque ellos mismos eran beneficiarios.

El periodismo soñado se diluyó; se convirtió en comunicación para la acción social, un espacio donde había tanto que hacer y aprender que la creación literaria apenas encontró su tiempo. El afuera tampoco ayudaba. Cumplí treinta, treinta y cinco, y desapareció la posibilidad de optar a los premios cuyos nombres había aprendido estudiando literatura contemporánea (Adonais), o incorporando nuevos títulos a mi pequeña biblioteca de entonces (Hiperión, Loewe…). Pensé que la niña y la joven que había escrito con soltura en los años previos no tenía cabida en el mundo adulto, que no valía. Supongo que también asumí «que la vida iba en serio». Y seguí escribiendo para mí y para el cajón, una dedicación permanente desde un rincón solitario.

Lo he pensado mucho últimamente… Si no llega a ser por un primer batacazo de tristeza, yo no hubiera llegado a los talleres literarios de La Casa Encendida, donde todo comenzó de nuevo, gracias a poetas consagrados que escucharon y animaron mis versos, un tanto oxidados después de tanto vacío. Si no llega a ser por aquel grupo que se hizo libro colectivo, La república de la imaginación (2009), y quienes nos encontramos por azar en aquel taller de Juan Carlos Mestre, tal vez, tampoco hubiera publicado nunca. Pero recibir galeradas y tocar aquel libro lo cambió todo. Cuando en la tarde de su presentación las lágrimas estuvieron a punto de impedirme hablar en público con casi cuarenta años, aquel instante cobraba el sentido de una vida, aunque no he sido consciente hasta muchos años después.

De paso por los días’ no hubiera visto la luz sin Manuela Temporelli, Guadalupe Grande, Serafín Picado, Manolo Rico ni Pepo Paz. Su aparición me obligó a leer versos en solitario y me permitió, por primera vez, sentarme al otro lado del mostrador de la Feria del Libro de Madrid, en ese parque del Retiro donde había empezado a soñar cuando me acercaba temblando a autores y autoras a quienes decía mi nombre en un susurro, sin atreverme a contarles que yo también escribía ni a preguntarles qué tenía que ocurrir para convertirme en autora. Sin embargo, ‘De paso por los días’ fue un libro silencioso y transparente. Supongo que mi pudor de primeriza lo frenó. En lo más íntimo, yo sabía que un primer libro no era nada más que eso, un peldaño deshabitado.

Por supuesto, seguía escribiendo, corrigiendo y enviando poemarios a algunos concursos. Seguramente, buscaba en la decisión de otros la confianza que aún me faltaba. Por eso, necesitaba publicar un segundo libro porque, aunque dos peldaños no hacen escalera, mi sensación de espejismo se sumaba a otros dolores y me asfixiaba.

La aparición de ‘Astillas’, imposible sin el aliento de Alberto Cubero y Gsús Bonilla, sin Manolo Rico y Pepo Paz, al frente de Bartleby Editores, dio inicio a un tiempo nuevo. El libro ha recorrido un periplo de actos públicos y lectores generosos a los que me gustaría recordar. Porque ‘Astillas’ fue la escritura del tiempo oscuro de la depresión, y su entrada en imprenta coincidió con la esperanza de sanar.

Íntimamente, algo me decía que ‘Astillas’ había sido la escritura del daño y se convertía en el principio de un tiempo nuevo, un renacer desde la ceniza. La poesía y la intuición suelen ir de la mano y esa alianza volvió a funcionar. Mientras estaba de vacaciones, comencé a leer y recibir los primeros mensajes de lectores de ‘Astillas’. Y ya no se trataba de familiares o amistades muy cercanas cuya lectura está empapada por un afecto de muchos años, sino de lectores espontáneos que, al acercarse al libro, se habían abrazado a su dolor para aliviar el mío y, ahora, lo contaban en sus redes sociales, entrevistas o blogs: Pilar, Jorge, Camino, Esther, Patricia, Tonia, Vicente, Eva, Carmen, Noni, Viktor, Ángela, Tonia, Berta, Pedro, Arturo, Fco. Javier, Emma, Salva, Antonio, Laura, Manuela, Ángel, Sonia, Julio, Pablo, Javier, Lidia, Sole, Amalia, Teresa, Iris, Cristina… o la alegría de algunos de poemas traducidos al italiano gracias a Marcela Filippi. A lo largo de doce meses, las presentaciones y las redes sociales han sido el espacio para recibir sus palabras y fotografías, y para devolver mi gratitud desbordada y sorprendida, profundamente sincera.

Como decía al principio, volver a la Feria del Libro de este año ha supuesto cerrar el círculo. Reencontrar lectores o encontrar rostros inesperados, incluso felizmente desconocidos. Soy muy consciente de lo que significa ‘Astillas’ en un sistema editorial como el español, donde se publican 90.000 títulos anuales, diez libros por hora; de lo que significa firmar en una Feria que ha contado con 7.200 sesiones de firma. Me temo que ahora, en la escritura literaria, también somos legión. Pero este texto no pretende encontrar mi lugar en ese mundo, sino reconocer que respiro donde alguna vez soñé. Y volver a dar las gracias, a quienes animaron y leyeron; a la palabra escrita y a la vida, que han cobrado impulso.

Rosana Acquaroni: poesía y verdad

Desde mi último texto, se han sucedido acontecimientos y sucesos sobre los que hubiera querido escribir. Sin embargo, una vez más, no hubo tiempo a tiempo y perdieron la oportunidad. A nuestra velocidad habitual, parecen noticias de hace siglos.

