Recortes del tiempo efímero

Me encantan los periódicos. Su tacto, su olor, la sensación de nuevo y viejo que dejan sobre las yemas de los dedos. Desde hace demasiado tiempo tengo el gusto o la manía de archivar, conservar, apilarlos… Siempre pienso que un día recortaré el artículo que tanto me interesaba, que leeré los análisis de fondo, esa mirada, al margen de la fecha de publicación, que explica certeramente la realidad que nos concierne.

Pero lo cierto es que rara vez tengo tiempo para volver a ellos y al final, están destinados a ocupar un rincón de la casa donde acaban por volverse paisaje. Hasta que un día su presencia sombría acaba por molestar y los tiro sin ver, o les doy una última oportunidad de lectura inoportuna y desmerecida.

Ocurre entonces que las noticias son viejas, aunque el periódico no tenga más de unas semanas. Que apenas recuerdas algunos de los sucesos que incluye. Que se produjeron novedades, giros inesperados, reacciones, traiciones, mentiras… Ocurre que la crónica de aquel cercano entonces contrasta con lo que esta mañana escuchabas por la radio entre el sonido del agua de la ducha.

En España, lamentablemente, los periódicos se llenan de lo que dijo menganito y contestó fulanito. También es habitual que los susodichos sean políticos muy bien remunerados que aún no han entendido que les pagamos por hacer más que por hablar. De ahí que una gran mayoría pierda la fuerza por la boca, y una buena parte de su sueldo desaparezca convertido en saliva cuando no en mala baba. Esas páginas de crónica declarativa de circunstancias y coyuntura no soportan ni un par de días sobre la mesa. Son irrelevantes, y sólo constatan su inoperancia y nuestra decepción.

Sin embargo, hay noticias y testimonios que nos conmueven, de buena mañana; datos económicos de consecuencias y sombras alargadas; dramas grandes y pequeños que nos atraviesan; países y regiones que estallan en convulsiones sociales o escaladas bélicas, y luego no resisten la agitación del suceso continúo en nuestra asfixiada memoria. Eran noticias que abrieron sección, que estuvieron en portada y con el paso de los días son olvido.

Hoy ha sido uno de esos días de limpieza. Antes de que los periódicos hicieran su último viaje al contenedor azul, les he echado ese vistazo rápido que inútilmente intentaba hacerles justicia. Como otras veces, entre sus páginas han surgido muchos titulares que no han dejado de hacerme preguntas: sobre la fragilidad de mi memoria, sobre el azar de lo importante, sobre las sombras y las luces que cubren la actualidad, sobre los intereses que mueven el foco y hacen girar nuestra mirada.

He recortado esas páginas para darles una oportunidad de lectura sosegada, de seguir el hilo y no olvidar… porque esas noticias que un día se colaron en un periódico nos siguen hablando de un mundo roto que no queremos ver.

Hay titulares como el que dice que “La mayoría de las empleadas domésticas carece de un hogar digno”, y nos recuerda que alguna vez las calificamos como esenciales; la noticia se publicó en la sección de Madrid, ese territorio donde la libertad depende de la cuenta corriente. Un artículo amplio explica que en España, en mayo, había registrados 8,134 menores extranjeros tutelados, que se verán en la calle al cumplir la mayoría de edad. Por su parte, las secuelas de los enfermos de covid llegaron a ocupar la portada, porque se presentaban como una nueva amenaza, capaz de desbordar los servicios de rehabilitación de la sanidad española. Otro artículo nos recordaba que casi 3.000 pisos públicos de Madrid fueron vendidos a Encasa Cibeles, un fondo de inversión que solo está dispuesto a ganar, mientras los inquilinos continúan su batalla jurídica y la Comunidad de Madrid sigue jugando al “Pío, pío que yo no he sido”, aunque la operación fue firmada por el Gobierno de Ignacio González, una de las ranas que nos regaló Esperanza Aguirre. En Economía, leo que LG dejará de fabricar móviles tras pérdidas millonarias por la dura competencia china. LG sigue los pasos de otro gigante, Nokia, que también abandonó su ‘conecting people’ tras años de liderar el mercado. Por último, me llama la atención la foto de una mujer que llora y suplica: “Ayúdenme a liberar a mi hijo Roman”. Se refiere al periodista bielorruso que fue detenido tras el desvío forzoso de un vuelo comercial. Aquel aterrizaje y la posterior desaparición de Roman Protasevich alteró buena parte de la actividad de las aerolíneas que tenían que atravesar el espacio aéreo de Bielorrusia, pero ¿alguien sabe qué ha ocurrido después con el joven periodista y con su novia, detenidos en Minsk?