Se nos murió y enterramos a un Papa que pidió la paz sin lograrla. Se nos apagó una península entera y recorrimos kilómetros para alcanzar nuestra casa, ese refugio tan necesario y tan poco accesible para muchos. Celebramos la lluvia, el sol y la llegada de una primavera explosiva en cada recodo. Nos despedimos de José Mujica y añoramos, al recordarlo, más voces y más testimonios como los suyos. Nos manifestamos contra la matanza genocida del pueblo palestino y seguimos, día a día, actualizando cifras de niños y adultos asesinados, familias enteras en sudarios; mientras los vivos se enfrentan al hambre entre los escombros, y la ayuda humanitaria espera en los pasos fronterizos paralizados por la barbarie política.

Frente a la urgencia de lo que es noticia y las masacres que se convierten en “normales”, las horas laborales han alternado con momentos renovadores en los que el arte ha procurado luz y sentido. Música (El cuento del zar Saltán, en el Teatro Real), artes plásticas (Otros surrealismos, en la Fundación Mapfre), y encuentros literarios (sobre Edgar Alan Poe; o escuchando a Mario Montalbetti o Fernanda García Lao), han propiciado momentos gratificantes. Y mientras algunas notas quedan para otro escrito, comparto, en estas líneas, mis impresiones de una nueva sesión del VIII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, coordinado por Alberto Cubero, en el marco del espacio ‘Diálogos con el Arte’ que organiza el Foro Psicoanalítico de Madrid. El encuentro tuvo lugar el pasado 9 de mayo de 2025 y ofreció un diálogo entre la poeta Rosana Acquaroni y el psicoanalista Gabriel Hernández.

Una vez más, la conversación que vincula poesía y psicoanálisis sirvió para abordar la verdad de quien escribe, una verdad en mayúsculas. En las generosas palabras de Rosana Acquaroni, sincera y sin tapujos, encontré revelaciones que dan pie a conocer y (re)conocerme, como me ha ocurrido en otras sesiones. Y, por supuesto, para seguir aprendiendo. Anoté frases de Rosana con las que coincido: “la poesía como lugar de revelación y enigma”. Y a partir de esa premisa, entendí la importancia de citar al gran poeta chileno, Raúl Zurita: “Estoy completamente de acuerdo con Zurita cuando dice que uno tiene que escribir su verdad sin autocomplacencia”. Después de esas palabras preliminares, Rosana Acquaroni comenzó a leer poemas de La casa grande (Bartleby, 2018); libro que ha sido merecedor del Premio del Gremio de Libreros de Madrid (2019) y base de un podcast con mención especial en los Premios Ondas.. y que, sin duda, para su autora ha debido de brindar otro premio más íntimo y esencial: “La casa grande cambia mi manera de escribir, incorporando lo biográfico, creando cierto diálogo con el lector desde una experiencia que es a la vez personal y universal, y permite esa conexión”.

Explicó Rosana Acquaroni que La casa grande desvela un secreto familiar; y que “esa carga que se había densificado durante años surgió con sus tres primeros versos, revelando desde la poesía la historia de mi madre y la mía”. Si bien es un libro que habla de la locura, la soledad, la infancia y el amor; como dijo el psicoanalista Gabriel Hernández, es una “escritura hospitalaria que invita a leer”.

La lectura continuó hilvanada por muy diversas reflexiones, entre ellas, la preocupación por el lenguaje y la dimensión ética de lo que se dice y escribe. Apuntaron los amigos psicoanalistas que Lacan hablaba de la ética como el «bien decir». Seguramente, hay una cierta articulación de ética y estética, y también “un compromiso con lo que hay que decir”, como sostuvo Acquaroni. Así mismo, se recordó que poesía y filosofía fueron de la mano al principio, y sus preocupaciones explican esa conexión. Originalmente, «poiesis» significaba «hacer», en un sentido técnico, y se refería a la actividad creativa de todo trabajo artesanal, incluido el que realizaba un artista. Mientras la filosofía (del griego, ‘amor a la sabiduría’), apunta a una reflexión sobre lo humano y el universo.

Siglos después, en cada obra de arte, y un buen poema lo es, seguimos enredados en la pregunta y la multiplicidad de sus respuestas, de la mano de un lenguaje que, como decía Rosana, ha de ser exigente y, en la medida de lo posible, certero.

Como en otros Diálogos de este ciclo (me vine al recuerdo inevitablemente el que protagonizó Rosa Lentini), se volvió a hablar de la clarividencia que, en ocasiones, genera la poesía, capaz de hacernos ver lo que estaba oculto, retomando la cuestión de la verdad y la revelación enunciadas al principio de la charla. Sostenemos una larga cadena de significantes cargados de significados, y eso acaba atravesándonos.

En esa palabra poética inconsciente, encontré cierta afinidad con la conexión azarosa que puede generarse en una sesión psicoanalítica, cuando una expresión se carga de significado y, de forma inesperada, puede ayudar a descifrar parte del daño y también propiciar el proceso de sanación.

Después, nos adentramos en la lectura y la escucha de 18 ciervas (Bartleby, 2023), que Rosana Acquaroni definió como un Ars amandi, una polifonía de voces sobre el amor, desde el enamoramiento al desamor, pasando por la pasión y el encuentro. De nuevo, la palabra verdad se alzaba entre versos magníficos, donde el lenguaje y la estructura del libro habían sido inicialmente concebidos desde el hallazgo, para ser después búsqueda y trabajo, siguiendo el rastro y la impronta de las pinturas de la Cueva de Covalanas (Cantabria); y la imagen, tan mítica como real, de una cierva, ya sea dibujada, viva o herida por una escopeta de caza.