El puzzle me deja una profunda sensación de desasosiego. Vivo en una burbuja rodeada de dolor y desigualdades y lo sé. Coexisto con esas mujeres que limpian casas y asumen tareas de cuidados, viajo en el metro con ellas; pero permanezco al margen de su batalla diaria. Igual que con esos menores, que no son más que niños empujados por la pobreza y la vulneración de derechos básicos. Básico es también contar con un techo, igual que es fundamental la libertad de expresión o una sanidad pública que no esté permanentemente al borde del colapso… Pero todo está en jaque y en suspenso. Vivimos en un momento en el que un gobierno puede desviar un vuelo o vender tu casa. Y la línea de negocio de esa compañía gigantesca de la que alguna vez tuviste un móvil se derrite como un azucarillo, aunque logró ser uno de los primeros fabricantes del mundo y veíamos más su logotipo que a las personas de nuestra familia.

Supongo que para una ciudadanía con una opinión propia y fundamentada, la lectura y el seguimiento diario de las noticias es más un deber que una opción. Estar informado para opinar, para discernir. Pero poco aporta una información sin contexto ni seguimiento, que levanta un polvorín de sorpresa y ruido, y luego carece de análisis y continuidad. Vivimos en un mundo tan grande y tan hiperconectado que todo es a la vez relevante y nimio para nuestras vidas. Llevamos un año y medio sin levantar cabeza porque un virus se propagó a partir de la ciudad china de Wuhan. Hay decenas de fábricas paradas por falta de determinados minerales ante un planeta exhausto. Pero prima la anécdota, la foto o el video de impacto frente a tendencias de fondo que están conformando estructuras que aumentarán la pobreza, las desigualdades, el hambre, la crisis climática y la vulneración de derechos fundamentales.

Hace años, cuando nos íbamos de vacaciones y no llevamos un teléfono móvil encima, regresábamos a casa como nuevos. Los horarios al margen de los informativos televisivos nos permitían una desconexión total y, a veces, nos preguntábamos qué estaría pasando en el mundo mientras nos tomábamos un helado. Ahora, nos vayamos lejos o cerca, nuestro teléfono nos dará alertas y sobresaltos diarios, tanto de los irrelevantes como de los importantes. Y en cualquier punto del planeta encontraremos un televisor enchufado a tiempo completo, escupiendo imágenes impactantes con rótulos incomprensibles. Cada vez es más tentador volver a ese tiempo de paréntesis y hacerlo perpetuo. Y lo malo es que ese escenario tan apetecible y acogedor es también muy peligroso. Se da la paradoja de que si dejamos de pensar y de hacernos preguntas sobre todos los agujeros negros de la actualidad, tal vez seamos más felices en nuestra pequeña burbuja, pero estará creciendo el abismo que nos separa de una sociedad más habitable para la mayoría.

Fin de ciclo

Dejamos atrás una primavera apenas vista. Tras meses de encierro, hemos ido saliendo a hurtadillas. Los nísperos y los albaquicoques habían llegado a las fruterías, mientras en las tiendas de moda la ropa de abrigo evocaba un tiempo suspendido. Nos hemos perdido la floración de almendros y cerezos, y al recuperar el paisaje, los parques y los márgenes de nuestras calles eran un espectáculo de margaritas y amapolas rodeadas del desorden y la belleza de otras flores silvestres.

Semana a semana hemos ido recibiendo prórrogas del estado de alarma. Así, obedientes y endurecidos frente a palabras que a pesar de su significado se han hecho rutina, hemos comenzado el verano, que coincide con ese término de ‘la nueva normalidad’, a pesar de que también la normalidad ha sido pulverizada y asumimos vivir en un oxímoron.

Aunque durante este tiempo no hemos podido escalar más que las horas agotadoras de intensas jornadas laborales, huérfanas de afecto y válvulas de escape, pero repletas de incomprensión y sobrecarga, nos explicaron que el alivio sería progresivo recorriendo las cuatro fases de la desescalada.

La historia de Madrid es sobrada y tristemente conocida. Con miles de muertes, sus residencias a la deriva, sus UCIS colapsadas, sus sanitarios dejándose la vida y una gestión política al más puro estilo de Donald Trump, basada en la mentira y el circo mediático, a golpe de foto y de tuit, tapando hechos que deberán ser juzgados.

Como no podíamos pasar de la fase cero a la uno, nos inventaron la cero y medio. Y ahora, que no hemos recorrido el itinerario cabal de los números tres y cuatro, vamos a saltar desde la fase dos a la nueva normalidad, todavía con centros de salud cerrados o muy mermados en sus plantillas.

Madrid nos mata, pero resistimos

Allá va la Comunidad de Madrid, con un gobierno roto que ha ido de desfase en desfase y una ciudadanía dividida entre la prudencia, la vida y la necesidad. Allá va la ciudad de Madrid, que con el mismo nombre que la comunidad no es ni de lejos lo mismo. Ese topónimo común confunde. La comunidad es más grande, es rural y metropolitana, es un enjambre de ciudades y de pueblos aislados, un territorio sumamente desigual. La ciudad, a su manera, es también enorme, y está acostumbrada a la brega, a la dureza y también al disfrute que permite compensar tanta exigencia. Las horas de metro, las jornadas interminables, los horarios liberados que convierten en precariado a tantas y tantas personas, los precios desorbitados de la vivienda, la carestía frente a otras regiones en la cesta de la compra o el transporte… Sí, Madrid sigue matando; y dando vida.

Madrid es un espacio de resistencia, siempre lo ha sido. Basta recorrer su historia: guerras y algaradas comenzaron y acabaron aquí, también revoluciones y graves atentados terroristas. Y a pesar de todo, Madrid resiste, sobre todo, gracias a su gente, venida de todas partes, primero de España y luego del mundo, con ganas de prosperar. Esa energía la ha convertido en una ciudad única y portentosa, muchas veces invivible; sobre todo, cuando no existe la promesa de poder escaparse de ella cada cierto tiempo. Por eso, los que vivimos en Madrid somos gente que mira el calendario. Hasta marzo de este año, los más afortunados, aprovechando un puente, un festivo o una pausa escolar, huíamos en tropel en operaciones salida que nos prometían cambiar de aires y respirar mejor.

A partir del 21 de junio, con el fin del estado de alarma, parece que aquella vieja rutina podrá ser posible de nuevo. En estas semanas de soledad y silencio, en las colas de las tiendas he hablado con muchos desconocidos. Los más mayores, añoraban poderse ir al pueblo, cultivar el pequeño huerto, sentir el pálpito de la tierra que brota y aún es su conexión con la vida. Los trabajadores en activo empezaban a sentir la falta de aire, extrañaban las pausas vacacionales, la maleta y el vivir en otro lado, donde es posible caminar y pensar más lentamente.

Ahora parece que en algunos sitios no seremos bienvenidos. Lo fuimos antes de este virus, cuando dejábamos los ahorros de un trimestre o de todo un año y parecíamos triunfadores en localidades donde llenábamos bares, terrazas, hoteles y playas. Pocos se daban cuenta de que en el fondo éramos unos pobres diablos, en ocasiones compensando la vida de demasiadas semanas laborales sumidas en la náusea.

Puede que ahora ese dinero no valga nada. Que valga más el miedo. Que no nos quieran ni ver. Aunque yo creo que ese rollo de la ‘madrileñofobia’ tiene mucho de invento mediático. Insiste en la tendencia, incrementada por esta pandemia, de seguir destruyendo el lenguaje, inventando lo que no existe para que nuestras vidas sean más raquíticas. En el fondo dará igual. Todos los de aquí, nacidos o residentes, tenemos familiares y amigos en otras provincias y países, y sabemos que sus brazos están dispuestos a acogernos. Con prudencia y respeto, por supuesto. Encontraremos el rincón que nos dé cobijo, el árbol que nos reciba y nos preste su rumor natural para compensar tanto daño. En estos momentos, además, necesito creerlo.