Las preguntas y respuestas volvieron a indagar en la relación y la distancia entre lo que se vive y se escribe. “Mi escritura no tiene nada que ver con la auto-ficción”, volvió a explicar Acquaroni: “Lo escrito tiene sentido si afecta al lector, si le toca, si le conmueve. Es transcender sobre lo vivido y que puedas decirlo de una manera que deje un lugar para otro. Un lugar donde pueda entrar y cobijarse. Ese es el gran milagro de la poesía”.

Concluyó Rosana Acquaroni que “la poesía es más grande que los poetas” y no puedo estar más de acuerdo. La palabra poética es más sabia que nosotras, nos precede y se nutre de numerosas fuentes de diversa índole, consciente e inconsciente, racional y lingüistica, azarosa y revelada. Entre ellas, también coincidimos en el descubrimiento de las poetas norteamericanas que, en un determinado momento, nos mostraron que se puede narrar desde la poesía.

Entre mis notas, quedan nuevas intuiciones para comprender mis propios procesos de escritura. También hay versos subrayados que resonarán en cada nueva lectura de los dos libros citados. A partir de ahora seré aún más consciente de que: “de la obediencia no se sale indemne” (La casa grande), y “el sacrificio no sacia la demanda” (18 ciervas).

En la medida de lo posible, hemos venido a este mundo a desarrollarnos como seres libres, y la escritura es una de las formas en las que, a día de hoy, es posible ejercer esa libertad. Nuestra biografía da cuenta de episodios y huellas que nos han marcado hasta llegar a esta reciente tarde de primavera en la que, escuchando las diversas intervenciones, se me vino a la cabeza que, quizás, el psicoanálisis no sirva para saber quién eres, pero te ayuda a decir quien no quieres ser.

Por eso, mientras la humanidad fracasa y la banca gana; mientras algunos se embolsan millones jugando con armas, tramas sucias y la muerte ajena, con los dividendos de la luz y los techos que no alcanzan a todos… Yo sigo leyendo y escribiendo, hilvanando palabras nuevas y aprendiendo gracias a la generosidad ajena, por si acaso en la palabra hubiera, de milagro, alguna posibilidad de entender y entendernos.

Un cumpleaños para celebrar la vida

No escondo los años. Hoy han caído cincuenta y cuatro. Desde que tengo memoria, cada 23 de abril celebro mi cumpleaños y el Día del Libro. Festejo a esos seres de papel que transformaron mi infancia y después mi vida.

Brindo por ese maravilloso azar que provocó el regalo inevitable en tantos aniversarios. Después de dudas y tropiezos, celebro escribir y leer, dos actividades que se dan la mano en este día en el que, por encima de todo, tengo motivos para celebrar y agradecer la vida.

Tras tiempos sombríos, doy las gracias a la vocación que encontró el camino y a las personas que me rodean y hoy han estado tan cerca, ya sea en persona o a través de cientos de mensajes cariñosos, es decir, tiempo y palabras, ese doble tesoro con el que se pueden escribir libros nuevos.


Gracias al despertar y al primer café en buena compañía, al mantel compartido de la comida y la infusión imprevista a media tarde. Gracias al paseo del atardecer y su paisaje, a la belleza y la fragancia de las lilas silvestres. Gracias a los cumpleaños celebrados en los parques y terrazas, donde grupos de desconocidos cantaron un ‘Cumpleaños feliz’ que sentí mío. Gracias a los regalos y las llamadas. Gracias a las carantoñas de Fénix y a la mariposa y los pájaros que rodearon nuestra mesa tras el postre. Gracias a las librerías del barrio, donde libros para todos los públicos han tomado por un día parte de la acera, llamando la atención de peques y mayores, sembrando ficciones y versos.


Gracias a la vida: por fin, abierta, ancha, pendiente de nuevos planes y nuevas osadías. Cincuenta y cuatro no son veinticinco, pero «hoy es siempre todavía», como dijo el poeta. Y es posible soñar y atreverse, dar pasos nuevos con los zapatos azul celeste que compré para la primavera de hace un año y no llegué a estrenar, por si me hacían heridas.

Palabras de paz y de guerra


Quizás un hombre llama a otro, al filo de nuestra media noche, y le avisa: «voy a matar». El otro no le detiene. Así pues, con su silencio cómplice o su permiso asesino, también mata. Cuando nos levantamos al día siguiente, nos despierta la brutalidad de una nueva masacre.

Desde los primeros análisis de urgencia y las cifras iniciales de seres humanos asesinados y heridos, las horas se van cargando de desesperanza… Trescientas, cuatrocientas, más de cuatrocientas personas: en su mayoría, mujeres, ancianos, niños y niñas, puesto que apenas quedaban hombres entre las ruinas previas. Las fotografías muestran sudarios de todos los tamaños, telas blancas que cubren lo que será un llanto incesante; el ajuar de las casas deshechas, colchas y mantas, son también mortajas improvisadas.

A quienes desde hace años repetimos las palabras de aquel libro y seguimos pidiendo la paz y la palabra, se nos queda un frío inconsolable en el cuerpo. Sabíamos que la tregua era frágil; que los párrafos del derecho humanitario se han convertido en quimera y lodo; y que la expresión ‘campo de refugiados’ esconde vergonzosos cementerios que nos condenan a todos por asistir a un genocidio en directo, con las manos detenidas por el espanto.

Las noticias del mediodía ofrecen el testimonio de quienes trabajan del lado de las víctimas. Hace semanas que, en medio de esto que desde lejos llamábamos tregua, habían cerrado el paso a los víveres, el agua potable y los medicamentos. Anoche los hospitales se vieron desbordados por decenas de personas que, en cuestión de minutos, llegaban para implorar un auxilio imposible: cómo curar cuerpos mutilados y quemados para siempre, órganos paralizados y una certeza de terror e indefensión que se encarnará en la tierra. Las cenizas permanecerán para siempre sobre una pequeña franja.