Aire, aire, aire

Yo aún no sé si podré irme, a dónde ni por cuánto tiempo. Los planes quedaron en un extraño limbo cuando el calendario se volvió enteramente lunes. Las novedades me han pillado con la agenda en blanco y el cuerpo fatigado.

Lo que sí he descubierto, con más fuerza en las últimas semanas, es que tengo que dejar de hablar y de escribir sobre la covid-19. Hay otras palabras demandando su espacio entre la garganta y los dedos; otros paisajes, también mentales, que me urgen al cambio de fase.

Sé que el virus está entre nosotros. Sigue contagiando y matando. Pero voy a intentar tomarme unas vacaciones de su campo semántico y de todas las derivadas que ha acarreado y a día de hoy impone.

Con esta entrada, cierro una etapa de escritura sobrevenida, porque yo no elegí el tema. Voy a intentar airearme, en todos los sentidos. Os deseo lo mismo, aire para aliviar las penas del cuerpo y del alma, aire para que esa renovación nos cure de tanto. Buen verano y buena suerte.

El coronavirus y el miedo

Recuerdo perfectamente dos conversaciones que mantuve por wasap cuando en enero de 2020 empezaron a llegar noticias de un nuevo virus que estaba causando una epidemia, en principio, en la provincia china de Wuhan.

La primera fue con una amiga que vive en Hong Kong. La pregunté cómo estaba y tras tranquilizarme, me contó que no había forma de encontrar mascarillas, aunque aún no había ningún caso allí. También me confesó que estaba apenada por la ola de racismo en lugar de solidaridad que se estaba generando ante una enfermedad desconocida. Caí en la cuenta de que en ningún momento habíamos colgado en nuestras redes esos mensajes de apoyo incondicional que han generado otras noticias, como los atentados en suelo europeo, el incendio de Notre Dame o los que asolaron la Amazonía o Australia hace unos meses.

A nadie se le escapa que China es un país de libertades restringidas en muchos ámbitos donde el comunismo oficial es solo una fachada para un capitalismo despiadado. Las fábricas que nos abastecen de muchos productos, que consumimos sin mirar etiquetas, incumplen todos los derechos laborales que defendemos en nuestro cínico primer mundo. En medio de esa desafección generalizada, me conmovió descubrir que los habitantes de Wuhan se animaban unos a otros desde sus casas, y me estremeció que aquella soledad rompiera la noche con mensajes de ánimo entre personas retenidas en sus domicilios, amenazados por un virus descontrolado y el control gubernamental.

La segunda conversación la mantuve con una amiga que lleva muchos años trabajando en puestos de responsabilidad en el ámbito de la cooperación. Alguien que, por ejemplo, pisó hace años la zona de África afectada por el ébola y me decía, con conocimiento de causa, que los miedos que se cernían sobre el Mobile World Congress de Barcelona, por aquel entonces aún sin cancelar, eran fruto de la psicosis y el estigma, pues estábamos ante una epidemia más, en un país del tamaño de un continente.

Y en medio de ese delirio, un equipo de fútbol de la ciudad maldita podía venir a España a entrenar y pasar unos días, porque de nuevo el negocio y el show iban por delante de la coherencia informativa y el sentido común. En paralelo, varios países europeos repatriaban a sus nacionales y los aislaban en hospitales donde, al menos en el caso de España, han pasado la cuarentena sin incidencias, deseando retomar sus vidas en Wuhan, donde seguramente han encontrado la oportunidad de desarrollar una carrera profesional que su país no les brinda.

La suspensión del Mobile

Con información de goteo que los medios coreaban con hiperbólica alarma, varias empresas anunciaban que no irían al Mobile World Congress (MWC), hasta que el 18 de febrero se anunció su cancelación. En un evento al que iban a asistir 2.400 firmas, que se cayeran algunas de las grandes, mayoritariamente no asiáticas, parecía más que suficiente para que la organización declarara motivos de «fuerza mayor«, mientras las autoridades sanitarias sostenían que no había ninguna razón de salud pública para ello, algo que siguen manteniendo semanas después, cuando no se ha suspendido en España ningún evento multitudinario a pesar de que ya hay personas contagiadas.

La suspensión sonaba a guerra económica encubierta, al pánico de la empresa aseguradora, a intereses comerciales de altos vuelos… Su letra pequeña incluía la pérdida de 14.100 empleos temporales que iba a generar el MWC. Me imaginé el miedo de todas esas personas. Sus miedos a no tener suficiente para el alquiler del próximo mes; el descalabro de haber anticipado el precio de un uniforme que no iban a vestir; el descuadre de los días necesarios para una prestación de desempleo tras encadenar varios contratos… En suma, la esperanza de unos ingresos imprescindibles que se diluían como azucarillos en las expectativas de los invisibles.

Un mundo global solo para lo que mola

Somos paradójicos. Nos gusta vivir en un mundo que, para los ciudadanos de ciertos países, carece de fronteras. Nos encanta viajar a la otra punta del planeta y hacernos fotos. También nos priva recibir pedidos que atraviesan miles de kilómetros y nos ahorran unos cuantos euros: artilugios de toda índole y ropa y calzado con origen en Asia. Nos parece normal que en verano nuestras naranjas provengan de Sudáfrica o Argentina, por ejemplo, pero no nos gusta que los virus se muevan en un contexto que nos permite sentarnos en una cafetería de Madrid rodeados de personas que ayer estuvieron en la otra punta del planeta. Y sencillamente, no puede ser.

En un mundo global las amenazas son globales y parece increíble que todavía nos creamos a salvo de algo que ocurre en otro país o continente. No hay que caer en la alarma, pero tampoco vivir pensando que nuestras banderas y vergonzantes fronteras nos puedan proteger de problemas globales como una epidemia o la emergencia climática, que nos debería preocupar bastante más que el CoVid19.

Igual que esos fenómenos meteorológicos a los que hemos decidido poner nombre, los virus se mueven y nos conciernen a todos, aunque en nuestra mano está caer en la histeria colectiva o mantener la calma.

El pánico local y la irresponsabilidad de los medios de comunicación

Por todo lo anterior, para mí era obvio que este coronavirus llegaría a Europa, y que España, tarde o temprano, tendría su primer caso. Por eso me sorprende aún más el pánico que se ha desatado y la reacción de muchos medios de comunicación que han entrado en un irresponsable paroxismo.

La retransmisión de la noticia de cada nuevo caso me recordaba a aquellas remotas tardes de domingo, cuando todos los partidos de la liga de fútbol se jugaban a la vez y un pitido indicaba que se había producido un gol en algún lugar. ¡Gol en la Condomina! ¡Penalti en Carranza!

Los medios, tan raquíticos en sus recursos como en la asunción de criterios éticos y de servicio público, destinaban un equipo móvil a la puerta de cada centro hospitalario donde ingresaba un infectado con unos síntomas de menor virulencia que la gripe común. Y cada comunidad autónoma que se sumaba a la lista de “tenemos el primer caso” repetía la secuencia de torpezas y estupideces de las anteriores.

Al final, las voces de las autoridades sanitarias llamando a la calma se han emitido sin lograr ningún efecto en la población. Supongo que ha hecho más efecto ver mascarillas, tubos de ensayo en los laboratorios y las infografías de la propagación del virus en su dimensión geográfica y numérica. Como decía una profesora de la Facultad de Periodismo que me tocó padecer: “los muertos, primeroooooo”. Pues sí, sobre todo, los muertos; y en el cuarto oscuro, el derecho a la información, la vocación de que un buen periodismo puede contribuir a una ciudadanía crítica y la derrota íntima de quien ve que el oficio con el que soñó es hoy, con contadas excepciones, un verdadero asco.

Mientras tanto, los muertos caen por miles de sarampión en la República Democrática del Congo, 140 niños pueden morir en el campo de refugiados de Moria si no reciben la atención médica necesaria y Siria, por citar solo uno de los escenarios bélicos del momento, se desangra. Ante estos casos plagados de cadáveres, aquella profesora me podría decir que estoy olvidando el factor “proximidad”. En efecto, nos interesa más lo que pasa en nuestro entorno más cercano. Por eso debe ser noticia mirarnos el ombligo, decir que alguien tose y sembrar el miedo, siempre tan a flor de piel y tan interesante para ejercer el control sobre la masa.

Y mientras tanto, ya saben, lávense las manos.

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