Alguien avisó que iba a matar y otro alguien le celebró la ocurrencia. Vuelvo a preguntarme por el significado y el valor de la palabra. Se dijo y se escribió: “acuerdo de paz”. Se dijo y se escribió “respeto al alto el fuego”. Pero los adjetivos han tenido razón, la frágil tregua, ¿recuerdas? Tan frágil como el cuerpo de un bebé, como el proceso de lactancia, como los primeros pasos de quien confía alcanzar la edad adulta mientras las bombas y las acciones de los malvados condenan su presente y su futuro.

A pesar de mi honda tristeza y mi falta de fe en la palabra, a la tarde decido salir. El temporal es tan serio que le han puesto nombre, pero en Madrid sólo se traduce en lluvia y frío. Aquí, no caen bombas ni metralla ni gases tóxicos ni sustancias químicas prohibidas. Busco en mi armario la kufiya que compré hace algunos meses y entiendo que ningún símbolo puede con tanta infamia. Me planteo que es posible que mi pañuelo haya sido tejido por manos yacentes que no volverán a coser estos hilos en cuyos dibujos imagino el vuelo de los pájaros, una libertad plena e inalcanzable. En señal de luto y respeto, vuelvo a guardarlo en su funda.

Atravieso la oscuridad del subsuelo del metro y llego a la librería Rafael Alberti, a la presentación del libro titulado ‘Tampoco yo soy un robot’ (Vaso Roto, 2024), de Amalia Iglesias Serna. En la calle arrecia la lluvia, pero la poesía vuelve a ser refugio. Esta tarde las palabras de la autora, acompañada por Isel Rivero y Fernando Castro Flórez servirán para reivindicar la belleza frente a la desolación y los valores humanos frente a la barbarie incivilizada que golpea el mundo donde vivimos.

En primer lugar, Isel Rivero repasa otros libros de Amalia Iglesias, las afinidades del camino previo: “el descubrimiento del lenguaje de las piedras, las cuevas del subsconsciente y la conciencia que emerge desde las tinieblas. Los ojos de piedra nos siguen mirando”. Y ahora, en el nuevo texto, la poeta observa el universo y se rebela contra una tecnología que nos anula. Dice Isel Rivero que “este libro ha de guardarse bajo la almohada y ser consultado como oráculo de bolsillo, porque además de abordar la tristeza como víspera de la esperanza, también es un libro de batalla y resistencia”.

Por su parte, Fernando Castro Flórez, ofrece su lectura erudita y apasionada del nuevo libro de Amalia Iglesias. En su voz resucitan libros leídos o pendientes, una nueva biblioteca donde guarecerse: poesía, filosofía y los sueños de nuestra especie; también se citan obras pictóricas y composiciones musicales; la reflexión y la defensa de los derechos humanos… Asistimos a una magistral charla de humanidades que reivindica la belleza del paisaje y la fuerza del horizonte, la necesidad de una esperanza y del regreso de las luciérnagas. Deseo que ese texto sea compartido para otros días oscuros que, sin duda, vendrán. Afortunadamente, el lado bueno de la tecnología lo permite en este video.

Gracias a las palabras de Isel Rivero y Fernando Castro Flórez y a los poemas de Amalia Iglesias encuentro la fuerza que me faltó cuando salí de casa. Sé que debo aferrarme a cuanto se ha dicho esta tarde porque coincido con ellos en que “la lengua siempre es un lugar de consuelo”. Me amparo en la sensibilidad de estos minutos como si fueran el salvoconducto que necesitara la humanidad… Volver a ser humanos, en su magnifica acepción racional y emocional; allá donde pervive la compasión y nadie tendría ni el plan ni el permiso para matar. Inevitablemente, me viene a la cabeza el recuerdo de los poemas de Rafeef Ziadah quien, en un inolvidable recital en Madrid, nos transmitió la petición de su pueblo: “no nos olvidéis, contad lo que ocurre”.

Me quedaría a vivir en el lugar de una lengua que abraza y anhela una verdadera justicia contra los malvados ególatras que condenan tantos amaneceres. El acto acaba y en la calle chispea. Regreso a casa con un calor pequeño que es pulverizado por las imágenes de las noticias en la televisión. Me duelen otra vez los cuerpos envueltos, la huida hacia la nada, la mirada de un niño cuya mano infantil repasa los escombros…

Abro el libro de Amalia Iglesias, miro el haz de luz de una farola reflejado en mi ventana. Quiero pensar que esta noche no caerán nuevas bombas. Tengo ganas de rezar y de llorar. Leo. El libro incluye una letanía y un réquiem, pregunta para qué y por qué. Quizás el poema sea una forma de oración.

Feliz 2025: agradecer la luz

Queridos amigos, queridas amigas:

Un año más escribo y comparto palabras e imágenes con las que cerrar un año y abrir otro. Es tradición, es impulso. De algún modo, es un rito colectivo, más o menos consciente. En mi caso, resulta ya una inevitable costumbre incorporada a las últimas horas del año, cuando busco el silencio necesario para detenerme a mirar hacia dentro y hacia fuera, en las fotografías que recuerdan lo vivido y las imágenes ausentes, para hacer balance y también, invocar la esperanza.

2024 deja el recuerdo de presentaciones de libros y exposiciones plásticas disfrutadas, siempre en compañía, una forma de ampliar la existencia; escapadas que permitieron cambiar el paisaje y renovar la perspectiva del horizonte desde nuevas ventanas; momentos para la ternura y los afectos, y la silenciosa caricia sobre la piel de Fénix. 2024 deja también abrazos que acompañaron la ausencia y el duelo, momentos duros en los que saberse afortunada en el lado de la vida, a pesar de un mundo roto en jirones de injusticia, esa espiral de abismo alimentada por el odio y la codicia que también convocó a la poesía, en un intento de decir no a la barbarie.

“Astilla” se ha convertido en mi palabra del año, en un plural luminoso que me ha permitido cerrar una etapa oscura y comenzar otra, impulsada por la gratitud y el deseo, algo que percibí íntimamente cuando llegó la primavera. Al elegirla para el título de mi libro, pensé en aquella brizna de madera incómoda y dolorosa clavada en un dedo infantil, aunque María Moliner en su magnífico diccionario la define como: “trozo de madera partido toscamente, de los que se gastan para leña” y así se presentó en la portada. Astillas y las palabras que lectores y lectoras me han ofrecido se han convertido en energía, el principio de un nuevo fuego.

Con esta idea de renacer concluyo estas líneas y elijo las fotografías para despedir 2024 y dar la bienvenida a 2025. Fotos tomadas en el silencio de un paseo por la naturaleza mientras los rayos del sol, siendo ocaso, podían confundirse con los de un amanecer. Os deseo un nuevo año en el que podáis mirar la oscuridad como un paréntesis hacia la luz, en el que cada despertar sea un regalo que agradecer a la vida.

Palabras para esta Navidad

Con la imagen de un belén en miniatura sobre un pañuelo tradicional, te hago llegar mis mejores deseos para esta Navidad. Tanto las manos colombianas que modelaron el barro y crearon un nacimiento del tamaño de una nuez, como las que tejieron los hilos de colores sobre el paño blanco en Nablús, han conocido el sufrimiento de la guerra. Como no sé tejer ni esculpir, te ofrezco una serie de palabras para que no nos falten en esta Navidad. Me lo ha pedido una mujer cuya voz se ha convertido en un eco estremecedor. Necesitamos…

Paz
Amor
Lealtad
Esperanza
Salud
Tesón
Ideas
Naturaleza
Amistad

Libertad
Igualdad
Bondad
Razonamiento
Entusiasmo

Sillas vacías: la poesía de Liu Xia

En este Madrid libresco que tanto me tienta, con más presentaciones que tiempo y más propuestas literarias que estaciones de metro… se hace raro asistir a la presentación de una poeta que para mí era absolutamente desconocida y que, además, no estaría en el evento. Su nombre es Liu Xia y su libro ‘Sillas Vacías’. Sin embargo, acudo porque los organizadores de la cita son de total confianza: el acto se celebra en Enclave de Libros, lo presentan Miguel Casado y Esther Peñas y la obra está editada por Libros de la Resistencia.

Con esos antecedentes y a pesar de la imposibilidad del contacto personal con la autora y de la firma que habría anhelado mi mitomanía, me acerqué a descubrir a una poeta delicada cuya poesía es “una peculiar síntesis de habla sencilla y nítida con el extrañamiento que hace sensible lo no dicho, una elipsis que contrasta con momentos de corporeidad y detalle de lo cotidiano”, según la presentó Miguel Casado, traductor y autor del epílogo del libro.

¿Qué encontramos en el libro Sillas vacías? Esther Peñas insiste en “la sutileza, la conjura de los contrarios, las hipérboles sin estridencias, la exquisita elaboración de los silencios, la fuerza de las imágenes”. En el primero de los poemas recogidos en el libro, “un pájaro y luego otro”, el pájaro sirve para expresar el miedo a que la palabra pueda quebrar la belleza de lo desconocido. En los títulos de otros: “un día”, “juego” o “el abuelo materno”, vamos poco a poco descubriendo el universo poético de Liu Xia, inédita hasta ahora en nuestro país. Hojeamos las páginas y, en esta edición bilingüe en castellano y chino, se nos invita a ver un poema silente en los signos de una caligrafía incomprensible y a detenernos en las fotografías tomadas por la propia autora cuando estuvo bajo arresto domiciliario, unas imágenes inquietantes, como la que figura bajo estas líneas, que también nos permiten acercarnos al universo vital de la poeta.

Antes de responder a las preguntas de Esther Peñas, Miguel Casado nos relató que el encuentro con la poesía de Liu Xia fue completamente azaroso, tal y como se explica en el epílogo del libro. Curioseando entre títulos de autores chinos, halló dos libros de Liu Xiaobo, uno de ellos de poemas, actividad literaria de la que apenas se sabía en el exterior de China, dado que su dimensión política, que le hizo merecedor del Premio Nobel de la Paz en 2010, había opacado su escritura poética. En ese libro de Liu Xiabo, Miguel Casado descubrió una cita con cuatro versos de Liu Xia, su segunda esposa; unos versos maravillosos que sirvieron de motor de búsqueda y para acercarse a esa mujer que quiso casarse con un preso político y recurrió a la poesía para comunicarse con su marido, en un intercambio epistolar con el que ambos eludían, en parte, el control de los censores y vigilantes de esas misivas.

Es fácil imaginar que la biografía y la obra poética y plástica de Liu Xia ha quedado “aplastada”, como dijo Miguel Casado, por el activismo de Liu Xiabo y sus consecuencias en la vida de ambos algo que, Liu Xia ya apunta en el bellísimo poema “2 de junio de 1989”, escrito poco después de los sucesos de la plaza de Tiananmen. “Mi interés por sus poemas tiene que ver con su calidad poética. ‘Sillas vacías’ es un libro incardinado en su vida como todos los grandes libros de grandes poetas”, concluyó Casado, recordando la frase de Herta Müller, quien impulsó una campaña internacional para sacar a Liu Xia de China y consideró que sus poemas “giraban en torno a la autoafirmación de una vida robada».

Cuando Miguel Casado y Esther Peñas comenzaron su conversación, los asistentes ya estábamos subyugados por la historia, la biografía y las condiciones en las que Liu Xia había escrito su obra. No obstante, ante los poemas, lo imprescindible era observar y disfrutar de su anunciada calidad poética. Y no quedó ninguna duda. Duele leerla y reconocer su condición de mujer en una sociedad patriarcal; su condición de mujer de un disidente político en un régimen férreo; y su condición de dar voz y representar a quien no la tiene, a pesar de que ella no quería tener un posicionamiento ni un papel político… Y a pesar de todo, la palabra se levanta y resiste.

En el tiempo de las preguntas y las respuestas supimos que las “Sillas vacías” del título hacen alusión al cuadro de Van Gogh, un referente europeo en la obra de Liu Xia, como también lo son Franz Kafka y Marguerite Duras. El conocido cuadro de Van Gogh le inspiró la escritura de un poema en 1998. Doce años después, una silla vacía representó a su marido en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz que no pudo recoger, y la expresión “silla vacía” fue prohibida en China. El azar volvía a unir lo poético a una experiencia vital ensombrecida por las decisiones y las miradas ajenas.

La conversación siguió en torno a cuestiones que son un misterio… Resulta difícil siquiera intuir cuál fue la posible retroalimentación de dos voces poéticas separadas a la fuerza, más allá del respeto a la independencia de cada uno y la necesidad de comunicación que se desprende de esa relación epistolar poética. Igualmente, es complicado saber cómo afectó a la poeta la censura y el confinamiento que sufrió, porque es algo que cada poeta vive de una forma única, (en variaciones múltiples que pueden ir desde el silencio a la autocensura), y que, en cualquier caso, suele tener más consecuencias sobre la difusión de la obra que sobre la propia escritura.

Se leyeron varios poemas y en la escucha fui reconociendo en la escritura de Liu Xia ese malestar que he leído en otras autoras, que entran en conflicto con su escritura y su inspiración; y también con la vida que deben cumplir y el deseo de ser otras, vital y literariamente, mientras se ven relegadas en un entorno mayoritariamente masculino. A pesar de la distancia, a pesar de la caligrafía china tan incomprensible, ahí estaban los versos que se preguntan por el espacio personal que la autora ocupa, el nido, el lugar propio e insignificante. En el poema “fraude”, ¡menudo título!, se expresa la tensión que supone la inspiración frente a la locura del papel en blanco y también el desdoblamiento de quien escribe. En “un día”, se encuentran la mujer poeta y la mujer que hace la cena para otros y debe cuidar las formas y las palabras. En “un pájaro y luego otro” está el poema que la hizo conocida en los círculos literarios de Pekín, cuando tenía veintiún años, ese primer poema que puede llegar a bloquear lo que resta por escribir o bien, abrir camino.

Liu Xia se mira en Marguerite Duras, que es quien le ofrece más peso en la concepción de la escritura. De ella recibe la misión de contar lo que vive, su verdad. Liu Xia encuentra en la poesía y en el arte una forma de resistir. Y a pesar de todas las distancias, las experiencias vitales, los espacios geográficos y un idioma tan distinto al mío, sus poemas son ya parte del hilo con el que seguiré tejiendo una forma de decir.



Encuentro con Ana Blandiana: la poeta y su poesía


El viernes 8 de noviembre de 2024 tuvo lugar un encuentro con Ana Blandiana en la Librería Rafael Alberti de Madrid. La autora se mostró entusiasmada desde el minuto uno: “Esta librería me parece casi un templo, un lugar místico. Lo visito por segunda vez y quería volver, porque estuve aquí cuando no era tan conocida”.

Es lógico. La mayoría de poetas son seres desconocidos para el gran público. Su nombre solo hace efecto sobre unos pocos iniciados. Y un día, si ocurre, si cae un premio notable, su vida se da la vuelta. Las lecturas íntimas de otro tiempo se trasladan a grandes teatros; surgen por primera vez o se multiplican entrevistas y portadas impensables. Por si era poca la emoción de la autora y los congregados, Lola Larumbe, al frente de la Alberti subrayó el momento: “esta tarde vamos a saber cómo se tocan las alas de un ángel”, en alusión a un verso y un libro de Ana Blandiana.

En España, la dimensión pública de Ana Blandiana (Timișoara, 1942), tiene un antes y un después de la concesión del Premio Princesa de Asturias de las Letras (2024). Además de acudir a la ceremonia, en los últimos días ha sido invitada a leer en numerosos espacios. No obstante, en esta tarde noche de otoño tenemos el privilegio de celebrarla en una charla casi íntima, junto a su traductora Viorica Patea y Jordi Doce, editor del libro que por el que supe de ella por primera vez, “Un arcángel manchado de hollín” (Galaxia Gutenberg, 2021). Aunque es novelista, ensayista, autora de relatos y una destacada activista a favor de la libertad, esta tarde, con la complicidad y el buenhacer del Instituto de Cultura Rumano, acude en calidad de poeta.

La presenta Jordi Doce quien nos recuerda los motivos del encuentro, la concesión del premio ya citado y también que la obra de Ana Blandiana esté íntegramente traducida al castellano, algo que no es habitual y se ha logrado en veinte años. Jordi Doce, poeta, editor y traductor, sabe de lo que habla, del contraste que supone frente a otros autores, cuya obra está parcialmente traducida a nuestro idioma y realizada por distintas manos. Subraya que, en buena medida, la excepción ha sido posible gracias a Viorica Patea, la traductora de toda su obra tanto al español como al inglés, que además de la traducción ha aportado prólogos a cada libro. “Que haya habido una pareja de baile fija da mucha coherencia y unidad a la obra de Blandiana”, sostiene Jordi Doce, quien explica que nos encontramos ante una poesía “absolutamente reconocible desde el primer al último libro, aunque a lo largo de los diferentes títulos se hayan dado distintos periodos y estilos. Poemas, por lo general, breves donde una imagen se despliega con exuberancia en una metáfora extendida que también constituye una hipótesis sobre el mundo, y todo ello a través de un lenguaje aparentemente sencillo”.

En su presentación, Jordi Doce nos ofrece un recorrido preciso por el itinerario poético que ofrecen los libros de Ana Blandiana. Con una voz firme desde el primero de ellos, una decidida forma de decir. De la revelación inicial al repliegue del segundo título, tras abandonar Bucarest. El conocimiento poético se afianza frente al conocimiento científico y teórico; la poeta nos invita a disfrutar y a ser testigos del mundo natural sin agostarlo ni explotarlo, al tiempo que la poesía nos propone un sueño que se convierte en el propio acto creador. En once libros hay mucha poesía. En los títulos y en el recorrido se nos abre el apetito de la escucha. Dice Ana Blandiana que para escribir necesita retirarse de las rutinas cotidianas. En silencio, asiento, pensando en la insalvable distancia entre los poemas y las obligaciones. Por fin, llegamos a sus últimos libros que son los que se presentan esta tarde, aunque la coyuntura nos haya regalado una panorámica completa de su obra poética. El sueño dentro del sueño y otros poemas (Visor, 2024) es el undécimo que se publica en español, aunque fue el primer libro de la autora, hace sesenta años (las traducciones no han seguido un orden cronológico); y El ojo del grillo (Visor, 2024), el más lírico de toda su producción, según Jordi Doce.

Tras la introducción a su obra, toma la palabra Ana Blandiana. Me emociona escucharla: una voz entusiasta y alegre, por momentos, nerviosa, que me recuerda a una niña con zapatos nuevos, feliz con estos días que está viviendo, feliz al ver una librería rebosante para el encuentro. Reconoce Blandiana que, normalmente, las relaciones entre poetas no son muy buenas, y que en la presentación de Jordi Doce hay una forma de altruismo. Por eso prefiere hacer un inciso y comenzar su lectura con dos poemas incluidos en “Un arcángel manchado de hollín”.

Cuando Ana Blandiana lee sus poemas su voz se transforma. No tiembla ni titubea, no hay rastro de ese nerviosismo agitado con el que nos ha dado las gracias. Como en una especie de trance casi litúrgico, su voz suena poderosa y rotunda en una lengua que no entiendo pero me emociona, también en lo rítmico y en la musicalidad de unos versos que cantan dispuestos a conmovernos. Escuchamos cada poema en rumano y después su traducción. Los poemas me sorprenden. Hay humor y giros inesperados y preguntas transcendentales; todo junto. En algunos versos, me habla una mujer que intenta encontrar su sitio mientras se plantea dónde está el bien y dónde el mal. La oscuridad, el frío, la soledad, el viaje. El demonio, los demonios. Las dudas que vamos encontrando ante el paso tiempo y nuestra propia existencia. Y en varias ocasiones, los ángeles, que caen desde lo alto, que aparecen manchados, que son juzgados en los mercados. Los ángeles que la poeta entiende: caen desde el cielo no por la culpa y su pecado, sino por su agotamiento. Estando donde estamos no puedo evitar pensar en Sobre los ángeles de Rafael Alberti, preguntarme de dónde salen los ángeles de Blandiana.

Lee algunos poemas que ha señalado con papelitos amarillos, con los mismos post-it que usamos los poetas menores; también se salta algunas páginas, evitando otros que no quiere leer. Me resuena un verso final: “Las palabras que han vendido su alma carecen de sombra”. Y la sombra es necesaria para la poesía, nos explica.

Tras la lectura, Jordi Doce y ella entablan una conversación: ¿Cómo leerse? ¿Cómo enfrentarse a su propia obra tantos años después? ¿Qué espacio ofrece a los lectores de su poesía? ¿Puede el idioma condicionar o hacer distinta una obra poética?

Ella reconoce que no suele leer sus propias páginas salvo cuando tiene que hacerlo en público. “En esos momentos, no puedo creer que yo haya escrito ese texto. Me parece que lo ha hecho otra persona. Hay un distanciamiento que me produce asombro”. También nos detenemos a pensar qué implica leer o escribir poesía en libertad o durante una dictadura. Blandiana, que fue prohibida en su país, reconoce lo que supone determinado contexto político: “Antes yo decía la mitad y el público entendía mucho más de lo que yo decía. La poesía tenía un cariz subversivo que escapaba a la censura. Se creaba un vínculo especial entre autor y lector. Sin embargo, aquí y ahora, en libertad, hay menos significados posibles y el resultado es más pobre”.

Después de esa paradoja, nos acercamos a la poesía como salvaguarda y lugar de resistencia. ¿Puede la poesía proteger de lo exterior, crear un mundo interior donde protegerse de la dictadura? “La poesía y la literatura, en general, me han ayudado”, reconocía Blandiana. “Cuando me estaba prohibido escribir, escribí una novela. Al pasar el sufrimiento a la novela, el mal se transformaba en otra cosa. Para un escritor, escribir siempre le salva. Más allá de mí, lo extraordinario es que la gente necesitaba respirar y eso era posible a través de la poesía”.

La velada se consumió en la comunión de los minutos cómplices. Entre las últimas reflexiones de Ana Blandiana me quedo con ésta: “La verdadera lucha de un poeta es expresar lo inexpresable. Una lucha continua que va hasta el final”.

Hace algunos años, Ana Blandiana visitó Madrid y protagonizó una lectura junto a Antonio Gamoneda para la que no tuve fuerzas. Acercarme a la charla del pasado viernes tuvo algo de restitución mientras la escuchaba y cuando, al acabar el acto, su sonrisa y la mía se encontraron en mis torpes indicaciones para la dedicatoria del libro, sin disponer de un idioma común. Tal y como nos habían pedido en la librería para facilitar el proceso, escribí en un papel mi nombre y mi primer apellido. Ella entendió perfectamente cuál era el “nombre familiar”, tan común en varios idiomas, pero pensó que Ana y Belén éramos dos. Sonreí agradecida ante esa dedicatoria donde también dibujó una flor sencilla suspendida en un largo tallo.

El sábado siguiente, cuando visité la sugerente y magnífica exposición “31 mujeres. Una exposición de Peggy Guggenheim”, en la Fundación Mapfre de Madrid, me encontré con este texto: “La primera sección pone de manifiesto el importante papel que cumplió la estrategia creativa de la autorrepresentación en el trabajo de las mujeres artistas del periodo (años 40). A través de sus autorretratos o de los elaborados disfraces y maquillajes extravagantes que lucían en su vida diaria y en performances improvisadas, las artistas se dotaban de personalidades inventadas, escapando así de las expectativas sociales y los roles de género prescritos por la ideología burguesa”. Y volví a entender eso de ser dos. No en vano, ese texto iba encabezado por un gran título: ‘El “yo” como arte’. En ese instante, pensé en el nombre como obligación y documento, el yo como contrato social frente a la posibilidad de tener alas, como los ángeles de Ana Blandiana.

Mª Ángeles Maeso: un abrazo poético ante la adversidad

El pasado martes 29 de octubre se celebró en Madrid un homenaje a María Ángeles Maeso, un acto que sus organizadores convocaron a modo de “Abrazo poético” y llenó a rebosar el Espacio Huerga & Fierro.

El resultado fueron unas horas en las que, en efecto, la poesía se convirtió en un gran abrazo colectivo donde distintas personas iban sentándose al lado de Mª Ángeles, en el pequeño escenario, y explicaban qué poema habían elegido y por qué, antes de compartir su lectura en un silencio cómplice.

Uno tras otro, alcanzando casi la treintena, los poemas fueron dejando constancia de la obra poética de la autora soriana, sin más orden que el afecto y la emoción de cada persona que leía, un eco que se ampliaba en quienes escuchaban.

La palabra se enunció una y otra vez para hacernos llegar el recuerdo de la aldea, la importancia de los pronombres (¿Quién es se?, ¿Quién crees que eres yo?), el compromiso con la memoria y la justicia (Puentes de mimbre, Trazado de la periferia). Volvimos a recordar a la niña de la trilla cuyo padre fue asesinado en el inicio de la guerra (in)civil española y a los que mueren en los accidentes laborales de cada día, amarrados a la precariedad que, finalmente, supone un yugo mortal. Nos estremeció volver a escuchar el mismo dolor de ahora, veinte años atrás, en un recital que denunció otra matanza palestina en un poema de Mahmud Darwish leído entonces ante el Duero.

Los corderos, el pan, el arado, el desván, la resistencia de los cestos de mimbre, las condiciones del amor en tiempos del despido libre, los cuerpos heridos de mujeres y hombres. El desperdicio (Basura mundi), donde husmean los gatos y los desheredados. En suma, el poema que, en contra de la injusticia ejercida desde el poder, no se pronuncia a gritos, sino desde un decir firme, sereno, convencido y, sobre todo, profundamente poético.

Una vez concluyó la lectura de todas las personas voluntarias, M.ª Ángeles Maeso se mostraba profundamente agradecida. Dio las gracias con las manos nerviosas y el brillo en los ojos; también con las palabras. En ellas, supo devolvernos la voz y expresar la gratitud de todos porque la tarde había sido un gran regalo colectivo. Un regalo concebido para ella y repartido entre las personas allí congregadas, que habíamos tenido la gran suerte de compartir su abrazo poético, un gran acto de amor.

Al regresar a casa, pensaba en qué bueno es haber sembrado tanto y poder recoger esa cosecha en una noche perfumada de afectos. Me aferraba a los últimos versos del poema que elegí para mi lectura, que dice: “Y no olvides que lo urgente, es pintar el alba”. E imaginando esa esperanza, llegaba al barrio, mientras los truenos y los relámpagos anunciaban una larga noche de lluvia. Envuelta en el rumor de unas horas fraternas, pensé que incluso el temporal quedaba suspendido sobre los tejados, dejándome margen para entrar en el portal sin mojarme. Mientras subí dos tramos de escalera, comenzó un aguacero furioso sobre los ventanales, y no podía ni imaginar lo que llevaba horas ocurriendo en Valencia y otros puntos de Castilla La Mancha y Andalucía. Me acosté con la esperanza de un alba que, sin embargo, al día siguiente era puro estremecimiento; un ir y venir de mensajes a las personas conocidas y amigas que residen o tienen familia en las zonas afectadas para enviarles nuevos abrazos.

Desde entonces, los últimos días han sido conmoción y dolor. Nos han faltado algunas palabras y nos han sobrado muchas otras. La tristeza y la impotencia se imponen y reabren la herida de otros golpes colectivos. Las preguntas insoslayables plantean hasta qué punto las dimensiones de la tragedia que estamos viendo podían haber sido otras.

Y, en mitad de esta emergencia sin precedentes, en mitad del fango físico y del lodazal político y mediático, recupero la crónica de una tarde que fue homenaje y abrazo poético porque es “urgente pintar el alba”, como dice M.ª Ángeles Maeso en ese poema que da título a una maravillosa antología de su obra que, seguramente, nos podría ofrecer luz y consuelo ante las horas oscuras de estos momentos. Y porque la humanidad y el afecto compartidos son nuestros mejores aliados ante la tristeza individual y la catástrofe.

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